Master Washing the Feet of a Servant
El Siervo que gobierna

El creador de escándalos

Autor: Ray C. Stedman


Muchos ven a Jesús tal y como nos lo han presentado, como un hombre débil y apacible que siempre se empeñaba en vivir en paz con todo el mundo y evitaba la controversia cuando era posible. Pero al leer los relatos del evangelio nos damos cuenta de que la verdad es que, desde el principio mismo, provocó deliberadamente a ciertos grupos. Nunca dudó en despreciar las normas insignificantes de los hombres, y a sabiendas y de propósito ofendía a la gente. De hecho, les resultaba demasiado difícil tratarle, y la "institución" de aquellos tiempos decidió que la única manera era librarse de él. Necesitamos esta visión de Jesús para equilibrar las falsas impresiones que con frecuencia tenemos de Él. Pero es preciso que mantengamos el cuadro completo equilibrado. No era un "revolucionario radical", según usamos el término en la actualidad. Es cierto que desafió al estatus quo, pero no lo hizo nunca de una manera violenta o desesperada.

En el pasaje del Evangelio de Marcos al que llegamos ahora, tenemos el relato de la clase de controversia que siempre suscitaba Jesús. Esta controversia era fruto de Su penetrante conocimiento de la naturaleza humana y Su incesante oposición a cualquier cosa que amenazase la verdadera humanidad. Como vimos en nuestro último estudio, el tema de esta división de Marcos es el conocimiento que tiene Jesús del hombre. Hemos visto la claridad de ese conocimiento reflejada en las curaciones del leproso y del paralítico. En esta última división de esta sección Marcos reúne cuatro incidentes, que ponen de manifiesto que Jesús no estaba dispuesto a dejarse encajonar por las simples normas humanas y Su deliberada provocación a la controversia, para que la verdadera naturaleza de la libertad pudiera ser evidente. El escenario de estos incidentes se prepara con el llamamiento de Mateo como discípulo:

Después volvió a la orilla del mar; y toda la gente venía a él, y les enseñaba. Al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: "Sígueme". Y levantándose, lo siguió. (Marcos 2:13-14)

Es evidente que el nombre de Leví era el nombre de pila de Mateo. Es muy factible que Jesús fuese el que le cambiase el nombre a Mateo, pues Él cambió el nombre a varios de Sus discípulos. Le dijo a Simón, el hijo de Jonás: "Serás llamado Pedro", es decir, "piedra". Le puso a Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo, el mote: "Hijos del trueno". Así que es muy factible (aunque no lo dicen las Escrituras) que fuese Jesús el que le cambiase a Leví el nombre, llamándole Mateo, que significa "don de Dios"; tal vez así era como lo consideraba Jesús.

Leví vivía y trabajaba en Capernaúm, donde Jesús había fijado su hogar. Era un recaudador de los tributos públicos allí; debió de haber sabido algo acerca de Jesús y seguramente le habría oído hablar, incluso antes de su llamamiento. No era su primer encuentro con Él, y resulta realmente sorprendente que Jesús llamase a un hombre como Leví, porque los recaudadores no gozaban de más aceptación de la que disfrutan en la actualidad. De hecho, con frecuencia la gente les odiaba. En su mayoría eran hábiles extorsionistas, que se ganaban la vida haciendo pagar a las gentes impuestos muy por encima de lo que exigía la ley. No les pagaban un sueldo; sólo les daban la oportunidad de desplumar a todas las personas de las que recaudaban los impuestos. Era cierto que tenían que entregar un cierto porcentaje al gobierno, según la ley, pero se quedaban con el resto. Normalmente eran hombres ricos, pero odiados por todo el mundo por su manera de actuar. Pero Jesús vio algo en Levi, conocía su corazón y sabía que había algo en él que hacía que se sintiese insatisfecho con aquella clase de vida. Jesús vio el hambre que había en su corazón y, por lo tanto, le llamó y le dijo: "Sígueme". No le importaba para nada que pudiese perjudicar a Su propia reputación el permitir a un hombre semejante ser un discípulo.

