¿Quién es ese enmascarado?

Autor: Ray C. Stedman

Nos estamos acercando a la época en que se llevan máscaras, Halloween, y algunos de nuestros niños, al menos, se las pondrán. En el programa de radio El llanero solitario (que era conocido como “El Enmascarado”), algunos de nosotros que somos más viejos recordamos lo emocionados que nos sentíamos cuando oíamos la llamada de “Hi-ho, Silver” al son de la obertura de Guillermo Tell y la invariable pregunta: “Por cierto, ¿Quién era ese enmascarado?”. Y estuvimos angustiados hace un par de semanas al enterarnos de que el Tribunal Supremo ha ordenado que El Enmascarado tiene que quitarse la máscara. ¡El Llanero Solitario no puede llevarla más! Pero en el versículo 12 de 2ª Corintios, capítulo 3, Pablo nos dice quién es “el hombre enmascarado” de la Biblia. Es Moisés.

Así que, teniendo tal esperanza, actuamos con mucha franqueza, y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de desaparecer (2 Corintios 3:12-13)

Es obvio que el apóstol está tratando aquí de este velo como un símbolo. A Dios le encanta enseñar con símbolos. Su método favorito de enseñanza es usar una ayuda visual, una especie de símbolo o verdad que sostiene en alto ante nosotros para instruirnos. La “máscara”, o velo, que Moisés llevaba como símbolo del antiguo pacto, es decir, de la Ley, los Diez Mandamientos, con su exigencia sobre nosotros de un cierto nivel de comportamiento, también es un símbolo de nuestra respuesta típica y natural a la Ley: intentar obedecerla, bien sea hasta el punto de convencernos a nosotros mismos de que lo hemos logrado, o bien sea hasta el punto de rendirnos y rebelarnos contra ella.

Cuando Moisés bajó de lo alto de la montaña, sabemos que su cara brillaba, y esa cara brillante de Moisés se convierte en el símbolo de la atracción, de la gloria que hay en intentar guardar la Ley de Dios. Todos nosotros hemos sentido esa atracción a veces. Sabemos lo que se siente cuando se nos da la oportunidad de mostrar lo que podemos hacer y responder a ello. Notamos que se nos acelera la sangre cuando sentimos ciertas exigencias que creemos que podemos cumplir, y queremos una oportunidad de mostrar que podemos. Una terrible cantidad de gente puede excitarse mucho por esa clase de cosas actualmente en los campos de la música, deportes, política y otras variadas áreas del esfuerzo humano. Todo eso está simbolizado por la gloria de la cara de Moisés.

Pero era una gloria efímera, nos dice Pablo. Él mismo había encontrado algo incluso más excitante. Es lo que él llama el “nuevo pacto”, una nueva forma de vida provista por Dios en Cristo. Este pacto nos da, no sólo una relación correcta con Cristo desde el mismo principio (no algo que hayamos ganado, sino algo que se nos da), sino que también nos da la emoción de la esperanza de que Dios obra con nosotros y a través de nosotros, de modo que cuando hacemos cosas normales y corrientes, Dios estará obrando, y grandes cosas ocurrirán como resultado. Bueno, eso es emocionante. Me encanta la manera en que una de las más recientes traducciones reproduce algunos de los versículos de justo antes de esta sección, donde el apóstol está comparando estos dos pactos:

Comparad la entrega de las reglas con la recepción del Espíritu. La presentación de las normas, que resultan en muerte, fue tan brillante que los israelitas no podían mirar directamente a la cara de Moisés a causa del resplandor de la presencia de Dios. Y aun así las normas que recibió estaban destinadas a desaparecer. ¿No será el don del Espíritu más luminoso? Si la dádiva de las normas que condenan a una persona fue estimada maravillosa, ¿no es la dádiva de una relación correcta una maravilla mayor? Por más maravilloso que fuera recibir las reglas, este don se desvanece porque es sustituido por la recepción del Espíritu. Si lo que es abolido es maravilloso, ¿cuánto más maravilloso será lo que permanece? (2 Corintios 3:7-11 Una de las más recientes traducciones)

