Relaciones cristianas

Padres e Hijos

Autor: Ray C. Stedman

En nuestra serie en Efesios nos estamos encontrando con otra de las grandes relaciones de la vida, la de los padres y los hijos. Es bastante obvio que en nuestro mundo presente algo está drásticamente mal en esta relación. Son unos días en que la delincuencia y el crimen juvenil están elevándose a niveles nunca conocidos antes. Un policía concienzudo, no hace mucho tiempo, me contó lo roto que tenía el corazón al encontrar que algunos de los crímenes más brutales en su área estaban siendo cometidos por niños ―¡no jóvenes, sino niños!― niños de diez años, o incluso de ocho, y esto se está volviendo más frecuente.

Todos hemos oído de los disturbios juveniles y brotes de violencia que son un suceso diario en nuestra nación estos días. La revolución, la revuelta y la rebelión parecen haberse convertido en un símbolo de la juventud en nuestro tiempo. Incluso en la China comunista, los disturbios juveniles están ahora ardiendo en las calles. Una señora me dijo esta semana que había cobrado un giro bancario por cincuenta dólares en Correos en Redwood City y estaba andando a casa en pleno día con el dinero en su bolso, cuando, a unas pocas puertas de su casa, un hombre joven se acercó corriendo, agarró su bolso y huyó calle abajo. Estas cosas están ocurriendo en todas partes.

Quizás la cosa más inquietante de todo este asunto del crimen y la delincuencia juvenil es la indiferencia o la impotencia de los padres. En todas partes los padres se están retorciendo las manos y llorando lastimeramente: “No puedo hacer nada con él (o ella)”. Parece haber una desesperación lamentable por parte de los padres en cuanto a hacer algo sobre esta situación. Buscan que la policía y otras instituciones de la ley tomen la responsabilidad de criar a sus hijos. Hay una descomposición total, aparentemente en todas partes, en esta gran relación entre padres e hijos.

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué está nuestra nación experimentando esta terrible tempestad a este respecto? No hay duda de que estamos cosechando el torbellino que fue sembrado en los años 20 y 30 de este siglo por los vientos de permisividad que soplaron a través de los hogares y las clases escolares de nuestra nación. Muchos de nosotros recordamos de las filosofías de John Dewey, y otros de la escuela de permisividad, que cautivaron el pensamiento de los educadores y las mentes de los padres por todo este país. Se nos enseñó que a los niños se les debía permitir crecer para “expresarse a sí mismos”, que toda disciplina está mal, que les impide desarrollarse apropiada y plenamente. Como resultado, creció toda una generación de gente joven que nunca aprendieron a obedecer, nunca aprendieron a ceder su voluntad a la autoridad de otro. Esta presente rebelión en contra de la autoridad es el resultado directo de este tipo de siembra.

Nunca tendremos alivio hasta que oigamos de nuevo las grandes palabras del apóstol Pablo en las Escrituras en cuanto a la respuesta a todo conflicto. En Efesios 5, el apóstol apunta precisamente a la solución a estos problemas abrumadores de conflicto entre varios grupos, tan prevalentes en nuestro tiempo. Lo dijo todo en una sola frase:

Someteos unos a otros en el temor de Dios. (Efesios 5:21)

Entonces continuó, como hemos estado viendo, aplicando esto a varias relaciones. Ya hemos examinado el asunto de maridos y mujeres y todo el ámbito del conflicto matrimonial. Ahora venimos al problema de la relación de padres e hijos. Las primeras palabras del apóstol están dirigidas a los hijos:

Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. “Honra a tu padre y a tu madre” ―que es el primer mandamiento con promesa―, para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra. (Efesios 6:1-3)

Fíjate, esto no es una simple exhortación a los hijos a obedecer, como podrías encontrar en un panfleto o un folleto sobre las relaciones de padres e hijos escrito desde el punto de vista secular. No es simplemente “Hijos, obedeced a vuestros padres”. Es “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres”. La clave de todo el mandamiento es “en el Señor”. Como vimos en cuanto a la mujer, quien ha de someterse a su marido como al Señor, también es así en cuanto al hijo respecto al padre. Los hijos han de obedecer a sus padres, en nombre de Cristo. Eso es lo que subraya. Han de obedecer, no porque esto es lo quieren sus padres, sino porque esto es lo que quiere el Señor Jesús. Esta es su responsabilidad con Cristo. No les será posible cumplir su deseo de pertenecerle y reflejar Su vida, a menos que estén dispuestos a obedecer a sus padres. Este es el terreno sobre el cual lo pone el apóstol.