La siguiente escena probablemente tuvo lugar al día siguiente, y Marcos la relaciona con el llamamiento de Mateo:

Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de él, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que le habían seguido. Los escribas y los fariseos viéndolo comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos: "¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores?". Al oír esto Jesús, les dijo: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". (Marcos 2:15-17)

Es evidente que era una cena de despedida que daba Mateo a sus amigos, a sus compañeros los recolectores de impuestos. Se estaba despidiendo de su trabajo y de sus amigos, dejándolos con el fin de seguir a Aquel que iba de un lugar a otro, además de ser una oportunidad para presentarles al Señor al que acababa de conocer. Era, por lo tanto, una ocasión normal y natural, festiva y gozosa para que se reuniesen para esa fiesta. Hace muchos años, cuando Bob Smith dejó el campo de la ingeniería para convertirse en pastor en la iglesia PBC, dio un banquete por el estilo, invitando a sus amigos y socios que habían trabajado con él. Me pidió que fuese el orador, que les hablase acerca de la fe que le había llevado a dejar su trabajo para convertirse en pastor. Estoy seguro de que aquella escena fue muy semejante a la que encontramos en las Escrituras, cuando Mateo invitó a Jesús para que les dijese a sus amigos por qué les iba a dejar para convertirse en discípulo.

¡Qué colección de truhanes debieron de reunirse aquel día! Todos los que recaudaban los impuestos en la ciudad, todos los pecadores, todos los que se veían despreciados por la sociedad, estaban allí sentados. Cuando pasaron los escribas de los fariseos, vieron que en medio de todo ello, entre las botellas de cerveza y las fichas de póquer, estaba sentado Jesús, y ellos se quedaron escandalizados porque era evidente que era amigo de aquellos hombres. No les estaba echando un sermón, sino que estaba sentado entre ellos, comiendo y bebiendo con ellos. Los escribas se quedaron totalmente pasmados al verlo y llamaron a Sus discípulos a un lado para preguntarles: "¿Por qué hace Jesús esas cosas? ¿Acaso no sabe quiénes son esas personas? ¿Por qué permite que le vean en la compañía de hombres como esos?".

La respuesta de Jesús es de lo más reveladora. De hecho, está de acuerdo con sus comentarios y dice: "Tenéis razón; son hombres enfermos, doloridos, cargados de problemas. Su manera de vivir les ha perjudicado enormemente y no ven la vida como debe ser, porque se ocultan tras muchas maldades y son falsos en muchos sentidos. Estáis en lo cierto; son hombres enfermos, pero ¿en qué otro sitio debiera estar un médico?". Ese es su argumento: "He venido para sanar a los hombres y, por lo tanto, en donde padecen es en donde me necesitan".

Con aquella manera tan maravillosa que tenía de decir las cosas, les dice algo que llama su atención al enfoque correcto, pero al mismo tiempo hace que vuelvan sus ojos hacia sí mismos. Les dice: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". Es decir, aquellos que se consideran justos, como lo hacían los fariseos, están en realidad más necesitados que aquellos a los que consideran como los desechados por la sociedad. De hecho, aquellos fariseos se encontraban más profundamente trastornados que los recolectores de los tributos y los pecadores, pero no lo sabían. Pero Jesús les estaba diciendo: "A aquellos que se consideran religiosos, no tengo absolutamente nada que decirles, pero a estos que saben que están enfermos y están dispuestos a recibir ayuda, estoy a su absoluta disposición para sanar sus almas".

Nuestro Señor dejó varias cosas perfectamente claras al dar esa respuesta. En primer lugar, indicó con firmeza que cuando las personas creen que no necesitan ayuda de Dios, no están en situación de recibir ayuda, y no hay nada que decirles. En la actualidad, nos encontramos con personas que son "autosuficientes" y que están convencidas de que no necesitan a Dios para nada. Hace mucho que he aprendido que la mejor manera de tratar a esas personas es ser amables con ellas, pero dejar que sigan su camino. La vida misma les demostrará que estaban equivocadas. Antes o después, se les hundirá el mundo, y todos sus sueños de autosuficiencia quedarán hechos pedazos. Entonces será el momento de hablarles, y escucharán.