De eso es de lo que Pablo ha estado hablando. El haber encontrado este nuevo fundamento de vida, que es, con mucho, más emocionante y más atractivo que hacer lo mejor que se pueda por guardar la Ley, le lleva a decir, en el versículo 12: “teniendo tal esperanza, actuamos con mucha franqueza”. Esa es la señal de alguien que ha confiado realmente en el nuevo pacto. Se vuelve audaz; se vuelve seguro de sí mismo. Esa es la idea. El significado de la raíz de esta palabra es apertura. Se vuelve abierto, sin nada que ocultar, transparente. La razón es porque no está contando consigo mismo; está contando con Dios, y, por lo tanto, se vuelve seguro y abierto.

Inmediatamente, Pablo compara esto con Moisés, quien se puso un velo sobre la cara para que los israelitas no pudieran ver el fin del esplendor que se disipa. Usted puede leer esa historia volviendo al capítulo 34 de Éxodo, donde se nos cuenta que cuando Moisés bajó los diez mandamientos de la montaña su rostro brillaba como el sol y la gente, de hecho, huyó de él. Moisés los llamó para que volvieran y, cuando hubo terminado de darles las palabras de Dios, cuenta que se puso un velo sobre su rostro.

Pablo nos dice que él lo hizo así para que ellos no vieran el fin de la gloria que se desvanece. Cuando Moisés volvió a la tienda de la reunión y se encontró con Dios de nuevo, se quitó el velo, y su cara comenzó a brillar otra vez. Cuando él salía se ponía el velo de nuevo. No quería que vieran el estado final al que les llevaría el intentar obedecer a Dios con todas sus fuerzas. ¿Cuál es ese estado? Pues bien, Pablo ya nos lo ha descrito en el capítulo 3. Él lo llama el “ministerio de muerte” (versículo 7), “el ministerio de condenación” (versículo 9), y luego en el versículo 11, “lo que perece”. Esto describe para nosotros a dónde llevará el intentar hacer nuestro mejor esfuerzo para vivir al nivel de lo que Dios quiere de nosotros.

Será primero un sentimiento de muerte. Usted nunca da la talla. Nadie la da nunca. Nunca se consigue el sentimiento de “¡Ajá!, por fin he hecho lo que Dios quiere”, porque algo dentro de usted le dice: “Bueno, tal vez tú lo crees, pero puede que Dios no”. Así que usted se siente culpable, tiene un sentimiento de fracaso y deficiencia. Es más, Pablo dice que se producirá un sentimiento de condenación, es decir, un desvanecimiento de toda la emoción, el encanto y la gloria. Lo que le queda es aburrimiento, vacío y un sentimiento de futilidad.

Pienso que esto explica por qué muchos cristianos testifican, cuando son sinceros: “¿Sabes?, mi vida cristiana no es muy emocionante, la encuentro bastante aburrida, como vacía”. Confiesan en sus momentos más sinceros que tienen un sentimiento de pérdida y futilidad en su vida. Pues, eso es una confirmación de lo que Pablo está diciendo aquí: ese mismo intento de creer que podemos estar a la altura de lo que Dios nos exige es lo que está produciendo el sentimiento de muerte y culpabilidad y vacío dentro de nosotros.

De esta manera, el velo sobre el rostro de Moisés se convierte en un símbolo de cualquier cosa que interfiere y retrasa las obras de la Ley. Pablo ha estado diciéndonos que la Ley ha venido para matarnos, para mostrarnos lo completamente inútil que es nuestro duro intento de obedecer a Dios. La Ley ha venido para hacernos ver la realidad, para enseñarnos lo absolutamente inútil que es intentarlo. Pero un velo retrasa esto. Nos hace pensar que estamos complaciendo a Dios de verdad, que estamos cumpliendo Sus exigencias. El velo, por lo tanto, posterga la muerte a la que hemos de llegar para recibir la vida que Dios está dispuesto a dar.

