COMO ORABA JESUS

por Ray C. Stedman


Aconteció que, estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: --Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. (Lucas 11:1, Versión Reina Valera Actualizada)

Jesús era motivo de continuo asombro para sus propios discípulos. La vida junto a él resultaba una interminable experiencia de gozo y de perplejidad y ellos estaban continuamente intentando explicarse a Jesús a su propia satisfacción. Habían viajado con él a lo largo y ancho de la tierra de Israel y había sido como una gran campaña militar. Presenciaron incursiones en contra de los oscuros poderes de la enfermedad, la muerte y la desesperación, por toda la tierra y los discípulos no pudieron olvidar las poderosas demostraciones de su poder. Recordaban la gratitud reflejada en los ojos de los que habían estado inválidos, ciegos, enfermos, mudos y sordos, así como de los afligidos, de los que habían sido sanados y liberados, enviados de vuelta junto a sus seres amados. Estaban continuamente asombrados por la sabiduría de la que Jesús hacía gala, contemplandole siempre fijamente, preguntándose cuál sería el secreto de su sabiduría y de su poder. Cuando él comía, dormía, enseñaba y viajaba, ellos le observaban sin cesar y aquí Lucas nos dice, que Jesús estaba orando y cuando hubo acabado, uno de ellos le habló. Los discípulos le estaban observando y al hacerlo de repente uno de ellos, cuyo nombre no se menciona, cayó en la cuenta, en su corazón, de que de algún modo aquel asombroso poder de Jesús estaba relacionado con su vida de oración. Cuando hubo acabado, uno de ellos, hablando en nombre de todos los discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar.

Esta es una petición muy significativa porque, sin duda, estos discípulos debían ser hombres de oración y cuando le dijeron: "Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos no estaban dando a entender que Juan poseyese una escuela con un ministerio superior. No estaban diciendo: "En ese ministerio ambulante que Juan lleva a cabo ofrece un curso acerca de la oración, pero tú aún no nos has dicho nada al respecto. Lo que querían decir era "hubo un tiempo en que algunos de nosotros fuimos discípulos de Juan y él nos enseñaba cómo orar, pero Señor, te hemos estado observando, y vemos que eres un maestro de la oración. Ahora bien, del mismo modo que hubo un tiempo en que Juan nos enseñó a orar, ¿podrías tu impartirnos esa enseñanza y descubrirnos los secretos de cómo orar? Porque al observarte, nos hemos dado cuenta de que, de algun modo, la maravilla y el misterio de tu carácter tienen están relacionados con tu vida de oración y ha hecho que seamos conscientes de que sabemos realmente muy poco acerca de la oración. Señor, ¿podrías enseñarnos cómo orar?

Si hay una oración por encima de cualquier otra, por la que sienta profundo anhelo en mi propio corazón, es que cada uno de nosotros en la Iglesia Peninsula Bible podamos llegar a ese punto en el que, con toda sencillez y profundamente conscientes de nuestra gran necesidad en este sentido, clamemos como lo hizo este discípulo, con urgencia, y digamos: "Señor, enséñanos a orar. Porque el hecho crudo y duro es que realmente no tenemos ni idea de cómo orar, ni como individuos ni corporalmente, como iglesia y la prueba de que no sabemos hacerlo está en la gran cantidad de personas que tenemos a nuestro alrededor que desfallecen. En nuestros anteriores estudios acerca de la oración, nos encontramos con las palabras de nuestro Señor, en el sentido de que es preciso que los hombres oren y no desmayen. Es decir, o bien oramos o desmayamos, una de dos. El dijo que la vida acontece de tal manera que los hombres o bien descrubren el poderoso ministerio de la oración o se dejan arrastrar por el desanimo y la frustración de una vida debil, carente de todo poder, inútil y sin fruto. Y la evidencia de que las personas no están orando la hallamos en el desfallecimiento que abunda entre nosotros, el desanimo, la ansiedad, el temor, la culpabilidad y desesperación, en ese pátetico ir a tientas, a la deriva, que hallamos en muchas vidas.