La palabra obedecer es, literalmente, la palabra griega estar abajo. Significa “estar bajo la autoridad de otro”, y es utilizada en muchos sitios en las Escrituras como un término militar. Es la misma palabra que se aplicaría a un soldado al obedecer sus órdenes. Significa seguir órdenes. Para ponerlo de forma muy práctica y simple, les dice a los hijos: “Haced lo que dicen vuestros padres”. Ahora, este es un asunto de lo más importante, ya que a través de toda la Palabra de Dios encuentras exhortaciones a los padres para enseñar a sus hijos a ser obedientes, y a los hijos a ser receptivos a esa enseñanza y a obedecer a sus padres. Leímos anteriormente del libro de Proverbios una larga sección sobre ese tema. Un niño debe aprender la más importante lección de todas: ser un hijo obediente. Esto es mucho más importante que simplemente llevar a cabo el deseo inmediato del padre, sea lo que sea. La obediencia es la cuestión.

Hay una sabia familia en esta congregación que enseña a sus hijos la obediencia en un estilo un tanto inusual. Quieren que el niño aprenda que la cosa importante no es meramente hacer lo que pide el padre, como si esa cosa específica fuera la cuestión, sino, más bien, que la obediencia es la cosa importante. Si cualquiera de los dos padres le dice al niño: “Haz tal y tal”, y el niño lo demora, pospone, o se niega, el padre no repite la petición: “Te dije que hicieras tal y tal”. Él o ella dice, más bien, “Haz lo que tu papa (o mamá) dice”, para dar la clara impresión al niño de que la cosa importante no es la petición específica que hicieron, sino que es la obediencia al padre. Esto ha enseñado a los niños de esa familia en particular que la cosa suprema es ser un niño obediente.

Con esta palabra de Pablo va una razón. Las Escrituras nunca nos dan una exhortación como esta sin una razón. Muchos hijos conocen perfectamente este versículo. ¡Oh, cuán familiar es! Se lo dan de alimento en cualquier momento en que algo sale mal en casa. Se les recuerda constantemente: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres”. Pero raramente se les llama la atención a la razón detrás de eso. Pablo añade una razón inmediatamente: “Hijos, obedeced en el Señor, a vuestros padres, porque esto es justo”.

Bueno, ¿qué significa eso? No te lo tomes a la ligera. Creo que a veces hay una tendencia, por parte de la gente joven particularmente, a leer eso y a desentenderse de ello como si significará: “Obedeced a vuestros padres porque esta, la forma en la que todos actuamos, es simplemente la forma en la que lo hacemos”, o “Lo hemos hecho durante años, y no hay ninguna razón para cambiar; por lo tanto, obedeced a vuestros padres”. Pero no significa eso. Esto no es meramente una apelación a la costumbre. Esto no está diciendo que la tradicion en nuestra herencia cristiana es obedecer a los padres. Significa, más bien, que esto está de acuerdo con una realidad fundamental; esta es una de las leyes básicas de la vida. Si haces esto, todo saldrá bien; si te niegas, todo saldrá mal, porque es una violación de una de las leyes fundamentales de vivir.

Si quieres pruebas de la declaración de que la violación de esto hará que todo salga mal, lee tus periódicos diarios. ¡Son la prueba documental! La razón por la que estamos sufriendo esta tremenda epidemia de delincuencia, revuelta y rebelión es porque a una generación se le ha enseñado que no necesita obedecer, que no hay nada importante conectado con la obediencia. Pero el apóstol apunta directamente a esto y dice: “Esta es la cosa suprema; es la cosa justa; concuerda con la realidad”. Es la única forma de manejar tu hogar apropiadamente.