Moisés quizás no entendía todo esto cuando puso el velo sobre su rostro. Es difícil para nosotros adivinar cuáles pudieron ser sus motivos. Algunos comentaristas sugieren que él sentía que, si la gente veía que la gloria se estaba disipando, no harían caso de la Ley, la ignorarían y continuarían viviendo como quisieran. Otros han sugerido que quizás estaba intentando preservar su propio símbolo de su posición como mediador especial con Dios. Esa es la postura que he adoptado en mi libro Cristianismo auténtico, que trata de este pasaje. Pienso que Moisés, como muchos de nosotros, estaba intentando preservar la reputación que tenía entre el pueblo y no quería que vieran que, cuando salía de la presencia de Dios, la gloria empezaba a desaparecer, lo mismo que a muchos de nosotros no nos gusta que la gente vea lo que realmente está ocurriendo en nuestro interior. Queremos preservar una imagen de gigantes espirituales, cuando, en realidad, no lo somos en absoluto. Nuestra familia lo sabe, pero nosotros no queremos que nuestros amigos ni nadie más lo sepa. Ese pudo ser el motivo de Moisés.

Una cosa está clara, sin embargo: No fue un acto de seguridad o audacia por parte de Moisés. Lo que Moisés hizo era fruto del miedo, de una componenda, de un intento de ocultar algo que se debería haber visto. Eso se confirma con el hecho de que Pablo continúa para enlazar esto con la acción de Israel, de los judíos de su propio tiempo y su incredulidad, pues dice:

Pero el entendimiento de ellos se embotó, porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo sin descorrer, el cual por Cristo es quitado.  Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos.  Pero cuando se conviertan al Señor, el velo será quitado. (2 Corintios 3:14-16)

Fíjese en lo que está diciendo. El apóstol habla muy claro acerca de la naturaleza de la oscuridad, la ceguera que permanece sobre las mentes de los judíos de su día, que él llama “el velo”. Es el mismo velo que Moisés puso sobre su rostro. Obviamente, el velo de la cara de Moisés era un velo material, hecho de tela. Pablo no está sugiriendo que los judíos caminan por ahí con velos de tela sobre sus caras. Lo que dice es que la misma cosa que el velo representaba en Moisés era la que les estaba pasando a los israelitas de su tiempo. Lo que el velo hacía a la cara de Moisés era ocultar el final de la gloria perecedera, ocultar el terrible final del esfuerzo propio, la muerte que sobrevendría. Eso es lo que está haciendo sobre los rostros de los judíos que leen el antiguo pacto, el Antiguo Testamento, incluso hoy. No ven que el final de todos sus esfuerzos de intentar vivir una vida justa con sus propios recursos humanos, va a ser muerte y condenación y vacío, y un absoluto sentimiento de futilidad y pérdida. Pero eso es lo que ocurre.

Pablo también lo llama “embotamiento”, con lo que quiere decir que eso se convierte en un estado permanente. Es un estado mental en el que entran. Lo asombroso es que ahora, 2000 años después de Pablo, esto es aún cierto. Usted lo puede ver en los judíos actuales. En el judaísmo ortodoxo y en mucho del judaísmo reformado, y ciertamente en el judaísmo liberal, están todavía intentando triunfar ante Dios sobre la base de cómo se comportan.