Sé que existen honrosas excepciones, en este sentido, y le doy gracias a Dios por ellas, y que hay algunos entre nosotros que hemos aprendido algo acerca del fortaleciente ministerio de la oración en la vida individual, algo perfectamente evidente. Hay aquellos que poseen un gozo y un brillo en su existencia que resulta imposible negar, que se enfrentan con cada circunstancia con ese triunfo imponente e irresistible, que caracteriza la auténtica fe cristiana, y el ministerio de la oración es muy evidente en sus vidas, pero debemos admitir que también son muchos los que se sienten desfallecer, tanto entre la juventud como entre las personas de mas edad y esto demuestra una considerable falta de la auténtica oración. Existe una extraña resistencia a participar activamente en lo relacionado con el ministerio y el servicio, un temor a atrevernos a hacerlo y a arriesgar nuestras vidas en alguna empresa o un ministerio que precise un compromiso por nuestra parte. Existe un patético esfuerzo por defendernos a nosotros mismos, en este sentido, por excusar nuestra falta de deseo, por no estar dispuestos. Una vez mas, existen honrosas excepciones también en este caso, y le doy gracias a Dios por ellas, pero entre nosotros la falta de oración sigue siendo evidente.

La prueba de que no oramos como un cuerpo, como iglesia, es el debil rendimiento en este sentido. Debo confesar que no lo entiendo, pero parece existir una conspiración silenciosa por evitar las reuniones de oración. Estoy hablando con toda sinceridad, pero hay algo que debo añadir a fin de aclarar que no es mi intención, ni mucho menos, herir a nadie. No es mi intención machacaros, acusar o criticar severamente a nadie desde el púlpito. No pretendo crear una especie de asistencia obligatoria a las reuniones de oración, aunque en ocasiones he sentido el deseo de hacerlo, pero debo afrontar un hecho ineludible y es que si, en este sentido de vital importancia, nosotros los que somos cristianos estamos fallando, es sencillamente porque aún no hemos visto lo que es la oración y el papel que representa en la vida cristiana. De algun modo el enemigo ha cegado nuestros sentidos y ha empañado nuestros ojos, para que no podamos ver esto con toda claridad. Es con la esperanza de que estos mensajes puedan ayudar a cubrir esa falta y aclarar esta necesidad, por lo que he creado esta serie acerca de la oración. Me gustaría pedir que cada uno de nosotros se uniese a este discípulo, al que no se menciona por nombre, que clamemos con desesperación, con verdadero anhelo, con nuestras vidas carentes de poder, y que digamos: "Señor, enséñanos a orar.

Hay algo que resulta inmediatamente evidente. Cuando pronunciamos estas palabras, con corazones sinceros, hemos dado ya el primer y el mas importante paso por descubrir el poder de la oración. Cuando decimos "enséñanos a orar lo estamos haciendo por un sentido de necesidad y la oración no es otra cosa que la expresión de la necesidad humana a un Padre anhelante. La oración es el clamor de un hijo amado a un Padre, que tiene un corazón de padre, que está dispuesto a derramar todo cuanto tiene para darnos, y cuando hacemos esta oración: "Señor, enséñanos a orar estamos clamando por un sentido de necesidad.

Cuando llegue el momento examinaremos lo que dijo nuestro Señor a estos discípulos en respuesta a su petición, pero por el momento baste con preguntar: "¿qué es lo que vieron ellos en la vida de Jesús como para que hiciese brotar ese clamor de sus corazones? ¿Qué fue lo que les impresionó al contemplar a Jesús orando y lo que les convenció de que su vida de oración, su asombroso poder y sabiduría estaban de algun modo relacionados?