Ahora bien, en los versículos 2 y 3, el apóstol continúa ahondando en este tema. Dice la misma cosa de nuevo, pero va tras de las acciones a las actitudes. Dice que no es sólo importante el obedecer, sino el obedecer de tal manera que honre a tu madre y a tu padre. La actitud de obediencia es sumamente importante. Sabemos, por supuesto, que es posible obedecer con un corazón hirviendo con desobediencia y odio. Es posible obedecer con frialdad que es perfectamente correcta en su acción y perfectamente mala en su actitud. Es posible dar obediencia con un cumplimiento engañoso que parece buena disposición, pero interiormente uno está esperando la oportunidad para la revuelta o para transgredir los límites. Todos nos acordamos de la historia del niño pequeño cuya madre quería que se sentara, pero él no quería sentarse. Finalmente, lo agarró y lo sentó en la silla. Él la miró con desafío en sus ojos y dijo: “¡En el exterior me haces sentar, pero en el interior todavía estoy de pie!”.

Ese tipo de obediencia no es obediencia en realidad, porque, como saca a relucir el apóstol, está deshonrando al padre o a la madre. Está deshonrando porque despersonaliza al padre. Trata al padre como a una cosa, un obstáculo, ciertamente no como a una persona de la cual ha venido la vida, y también amor, preocupación y cuidado. Es el ignorar el generoso regalo del amor paternal y el tratarnos como nada más que un obstáculo en su camino. Es por eso que el primer mandamiento con promesa, como nos recuerda el apóstol, fue el mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12a). La promesa que estaba conectada a esto era: “… para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da” (Éxodo 20:12b). Eso significa que la obediencia no ha de ser sólo en acción, sino en actitud también. Requiere obedecer alegremente, no hoscamente o haciendo pucheros o con sarcasmo. Todo ha de hacerse frente al Señor, quien conoce el corazón, quien lee la mente interna y la actitud. Si un hijo que ama al Señor Jesús está dispuesto a vivir la vida cristiana, esta es la primera área en la cual se manifestará: en una obediencia dispuesta y alegre a sus padres.

Bueno, ¿qué significa esta promesa?: “para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da”. ¿Suena eso como si fuera mera superstición o algo que nos ha llegado como una tradición del pasado? No, la Palabra de Dios nunca es superficial. Tiene una sustancia muy real. Simplemente significa que la alegre obediencia, la obediencia dispuesta, es una bendición a los hijos que obedecen. Pero la hosca, reacia, rebelde obediencia te hiere y puede acortar tu vida drásticamente. Esto no es una broma. Esto no es mera superstición. La obediencia hosca es realmente resentimiento y amargura, y no hay nada más destructivo en el corazón humano que el resentimiento o la amargura. No hiere a la persona en contra de la cual eres amargo; te hiere a ti; te rompe en mil pedazos en el interior. Puede causar serios disturbios físicos.

Los doctores modernos y los psicólogos están de acuerdo en que un corazón amargo y resentido produce acné, causa úlceras y pérdida de apetito, dificulta la digestión, perjudica el uso de la mente, causa reacciones alérgicas tales como el asma o los desmayos, hace que la piel produzca urticaria y ampollas, y causa muchos otros tipos de serios disturbios físicos. Es por eso que la Palabra de Dios promete que el honor al padre y la madre de hecho alargará la vida y ciertamente hará que la vida que vivimos sea más agradable. Esto, por supuesto, está resaltando un problema muy real. Muchos de los disturbios emocionales de la adolescencia y los problemas físicos vienen de una actitud de rebelión hacia el padre.

Lo que es más, la rebelión cierra la puerta al aprendizaje. Aprendí esto cuando era joven y, como adulto, a menudo lo he visto en mi propia experiencia y en la de otros. Mientras que estemos en rebelión en contra de algo, no podemos aprender nada de esa situación. Si luchamos en contra de todo, no aprendemos nada. Por lo tanto, actuamos en ignorancia. Cuando tenemos rebelión en nuestros corazones hacemos las cosas más sin sentido y cometemos las equivocaciones más atroces. Hacemos cosas que nunca haríamos si estuviéramos en posesión de nuestras plenas facultades.