Para ilustrar esto, me gustaría compartir una cita de una carta que un joven de esta congregación recibió de un rabino judío. Este chico era de ascendencia judía, pero se había convertido en cristiano, y tenía correspondencia con el rabino, el cual estaba intentando defender el judaísmo. Esto es lo que escribió:

Nosotros los judíos hemos rechazado el punto de vista cristiano gentil. El judaísmo, tal como se formó por nuestros rabinos en Palestina, concibió el cuerpo (o sea, nuestros cuerpos físicos) como un don de Dios, y hasta este día consideramos el cuerpo sagrado y sano, no como una prisión de la cual escapar. Cualquier inclinación de un hombre para cometer un delito, sostenemos, no reside en su cuerpo, sino en su corazón y su mente, y esta inclinación puede ser superada por un cambio en el corazón o en la mente. Así, el hombre, por sí mismo, sí que posee el poder de expiar sus propias fechorías, y nosotros los judíos tenemos en nuestra Torá [el Antiguo Testamento] la guía que dirige nuestros corazones y mentes hacia una vida justa.

Y eso, desde luego, es el antiguo pacto. El velo aún permanece sobre sus mentes, de modo que no pueden ver el fin de esa gloria perecedera. Bueno, este mensaje no es un ataque al judaísmo, pues Pablo no está atacando al judaísmo. Lo que está haciendo simplemente es usar a Moisés e Israel como ilustración de algo que es verdad entre los cristianos. (Lo que a Pablo le preocupa son los creyentes a los que está escribiendo aquí en Corinto y, a través de ellos, a nosotros también.) Estas personas se habían convertido en cristianos, y, por la fe, el Espíritu de Dios había entrado en su espíritu humano y había establecido en ellos una relación con Cristo que no se podía romper. En el espíritu, al nivel profundo del subconsciente humano, ellos ya estaban ligados a Dios en una relación clara y abierta.

Pero el problema era (y este es también nuestro problema) que, en su alma, en su experiencia consciente de la vida (la parte de la que nos enteramos), este velo sobre sus mentes estaba allí con frecuencia. Ellos todavía creían eso, que, si ellos lo intentaban con la suficiente fuerza, podrían abstenerse del mal y así vivir una vida complaciendo a Dios. Ese es un error que se difunde en las iglesias por todo el país y por todo el mundo hoy día. Ello nos encierra en la debilidad y futilidad, la condenación y la culpa y todos los otros fenómenos con los que estamos familiarizados en la vida de la iglesia actual. Lo que ocurre es esto: Una vez que llegamos a ser cristianos, recibimos el don de la salvación por fe. Damos gracias a Dios por tenerlo, y luego, inmediatamente empezamos a instaurar reglas de conducta. (Normalmente nos sometemos a las de otros durante un tiempo, y luego empezamos a confeccionar las nuestras.) Determinamos lo que está bien y lo que está mal.

Todo el mundo tiene en su lista ciertas cosas que están obviamente mal: asesinato, adulterio, borracheras, etc. Estas están casi siempre en la lista de todo el mundo porque están muy claras en las Escrituras. Entonces empezamos a añadir otras. Beber, eso se descarta; fumar, esto está mal; bailar, está mal; ir al cine, el teatro, lo que sea, está mal. No hay límite al que usted pueda llegar en esa dirección. Usted puede hacer como los Amish e incluir el llevar botones, que está mal; o usar cremalleras, eso está absolutamente mal; o tocar instrumentos en una congregación, eso es totalmente cosa del diablo. Hay grupos que creen que, una vez que usted ha hecho su lista, cualquiera que sea, una vez que usted tiene sus tabúes claramente definidos, entonces todo lo que tiene que hacer para obtener la aprobación de Dios es seguir la lista. Como son cosas externas, que, por esfuerzo o voluntad o mente, puede evitar hacer, usted tiene una posibilidad de complacer a Dios, según parece; así que usted intenta hacerlo.