En primer lugar fueron testigos de que, en el caso de Jesús, la oración era una necesidad. Era algo mas que una costumbre ocasional por su parte, era una costumbre de toda la vida, era una actitud de mente y corazón, era el ambiente en el que vivía, era el aire mismo que respiraba. Todo cuanto hacia tenía su origen en la oración y oraba literalmente sin cesar. El apóstol Pablo nos anima a orar sin cesar y al contemplar estos discípulos a Jesús vieron que oraba, efectivamente, sin cesar. Es evidente que no siempre era una oración formal, que no se arrodillaba cada vez, aunque lo hacía en ocasiones. No se ponía en pie, con la cabeza inclinada, en una actitud de oración continua. De haberlo hecho, como es natural, no habría conseguido hacer nada, pero lo sorprendente es que pudo mantener una vida de oración en medio de un ministerio increiblemente activo y resulta realmente asombroso la cantidad de cosas que pudo llevar a cabo en tres años. Se vio sometido, como muchos de nosotros, a una vida de increible presión y de continuas interrupciones y nunca se propuso hacer algo sin que le interrumpiesen. Al llevar a cabo su ministerio tuvo que enfrentarse con una creciente oposición, continuamente acosado y haciendo constantemente frente a la resistencia al curso que estaba llevando, incluso por parte de sus propios discípulos. Pero, en medio de una vida increiblemente ocupada y de tremenda presión y continuas interrupciones, estaba en constante oración. Estaba orando en espíritu al mismo tiempo que sus manos estaban ocupadas sanando, daba gracias mientras partía el pan y alimentaba a los cinco mil. Junto al sepulcro de Lázaro dio gracias al Padre abiertamente, antes de pronunciar aquellas palabras "¡Lázaro, ven fuera! (Juan 11:43), con una dramática manifestación de poder. Cuando vinieron los griegos, queriendo ver a Jesús, le dieron el mensaje y su respuesta inmediata fue una de oración "Padre dijo, "glorifica tu nombre (Juan 12:28a). Había una continua sensación de anticipación por su parte, sabiendo que el Padre estaría obrando por medio de él y, por lo tanto, estaba todo el tiempo en actitud de oración.

Este es el secreto de la oración y de una vida de oración. Es prácticar esta constante actitud de expectativa, que significa que no estamos nunca demasiado lejos del pensamiento de que Dios está obrando en nosotros tanto el deseo como la capacidad para hacer su buena voluntad. Como es lógico, esto es algo que pudo hacer porque creía en lo que predicaba y decía continuamente "el Hijo no puede hacer nada de sí mismo (Juan 5:19). Esas no eran (sencillamente) palabras y no estaba pronunciando frases piadosas, como hacemos nosotros con frecuencia. No estaba intentando causar una buena impresión a los que le rodeaban, sino que estaba diciendo algo que los dejó asombrados, pero a pesar de ello, lo dijo de corazón "el Hijo no puede hacer nada de sí mismo.

Yo nunca dejo de asombrarme ante esta afirmación tan chocante. Piense el lector en el Hijo de Dios, el Hombre perfecto, el hombre que cumplía continua y adecuadamente toda la expectativa de Dios para con los hombres, que era un continuo deleite para el corazón del Padre, que hacía siempre lo que le complacía y, pregúntese a sí mismo, ¿hasta qué punto contribuyó, como hombre, al extraordinario programa de su poder y sabiduría, que ocuparon tres años de ministerio? La respuesta es nada, ¡absolutamente nada! No hizo nada porque "el Hijo no puede hacer nada de sí mismo. El afirmó repetidamente que eso era cierto. "el Padre que mora en mí hace sus obras (Juan 14:19b). Y de este sentido consciente y constante de la necesidad surgió la continua actitud de oración, una continua expectativa de que si había algo que era preciso llevar a cabo el Padre lo haría. Eso era, precisamente, lo que se hallaba en el fondo de su su asombrosa vida de oración y lo que revela que para él la oración era una absoluta necesidad.

He ahí nuestro problema, pues adoptamos una inexplicable actitud de autosuficiencia. Ya sé que hay momentos en que somos muy conscientes de nuestra incapacidad y de nuestra necesidad y estamos dispuestos a orar. Cuando usted se siente deprimido o se encuentra ante una circunstancia que le exige demasiado o se siente abrumado por una catástrope inesperada, su primera reacción, la que se produce de manera automática, es la oración. ¿Por qué? Porque tiene usted sentido de su necesidad, sabe que necesita ayuda y la oración es la reacción inmediata en esos momentos, pero pensamos que esta es una acción de emergencia, reservada para esas ocasiones en que nos encontramos bajo una gran presión o estres porque durante el resto de nuestra vida nos sentimos perfectamente competentes y nos decimos: "hay muchas cosas que puedo hacer por mi mismo. Oraré cuando necesite ayuda, pero el resto del tiempo me las puedo arreglar solo. El secreto de la vida de Jesús es que nunca dijo eso y no se le ocurrió pensarlo ni una sola vez. Nunca se dijo a sí mismo: "mi capacitación, mis antecedentes, mis conocimientos, la habilidad que me ha dado Dios como hombre, me hacen que sea competente para hacer ciertas cosas por mi mismo, pero para el resto dependeré del Padre. No, él dijo: "el Hijo no puede hacer nada de sí mismo. ¡Absolutamente nada!