Esto podría ser demostrado de mil maneras. Todo lo que necesitas es observar a una multitud en acción, o el desarrollo de unos disturbios, y ver lo absolutamente sin sentido que son las cosas que hace una multitud. El vandalismo en Watts es un buen ejemplo: el incendio de áreas enteras de la ciudad, el privar a individuos de sus posesiones, su comida e incluso su libertad, todo en nombre de un intento de corregir una maldad. Esto es la violencia de la masa. Refleja lo que ocurre en un corazón individual y también cuándo el corazón está lleno de rebelión. Cierras la puerta a cualquier posibilidad de aprender algo y actúas en un arrebato emocional que resulta en acción sin sentido. Es, por tanto, absolutamente esencial que los hijos aprendan a obedecer a sus padres con buena disposición. Nada es más importante.

Apunté anteriormente esta mañana a nuestra juventud de edad de escuela secundaria que este problema no termina cuando uno se gradúa en la escuela secundaria. No nos ponemos por encima de la necesidad de prestar obediencia a la autoridad. Nos sigue toda nuestra vida. Los adultos están mucho más bajo autoridad de lo que lo están los niños. Si la obediencia no se aprendió en la niñez, es muy probable que no se aprenda en la edad adulta. Esta es otra razón del brote de violencia, la desobediencia y la rebelión en contra de todas las formas de autoridad que están barriendo nuestra tierra hoy. Esta es, por tanto, una de las más importantes secciones de las Escrituras.

Este asunto es tratado frecuente y ampliamente a través de todas las Escrituras por ser vital. Da en el blanco del corazón mismo de una de las más importantes relaciones de la vida, que toca cada aspecto del pensamiento humano. Es extremadamente importante, entonces, que los hijos, especialmente los hijos cristianos, entiendan cuan necesario es que obedezcan voluntaria y alegremente a sus padres.

Pero la sumisión es siempre un camino de dos direcciones. La Palabra de Dios nunca dice sólo a una parte en estas relaciones: “Sométete al otro”. Dice: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”. Por lo tanto, si es cierto que los hijos han de someterse a sus padres al obedecerlos, es igualmente cierto que los padres han de someterse a sus hijos. ¿Cómo? Pablo continúa mostrándolo en el versículo 4:

Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor. (Efesios 6:4)

Se ha demostrado que esta palabra traducida como padres incluye tanto al padre como a la madre. Es cierto también que el énfasis se pone en gran parte sobre el padre, ya que es su responsabilidad en lo que se conviertan sus hijos. Eso da que pensar, ¿no es cierto, padres? Pero es cierto. Las madres pueden imponer reglas, pero es la tarea del padre el hacerlas cumplir y ver que sus hijos se crian apropiadamente. No hay nada que sea más ofensivo para el espíritu del cristianismo que la actitud adoptada por muchos padres: “Es mi trabajo ganar el dinero; el trabajo de la madre es criar a los hijos”. ¡No en la Palabra de Dios! En la Biblia, la responsabilidad final de en lo que se convierte el hogar cae sobre el padre. Así que la palabra se dirige al padre: “Padres, no provoquéis a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Esta es la forma en la que un padre se somete a sus hijos, al evitar deliberadamente las cosas que hacen que el hijo se rebele: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. La palabra para ira aquí no es la palabra común que describe irritación o enfado temporal, ya que obviamente en cualquier hogar incluso la disciplina apropiada puede a veces enfadar al niño. Los niños no son maduros, no siempre reaccionan como deben, e incluso la disciplina necesaria puede enfadar al niño. Esta palabra no está diciendo nada en contra de eso. La palabra utilizada aquí significa “ira que resulta en una rebelión”. Es una palabra de la cual obtenemos la palabra paroxismo. “Padres, no provoquéis a ira a vuestro hijos hasta el punto donde pierdan completamente el control y se rebelen en contra de la autoridad”; esa es la palabra a los padres. ¿Qué causa esto?

Hay dos cosas que causan la rebelión en los hijos, dos cosas que provocan al niño finalmente a rebelarse en contra de sus padres: la indulgencia y la crueldad. Estas dos cosas son el negativo de dos cosas que instruye al padre que haga: “Criadlos en disciplina y en amonestación (o exhortación) del Señor”. Los opuestos de estos son la indulgencia y la crueldad. Esas son las cosas que provocan a un hijo a ira.