Ahora bien, usted puede o bien fallar, porque sus exigencias son demasiado poco realistas, y usted se rinde completamente y lo tira todo por la borda, o, lo que es probablemente peor, usted tiene éxito y no hace ninguna de estas cosas. Entonces usted empieza a sentirse bien consigo mismo porque ha estado a la altura de lo que Dios esperaba. Pero de lo que no se da cuenta, porque el velo está ocultando el fin de la gloria perecedera, es de que, cuando usted cumple su lista, se empieza a sentir muy orgulloso de sí mismo porque lo ha logrado. Usted no lo admite abiertamente; no empieza a presumir de lo espiritual que es (sabe que eso le traería problemas), pero por dentro hay un orgullo muy fuerte que empieza a desarrollarse y que se manifestará exteriormente.

Y la manera en que usualmente sale es con alguna forma de esnobismo. Usted mirará a la gente por encima del hombro. La mayoría de los cristianos sufre de esto. (Yo desprecio a la gente que desprecia a la gente.) Se manifiesta como un prejuicio. Cierto tipo de personas son aceptables y a otras no las puede soportar. Usted no puede entender cómo hay alguien que puede soportarlas: hippies, o negros, o gente pobre, lo que sea. Usted empieza a desarrollar un espíritu crítico: otros no dan la talla. En lo que usted siente que es fuerte, empieza a hablar mal de aquellos que no lo consiguen en esa área. No hay nada peor que un borracho reformado, por ejemplo. Hace que todo el mundo se sienta incómodo. O usted se vuelve absolutamente intolerante con otros, impaciente por la falta de progreso por su parte. Se manifiesta en forma de sarcasmo, la forma en que habla de la gente, los nombres que les pone. Archie Bunker es un claro ejemplo del fanatismo que empieza a surgir.

El gran problema es que estamos ciegos para percibir esto como pecado. Si nos viéramos a nosotros mismos, veríamos que somos unos desdichados santurrones. Pero realmente pensamos que Dios nos aprueba. (Somos justamente como los fariseos a quienes Jesús reprendía severamente por ser tan miserables en su autocomplacencia). Y, como no percibimos esto como pecado, nunca acudimos al Señor respecto a ello. Pensamos que son pecadillos menores que podrían ser un poco problemáticos, pero que, en realidad, no son pecados de verdad. Dios no está muy preocupado por ellos a causa del gran historial de autojustificación que tenemos a Sus ojos. Así que nunca los confesamos; nunca los reconocemos como malos ni a nosotros mismos ni a otra persona; nunca recurrimos al Señor.

Por lo tanto, la ceguera nunca se quita, porque dice aquí: “Cuando un hombre se vuelve a Dios, el velo será quitado”. Usted no puede quitarlo de otra manera; no hay otra forma en que pueda mostrarse a sí mismo lo autocomplaciente que es. Usted tiene que acudir al Señor. Ese es el único camino posible. Pero, como no hacemos esto, seguimos año tras año dañándonos a nosotros mismos, dañando a otros, gozando del momentáneo placer y emoción que obtenemos al permitirnos estas actitudes. No somos conscientes de que gradualmente está llegando a nuestra vida el final de la gloria perecedera, la muerte, la oscuridad, el vacío, el sentimiento de futilidad, el aburrimiento, la insulsez, la desgana de esa clase de cristianismo. De ahí es de donde viene. Pablo nos está diciendo que lo miremos directamente y lo veamos tal como es. Pero hay un gran ámbito de esperanza, y la tenemos en los siguientes dos versículos:

El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.  Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor. (2 Corintios 3:17-18)

El apóstol recuerda inmediatamente a los corintios que, aunque el velo está sobre sus mentes, el Señor está en sus corazones, en sus espíritus humanos. Su esperanza de libertad viene de ese gran hecho, pues el que está dentro de ellos es Dios mismo. Pablo lo identifica: “El Señor es el espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. Por supuesto, no está confundiendo a las personas de la Trinidad. No quiere decir que el Espíritu Santo y Jesús, el Señor, son el mismo. Él quiere decir que están tan identificados en cuanto a propósito y función que parecen ser el mismo; se puede intercambiar al uno por el otro. Por eso es por lo que “caminar en comunión con Cristo” y “caminar en la plenitud del Espíritu” es hablar de la misma cosa. No son dos experiencias diferentes, son la misma. El Espíritu Santo ha venido a revelar al Señor Jesús; por tanto, todo lo que hace no implicará hablar de Sí mismo, sino hablar del Señor. La vida guiada por el Espíritu es una en la que Jesucristo es muy visible, claro y puro a nuestros ojos. Por consiguiente, el que está haciendo esto es el Señor mismo, “y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”.

