La guerra espiritual

Consejo para cuando estás siendo atacado

Autor: Ray C. Stedman

Estamos llegando al final de nuestro estudio de la gran exhortación de Pablo en el capítulo 6 de Efesios, comenzando con estas palabras en el versículo 10:

Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor y en su fuerza poderosa. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. (Efesios 6:10-11)

Aunque lo hemos desarrollado en algún detalle en estos estudios, hemos estado siguiendo una estrategia muy simple y básica: Examinamos primero la lucha, el conflicto contra los que Pablo llama “los gobernadores de las tinieblas de este mundo” (Efesios 6:12), como sugiriéndonos la única explicación adecuada de lo que está y ha estado ocurriendo en nuestro mundo durante muchos siglos. Vimos que esta lucha es sinónimo de la vida que conocemos. Describe lo que está ocurriendo justo donde estás en medio del mundo, con la maldad desenfrenada a tu alrededor, y aparentemente con todo el mundo haciendo todo lo que puede para desanimarte, desmoralizarte y derrotarte. Como Pablo dijo, en una descripción vívida de su propia experiencia: “de fuera, conflictos, y de dentro, temores” (2 Corintios 7:5).

Segundo, intentamos pasar algún tiempo con lo que el apóstol dice que debería ser nuestra respuesta a esta lucha, descrita en la frase: “Tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo” (Efesios 6:13). Esta es una sección tremendamente práctica describiendo cómo Jesucristo (quien es Él mismo la armadura que es proveída para nosotros) puede llenar nuestra necesidad moral y espiritual. Aprendimos aquí qué hacer cuando las dudas nos acosan, los temores nos desalientan, las falsas enseñanzas nos engañan, o la frialdad prevalece en nuestras vidas. Ahora debemos ir un paso más allá y explorar la segunda cosa que el apóstol dice que el cristiano debería hacer cuando se enfrenta a las artimañas, las estratagemas, la retorcida insinuación del diablo. La primera defensa, dice, es ponerse la armadura de Dios. Hemos examinado eso (Efesios 6:14-17). La segunda defensa es orar. Dos pasos: ponerse la armadura de Dios y orar. Eso nos trae a los versículos 18 a 20 del capítulo 6:

Orad en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velad en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas, y con denuedo hable de él como debo hablar. (Efesios 6:18-20)

Hay una relación muy fuerte y ponderosa entre ponerse la armadura de Dios y orar. Estas dos cosas van juntas; de hecho, una surge de la otra. No es suficiente ponerse la armadura de Dios; debes también orar. No es bastante orar; también debes ponerte la armadura de Dios. Es imposible separarlas. Como hemos estado intentando ver, ponerse la armadura de Dios no es algo meramente figurativo, es una cosa real que haces. Es acordarse de lo que Cristo es para ti, y pensar en sus implicaciones en términos de tu lucha y experiencia presente. Ponerse la armadura es esencialmente algo que se hace en el ámbito de la vida del pensamiento. Hemos estado intentando dejar eso claro. Es un ajuste de la actitud de tu corazón a la realidad, a las cosas como realmente son. Es pensar en las implicaciones del hecho que desvela la revelación. Esto es siempre lo que es necesario hacer al intentar enfrentarse a la vida.

Nuestro problema con la vida es que no la vemos como es. Estamos tan engañados por ella, sufrimos de tan extrañas ilusiones. A nosotros nos parece bastante diferente de lo que es, y es por eso que desesperadamente necesitamos y debemos tener la revelación de los hechos de las Escrituras. La vida es lo que Dios ha declarado que es. Cuando nos enfrentamos a ella de esa forma, descubrimos que la revelación es correcta, es precisa, y describe de hecho lo que está ocurriendo. Y lo que es más, nos dice por qué ocurren las cosas y lo que subyace bajo ellas. Todo es parte de ponerse esta armadura, apropiandote de Cristo en tu vida de acuerdo con tu situación presente. Todo se hace en el ámbito de la vida de tus pensamientos.

¿Qué es lo que haces cuando te pones la coraza de justicia? Piensas en Cristo y lo que Su justicia significa para ti cuando se te imparte. ¿Qué haces cuando tomas la espada del Espíritu? Haces caso, como vimos, de esos recuerdos de las Escrituras, esas porciones de la Palabra de Dios que te vienen a la mente que tienen aplicación inmediata a la situación que estás enfrentando. Pero de nuevo, todo esto se hace en el ámbito de la vida de tus pensamientos. Al principio toma tiempo elaborar todo este pensamiento. Esto es algo que tenemos que aprender a hacer. Al aprender a hacerlo, el proceso se vuelve más rápido. Casi instantáneamente podemos pensar en esta línea al abordar el problema que estamos enfrentando. Esto es lo que Pablo llama, en la segunda carta a los corintios: “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5).