En una ocasión nuestro Señor le estaba hablando a una gran multitud. Mientras hablaba la multitud le apretaba en la orilla del lago y resultó tan numerosa que ya no se le veía ni oía con facilidad. Entonces se volvió a Pedro, que estaba sentado en la barca a la orilla del mar, y le dijo que remase un poco hacia el interior. Jesús subió a la barca, Pedro remó unos cuantos metros hacia adentro, donde al Señor se le podía ver y oir mejor, y continuó hablando. Imaginese de qué modo debió reaccionar Pedro en esa situación. Por fin podía hacer algo por su Señor, era su barca y el Señor era su invitado. Pedro lo sintió, consciente de que podía hacer algo por el Mesías. El Señor había hecho tanto por él que, sin duda, Pedro debió de regocijarse por esa oportunidad de hacer algo que el Mesías necesitaba y sin lo cual no podría haber llevado a cabo su ministerio, pero cuando nuestro Señor acabó su discurso ese día y mandó dispersar a la multitud, había algo mas que tenía que hacer con Pedro.

Se volvió hacia él y le dijo: "Boga mar adentro (Lucas 5:4), es decir, boga hacia la parte mas profunda del lago y cuando Pedro remó hasta el centro del lago el Señor le dijo: "echad vuestras redes para pescar (Lucas 5:4b) Pedro le miró sorprendido y hasta nos podemos imaginar esa expresión de incredulidad en su rostro y oir el tono condescendiente en su voz al decirle: "Maestro, toda la noche hemos esforzandonos y no hemos pescado nada. (Lucas 5:5) Es evidente que lo que estaba pensando debio ser algo como: "Señor, sé que eres un gran maestro y no hay duda de que sabes hablar mucho mejor que yo a los hombres, eres un hombre extraordinario y de gran poder, posees una increible sabiduría y evidentemente conoces los secretos acerca de los cuales nosotros nada sabemos, pero Señor, cuando se trata de la pesca estás hablando con todo un experto. Si quieres saber algo acerca de la pesca con mucho gusto te enseñaré. Después de todo, Señor, me he criado en este lago, he estado aquí toda mi vida. Sé dónde hay peces y donde no hay, sé donde pican y donde no pican. Señor, he estado pescando toda la noche y no he cogido absolutamente nada. Mira, Señor, sigue mi consejo, tú dedicate a predicar y dejame a mi la pesca.

Pero el Señor le contestó: "Pedro, echa la red y sacarás. Algo en su tono debió ser irresistible porque Pedro le respondió: "por tu palabra echaré la red. De modo que la echó al agua y recogió una gran cantidad de peces, de tal manera que la red comenzó a romperse al intentar meter el pescado en la barca. Al meter Pedro todo aquel pescado en el fondo de la barquita, encontrandose allí, en pie, con el pescado hasta la altura de sus rodillas, alzó la vista a su Señor con doloroso asombro y le dijo: "¡Apártate de mi, Señor, porque soy un hombre pecador! (Lucas 5:8) ¿Qué quiso decir? Lo que quería decir era: "Señor, ya entiendo lo que quieres decir, me doy cuenta de que incluso en aquellos aspectos de mi vida en los que me siento perfectamente competente, te necesito.

