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Nuevo Testamento

1 Juan: El fruto de la comunión con Cristo

Autor: Ray C. Stedman


Hay dos de los discípulos de Jesús a los que me hubiera gustado conocer especialmente en los días de su vida aquí en la tierra. Uno de ellos es Pedro y el otro es Juan. Me agradan estos dos hombres y me siento especialmente impresionado por el cambio que la comunión con el Señor Jesús produjo en sus vidas, que es lo que me impresiona acerca de estos dos hombres.

Como sabrá el lector, Pedro era excéntrico, impulsivo e impetuoso. Como alguien ha dicho muy bien: "Siempre que Pedro entra en escena lo hace de un modo que causa una profunda impresión". Parece como si Pedro tuviese el arte de meter la pata continuamente; daba la impresión de que cada vez que abría la boca decía lo contrario de lo que debería haber dicho, a pesar de lo cual el Señor hizo de él una roca estable, segura y de la que se podía depender, tal y como implica su nombre. Se convirtió en el punto de apoyo de los cristianos en los días de las persecuciones que tuvieron lugar durante el primer siglo, y eso solo por el hecho de estar con el Señor y conocerle. Sin embargo, el cambio más profundo se produjo en él después de la muerte y resurrección del Señor, por lo que no tenemos necesidad de pensar que fue la presencia personal de Jesús lo que cambió a estos hombres. La transformación se produjo en ellos después de que Él muriese y resucitase de nuevo, y Él puede también producir esa transformación en nosotros.

Juan fue el otro en el que se produjo una transformación drástica, gracias a nuestro Señor. Era un joven, el más joven de todos los discípulos, y, de hecho, muchos eruditos concuerdan en pensar que no era más que un adolescente cuando empezó a seguir al Señor, que posiblemente tendría unos diecisiete o dieciocho años. Juntamente con su hermano Jacobo, era un joven impetuoso, que hablaba con absoluta franqueza y de manera impulsiva con tendencia a desahogarse. Es posible que fuese un bocazas, porque el Señor le puso el mote de Hijo del Trueno, que era la manera, llena de ternura, de expresar el Señor el problema que tenía Juan, que estaba todo el tiempo dando rienda suelta a sus sentimientos; así que el Señor llamó tanto a Jacobo como a Juan Hijos del Trueno.

Pero Juan se convirtió en el apóstol del amor. Era conocido por su dulzura, su afabilidad y bondad. También ha sido llamado "Virgen". Por lo que sabemos, no llegó a casarse nunca, ya que no ha quedado constancia de ello. Pero le llamaban "virgen" sencillamente por la pureza de su vida. Se convirtió en un hombre caracterizado por su evidente devoción y amor por el Señor Jesús, de modo que durante toda su vida se destacó como el apóstol del amor.

Es Juan el que nos escribe a nosotros estas epístolas. Puede que sepa usted que esta primera epístola de Juan es posiblemente la última que se escribió en el Nuevo Testamento, y es factible que la escribiese después del evangelio de Juan. Por lo tanto, es quizás la última palabra que tenemos de los apóstoles. Procede, sin duda, de cerca de finales del primer siglo, tal vez del año 100 d.C., como nos dicen algunos eruditos. Fue escrita en la ciudad de Éfeso, donde Juan pasó los últimos años de su vida.

Posiblemente fuese dirigida a los cristianos en esta ciudad de Éfeso, que se enfrentaban, como lo hacemos nosotros, con peligros y dificultades causadas por vivir una vida en un mundo ateo y pagano, dedicado a la adoración del sexo y las costumbres licenciosas, amantes de la sabiduría humana (como lo eran los habitantes de todas aquellas ciudades griegas), y especialmente deseoso de exaltar al hombre y sus habilidades. Eso se parece bastante a nuestro mundo occidental, ¿no es cierto? La Primera Epístola de Juan fue escrita, por lo tanto, a personas que se encontraban en esa clase de situación y, debido a ello, tiene mucho que decirnos a nosotros.

En uno de los comentarios acerca de Primera de Juan, el autor dice: "La Primera Epístola de Juan es un desafío para resumirla". Durante muchos años hubiera estado de acuerdo con esa afirmación, pues consideraba que Juan era una especie de divagador. Sencillamente escribía y cambiaba con frecuencia de tema, y no parecía haber ningún ritmo o razón en su epístola; pero al predicar sobre una serie de treinta y cinco mensajes sobre esta epístola, empecé a darme cuenta de su composición.

¡La principal preocupación de Juan es el verdadero cristianismo! Me imagino que incluso ya a finales del primer siglo, algo del desánimo, lo aburrido y la monotonía, con la que en ocasiones se ha visto plagado el cristianismo, ya habían hecho su aparición. La frescura, la vitalidad, la novedad, la emoción y lo dramático de la fe cristiana habían empezado a perder algo de su brillo y de su encanto.