Pongo énfasis en que esto se hace en la vida de los pensamientos porque es muy importante, ya que es peligroso pensar y no hacer. Es una violación de nuestra humanidad básica meramente pensar y que el pensamiento no resulte al final en alguna actividad. Es ahí donde muchos cristianos se pierden. Se contentan con pensar sobre los asuntos doctrinales, piensan detenidamente estos grandes hechos revelados sobre el evangelio y sobre la vida, pero nunca hacen una aplicación práctica de ninguna forma. Como he sugerido, esto es muy peligroso, porque nosotros seres humanos estamos hechos para ambas cosas, pensar y hacer, y deben ser en ese orden. Recibimos información primero, la asimilamos, la correlacionamos y la analizamos. Esto es lo primero. Y entonces actuamos en base a aquello que tanto hemos pensado y sentido. Nuestras emociones y nuestra mente, trabajando sobre nuestra voluntad, nos traen al final a la actividad. Este es el procedimiento normal y propio del vivir humano.

Toda nuestra acción debe surgir y surgirá de nuestros pensar. A veces hablamos de acciones “irreflexivas”. Decimos de alguien que “actuó irreflexivamente”. De hecho esto es imposible. No puedes actuar irreflexivamente. Lo que realmente queremos decir es que alguien ha actuado con un pensamiento muy superficial. Pero de hecho es imposible actuar sin tener primero un pensamiento. Sin embargo, es posible pensar sin nunca actuar. Es a esto a lo que el apóstol nos está trayendo aquí. Pensar sin hacer es inevitablemente frustrante. Es como cocinar pero nunca comer. Te puedes imaginar lo frustrante que sería eso. Es como escribir cartas que nunca mandas. ¡Tus amistades quizás se alegren de eso, pero es muy frustrante para ti! Así que el complemento a ponerse la armadura de Dios, la actividad que resulta de ello, es orar. Primero piensa y después ora.

Fíjate en el orden de esto. Es extremadamente importante. El apóstol no invierte esto y dice: primero ora y después ponte la armadura de Dios. Esto es lo que intentamos hacer, y es por eso que nuestra vida de oración es tan débil, tan impotente. Hay gran ayuda práctica aquí si seguimos cuidadosamente el orden designado en las Escrituras. Creo que la mayoría de los cristianos, si fueran honestos, confesarían que están insatisfechos con su vida de oración. Sientes que es inadecuada y quizás infrecuente. Todos nosotros nos esforzamos por mejorarnos. A veces nos esforzamos por mejorar la calidad así como la cantidad de nuestras vidas de oración. A veces adoptamos horarios que intentamos mantener, o largas listas de nombres y proyectos y sitios de los cuales intentamos acordarnos en oración, o intentamos disciplinarnos de alguna forma hacia un ministerio mayor en este ámbito. En otras palabras, comenzamos con la acción, pero cuando hacemos esto estamos comenzando en el sitio equivocado. Estamos violando la naturaleza humana básica al hacerlo de esta forma. El lugar a comenzar no es la acción, sino pensar.

Este es siempre el lugar a comenzar en la motivación de la vida humana, y esto es lo que el apóstol sugiere. La oración sigue después de ponernos la armadura de Dios. Es una consecuencia natural y normal. Bueno, no estoy sugiriendo que no hay un sitio para la disciplina cristiana; la hay. No estoy sugiriendo que no necesitemos tomar nuestras voluntades y las reprendamos y acabemos lo que empezamos. Existe esta necesidad. Pero el sitio de donde la disciplina debería venir no es primero de la oración, sino de hacer lo que implica “ponerse la armadura de Dios”. Primero piensa en las implicaciones de nuestra fe, y después la oración seguirá naturalmente mucho más fácilmente. Cuando viene en ese orden será oración meditada, oración que tiene un significado. Será oración pertinente.