Durante el último siglo el padre era a menudo un tirano en su familia. Los hijos tenían que obedecer a pies juntillas y a menudo tenían muy poco contacto con sus padres en una relación cariñosa. Consecuentemente hubo una rebelión en contra de esto. En nuestro día es al contrario. Nos hemos ido al extremo de la indulgencia. Les damos todo a nuestros hijos y les permitimos que hagan lo que quieran, que se críen a sí mismos.

Pero fíjate que la Palabra dice: “Padres… criadlos”. No dejes que ellos te críen a ti. Una vez, en una iglesia donde estaba hablando, vi que el tema de una reunión de gente joven en la tarde era: “¿Qué es lo que ocurre con nuestros padres?”. Eso indica la dificultad que aquellos hijos estaban teniendo al criar a sus padres. Pero la palabra no es: “Hijos, criad a vuestros padres”, sino: “Padres, criad a vuestros hijos”, y hacerlo de tal forma que evitemos la crueldad y la indulgencia, ya que cualquiera de esos dos producirán el mismo resultado: la rebelión y los brotes de violencia.

La falta de disciplina producirá un niño inseguro, triste y egocéntrico. Eso es lo que llamamos “un niño mimado”, uno que crece esperando que todo siempre sea de la forma que él quiere y quien pisotea los sentimientos de todo el mundo. Esto es producido, en nuestros días, por un espíritu de indulgencia por parte de los padres que permiten que sus hijos tomen decisiones que ningún niño es capaz de tomar. Los padres deben aprender que necesitan tomar las decisiones por el niño durante bastante tiempo en su vida, y solo gradualmente ayudarle a aprender a tomar esas decisiones en tanto que sea capaz de hacerlas. En los años tempranos de la niñez, los padres deben de tomar casi todas las decisiones. Unas de las cosas que son terriblemente trágicas en la vida hoy es que muchos padres permiten a los niños tomar decisiones que son incapaces de hacer.

Estaba en una casa no hace mucho tiempo con un padre cristiano y su hija de tres años. La hija estaba viendo la televisión. Estaba viendo un programa de crímenes, o algo igualmente desagradable. El padre vio lo que estaba viendo y, fuera porque yo estaba ahí o no, algo le hizo sentir que esto no era algo apropiado para su hija. Se puso en pie junto a la tele y le dijo: “Bueno, preciosa, ¿tu no quieres ver esto, no es así?”. Ella asintió: “¡Sí, quiero!”. Él dijo: “Pero no creo que esto sea bueno para ti. ¿No piensas que sería mejor quitar la tele?”. “No”. “Bueno”, dijo: “deberías quitarla. Este no es el tipo de cosa que debieras de estar viendo”. Pero de nuevo ella asintió indicando que quería verlo. Estuvo junto a la tele durante tres o cuatro minutos, pidiéndole que lo quitara, y, como ella no daba su consentimiento, al final le permitió ver el programa.

Una niña de tres años es totalmente incapaz de hacer ese tipo de decisión moral. Aunque no debería haberse hecho con crueldad, debería haber decidido firmamente que la niña no iba a ver ese programa. No fue una sorpresa observar que la niña era un manojo de frustración, golpeando a todo el mundo, ya que no tenía ninguna seguridad. Una falta de disciplina apropiada, más que ninguna otra cosa, creará inseguridad en un niño. Un niño sin disciplina se siente indeseado y terriblemente infeliz. Los límites que los padres imponen para los niños son como paredes. Sé que las paredes a veces pueden ser prisiones, que nos frustran, pero eso es normalmente el extremo. Las paredes con mucho más frecuencia son beneficiosas para nosotros, y a menudo las deseamos, porque son los símbolos de seguridad. ¿Quién no se siente más seguro de noche en casa porque las paredes están ahí? Los límites disciplinarios son así para un niño.