Por eso es por lo que en ocasiones Dios permite que nos enfrentemos con problemas en nuestra vida. Hace que dejemos de aferrarnos a la terrible ilusión de que somos capaces de afrontar la vida solos. Ese es el mayor engaño que se ha extendido entre los hombres. Mientras sigan pensando así, hay poco que se pueda hacer por ellos y muy poco que les podamos decir, pero nuestro Señor siempre dedicó Sus esfuerzos a los hombres y mujeres que estaban dispuestos a recibir ayuda, en el momento en que estaban sufriendo tanto que sabían que necesitaban ayuda. Esta semana pasada conocí a un hombre y pasé algún tiempo hablando con él. Había sido un hombre autosuficiente, que se había hecho a sí mismo, un destacado abogado, pero en aquellos momentos todo se le había venido abajo. Su esposa estaba a punto de abandonarle, su negocio había fracasado, y había pensado en varios ocasiones en el suicidio. Por primera vez en su vida había comprendido que no podía controlar su vida y estaba totalmente dispuesto a escuchar a alguien que le hablase acerca del Gran Médico.

La segunda cosa que nos revela nuestro Señor es que las personas son más importantes que los prejuicios. ¡Ojalá lo aprendiésemos! Los prejuicios son nociones preconcebidas que nos formamos antes de tener el conocimiento suficiente, normalmente equivocado o ideas distorsionadas con las que nos hemos criado. Cuando los prejuicios se oponen a las necesidades de los hombres, deben ser dejados de lado sin la menor duda. Las personas son más importantes que los prejuicios, y es preciso que los cristianos lo aprendan. La iglesia cristiana ha sido criticada, denunciada y abandonada, con razón, por causa de los prejuicios que sigue teniendo en lo que se refiere a distinciones de clase, de raza, de posición económica y hasta de sexo. Es preciso que nosotros los cristianos aprendamos a hacer caso omiso de las diferencias de clase, de situación social, de raza, de nivel económico y de sexo y que nos enfrentemos con todos por igual, de acuerdo a la disposición del corazón de las personas. Siempre que se encuentre usted con una persona que tiene hambre, que sufre y que necesita ayuda, tanto si lo que lleva puesto es una gabardina y trabaja en un centro financiero como si es un salvaje en la jungla o un trabajador en una tienda o un hippie que vive en el bosque, esa es la persona que necesita al Médico Divino y a la que le debemos ofrecer nuestra amistad.

Es necesario que nosotros los cristianos aprendamos a tratar a la gente de este modo, sea cual fuere su aspecto exterior. Debemos aprender a ver al camarero y a la camarera, al que vende los periódicos, al botones, al que trabaja en los ascensores, como personas que tienen corazones y que pueden estar necesitadas. No tenemos por qué sentirnos impresionados por el ejecutivo de altos vuelos, que también puede ser una persona que está sufriendo y que necesita ayuda. Así fue como Jesús se acercó a las personas por todo lugar. Estaba buscando a los que estaban dispuestos a responder por causa del sufrimiento en sus vidas.

Me encantan las palabras de C.T. Studd, ese brillante joven británico que regaló una verdadera fortuna, con el fin de poder marcharse a las selvas de África. Expresó su filosofía de la siguiente manera:

A algunos les gusta meditar bajo el sonido de la campana de la iglesia y la capilla. Pero yo quiero encargarme de una tienda de rescate a poca distancia del infierno.

Esa fue también la filosofía de Jesús.

El segundo incidente está relacionado con el poder de la tradición. Marcos dice, comenzando con el versículo 18:

Los discípulos de Juan y los de los fariseos estaban ayunando. Entonces fueron a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?". Jesús les dijo: "¿Acaso pueden ayunar los que están de bodas mientras está con ellos el esposo? Entretanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar. Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces, en aquellos días, ayunarán". (Marcos 2:18-20)

Nos encontramos de nuevo con un grupo de fariseos que se sentían ofendidos. Evidentemente el día en que sucedió este incidente era un día de ayuno. La Ley de Moisés requería que se dedicase un solo día del año al ayuno, el día conocido como el de Yom Kippur, que los judíos observan hasta la fecha. El Día de la Expiación es el único día, según la Ley, en el que se debe ayunar, pero los fariseos, con el propósito de mostrar lo celosos que eran, habían designado a lo largo de los siglos día tras día como días de ayuno, porque consideraban el ayuno como la mejor manera de llamar la atención de Dios a su piedad y, al mismo tiempo, la atención de los hombres. Por eso era por lo que los fariseos se vestían de arpillera, por lo que se frotaban el rostro con ceniza y chupaban sus mejillas para adentro, para parecer que estaban demacrados, para llamar la atención de las gentes a lo piadosos y justos que eran. Pero también tenían la esperanza de que Dios se fijase y, por eso, habían convertido muchos de los días del año en días de ayuno, que hacía mucho que habían quedado establecidos por la costumbre. De modo que se daba por hecho que todo el mundo debía de ayunar en esos días.