Este es el problema con mucho de nuestro orar, ¿no es así? Es tan frívolo, tan superficial, al nivel de esa cancioncilla que todo habéis oído del hombre que oró: “Bendíceme a mí y a mi mujer, mi hijo Juan y su mujer, a nosotros cuatro y a nadie más”. A veces nuestras oraciones están a un solo paso de la simple oración infantil: “Ahora que me voy a la cama, pido que el Señor guardé mi alma”. ¿Qué se necesita? La oración debería ser una consecuencia de la reflexión sobre las implicaciones de la fe. Esto le añade profundidad y significado. La oración debería ser intencionada y con propósito.

Bien, básicamente, ¿qué es la oración? Estamos hablando sobre este gran tema tal como el apóstol lo ha traído a nuestra atención, pero ¿qué es básicamente la oración? ¿Es una mera superstición, como algunos piensan, un balbucear, un hablarse a uno mismo bajo el sueño ilusorio de que estás dirigiéndote a una deidad? ¿O es una forma de magia negra por medio de la cual esperamos que algún genio celestial manipule la vida a nuestro deseo, un tipo de lámpara maravillosa de Aladino que frotamos y se supone que ocurren las cosas? Me temo que muchos tienen ese concepto de la oración. ¿O es, como ciertos grupos nos dicen, una comunión con uno mismo, una forma psicológica de hablarte a ti mismo en la cual descubres las profundidades de tu ser que estaban ahí todo el tiempo, pero no te diste cuenta hasta que oraste? Todas estas ideas de la oración son bastante distintas a lo que se menciona en las Escrituras. Pablo aquí reconoce dos categorías de oración, que llama (1) toda oración y (2) súplica. “Toda oración” es la calificación más amplia; “súplica” es petición específica que se hace en la oración.

Si tomas toda la gama de la enseñanza bíblica sobre este gran tema de la oración, encontrarás que subyacente a toda la presentación bíblica está la idea de que la oración es una conversación con Dios. Eso es todo lo que es. La oración es simplemente conversar con Dios, al entender que la posición de un cristiano, un creyente, está en la familia de Dios. Por lo tanto, la oración es una conversación familiar. Es un hablar de forma amistosa, íntima, franca, ilimitada con Dios, y es dentro de esta relación cercana e íntima que cada individuo es traído a la fe en Jesucristo. Por fe en Cristo pasamos del ámbito de ser extraños a Dios y extranjeros a la familia de Dios al círculo íntimo de ser hijos de Dios. Es fácil hablar dentro de un círculo familiar, pero piensa en el daño que se hace a esa intimidad si la gente se niega a hablar. La oración básicamente, entonces, es mantener una conversación con Dios.

Pero la súplica es el hacer alguna petición específica. Santiago dice: “pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:2b). En nuestra conversación con Dios es perfectamente apropiado pedir, porque nosotros somos los hijos y Él es padre. Lo que el apóstol está diciendo es: “Después de que te hayas puesto la armadura de Dios, después de que hayas pensado sobre las implicaciones de tu fe en las formas que han sido sugeridas previamente, dile cómo te sientes, describe tu relación con la vida a tu alrededor y tus reacciones a ella, y pídele lo que necesitas.

La oración se considera a menudo tan elevada y santa que ha de ser llevada a cabo en algún lenguaje o tono de voz artificial. Oyes esto tan a menudo desde los púlpitos. Los pastores adoptan lo que bien ha sido llamado “la voz de vidriera policromada” y oran de una forma artificial, como si Dios estuviera en algún lugar lejano del universo. La oración es una simple conversación con el Padre. Es lo que el apóstol describe tan bellamente en la epístola a los filipenses:

Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. (Filipenses 4:6-7)

Este es un maravilloso estudio sobre la oración. Pablo está diciendo que hay tres simples principios involucrados en la oración: Primero, no os preocupéis por nada. Amigos cristianos, ¿oís lo que dice? ¡No os preocupéis por nada! Este es uno de los mayores problemas en el vivir cristiano hoy. La preocupación es una de las mayores razones por las cuales los cristianos son a veces una piedra de tropiezo para aquellos que no son cristianos. Y, contrariamente, es también una de las mayores áreas de la cual el cristiano puede ser un testimonio brillante y un testigo hacia aquellos que no son cristianos. Depende de si te preocupas o no, lo uno o lo otro. Los cristianos son continuamente exhortados en las Escrituras a no preocuparse de nada. Bueno, eso no significa no tener un interés apropiado por las cosas. No es estoicismo lo que se propone aquí. Pero no hemos de estar ansiosos, inquietos, preocupados. Sin embargo, esta es a menudo la actitud de nuestras vidas. Alguien dijo: “¡Estoy tan cargado de preocupaciones que si algo me ocurre esta semana pasarían dos semanas antes de que pudiera preocuparme de ello!”. A veces hacemos un intento artificial de curar nuestra preocupación a fuerza de voluntad. Como otro dijo:

Al unirme al “Club de No Preocuparse”
ahora contengo la respiración;
tengo tanto miedo de preocuparme
que me muero de preocupación.