No cabe duda alguna de que eso es, precisamente, lo que nos está enseñando nuestro Señor. Es algo que debemos aprender, que no hay ninguna actividad en la vida que no requiera la oración, es un sentido de expectativa ante lo que Dios está obrando. ¿No fue acaso eso lo que sintió este discípulo (puede que incluso fuese Pedro) al contemplar al Señor orando? Sabia que para sí mismo, la oración no era otra cosa que una opción y oraba cuando le parecía, cuando lo consideraba necesario, pensando que la oración había sido diseñada solo para casos de emergencia, para los "grandes problemas de la vida. ¿No necesitamos comenzar precisamente ahí? Esta llamada telefónica que me dispongo a hacer, no podré hacerla bien a menos que la encomiende en oración. No tendrá nunca el efecto que debiera tener a menos que mi corazón mire a Dios y diga: "habla por medio de mi en esta situación. Esta carta que estoy a punto de escribir, esto que estoy escribiendo a máquina, ¿cómo podré hacerlo bien, cómo podré realizar mi ministerio a menos que te mire a ti, Señor, para que lo hagas por medio de mi? "El Hijo no puede hacer nada de sí mismo. (Juan 5:19) Esta entrevista que voy a realizar, este plano que tengo que hacer para mis estudios, este informe que debo entregar mañana, esta habitación que estoy barriendo, este camino que debo seguir, este juego en el que me dispongo a participar. Todas ellas son interminables necesidades de las que brota la oración.

Alguien le preguntó a una querida hermana, que trabajaba como criada, cuál era su método de oración y respondió:

Esa es la verdadera oración.

La segunda cosa que vio este discípulo en Jesús fue que la oración no solo era necesaria, sino que era además algo perfectamente natural; no había la mas mínima lucha por su parte a la hora de orar, no tenía que obligarse a sí mismo porque para él la oración no era un acto de autodisciplina o de obligación. Para él no fue nunca una obligación, sino un deleite. Ahora bien, eso no significa que nuestro Señor no necesitase tiempo para orar, ni que no tuviese que hacer tiempo para la oración en su programa. Tenía que tomar decisiones entre otras cosas que exigían que les dedicase un tiempo y que amenazaban con privarle de ese tiempo para la oración. En algunas ocasiones pasaba horas y hasta noches enteras en oración. Ocasionalmente, cuando las multitudes resultaban demasiado numerosas y le exigían demasiado se escabullía. Lucas deja constancia de este hecho en el evangelio de su mismo nombre, contando que se reunió una gran multitud con el fin de escucharle, pero él se apartó y se fue a un lugar desierto a orar.

No cabe duda alguna de que habría ocasiones en las que se sentiría cansado y presionado y el orar no le resultaría la cosa más fácil del mundo en esas circunstancias. Una vez, estando en el huerto de Getsemaní debió sentirse, al igual que sus discípulos, cansado y soñoliento, emocionalmente y fisicamente agotado, pero mientras ellos dormían, él oraba, como si aparentemente para nuestro Señor no fuese un problema. No experimentó ningun sentimiento de desgana ni sintió que fuese un requisito con el que tuviese que cumplir. No da la impresión de que en ninguna ocasión tuviese que obligarse a sí mismo a dejar otra cosa que estuviese haciendo a fin de poder orar. ¿Por qué no? Porque, una vez mas, sus acciones tenían su origen en un sentido irresistible de necesidad. Sencillamente se enfrentaba con el hecho de que sin esta relación lo que hacía sería una pérdida de tiempo y aunque dedicase horas enteras a la actividad, no lograría nada y, de ese sentido profundo y urgente de continua necesidad, de su plena consciencia de que no era mas que un canal vacio, una vasija mediante la cual el Padre realizaba la obra, surgió esta continua oración.

A ese punto es al que tenemos que llegar, ¿no es cierto?

¡Lo que precisamos es tener un sentido de la necesidad! Si le ofrecemos un bocadillo a un hombre que acaba de llenarse con una abundante comida tendrá usted que valerse de su mas refinado arte de persuasión para conseguir que lo acepte y si lo coge lo hará solo por educación y en cuanto usted le dé la espalda se deshará de él detrás del sofá. ¿Por qué? Porque no tiene la menor sensación de necesidad. Aunque pueda sentirse obligado a aceptarlo, no lo quiere en realidad y no tiene el menor valor para él, pero intente ofrecerle un bocadillo a un adolescente hambriento. ¡Y tendrá usted que preparar un segundo antes de que coja el primero! De modo que la oración de Jesús era tan necesario como el alimento e igualmente natural.