Es evidente que aquel era uno de esos días, y algunas personas fueron a Jesús y le dijeron: "¿Por qué los discípulos de Juan y los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?". "Todo el mundo está cumpliendo con el ayuno", le dijeron. "¿Por qué te burlas de este modo de la tradición? ¿Por qué haces deliberadamente caso omiso de estas costumbres? ¿Por qué no haces que ayunen tus discípulos?". Esta clase de pregunta es la misma que se sigue haciendo en la actualidad: "¿Por qué no cumplen las normas? ¿Por qué no cumplen lo establecido? ¿Por qué su grupo siente que no tiene que adherirse a los mismos principios que el resto de la gente?".

Una vez más la respuesta del Señor es de lo más sugestiva. Lo que dice, de hecho, es: "Habéis malentendido la verdadera naturaleza de la ocasión. Creéis que hay que celebrar un entierro, pero no es así; lo que hay que celebrar es una boda. Tenemos al novio aquí, y nadie ayuna en una boda. Mientras el novio está presente, habrá fiesta y alegría, habrá risa y gozo, pero llegará el día en que el novio se marchará, y entonces es cuando será el momento de ayunar. Pero cuando está presente el novio lo que se hace es organizar una fiesta y no un ayuno". Como es lógico, en esa declaración había un elemento de predicción, indicando que, efectivamente, llegaría un día en que dejaría a aquellos hombres, y entonces ellos ayunarían y lamentarían su marcha, pero, en lo que a nosotros respecta, no llega nunca ese día, o no es necesario que llegue. En nuestras vidas hay momentos de duelo, momentos de dolor, pero en cada uno de ellos hay siempre la posibilidad de la intervención de Cristo en la situación, pudiendo convertirla en un día festivo.

Mediante estas palabras, nuestro Señor está poniendo el dedo en la naturaleza misma de la nueva relación que habría de establecerse y que deseaba demostrar a los hombres, para que viesen cómo sería y lo que significaría en términos de actividad y de expresión. Durante todo ese tiempo los judíos habían adorado en el templo, habían celebrado cultos solemnes y cargados de ritual, que se centraban en el sacrificio y en el silencio ante la grandeza de Dios, pero en ese momento el Señor les estaba enseñando que se había establecido una nueva relación en la que había una vitalidad, un sentimiento cálido de intimidad con el novio mismo, que sólo se podía expresar en términos de gozo y convirtiéndose en una celebración.

Esto es lo que necesitamos ver de nuevo los cristianos. Jesús está comentando aquí acerca de los cambios tan drásticos que se producen en el carácter de la adoración cuando las personas descubren la realidad sobre la relación con Jesucristo. Los cultos han sido, durante demasiados siglos, prestados del concepto del Antiguo Testamento de la adoración, presentando una escena de solemnidad, silencio y ritual. Esto es algo que predomina en la iglesia católica romana y ha sido arrastrado también, de manera inconsciente, por las iglesias protestantes, de manera que todo el mundo se sienta en una actitud de pasmosa solemnidad ante Dios; pero no es esa la imagen que vino Jesús a ofrecernos. "No", nos dice, "en lugar de ayuno, es una fiesta; en lugar de vestirse de arpillera, hemos de llevar una túnica hermosa, y en lugar de la actitud de solemnidad, debiéramos sentirnos gozosos".

Uno de los motivos por los que en la actualidad hay tantas personas que no quieren saber nada de la iglesia, al ver cómo son los cristianos, es porque no se sienten atraídos para nada por lo mórbido y lo aburrido de lo que llamamos la adoración. En muchos cultos que se celebran en las iglesias por todo el país, la dieta es algo que sólo podríamos describir como una papilla predecible, servida con un estilo empalagoso, totalmente aburrida y carente de emoción. Algunos cultos son tan absolutamente predecibles que, sin estar presentes, se puede mirar al reloj y, en un momento determinado, decir lo que está pasando. La predicación que se hace es tan superficial y repetitiva que la gente ha dejado de prestar atención y ya no escuchan. Lo que no entiendo es ni siquiera por qué asisten. Yo sinceramente no culpo a los que no van. La gente de la iglesia se queja de que hay personas que están jugando al golf y montando en barca los domingos por la mañana, pero hasta que la iglesia no recupere la emoción y el gozo de un banquete nupcial y hasta que la gente no sienta esa alegría en su corazón, no se les puede culpar por no ir a la iglesia. Cuando la iglesia consiga recuperar lo que Jesús nos dice en este pasaje, entonces las reuniones estarán llenas.