Pero la amonestación es: “Por nada estéis angustiados”. Esto es solo posible cuando te has puesto la armadura de Dios. No lo intentes en base a ninguna otra cosa. La preocupación viene del temor, y la única cosa que disolverá el temor son los hechos. Por lo tanto, el ponerse la armadura de Dios es enfrentarse a los hechos justo como son, no como aparecen en la imagen ilusoria que el mundo nos da, sino directamente como son. Por lo tanto, no has de preocuparte de nada.

¿Cuál es el segundo principio? Ora por todo. ¡Todo! Alguien dice: “¿Quieres decir que Dios está interesado en las cosas pequeñas tanto como en las cosas grandes?”. ¿Hay algo que sea grande para Dios? Todas son cosas pequeñas para Él. ¡Por supuesto que está interesado en ellas; lo dice! Los pelos de nuestra cabeza están contados por Él. Jesús se tomó la molestia de enseñarnos que Dios está infinitamente involucrado en los más pequeños detalles de nuestra vida, interesado por todo. Por lo tanto, ora sobre todo. Habla con él; cuéntale las cosas.

¿Y cuál es el resultado? Te guardará en medio de todo. Este es el tercer principio: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento [que nadie puede explicar, que está ahí a pesar de las circunstancias, y que ciertamente no surge de un cambio de circunstancia, lo cual es simplemente inexplicable] guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. ¿Conoces algo más pertinente en este mundo afligido, ansioso, inquieto, cansado y trastornado? La oración revela tres hechos: Cuando oramos reconocemos, primero, la existencia de un reino invisible. Nunca oraríamos si no tuviéramos conciencia de que alguien está escuchando, que hay detrás del reino de la visibilidad un reino invisible. No está en algún sitio lejano del espacio; está aquí mismo. Nos rodea por todas partes. Estamos constantemente en contacto con él, aunque no siempre lo reconocemos. Está detrás de la fachada de la vida, y a través de todas las Escrituras hay exhortaciones a hacer caso de esto, evaluarlo, reconocer que existe.

El segundo hecho que revela la oración es que nosotros los cristianos tenemos seguridad de que el reino de Dios es extremadamente importante, que afecta nuestras vidas directamente, que las cosas visibles que están ocurriendo en nuestro mundo resultan de algo que está ocurriendo en el ámbito de lo invisible. Por lo tanto, si quieres cambiar lo visible, debes comenzar con lo invisible.

Tercero, y quizás el hecho más acaloradamente disputado por el diablo y sus fuerzas, es que nuestras oraciones juegan una parte directa y esencial en traer al poder invisible de Dios a tener peso en la vida visible. En otras palabras, Dios contesta la oración. La oración es significante y poderosa. No es súplica lamentable y patética con sólo una escasa oportunidad de que sea contestada. No, es poderosa. ¡Dios contesta! La oración es un vínculo esencial en la obra de Dios en el mundo hoy. Sin ella no obra a menudo; con ella ciertamente lo hace. Estos tres hechos son revelados en el asunto de la oración.

Pero ahora debemos inmediatamente añadir que Dios contesta la oración de acuerdo a Sus promesas. Es tan necesario decir eso hoy, ya que hay un concepto muy impreciso e indefinido pero extendido de que Dios contesta cualquier tipo de oración, que, sin importar lo que quieras o como lo pidas, Él se compromete a dártelo. Esto, por supuesto, resulta frecuentemente en decepción y da lugar al surgimiento de la creencia extendida de que la oración es inefectiva. La verdad es que Dios contesta a cada oración que está basada sobre una promesa.

La oración no comienza con nosotros; comienza con Dios. Dios debe decir que hará algo antes de que seamos libres de pedirle que lo haga. Ese es el punto. Es así como funciona con un padre y sus hijos. Ningún padre se compromete a dar a sus hijos todo lo que quieren, cualquier cosa que pidan. Les deja claro que hará ciertas cosas y que no hará otras. En el ámbito de esos límites, el padre se compromete a contestar las peticiones de sus hijos. Así es también con Dios. Dios ha dado promesas, y estas forman la base apropiada para la súplica.