En ocasiones para él no era otra cosa que acción de gracias. Tenemos una oración así en el capítulo 10 de Lucas, versículo 21:

El estaba siempre dando gracias, siempre estaba diciendo: "Gracias, Padre. Gracias por las circunstancias en las que me has colocado, gracias por lo que has planeado hacer al respecto, gracias por la victoria que obtendremos por medio de las circunstancias, gracias por las necesidades que están siendo suplidas. Al partir el pan para alimentar a los cinco mil elevó los ojos al cielo y dijo: "gracias, Padre (Mat. 14:19). Durante la Ultima Cena, mientras estaba reunido con los suyos, en el aposento alto, tomó la copa y cuando hubo dado gracias dijo: "tomad, comed (Mat. 26:26; Mar. 14:22) y a lo largo de toda su vida la oración fue una expresión de gratitud.

En otras ocasiones la oración era su manera de pedir consejo al Padre. Cuando se dispuso a escoger a sus discípulos se nos dice que pasó toda la noche anterior en oración. ¿Qué estaba haciendo? Estaba buscando y recibiendo iluminación y guía de parte del Padre. Sabía que su propia sabiduría era inadecuada para esta labor, de modo que se expuso sencillamente al consejo del Padre, y juntos repasaron la lista y hablaron acerca de cada uno de aquellos hombres. Mientras hablaba con el Padre acerca de ellos sintió una profunda convicción en su corazón y se dijo "este es el escogido y cuando hubo acabado escogio a los doce, incluyendo a Judas.

La oración representaba con frecuencia intercesión para Jesús. Tenemos el gran relato sobre ello en Juan 17, esa poderosa oración mediante la cual pidió por cada uno de los once apóstoles y por medio de ellos por toda la iglesia en todas las épocas. "Pero no ruego solamente por estos dijo, "sino también por los que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos. (Juan 17:20) Oró por Pedro en su hora de desilusión y derrota, cuando se le hundió el mundo, en aquellas oscuras noches en que negó al Señor, durante las cuales salió y oró amargamente. El Señor le había conocido con anterioridad y le había dicho: "Pedro, yo he rogado por ti, para que tu fe no falle. (Lucas 22:32). Tanto Judas como Pedro negaron a su Señor aquella noche, pero la diferencia fundamental entre Judas y Pedro era que el Mesías había orado por Pedro, además de que oraba por los niños e intercedía por ellos ante el Padre. Y finalmente, su gran oración de intercesión la pronunció en la cruz sangrienta con los brazos extendidos, orando mientras atravesaban su carne con los clavos. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. (Lucas 23:34).

Además, la oración era, sobre todo, comunión para Jesús. Oró estando en el Monte de la Transfiguración y, mientras sus discípulos le contemplaban, fue repentinamente transfigurado ante ellos. Mientras oraba, su rostro se transformó y sus vestiduras se volvieron blancas y resplandecientes. Mediante la oración experimentaba una comunión tan rica que la gloria del Padre, que moraba en él, atravesó la tienda en la que se ocultaba y, como dice Juan: "vimos su gloria, como del Unigenito del Padre, lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:14)

Oró estando en el huerto de Getsemaní y experimentó una verdadera comunión en una hora de profunda angustia de corazón, al fin de la cual apareció el ángel que le fortaleció y le sostuvo en medio de las presiones que estaba afrontando. Siguiendo el curso de la vida de oración de Jesús podemos ver lo que vio este discípulo, cuyo nombre no se menciona. Para él todo era tan necesario, tan sencillo y tan natural.

Entonces, ¿por qué nosotros nos debatimos de tal modo?

¿Por qué, de repente estamos tan ocupados, cuando se menciona el tema de la reunión de oración? ¿Por qué estamos piadosamente a favor de la oración en general, pero nos resistimos perversamente cuando se la menciona en concreto? Es posible que hasta en estos momentos el enemigo nos esté ransmitiendo en voz baja dos ideas muy astutas acerca de la oración:

1. ¿Acaso no nos está diciendo, al menos a algunos de nosotros: "claro que Jesús oraba de ese modo, pero acaso esperas tú vivir como él lo hizo? ¿Crees en serio que puedes alcanzar el nivel que alcanzó el Hijo de Dios? ¿Acaso no es evidente que semejante clase de vida está muy por encima de ti? Después de todo, tú no eres mas que un cristiano sencillo y corriente. Aquí en Peninsula, en 1964, veinte siglos después de que Jesús orase, ¿crees tú que puedes orar de ese modo? De la misma manera que el resto de las cosas que nos dice el demonio, esta es una asquerosa mentira, porque el Señor Jesús dice: "Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, (Juan 6:57). "Como me ha enviado el Padre, así también yo os envió a vosotros. (Juan 20:21b). De igual modo que él vivía conforme a la fortaleza de su Padre, nosotros debemos vivir conforme a la fortaleza del Hijo, manteniendo exactamente la misma clase de relación.