Nuestro Señor destaca esta diferencia con dos ejemplos de lo más perceptivos y gráficos, en los versículos 21 y 22:

Nadie pone remiende de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo y se hace peor la rotura. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, el vino se derrama y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar. (Marcos 2:21-22)

No había nadie que pudiera dar mejores ejemplos que los que daba Jesús. ¡Qué manera más maravillosa tenía de hablar acerca de las cosas sencillas, que formaban parte de la vida diaria, para exponer la verdad que deseaba ilustrar de una manera totalmente fresca y clara! Está hablando acerca de esta nueva relación, cuando se encuentra el novio entre ellos y hay gozo y se celebra la fiesta. "Cuando tenéis esa clase de relación conmigo", les está diciendo, "entonces no es ya el momento de componer lo antiguo con lo nuevo".

¿Qué es lo que quiso decir con eso? Las relaciones recién establecidas requieren nuevas expresiones. Cuando se sigue haciendo las cosas como se hacían antes, y todo se vuelve aburrido después de un tiempo, se ve afectada la calidad de la relación y, con frecuencia, se pierde el cariño y el gozo. Cuando eso sucede, y algo de repente vuelve a traer una sensación fresca de la presencia de Dios, no intente usted expresarla valiéndose de formas antiguas, porque no le funcionará. Lo nuevo es demasiado poderoso y destruirá las formas antiguas que intentan contenerlo. No se puede hacer de esa manera.

Actualmente tenemos un ejemplo de este hecho en el nuevo despertar del Espíritu que se ha estado manifestando en este país durante los últimos cinco años. En un lugar tras otro, hay personas que lo están intentando explicar con los mismos términos antiguos y conocidos en los cultos, y se encuentran con que no les funciona. Es preciso hacerlo de una manera nueva. En lugar de quedarse sentado con los brazos cruzados, solemne y piadoso, incluso mórbido, ante la presencia de Dios, sin mostrar ninguna reacción, la gente está manifestando el gozo que sienten al venir Cristo a morar en sus vidas como una Persona viva, y lo hacen aplaudiendo, abrazando a otras personas y manifestando de ese modo una relación cariñosa. El resistirse a ello es un error que Jesús ha expresado de una manera muy gráfica, para que nosotros lo podamos entender. Es como poner un pedazo de tela que no ha encogido en una prenda vieja y, cuando el parche se encoge, hace un agujero mayor aún.

La segunda ilustración es semejante: el vino nuevo no se puede meter en odres viejos. En aquellos días no tenían botellas, por lo que usaban las pieles de los animales cosidas. Las pieles antiguas se volvían quebradizas; no eran flexibles, y estallaban fácilmente. El vino nuevo es fuerte y está aún fermentando, despidiendo gases. Si se pone vino nuevo en odres viejos, no tardarán en reventar las pieles y se perderá todo. Lo que Jesús quiere decir con esto es que las reacciones fuertes (porque el vino es el símbolo del gozo) necesitan nuevos controles. Los odres están hechos para poner vino en ellos, pero tienen que ser flexibles; no pueden ser rígidos, inflexibles y que no cedan, sino que deben poder expandirse con el vino, expresando el gozo que contienen. Nuestro Señor, en Su gran sabiduría, nos está mostrando con estas palabras lo que sucede cuando la gente o una persona vuelve a tener una relación vital con Cristo. Necesitan encontrar una nueva manera de expresarlo y no volver a sus antiguas maneras de hacerlo, y eso es lo que el Espíritu de Dios nos está enseñando de una manera muy clara hoy en día.

El principio que está ilustrando nuestro Señor aquí es que no se debe permitir nunca que la tradición destruya las relaciones, y eso es lo que sucede con frecuencia. Tenemos que luchar en contra de la tradición, porque Jesús lo hizo en Su tiempo. Fue el enemigo más sutil y pernicioso con el que se tuvo que enfrentar. Por todas partes que iba, se encontraba con ella cara a cara, teniendo que combatir las rígidas tradiciones del pasado, la mano muerta del pasado que tenía aferrado al presente. Siempre se opuso a eso, y, por ello, nosotros tenemos que estar en contra de las tradiciones que perturban las relaciones.