Por lo tanto, Dios guía a Juan para que pida al pueblo que tenga en cuenta las cosas de vital importancia, que hacen que la vida sea algo real. Por lo que Juan se siente preocupado por una manifestación auténtica del cristianismo, que siempre se compone de los mismos tres elementos. La composición de esta primera epístola de Juan enfatiza esas tres cosas esenciales que hacen del cristianismo algo genuino y que son la verdad, la justicia y el amor. Por lo tanto, estas tres cualidades se convierten en las señales que enfatiza Juan como prueba ante cualquiera de que él o ella es una persona cristiana. La epístola nos ofrece una maravillosa vara de medir con la que podemos poner a prueba nuestra fe cristiana. ¿Cómo nos va? ¿Estamos a la altura que debiéramos estar? ¿Manifestamos la verdad, la justicia y el amor? Hay un preludio, acerca del cual hablaré en un momento, pero comenzando por el versículo 18 del capítulo dos, y que va hasta el capítulo cuatro, versículo 21, se enfatizan estas tres cualidades: la verdad, la justicia y el amor.

Pero antes de empezar con el tema, nos ofrece un preludio, que es realmente la clave en lo que se refiere a cómo manifestar en su vida la verdad, la justicia y el amor. Es la relación a la que Juan se refiere como comunión con Dios, unidad con Él, una identificación de su vida con Jesucristo. Pero si no tiene usted eso, no puede producir ni justicia, ni verdad ni amor, porque le resultará imposible.

Alguien ha dicho que es posible buscar en todos los escritos de Sócrates, de Aristóteles, de Platón, de Confucio y de Buda, así como otros importantes líderes mundiales del pensamiento ético y moral, para poder encontrar todo lo que está escrito en el Nuevo Testamento, exhortando al hombre sobre cómo comportarse. En otras palabras, si todo cuanto necesita usted es un buen consejo, no necesita la Biblia, porque puede obtener muy buenos consejos de esas otras religiones, pero lo que no le dirán esos dirigentes es cómo conseguirlo. ¡El cómo! A eso es a lo que se refiere Juan.

¿Cómo se sigue ese buen consejo? Como ya sabe, la regla de oro no se encuentra solo en el Nuevo Testamento, sino que se halla una expresión de ella, aunque en su forma negativa, en todas las otras religiones. No haga usted a otros lo que no quiere que le hagan a usted. ¡Pero en Cristo hallamos el secreto de cómo conseguirlo! Es mediante la unidad con Él, unión con Él, comunión con el Señor Jesús, Él habitando en usted y usted en Él, y Juan comienza hablando de eso.

Desde el principio mismo dice que tiene experiencia personal en ese sentido. "Yo le vi", dice, "le sentí, le oí, le toqué. Era una persona real; no había nada de falso ni de engañoso en él. Encontré en la comunión de su vida, la posibilidad de empezar a amar, de andar conforme a la verdad, en obediente justicia para con Dios" (1 Juan 1:1-2). Ese es el fundamento y la clave de esta epístola, al comenzar con esta nota de comunión con Jesucristo.

Se dará usted cuenta de que a lo largo de toda esta epístola enfatiza el hecho de que Jesús apareció en la historia. Ese es el primer tema del que habla bajo el epígrafe de la verdad. La verdad sobre Jesús es que es Dios y es hombre. Es las dos cosas: el Dios eterno, unido a todas las grandes revelaciones del Antiguo Testamento, que destacan el ser y la personalidad de Dios; y es hombre, pues es de carne, vivió entre nosotros, fue hombre, sufrió y murió como tal. Todo ello con el propósito de que pudiésemos compartir Su vida, Su naturaleza divina. Esto era totalmente contrario a una filosofía que era corriente en los tiempos de Juan, a la que se llamaba "gnosticismo". Lo más parecido a ello en la actualidad es la Ciencia cristiana, que es casi puro gnosticismo, que enseñaba que la materia es mala y el espíritu es bueno. Por lo tanto, el espíritu del hombre está encarcelado en un cuerpo malvado. El propósito de esta vida es enseñarnos a elevarnos, de algún modo, sobre el mal de nuestro cuerpo y liberar al espíritu del cuerpo material malvado, alcanzando de esta manera el nirvana o el cielo, o como lo queramos llamar.

Además se dará usted cuenta de que eso sigue siendo aún algo que se acepta, de modo muy corriente, en muchos lugares; y Juan escribe en contra de esa idea, diciendo: "No sigáis esa filosofía", porque Jesús ha venido en verdad. La verdad sobre Jesús es que vino como Dios, se hizo hombre, y todo aquel que no diga eso acerca de Jesucristo es un mentiroso.