2. El enemigo nos está diciendo de nuevo: "Bueno, la verdad es que Jesús oraba como lo hacía porque tenía una sensación continua de necesidad. Ya sabes que es fácil orar cuando se tiene una necesidad, así que ora cuando te sientas necesitado, pero no te molestes en hacerlo, a menos que experimentes esa sensación de necesidad. Una vez mas esa es una indicación engañosa, que suena muy piadosa, pero que en realidad incorpora lo que se ha convertido en una extendida filosofía sobre la oración, que consiste en decir que es preciso seguir nuestros sentimientos. O, en otras palabras, no te molestes en caminar por fe. La fe depende de los hechos, y el hecho que Dios nos revela es que, tanto si sentimos la necesidad como si no la sentimos, estamos necesitados. Tanto si nos damos cuenta como si no, tanto si nos sentimos autosuficiente como si no es así, no lo somos. Estamos continuamente necesitados y debemos de contar por el momento y constantemente, con la vida del Señor Jesús que mora en nosotros para darnos la fortaleza necesaria.

La verdad es, como hemos estado sugiriendo hasta aquí, que estamos siempre necesitados, tanto si somos conscientes de ellos como si no. Cuando pensamos que todo va bien, que no necesitamos la ayuda de Dios y que tenemos la vida bajo control, somos víctimas de un engaño satánico, de una fantasia, de una imaginación que al final nos traicionará y nos sumirá en la confusión. Lo cierto es que la vida solo está bajo control cuando nuestra actitud es como lo era la de Jesús, es decir, de continua necesidad y de constante expectación. Dios es siempre igual, y sobre esa gran roca inconmovible de fe descansa continuamente y está continuamente buscando un suministro continuo. Nosotros debemos de estar continuamente tomando porque él está continuamente dando. El dar es su obra y la nuestra recibir.

Por lo tanto, la oración debe ser nuestra vida y nuestra respiración, de modo que nadie necesite animarnos a orar ya como nadie tendría que animarnos a que respiremos o a que comamos. Sabemos que debemos de orar.

Hace aproximadamente una semana me encontraba en el Lincoln Memorial en Washington D.C., que es mi lugar favorito en Washington. Leí una vez mas esas asombrosas palabras grabadas en las paredes del Memorial, del discurso de Gettysburg, que pronuncio Lincoln y en el otro lado, su segundo discurso inaugural. Las palabras del segundo discurso inaugural me conmovieron profundamente y produjeron un gran impacto en mí porque se parecen mas a las palabras de un sermón que a las de un discurso político. Hay muchas referencias a Dios, en su breve esfera de acción. Me hizo recordar que cuando Lincoln llegó a la presidencia no era cristiano, él mismo lo dijo. Pero al caer sobre él el terrible peso de su responsabilidad y al sentir en su corazón el sufrimiento de la guerra, dijo al pronunciar su discurso en Gettysburg, que al caminar entre las sepulturas de los soldados, fue de repente consciente de que necesitaba un Salvador. Mas adelante dio testimonio personal, diciendo que fue precisamente allí cuando se convirtió. Lincoln aprendió a orar, y para él el propósito de la oración no era conseguir que Dios hiciese lo que el hombre quisiese, sino colocar al hombre en el lugar en el que pudiese descubrir los propósitos de Dios y experimentar la fortaleza de depender de los brazos eternos. Lincoln dejó este testimonio acerca de la oración. Dijo: "Muchas veces he sentido la necesidad de caer de rodillas ante la poderosa convicción que no tenía ningun otro lugar a donde ir. Mediante la fortaleza de esa continua confianza en Dios, se convirtió en uno de los más grandes presidentes de la nación.

Oración

Título: Como oraba Jesús
Serie: Estudios sobre la Oración en el Nuevo Testamento
Pasaje de las Escripturas: Lucas 11:1
Mensaje Nº: 3 Nº Catálogo: 58
Fecha: 23 de Febrero, 1964

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