El cristiano en el mundo

Practicando el cristianismo

Autor: Ray C. Stedman

La pregunta con la que nos estamos enfrentando en la serie presente, centrándonos en la carta de Pablo a los efesios en el capítulo 4, es: “Como vivir una vida cristiana en medio de un mundo confundido”. Ese era el problema en el siglo I, y ese es el problema en el siglo XX. Es el mismo tipo de mundo, demandando el mismo tipo de vida. Quizás lo podríamos muy bien poner en las palabras del título de uno de los libros del Dr. Tournier: Una persona completa en un mundo roto. Esa es una forma muy expresiva de encarar la cuestión que está frente a nosotros en esta serie presente.

Ahora bien, la respuesta del mundo mismo a esa pregunta es, básicamente: “Exprésate a ti mismo”, o sea, vive para ti mismo; toma todo lo que puedas mientras puedas; consíguelo todo ahora. Sólo necesitas observar la trama de la vida en nuestros días deteriorándose para ver la deficiencia de esa solución, y la oscuridad y la pobreza de esa estrategia. La respuesta de la religión en general (e incluyo las religiones aparte del cristianismo) e incluso a veces la iglesia misma es: “Intenta hacer lo correcto lo mejor que puedas”. Mucha de la predicación que saldrá de los púlpitos por todo este país puede ser reducida a una sola frase: “Hazlo lo mejor que puedas”; inténtalo mejor y más fuerte. Esto suena muy bien pero nunca funciona, porque el yo que lo intenta es el mismo yo que está causando el problema. Es por eso que aquellos que intentan solucionar las presiones y las demandas de la vida sobre esta base inevitablemente se encuentran a sí mismos absortos en un círculo vicioso de desesperación, en el cual ven que no son capaces de hacer aquello que pensaban que podían hacer. Comenzaron a hacerlo, pero se ven incapaces de llevarlo a cabo, y gradualmente se encuentran a la deriva en la desesperación.

Ahora, la respuesta de las Escrituras es una cosa completamente diferente. Nunca habremos comenzado a entender el cristianismo a menos que veamos esto. El mensaje cristiano no es una forma de decir: “Inténtalo mejor, inténtalo más fuerte, hazlo lo mejor que puedas por vivir una buena vida”. Si cualquiera piensa eso, ha malentendido todo el propósito del cristianismo. La respuesta al cristianismo es una experiencia personal con el Señor vivo, el aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador, como una Persona; el entrar en una relación personal con Él, y el aprender a dejarle vivir Su vida por medio de ti. Bien, ese es un principio completamente diferente, pero eso es exactamente lo que Él se ofrece a hacer, el vivir Su vida de nuevo en ti.

Lo sé que, para muchos, esto es difícil de entender. Para ellos, parece que esto está proponiendo un tipo de pasividad supina. Los cristianos son exhortados a sentarse y esperar, a poner sus mentes en punto muerto y esperar que Dios haga algo. Los cristianos, en su intento sincero de presentar esta enseñanza, a menudo han dado esa impresión, por ponerlo de forma simple: “darse por vencidos y dejar que Dios actúe”, algo así como “Él lo hará todo, así que tú no tienes que hacer nada”. Por supuesto, es cierto que debemos de tener en cuenta la clara declaración de las Escrituras: “porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5b). No añadimos a la obra de Dios, pero eso no significa que no tengamos parte en esa obra. Esta no es una neutralidad mística donde simplemente estamos esperando que Dios lo haga todo. Como Pablo deja claro en el pasaje que estamos examinando, especialmente en los versículos 22 a 24, el gran principio por medio del cual la vida cristiana es vivida involucra la voluntad, un continuo ejercicio de la voluntad humana. “Despojaos de lo viejo, y vestíos de lo nuevo”, dice, ese es el proceso. Eso es, rechaza el atractivo de la vieja vida y en vez de eso actúa con las maravillosas posibilidades de la nueva vida en Jesucristo. Esto es algo que debe de ocurrir repetidamente. Es por eso que la vida cristiana es llamada un camino, porque son dos pasos repetidos una y otra vez.