La libertad es estar fuera, al aire libre, es tener audacia, es no tener nada que ocultar. De eso está hablando Pablo. El hombre que es libre no tiene ninguna reputación que defender, ninguna imagen tras la que esconderse, nada que preservar acerca de sí mismo. Puede ser él mismo. Eso es libertad. Por todas partes, hoy, oímos afirmar que esto es lo que la gente ansía. Las personas quieren ser “ellas mismas”. “Tengo que ser yo mismo”, oímos, y no hay nada malo en eso. Dios también quiere que sea usted mismo. Lo único malo es el modo en que lo hacemos. En el mundo se nos enseña que la manera de ser “yo” es pensar en “mi beneficio”, “mis esfuerzos” y defenderlos y exigirlos.

La Palabra de Dios nos enseña que es un proceso bastante diferente. La manera de ser usted mismo, de tener libertad, es no tener miedo de mirar de frente a toda la maldad que pueda haber en su corazón y en su vida, porque usted tiene otra base por la cual puede recibir aceptación y aprobación de Dios. Es un regalo para usted. Es la fe que continuamente acepta el don renovado de la justificación, de ser ya agradable a Dios y, sobre esa base, servirle por la gratitud que siente su corazón por lo que ya tiene.

¿Ve la diferencia? Usted sabe que no lo merece, pero, no obstante, lo tiene. La base de la liberación de Dios es darle el don de la aceptación plena, de la justificación. No tiene que ganársela en absoluto, y sus resultados no van a afectarla. Usted la tiene ya. Cuando usted empieza a mirar al que está haciendo esto en su vida, el Señor Jesús, y contemplarlo con todos los velos quitados, de modo que usted no teme mirar su propia capacidad de maldad, entonces ocurre algo maravilloso, dice Pablo:

Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor. (2 Corintios 3:18)

Sin saber siquiera que usted lo está haciendo, sólo por regocijarse de lo que tiene y servir al Señor que se lo dio, usted de repente descubre ―y otra gente descubrirá― que usted se está convirtiendo en una persona amorosa. Y el amor es el cumplimiento de la Ley; la misma exigencia que Dios hizo en la Ley, la cual usted intentó con tanto afán cumplir con su propio esfuerzo, se cumplirá sin que usted lo note siquiera cuando empiece a amar como consecuencia de la gracia y el perdón de Dios.

Una persona amorosa ya está cumpliendo la Ley. Es compasiva, comprensiva, perdonadora. Es firme al tratar de lo bueno y lo malo; sabe cómo decir la verdad, pero lo hace con amor. No está constantemente criticando y juzgando a los otros, porque entiende la debilidad con la cual llegamos a ciertos niveles. Aun así, es servicial; trata de animar a la gente a que descansen en la gracia y el perdón de Dios. Sin notarlo, súbitamente descubrimos, para nuestro asombro, que nos estamos transformando a la semejanza de Jesús.

Es un proceso de crecimiento. No ocurre como una gran transformación que le santifica de repente, o le llena del Espíritu, o le bautiza. Ocurre mientras usted mantiene sus ojos mirando a la gloria del Señor y no a la cara de Moisés; no a base de esfuerzo propio, sino en base a lo que ya se le está dando. Cuando usted lo hace así, de repente descubre que el Espíritu de Dios ha estado obrando haciendo cambios graduales. Usted se está convirtiendo en una persona amorosa, con la que es más fácil vivir, más atractiva, más convincente; su vida se está profundizando, perdiendo su superficialidad; comprende mejor las cosas. Ese es el trabajo del Espíritu. Fíjese en lo que dice: “por la acción del Espíritu del Señor”. No es usted quien lo hace, es Él. Él es el responsable.