Hace algún tiempo, el Saturday Evening Post (un periódico) traía una historia sobre un padrastro que estaba intentando ganar la aceptación y la aprobación de su nuevo hijastro permitiéndole comprar todo lo que el niño quería. Pero no estaba llegando a ningún sitio. Finalmente, fueron a hacer una caminata por la naturaleza juntos y llegaron a un sitio donde una cascada caía sobre un peñasco y formaba una piscina natural a su pie. De pronto el padre notó que la gorra azul de su hijo estaba flotando en medio de la piscina. Sin pararse a pensar se echó al agua y trató de encontrar al niño. Se sumergió varias veces, y al final, en vano, se echó exhausto sobre la orilla. Justo entonces oyó un ruido, y ahí estaba el niño en pie detrás de un árbol. Le dijo: “¿Tiraste tu gorra en el agua?”. El niño dijo: “Sí, lo hice”. El padrastro dijo: “¿Por qué hiciste eso?”. El niño respondió: “Quería ver lo que ocurriría”. El padrastro dijo: “Bueno, ahora mismo lo vas a averiguar”, y le dio una azotaina como pocos niños han sido azotados. De camino a casa en el coche, de pronto encontró los calientes, pequeños dedos agarrando su mano, y una voz conmovida diciendo: “Lo siento, de verdad que lo siento, pero no sabía si realmente te gustaba, porque nunca me has azotado como los padres de otros niños lo hacen”.

Es una necesidad imperativa que los niños encuentren disciplina, ya que es la marca del amor. Como el apóstol nos dice en Hebreos, ningún padre nunca tuvo un hijo al que no castigara, porque lo amaba. El castigo de Dios es eso para nosotros, un signo de amor. Es lo mismo para un niño.

El otro extremo que provoca a un hijo a la revuelta es la crueldad: una disciplina severa, exigente, que nunca se acompaña de amor, preocupación o comprensión. La disciplina rígida, militar, que dice: “Haz esto, o de lo contrario”, inevitablemente llevará al hijo a la revuelta al llegar a la adolescencia. Me acuerdo de oír de un padre que ordenaba a su familia como un rigorista. Había estado en el ejército y trataba de manejar su casa de esa forma. Reunía a la familia cada mañana, los ponía en fila, la mujer y los niños, y les daba las órdenes para el día. Un día cuando los tenía a todos en fila, les dijo: “¿Ahora hay alguna pregunta?”. Un niño pequeño levantó la mano. El padre dijo: “¿Qué quieres?”. El niño dijo: “¿Cómo puedo salirme de este grupo?”.

Esa es ciertamente la primera pregunta que cualquier niño hará cuando llegue a la madurez, si ese es el tipo de régimen bajo el cual vive. Conozco a un padre que tiene cinco hijos. Él ha causado que todos ellos, uno por uno, al llegar a la adolescencia, se alejen de él. Tuvieron que irse de la casa, y no tenían ninguna otra alternativa. Finalmente, con el último de ellos, la mujer se fue también, alejada de él por una rigidez severa, inflexible, que no permitía ninguna expresión de amor o comprensión.

Opuesto a esto el apóstol muestra dos cosas: la disciplina y la instrucción (o exhortación) en el Señor. La palabra para instrucción es realmente “poner en mente” en el Señor. La disciplina y poner en mente al Señor. Al hacerse mayor el niño, la disciplina física ha de ser reemplazada por la exhortación, por el razonamiento, ayudando a ver a un niño lo que está detrás de las restricciones, y siempre mostrando preocupación y amor. No puedo mostrarte nada mejor en cuanto a esto que el muy excelente sumario por Howard Hendricks, titulado Pointers for Parents (Indicaciones para padres). Las siete indicaciones que da son excelentes: Provee un clima emocional en el hogar ―una atmósfera que construye las relaciones personales con ellos― un sitio de calidez y aceptación. Eso significa pasar tiempo con tus hijos hasta que te conozcan y tú los conozcas a ellos. Sé un buen ejemplo: las convicciones expresadas por una vida, admitiendo que cometemos errores, pero enseñándoles que la gracia de Dios está obrando en nosotros.