El problema era que en aquel entonces había muchas personas que eran maravillosas, que daban la impresión de ser personas agradables, corteses, consideradas y educadas, y cuyo propósito no era acabar con el cristianismo, sino que lo que pretendían era mejorarlo. Por lo que sencillamente eliminaban algunas cosas y restaban importancia a otras cosas del Nuevo Testamento con respecto a Jesús al tiempo que enfatizaban otras que concordaban con lo que pretendían enseñar. De ese modo intentaban hacer que el cristianismo fuese intelectualmente respetable.

Este proceso sigue igual actualmente, pero Juan dice que si cedemos a esto, si sucumbimos a esta clase de engaño, se encontrará usted con que le han engañado y con que no es usted cristiano. Estará siguiendo una mentira y se convertirá en víctima del timo y del engaño, y los resultados son terribles.

En la segunda sección, el apóstol enfatiza la justicia. El cristianismo no se trata sencillamente de firmar una doctrina o credo, ni de firmar su nombre bajo una declaración de fe: "Creemos en Dios Padre Todopoderoso, y en Jesucristo Su único Hijo, nuestro Señor, que sufrió bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día... " etc., etc. No se trata de eso; es mucho más que la verdad; también es justicia. Significa que cambia su comportamiento. Lo que Juan enfatiza, como sucede con todos los escritores del Nuevo Testamento, es esto: "Escuchad", dice, "si realmente tenéis a Jesucristo viviendo en vosotros, no podéis seguir siendo la misma persona. No podéis seguir viviendo en pecado, haciendo cosas que están mal, mintiendo y robando, cometiendo inmoralidades sexuales; no podéis hacerlo".

Como verá, estos gnosticos decían: "Escuchad, si el espíritu es bueno y la materia es mala y nuestros cuerpos son materia, lo único que cuenta es el espíritu. Lo que hagamos con nuestros cuerpos poco importa; no hace la menor diferencia. De modo que si queréis participar en las lujurias, adelante. No afectará vuestra postura ante Dios". Como resultado de ello, estaban convirtiendo (como dice Judas) la gracia de Dios en libertinaje. Estaban enseñando a la gente, a los cristianos, que podían poner en práctica todas las inmoralidades de su tiempo, y Dios aún seguiría tratándoles exactamente igual; su relación con Él no cambiará ni un ápice. Pero Juan dice:

Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él y no puede pecar, porque es nacido de Dios. (1 Juan 3:9)

Estas dos posturas son incompatibles. No puede usted tener al Espíritu Santo morando en su interior y llevar al mismo tiempo una vida impía. Si lleva una vida impía y pretende ser cristiano, es usted un mentiroso, dice Juan, y es brutalmente franco al respecto.

Pero hay una tercera cosa. Es fácil para los cristianos decir hoy: "Bueno, sí, eso es verdad. Tenemos que enseñar la verdad, obedecer la verdad y creer en la verdad acerca de Cristo y, como es natural, tenemos que dejar de hacer las cosas que hace el mundo. Hasta ahí llegan. ¿Ha escuchado usted a cristianos ponerse en pie y dar testimonio en este sentido? Ellos dicen: "Yo antes fumaba, bebía, bailaba e iba al cine, jugaba a las cartas, apostaba y hacía todas esas cosas terribles, pero ya no hago más ninguna de ellas. Creo en el Señor y he abandonado esas cosas". Dan la impresión de que eso debería conseguir que todo el mundo se hiciese cristiano al ver que se ha producido un cambio tan espectacular en esa persona.

Sin embargo, lo que no tarda uno en descubrir es que las personas no se sienten ni mucho menos impresionadas por lo que ha dejado usted de hacer, porque la verdad es que cualquier persona mundana puede dejar de hacer esas cosas si tiene un buen motivo para dejarlo, y de hecho hay quien lo hace. Si esa es la base de su testimonio cristiano, no tiene usted nada más que decir de lo que tienen ellos. No, el mundo no se impresiona ni mucho menos por el hecho de haber dejado de hacer algo.

Pero lo que sí les impresiona es verle a usted hacer algo que ellos no son capaces de hacer. En eso consiste el amor. Por eso es por lo que Juan dice que la tercera señal del cristiano genuino es que comienza a amar, y no precisamente a los que le quieren a él (cualquiera puede hacer eso, fue el comentario de Jesús), sino que comienza a amar a aquellos que no le aman, tratando con amabilidad a aquellos que le tratan mal, devolviendo bien por mal y orando por aquellos que le tratan con rencor, dando la bienvenida y tratando con amabilidad a aquellas personas que están en contra de usted y que tratan de perjudicarle. Esa es la señal del amor, ¿no es cierto?