Esto explica por qué muchos de nosotros tenemos dificultad en entender. Es el trabajo del Espíritu quitar el velo, que es lo que nos impide vernos a nosotros mismos y lo inútil que es que intentemos esforzarnos en agradar a Dios. No hay otra manera de complacerle más que aceptar lo que Él le da. Mientras esté esforzándose, nunca podrá apropiarse de lo que Él está dispuesto a dar. Por lo tanto, el trabajo del Espíritu es ayudarle a ver lo inútiles que se han vuelto sus intentos de esforzarse. Estos son los que llamamos “los momentos de la verdad”. ¿Ha tenido alguna vez alguno? Son bastante chocantes. Usted piensa que ha seguido su curso en la vida, con buenas costumbres y haciéndolo bien y, de repente, descubre que ha sido una persona muy egocéntrica, que lo que usted pensaba que era una vida perfectamente aceptable está llena de desamor, crueldad y egoísmo.

A menudo he contado la historia de dos jóvenes estudiantes de la Universidad Duke, en Carolina del Norte, que fueron invitados a una fiesta de disfraces. Decidieron ir vestidos con el atuendo de las mascotas de la Universidad Duke, los “Diablos Azules”; así que alquilaron trajes de diablo azul. Así vestidos, se encaminaron a la fiesta, y, sin darse cuenta, se confundieron y fueron por error a la reunión de oración de una iglesia. Cuando estas personas alzaron la vista de sus oraciones y vieron a los dos diablos azules bajando por el pasillo, hubo una gran estampida de todos hacia las puertas y las ventanas, excepto una señora bastante gruesa que se quedó atascada en la bancada frontal cuando intentaba darse la vuelta. Ella empezó a gritar aterrorizada, y estos dos jóvenes, olvidando que eran ellos los que estaban causando el problema, corrieron hacia ella para intentar ayudarle. Cuando ella los vio avanzar, levantó la mano, miró hacia arriba y dijo: “¡Alto, no se acerquen más! Quiero que sepan que he sido miembro de esta iglesia durante 25 años, ¡pero siempre he estado de vuestro lado!”.

Eso es lo que el Espíritu de Dios hace con nosotros. Súbitamente nos hace ver de qué lado hemos estado, y eso es muy perturbador. Lo he sentido muchas veces. Usted ve de repente lo inútil que es intentar ser bueno, pero lo maravilloso que es darse cuenta de eso, es que, por la gracia de Dios, usted ya es bueno a Sus ojos. Cuando usted cree eso y, a causa de una pura gratitud por ello, empieza a vivir y hacer las cosas que cumplen con el amor que siente en su corazón, de pronto descubre que su comportamiento ha cambiado también y que, sin ser consciente de ello, se ha convertido en una persona llena de amor. De eso es de lo que se trata en el nuevo pacto. Esa es la gloria mayor.

Espero que muchos de ustedes vuelvan a leerse otra vez el muy excelente sermón que Jack Crabtree predicó este verano, llamado “El propósito de la Ley”, porque resalta muy bien cómo la Ley está planeada para matarnos, para hacer que abandonemos la idea de intentar ser buenos. Ese es su propósito, porque nos hace entender que no podemos alcanzar el nivel de justicia de Dios de esa manera, jamás, pero podemos tenerlo como un regalo renovado, tantas veces al día como necesitemos. Eso es lo que al final dará amor como resultado, lo cual cumple la Ley.

Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y [habiendo llegado al final, habiendo aceptado el hecho de que no podemos triunfar ante Dios o ante los hombres con pretextos, o imagen, intentando parecer buenos. Cuando llegamos a ese punto, estamos] reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor. (2 Corintios 3:18)