No hay nada más importante que esto. ¿Cómo podemos convencer a nuestros hijos de que las cosas materiales no son las cosas más importantes en la vida si sólo nos ven ahorrando dinero para poder comprar una nueva televisión o un nuevo automóvil, y nunca nos ven ahorrando para ayudar en la extensión de la obra del Señor o invirtiendo en alguna causa en nombre del Señor? ¿Cómo podemos jamás esperar que piensen que el Señor puede ser “nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” si, en cada crisis en nuestro hogar, nos encuentran reaccionando con amargura y resentimiento, o con severidad hacia aquellos que nos hieren? ¿Cómo podemos enseñarles que hay una mejor forma de manejar las cosas que la fuerza, que el amor es más poderoso que la enemistad, si no lo practicamos nosotros mismos? Permite una emancipación gradual de las faldas de la autoridad parental. Comienza temprano a darles responsabilidad; evalúa los resultados y ajústala de acuerdo a su habilidad para manejarla.

Una vez le pregunté a nuestra juventud de edad de escuela secundaria; “¿Cuáles son las áreas que crean la mayoría del resentimiento hacia vuestros padres?”. La cosa más ampliamente experimentada era esta: “No nos dejan correr un riesgo. No nos dejan cometer errores”. La mayoría de los padres cristianos tiene esta actitud. Pensamos que estamos aquí para guardarles de cometer errores. No es cierto. Estamos ahí para ayudarles a cometer errores tempranamente, para que puedan aprender de ellos mientras que todavía no sean muy serios. Si evitamos que cometan errores hasta que lleguen a la adolescencia, entonces los que cometan les arruinarán. El trabajo de un padre es ayudar a sus hijos a tener una oportunidad para cometer errores y poder así aprender. Provee consejo en un escenario informal. Pasa tiempo construyendo una relación que haga aceptable nuestro consejo. Establece límites. Establece algunas restricciones. Pero la disciplina demanda un contexto. No tienes derecho a disciplinar a menos que les hayas dedicado tiempo e interés.

Esta es la tarea de un padre ―el establecer límites― y es una que, como ya he sugerido, crea seguridad en un niño. Él quiere tener algunos límites. Los necesita desesperadamente, pero los límites han de ser establecidos con comprensión. Aplica la ley de consecuencias naturales según crezcan. Discute las cosas en favor y en contra, y luego déjalos decidir; entonces déjales vivir con los resultados. (Alternativa: nosotros tomamos todas las decisiones para ellos, de forma que pierdan la habilidad de tomar decisiones, o deciden incorrectamente; entonces tenemos que pagar su fianza.)

Esto es de nuevo una explicación más a fondo de la necesidad de emancipación gradual por parte de los padres. Deja que cometan algunos errores; deja que vean cuáles son los resultados, pero lo bastante temprano como para que no sean del tipo que puedan dañarles toda su vida. ¡Rodéales con una fortaleza de oración, confiando en que el Espíritu de Dios hará lo mismo que hizo para ti!

Esto es de lo más importante, ya que la oración es una fuerza para mantener a los niños leales, sinceros, honestos y abiertos. Mantén las líneas de comunicación abiertas, para que los niños puedan crecer para ser un honor para sus hogares y un honor para Jesucristo, y para que así puedan experimentar lo que tan desesperadamente queremos que experimenten: la belleza y la gloria de la feminidad, y la frescura, la fuerza y la vitalidad de la masculinidad, para que puedan ser hombres y mujeres como Dios planeó que fueran. Es a esto a lo que somos llamados, como padres. Que Dios nos ayude a hacerlo en la luz de la verdad.

Oración:

Padre nuestro, perdónanos por las muchas veces que hemos metido la pata y nos hemos tropezado por oscuridad e ignorancia, estando la luz brillando justo encima de nuestras cabezas. Señor, enséñanos a acordarnos de Tu gran promesa: “Instruye al niño en su camino, y ni aun de viejo se apartará de él”. Haz que nosotros, quienes hemos cometido ya tantos errores, seamos conscientes de ellos, y conscientes de que cuando comenzamos a caminar contigo, la gracia y la bendición serán el resultado. Tú eres el Dios del futuro, y el Dios del presente, pero también el Dios del pasado. Tú puedes volver esos errores en oportunidades para progreso en las vidas de nuestros hijos, así como en las nuestras. Gracias por esto en el nombre de Cristo. Amén.