Ya no trata usted a las personas necesitadas a su alrededor con una cruel indiferencia, sino que reacciona frente a ellas y no las elimina usted de su vida. Juan dice: "Si acude un hombre a su puerta y le dice: ꞌTengo hambre y no tengo nada que ponermeꞌ, y usted tiene lo que necesita esa persona, pero le dice: ꞌYa está bien, hermano. Oraremos por usted. Márchese y caliénteseꞌ, es ridículo decir que el amor de Dios está en usted; es absurdo. ¿Cómo puede usted decir eso? Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto" (1 Juan 4:20). ¿Ve usted lo práctico que es con respecto a estos asuntos?

De manera que enfatiza que la comunión con el Señor Jesús, esa unidad, día tras día caminando con Él, abriendo su corazón a la Palabra de Dios, permitiendo que Su luz brille en usted, haciendo posible que el poder de Cristo le transforme, dará como resultado que se manifieste la verdad de la justicia de Jesús en su comportamiento personal y en su amor hacia sus hermanos, hacia sus semejantes, además de hacia los otros miembros de la iglesia de Dios.

Y el resultado final, así como la nota con la que concluye esta epístola, es la seguridad. Hay cosas que usted sabe con un conocimiento inquebrantable, que nadie puede destruir y que ningún argumento racional podrá echar por tierra. Usted sabe que lo que Dios le ha dicho es la verdad y que lo que ha revelado con respecto al mundo también lo es. Tiene usted una creciente seguridad que sirve de fundamento a su vida. Como leemos en la nota final de Juan:

Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios lo guarda y el maligno no lo toca. (1 Juan 5:18)

Eso es justicia. Juan nos dice que sabemos que somos de Dios, de la naturaleza misma y el ser de Dios, el Dios que es amor, y que el mundo entero está en poder del maligno, y por eso es por lo que no pueden amar. Hablan sobre ello y lo desean, lo buscan, pero no lo pueden encontrar, porque Dios es amor. Sabemos que somos nacidos de Dios, y nos dice:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo... (1 Juan 5:20a)

¡Qué impresionante declaración para una época en que todo el mundo nos dice que no se puede saber nada con seguridad, que nadie sabe nada con seguridad! Juan dice que nosotros sí lo sabemos, porque nos ha sido dado entendimiento.

He aquí su palabra final, que es sumamente importante. Estoy convencido de que debería resonar a diario en nuestros oídos:

Hijitos, guardaos de los ídolos. (1 Juan 5:21)

¿Por qué? Bueno, porque el primer y grande mandamiento es: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" (Mat. 22:37). Ese es el propósito principal del hombre, y la idolatría es amar alguna otra cosa como debemos amar a Dios. ¿Qué es un ídolo? Es algo que sustituye a Dios. El Dios que nos creamos es el que hace que nos sintamos excitados, el fin para el que ahorremos nuestro dinero; es aquello en que lo gastamos; ese es nuestro Dios.

Hijitos míos, habéis encontrado al Dios verdadero, así que manteneos alejados de estos ídolos secundarios, de estos dioses sustitutos que exigen toda vuestra atención. Entregaos solo a Aquel que puede llenaros y concederos los deseos de vuestro corazón. Esta es una palabra muy importante, ¿verdad? Es el que nos ayudará a pasar a salvo por todas las dificultades que encontremos en nuestro camino.

Oración

Padre nuestro, Tú conoces todos los ídolos que se yerguen a diario frente a nosotros: el dios del placer, el del egoísmo, el dios Narciso, que hace que nos amemos, admiremos y miremos a nosotros mismos; Venus, la diosa del amor (¡cómo le seguimos, Señor, exaltándola cuando no deberíamos hacerlo!); Baco, el dios que hace que nos dejemos arrastrar y disfrutemos del placer, como si ese fuese el fin principal de la vida, como si la diversión fuese la razón de la vida. Señor, líbranos de esos dioses, de esos dioses falsos que nos privan de nuestra fe, de nuestro amor hacia la humanidad. Haz que amemos mucho más al Señor Jesús, que es el único Dios verdadero, que ha venido con el fin de que poseamos el conocimiento acerca de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, que ha venido para enseñarnos la justicia y cómo amar con un corazón generoso, en lugar de un corazón que vive para sí mismo. Señor, te pedimos todas estas cosas en esta hora del siglo veinte, sabiendo que estamos expuestos a los mismos peligros que lo estuvieron los creyentes del primer siglo, y necesitamos Tu poder con desesperación. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.