El tercer incidente expone el problema de las normas, comenzando con el versículo 23:

Aconteció que al pasar él por los sembrados un sábado, sus discípulos, mientras andaban, comenzaron a arrancar espigas. Entonces los fariseos le decían: "Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?". Pero él les dijo: "¿Nunca leísteis lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintió hambre, él y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición, de los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes, y aun dio a los que con él estaban?". También les dijo: "El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del sábado. (Marcos 2:23-28)

Para aquellos hombres esas palabras representaron un desafío. Nuevamente nos encontramos con un incidente que hacía que tuviese que enfrentarse directamente, causando de inmediato la controversia con aquellos fariseos. Ahora bien, lo que hicieron Sus discípulos era algo que hubiera sido perfectamente corriente hacer en cualquier día de la semana. No estaban robando del granjero al pasar por sus campos de grano, porque la ley decía que siempre y cuando no usasen una hoz o una guadaña para coger el grano, cualquier viajero que acertase a pasar y tuviese hambre podía trillar unas cuantas cabezas de grano con sus manos y comer el trigo. El problema era que ese día caía en sábado, y, para entonces, los fariseos habían impuesto ya una enorme cantidad de restricciones sobre el sábado.

Originalmente el propósito del sábado era el de permitir que el hombre se restableciese, para que pudiera descansar y distraerse el sábado. Si era observado como era debido, se convertiría en un verdadero gozo, pero los fariseos le habían dado tantas vueltas e interpretaciones de lo que representaba dejar el trabajo que lo habían convertido en un terrible peso, imposible de soportar. Por ejemplo, afirmaban que estaba perfectamente bien escupir sobre una roca en sábado y que eso no era problema alguno, pero si se escupía en tierra, eso hacía que se convirtiese en barro y el barro era argamasa; por lo tanto, al serlo, se estaba trabajando en sábado, y, por eso, estaba muy mal escupir en el suelo! Esa era la naturaleza de las restricciones que habían ideado. Por eso no es de sorprender que pensasen que estaba mal que trillasen una cabeza de grano en el sábado, a pesar de que tuviesen hambre, porque eso representaba trabajar en sábado.

Jesús hizo que cayesen en la misma trampa que ellos le habían tendido. Estaban apoyando sus normas y defendiendo sus leyes, haciendo uso del mandamiento: "Acuérdate del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna... " (Éxodo 20:8-10a). Pero Jesús les dijo: "Esperad un momento. ¿No habéis leído nunca lo que dice en 1˚ de Samuel 21? David y sus hombres, huyendo para salvar la vida, tenían hambre. No había comida normal al alcance, de modo que en su desesperación entraron en el tabernáculo, cogieron el pan de la proposición, que la ley que había sido designada por Dios mismo decía que era sólo para los sacerdotes, y se lo comieron. Doce barras de pan, como un símbolo para Israel, preparado cada semana y colocado sobre la mesa del tabernáculo. Después de una semana, los sacerdotes, y solamente ellos, se lo podían comer, pero David, debido al hambre que sentían sus hombres, se atrevió a entrar en el tabernáculo y coger aquellas barras de pan y a distribuirlas entre sus hombres, y Dios no hizo nada al respecto. ¿Qué pensáis al respecto?".

Lo cierto es que no respondieron a la pregunta de Jesús, de modo que Él saca la conclusión: "El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado. Y el Hijo del hombre, el hombre más esencial, es Señor incluso del sábado". Mediante estas palabras, lo que hace es subrayar el principio que debe gobernar nuestras vidas como creyentes: los seres humanos tienen siempre que tener precedencia por encima de las normas. El hambre es algo sano y, por lo tanto, santo. Está mal estipular normas que impiden que los hombres satisfagan las necesidades básicas de su vida. Por eso es por lo que necesitamos examinar los sistemas actuales. Es fácil centrarse en un solo acto y decir: "Eso es quebrantar una norma". Sí, pero ¿por qué se quebranta? Eso es lo que es preciso que pregunten la sociedad y la iglesia. ¿Hemos obligado a una persona, mediante el sistema por el que rige su vida, a hacer algo ilegal a fin de poder satisfacer una necesidad básica en su vida? Si es así, entonces hay algo que está mal en ese sistema. Eso era lo que Jesús les estaba obligando a examinar. El sábado había sido creado para restablecer a los hombres, pero cuando se convertía en una carga, entonces estaba mal. Esas normas, creadas por los hombres, tenían que ser quebrantadas, y nuestro Señor lo hizo.