Esto es lo que quiere decir Pablo con su recordatorio de que hemos de orar en todo momento en el Espíritu. ¡En el Espíritu! Aquí de nuevo está la gran área del malentendido sobre la oración. Muchos toman esta frase, “en el Espíritu”, como si fuera descriptiva de las emociones que deberíamos de tener cuando oramos. Piensan que es necesario estar grandemente motivados antes de que la oración pueda ser efectiva, que debemos orar con profunda sinceridad de palabras. Bueno, esto es posible a veces, pero no es esencial o necesario para la efectividad de la oración. Y ciertamente no es lo que significa esta frase: “en el Espíritu”.

Juzgando por la expresión de muchos, uno quizás sentiría que esta frase significa orar en alto. Pero no significa eso. No tiene ninguna relación con las emociones que sentimos en la oración. Orar en el Espíritu no es la descripción de algún tipo de hidrofobia religiosa. Bueno, ¿entonces, qué es? Significa orar de acuerdo a las promesas que el Espíritu ha dado y el carácter de Dios, el cual el Espíritu ha dado a conocer. Esto es orar en el Espíritu. Dios nunca ha prometido contestar cualquier oración, pero sí promete contestar la oración en una forma que ha delineado cuidadosamente para nosotros. Lo hace invariablemente y sin parcialidad. No discrimina a nadie en este asunto de la oración. En el ámbito de nuestras necesidades personales (aquellas necesidades que producen la mayoría de nuestras oraciones), la necesidad de sabiduría, quizás, o poder, o paciencia, o gracia, o fuerza; en este ámbito la promesa de Dios, específica y definitivamente, es contestar inmediatamente. Él siempre contesta inmediatamente este tipo de oración.

No tengo tiempo para ahondar en esto, ya que es un tema vasto, y hay mucho más que podría ser dicho sobre esto desde otras porciones de las Escrituras. Pero sí quiero enfatizar ahora que el apóstol está diciendo que debemos tomar este asunto de la oración seriamente y aprender lo que Dios ha prometido. En otras palabras, domina este tema como dominarías cualquier otro tema que estudiarás. Vosotros científicos habéis dominado varias áreas en el ámbito de la ciencia. Vosotros maestros habéis aprendido a dominar el arte de enseñar. Vosotros artesanos habéis dominado vuestra profesión; habéis trabajado en ella y habéis invertido tiempo en ella. Ahora aprended a dominar el arte de la oración. Ya que, aunque la oración es la cosa más simple del mundo ―una palabra de conversación con Dios―, también se puede volver la cosa más profunda e intensa del mundo. Cuando creces en tu vida de oración descubrirás que Dios es muy serio sobre la oración, y que por medio de eso pone Su omnipotencia y Su omnisciencia disponible para nosotros en términos de promesas específicas.

Cuando aprendes a orar de esta forma descubrirás que hay cosas excitantes y también inesperadas ocurriendo constantemente, que hay un poder silencioso pero poderoso que obra del cual puedes depender. Y al aprender a orar de esta forma encontrarás que hay puesta a tu disposición una tremenda arma, un potente poder para influenciar tu propia vida y las vidas de otros. Las ilustraciones de esto son demasiado numerosas como para extenderse en ellas, pero son inconfundibles para aquellos que las experimentan. Esto es especialmente cierto en el ámbito de resistir el ataque del diablo. Quiero decir más sobre esto en el último mensaje de la serie.

Un punto final: Este asunto de orar se aplica a otros aparte de a nosotros mismos. No estamos solos en esta batalla, este conflicto, con la duda, el desaliento, el temor, la confusión y la incertidumbre. No, hay otros a nuestro alrededor que son más débiles o más jóvenes en Cristo de lo que lo somos nosotros, y todavía otros que son más fuertes que nosotros, y todos estamos luchando esta batalla juntos. No nos podemos poner la armadura de Dios para otra persona, pero podemos orar por esa otra persona. Podemos llamar refuerzos cuando la encontramos ocupada en una lucha mayor de lo que puede manejar por el momento, o quizás para la cual no está plenamente equipada, o si no ha aprendido todavía cómo manejar su armadura adecuadamente. Hemos de ser conscientes de los problemas de otras personas y orar por ellos, para abrir sus ojos al peligro y ayudarles a darse cuenta de cuánto está disponible para ellos en la armadura que Dios les ha dado, y obtener ayuda específica y fuerzas para una prueba específica.