Hace algunos años envíamos un equipo de hombres a atender las necesidades de una facultad en el oeste central del país. Estábamos celebrando reuniones en una sala muy grande en el dormitorio del internado de las mujeres. Había una norma en aquella facultad según la cual las chicas debían estar en sus dormitorios a las 10.30 de la noche. Los chicos podían quedarse levantados hasta las 12.00, pero las chicas se tenían que acostar a las 10.30. Estábamos celebrando una reunión fantástica, y Dios se había manifestado de una manera maravillosa. Aquellas jóvenes habían comenzado, por primera vez, a relacionarse unas con otras como personas y estaban acercándose unas a otras, pidiendo perdón y siendo perdonadas, llorando juntas y abrazadas unas a otras, orando las unas por las otras, y el Espíritu se estaba moviendo en gran manera.

A las 10.30 en punto apareció la encargada del dormitorio, entrando como una exhalación, y dijo: "SON LAS 10.30. ¡ES HORA DE QUE LAS MUCHACHAS ESTÉN EN SUS HABITACIONES!". Una de ellas dijo: "Pero es que Dios está obrando aquí, y ahora no podemos terminar la reunión". La responsable contestó: "YO SOY LA ENCARGADA AQUÍ, Y, SEGÚN LAS NORMAS, OS TENÉIS QUE ACOSTAR A LAS 10.30, Y ME VOY A ASEGURAR DE QUE SE CUMPLAN!". Uno de nosotros tuvo el suficiente sentido como para decir: "Entendemos su problema. ¿Podemos hablar con usted sobre ello?". ¡Por lo que enviamos a uno de los hombres a que hablase con ella durante 2 horas y media, mientras continuaba la reunión!

Así es como normalmente pensamos. Es preciso acostarse a la hora establecida, pase lo que pase. Las normas de conducta en el hogar se tienen que cumplir, teniendo precedencia sobre todo lo demás; pero Jesús dijo: "No, el ser humano tiene precedencia por encima de las normas". Las normas están hechas para ordenar las necesidades, para eso son y están perfectamente bien de ese modo, pero cuando una norma acaba por oponerse a que se supla una necesidad, entonces hay que eliminar esa norma. El Señor es el primero que ha dejado eso claro.

El último incidente tiene que ver con el peligro del orgullo celoso y se encuentra en el capítulo 3:

Otra vez entró Jesús en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía seca una mano. Y lo acechaban para ver si lo sanaría en sábado, a fin de poder acusarlo. Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: "¡Levántate y ponte en medio!". Y les preguntó: "¿Es lícito en los sábados hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?". Pero ellos callaban. Y mirándolos con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: "Extiende tu mano". Él la extendió, y la mano le fue restaurada sana. Salieron entonces los fariseos y se confabularon con los herodianos para destruirlo. (Marcos 3:1-6)

Es evidente que aquel fue un momento crucial en el ministerio de Jesús, marcando el punto culminante de una creciente hostilidad que podemos seguir, leyendo las preguntas que le hicieron los fariseos. La primera es un tanto suave: "¿Por qué come y bebe con los publicanos y pecadores?". La segunda es un poco mas seria: "¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?". La tercera es aun más crucial: "¿Por qué hacen en sábado lo que no es lícito?". La cuarta nos coloca frente a la declaración: "Lo acechaban... a fin de acusarlo". La hostilidad se había vuelto más contundente, la puerta de la sinagoga se estaba cerrando para Jesús, y, en esos momentos, aquellos hombres se convirtieron en Sus enemigos declarados y acérrimos.

Pero le hicieron un cumplido asombroso. Entraron en aquella sinagoga en la que estaba presente un hombre con la mano seca. Sabían, sin duda alguna, que Jesús no se encontraría al frente hablando con los sacerdotes, sino que estaría interesado en aquel hombre que tenía la mano seca. Eran conscientes de que le podían pillar de aquella manera.

Fijémonos de qué modo maneja Jesús la situación. Llama al hombre, a propósito, para que pase al centro, haciendo que la atención se centre sobre él, diciendo: "No quiero que ninguno de vosotros os perdáis esto. Ven aquí". Y el hombre se colocó en medio de ellos. Mientras estaba allí, Jesús se volvió hacia los fariseos y les hizo dos preguntas muy contundentes. Les dijo, de hecho: "Os preocupa el sábado, ¿verdad? Dejadme que os pregunte algo: ¿Quién piensa más en el sábado, yo o vosotros?". Porque podía leer los pensamientos de aquellos hombres. "Quiero hacer el bien a este hombre, mientras que vosotros lo que queréis es perjudicarme. Yo quiero salvar y sanar a este hombre, mientras que vosotros estáis pensando en matarme. ¿Qué es lo que concuerda más con el sábado?". Marcos dice que ellos permanecieron callados, lo cual no es de sorprender.

Entonces, enfurecido por la dureza de sus corazones, dolorido por su resistencia, Jesús sanó al hombre, subrayando de ese modo que un exceso de celo (que era lo que motivó a aquellos hombres en sus normas y reglamentaciones con respecto al sábado) es algo destructivo y estaba invalidando algo que estaba perfectamente bien. No hay nada de malo en el sábado, tal y como Dios se lo dio al hombre, pero aquellos hombres lo habían rodeado de tantas normas y reglamentaciones que lo habían destruido. Su celo por guardarlo había acabado por arruinarlo. Jesús llega al fondo del asunto. Marcos deja constancia de que la reacción inmediata de aquellos hombres fue sentirse tan enfurecidos por la amenaza que representaba a la postura que ellos favorecían en la sociedad que salieron de inmediato y se unieron a sus enemigos, los herodianos, para decidir cómo podían destruirle. Así es cómo trataba Jesús el mal, sacándolo a relucir, donde todos pudiesen verlo.

Para terminar, hagamos un par de preguntas, porque nosotros mismos tenemos que enfrentarnos con muchas de estas situaciones: ¿Por qué actuó Jesús de aquella manera? ¿Por qué provocó a propósito la controversia y la hostilidad? El motivo por el que con frecuencia lo hacemos nosotros es que deseamos defender una cierta causa, y la mayoría de los revolucionarios y políticos de nuestros días están intentando atacar a otro grupo, porque están defendiendo a su propio grupo. Sienten que es necesario destruir al otro grupo para poder defender sus propios ideales, pero nuestro Señor no hizo eso. Fíjese en que Él nunca fue duro o amenazador. A pesar de que ponía al descubierto lo que estaba mal, no fue nunca rígido en Sus palabras ni en la actitud que adoptó hacia los hombres. Estaba triste y dolorido, pero no fue inclemente, y tampoco fue estridente ni extravagante. Nunca hizo las cosas sencillamente para ser diferente, ni intentó llamar la atención sobre Sí mismo, haciendo cosas extrañas, llevando una cruz sobre la espalda, o golpeándose en público, o llevando ropa extraña o sencillamente dando la impresión de ser completamente diferente a los demás.

Con todo y con eso, después de haber dicho todo aquello, tampoco se mostró atemorizado ni hizo ninguna concesión. La respuesta, como es natural, es el principio que gobernaba Sus acciones: sencillamente se mostró siempre fiel a la verdad. Reaccionó de la manera en que Dios había diseñado que fuese el hombre, sin tener la menor contemplación con aquello que pudiese interponerse en Su camino. Por eso hizo esas cosas. No permitió que se interpusiesen en Su camino las normas, las insensatas tradiciones, reglas, perjuicios y exceso de celo. Cuando llegaba el momento de tratar con un ser humano, le trataba tal y como Dios le había hecho; y cuando nosotros mismos quebrantamos las reglas y las normas impuestas por los hombres por esa causa, y con esa misma actitud, entonces estaremos actuando del mismo modo que lo hizo Jesús. Que Dios nos ayude a tener la sabiduría y el valor necesario para hacerlo así.

Oración

Padre nuestro, nos sentimos asombrados por la maravillosa percepción y comprensión que tuvo nuestro Señor con la humanidad. Gracias por Su valor, que hizo que se atreviese a desafiar las tradiciones de los hombres. Concede que también nosotros lo tengamos. Enséñanos a caminar en el Espíritu en este sentido, en el nombre de Jesús. Amén.