Fíjate cómo Pablo pide esto para sí mismo en este mismo pasaje: “Y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio”. Este poderoso apóstol tiene un profundo sentido de su necesidad de oración. Dice: “Orad por que Dios me conceda valentía, para que pueda estar tan confiado en la verdad de la cual hablo que ningún temor de los hombres jamás me disuada o me aparte”.

Encuentras otro ejemplo notable del deseo del apóstol de oración en el capítulo 15 de Romanos, en los versículos 30 a 33, donde le pide a los cristianos que oren por tres cosas específicas: Seguridad física cuando visite Jerusalén; un espíritu sensible y discreto cuando les hable a los cristianos ahí, y una oportunidad final para visitar la ciudad de Roma. Tres peticiones específicas, y la crónica de las Escrituras es que cada una de ellas fue contestada exactamente como Pablo había pedido.

Leí las oraciones de Pablo, y encuentro que trata con muchos asuntos en ellas. Pero, primaria y repetidamente, una petición se presenta una y otra vez: Ora por otros cristianos, para que su entendimiento espiritual sea iluminado. Pide que a los ojos de su mente les sea quitado el velo, que su inteligencia sea abierta. Esta repetición en las oraciones del apóstol indica la importancia de entender inteligentemente de lo que se trata la vida, lo que es verdad y lo que es falso, lo que es real y lo que es ilusorio. También ilustra el poder del diablo para cegar y confundir, y para hacer que las cosas parezcan de una forma cuando son de otra. Así que la oración repetida del apóstol es: “Señor… que sus ojos sean abiertos, que su entendimiento sea iluminado, que su inteligencia sea clarificada, que vean las cosas como son”.

La oración de otra persona puede cambiar toda la atmósfera de la vida de una persona, a menudo de la noche a la mañana. Una nochebuena mi familia y yo estábamos en la Sierra Nevada en Twain Harte. Cuando el sol se puso, el paisaje a nuestro alrededor era sereno, seco y desértico. Estaban cayendo hojas marrones de los árboles; era un paisaje típicamente desierto de invierno. Pero cuando nos despertamos la mañana siguiente, era un mundo maravilloso de belleza. Cada línea dura se había suavizado, cada mancha había sido cubierta. Cinco pulgadas de nieve habían caído durante la noche, e ―imperceptible, callada, suavemente, sin ruido― todo el paisaje había sido maravillosamente cambiado. Nos despertamos a un mundo de ensueño de belleza y deleite. He visto esto ocurrir en la vida de un individuo cuya actitud hacia Dios y la realidad era difícil, terca. Estaba determinado a hacer las cosas a su manera. Por virtud de oración, secretamente llevada a cabo en un lugar cerrado, el corazón de esa persona fue suavizado, derretido y cambiado. Su perspectiva completa era distinta de la noche a la mañana.

Bueno, no siempre ocurre de la noche a la mañana. A veces se tarda mucho más. El tiempo es un factor que sólo Dios controla, y nunca sugiere un tiempo límite en Sus instrucciones sobre la oración. Pero constantemente nos llama al ministerio de oración, tanto para nosotros como para los unos con los otros. Cuando aprendemos a orar como Dios nos enseña a orar, vertimos en nuestras propias vidas y en las vidas de otros los inmensos, enormes recursos de Dios para fortalecer el espíritu y dar estabilidad interna, y para poder enfrentarnos a las presiones y problemas de la vida.

Terminaré con dos pasajes sobre la oración. En 2ª de Timoteo, el apóstol dice a su hijo en la fe:

Porque el siervo del Señor no debe ser amigo de contiendas, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe corregir con mansedumbre a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él. (2 Timoteo 2:24-26)

Y de la carta de Santiago:

Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad y alguno lo hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma y cubrirá multitud de pecados. (Santiago 5:19-20)

Oración:

Padre nuestro, sabemos tan poco sobre estas grandes realidades, especialmente este poderoso ministerio de la oración. Te pedimos que nos enseñes a orar. Perdónanos por la forma en la que a menudo hemos considerado la oración como si fuera insignificante, opcional. Ayúdanos a tomárnoslo en serio. Ayúdanos a darnos cuenta de que has hecho de esto nuestro punto de contacto contigo. Oraríamos, entonces, como oraron los discípulos: “Señor, enséñanos a orar”. Lo pedimos en Tu nombre. Amén.