¿Cómo caminas? Bueno, pones un pie delante del otro. Eso es un paso pero no es caminar. ¿Y luego qué? Entonces pones otro pie delante de ese. ¿Después qué? Pues, empiezas de nuevo. Das el primer paso de nuevo y luego el otro. Por lo tanto, es descrito como un proceso de despojarnos (ese es un paso) y vestirnos (ese es el otro). Y toda la vida ha de ser vivida como una experiencia continua de este principio. Eso es caminar, y por eso la palabra viene a nosotros así: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16). Ahora, esto obra directamente en nuestra vida. La fe cristiana no está diseñada meramente para que nos involucremos en actividad religiosa. No hay nada que le desagrade más a Dios que la religión. Él está interesado en la vida. Cierto, la vida tiene aspectos religiosos y entonces está bien, pero la religión sola es una cosa vacía y desagradable para Dios. Lo dice repetidamente, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Más bien está interesado en ver los verdaderos principios siendo aplicados a las situaciones que vives, y cuando lo son, crean un cambio obvio de comportamiento en tu vida. Ahora en el capítulo 4, comenzando con el versículo 25, el apóstol aplica el principio de “despojarse y vestirse” a áreas específicas del vivir:

Por eso, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros. Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que robaba, no robe más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. (Efesios 4:25-29)

Ves lo práctico que es esto, qué específico, como nos anima a dejar que nuestra fe se enfoque en nuestras acciones. Esta es siempre la intención de Dios. Ahora, antes de mirar esto más de cerca, hay tres cosas que urge decir: Primero, esta manera de vivir no es posible a menos que seas cristiano, a menos que hayas nacido de nuevo, regenerado, que hayas pasado de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz. Estas palabras de Pablo no están dirigidas a los hombres en general. A menudo, muchos malentendidos sobre el cristianismo vienen del hecho de que la gente lee sus Biblias no siendo todavía cristianos ellos mismos, y leen un pasaje como este y piensan que esto está dirigido a ellos, que han de hacer estas cosas. Bueno, el hecho es que la Palabra de Dios reconoce claramente que uno que todavía no es cristiano no puede vivir así. Puede que les parezcan que pueden, y este es el engaño del corazón natural. Sugerirá que puedes hacer esto y vivir a este nivel, pero si lo intentas descubrirás que solo puedes hacerlo en aspectos muy limitados, y que incluso en esas áreas hay una manifestación incompleta de esas cosas. La vida interior, la vida oculta, permanece sin cambio; es solo la vida exterior la que cambia.

En cada una de estas exhortaciones los grandes principios que Pablo ha resumido son manifiestos. En cada uno hay un despojarse y un vestirse. Ahora, aquellos que no son cristianos no pueden despojarse de su vieja vida porque no es una vida vieja para ellos, es su vida presente, es la única vida y es todo lo que tienen. Por eso cada súplica a uno que no es cristiano de despojarse de las cosas que surgen de la vieja vida es demandar una imposibilidad. Jesús dijo: “porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:19). ¿Cómo puedes despojarte de esta parte de tu vida? ¿Ves lo imposible que es? Y, por supuesto, de igual modo, si el que no es cristiano no tiene una vieja vida de la que despojarse, no tiene una nueva vida de la que vestirse. La vida nueva es Cristo. Si no tenemos a Cristo no tenemos una nueva vida; por lo tanto, la súplica al hombre de vivir sobre esa base es absurda si no ha comenzado ya con Jesucristo. Quiero dejar eso inequívocamente claro. Si estás aquí y nunca has tenido la experiencia de tener a Jesucristo en tu vida y que te haya dado Su vida, es ahí donde has de comenzar. Entonces estas exhortaciones caerán en su sitio, pero sin eso no puede haber cumplimiento.

Ahora bien, la segunda cosa es que incluso el cristiano, a quien esto está dirigido, debe entender que no está en realidad poniendo su viejo ser a morir cuando niega las ansias que vienen de él, ya que eso ya fue hecho en la cruz. Ciertos cristianos tienen la idea que hemos de ir crucificándonos, haciendo que el viejo ser muera. Piensan que deben hacer esto personalmente y que es un proceso muy doloroso. Están constantemente preocupados por ello, y se muestra en sus caras en la ansiedad y la tensión y la morbosidad. Pero al cristiano no se le dice que ha de hacer morir al viejo hombre, se le ha dicho que eso fue hecho en la cruz. Lo que estamos haciendo aquí es declarar, por experiencia personal, lo que Dios ya ha hecho en la realidad de la cruz y la resurrección. Ahora bien, esto es muy importante. Alguien bien ha dicho:

Todo el progreso en la vida espiritual viene de la simple comprensión de un hecho que ya es cierto en el plan y propósito de Dios. No es algo que tienes que hacer verdad, es el creer en algo que Dios ya ha dicho que es verdad, la comprensión de lo que ya ha sido hecho en Cristo. No algo que ha de hacerse cuando lo pidamos, sino la fe que toma lo que ya es, en Cristo.

Eso es útil. Significa que este proceso de despojarse y vestirse está basado sobre la realidad de lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz y la resurrección. Simplemente lo hacemos nuestro en experiencia, pero ya ha sido hecho. Ahora, una tercera cosa, y esto es muy importante, un entendimiento mental de este proceso de despojarse y vestirse, esta doctrina de “caminar en el Espíritu”, no es suficiente; requiere la práctica real de esto. Aquí de nuevo muchos cristianos se desvían. Aprenden estas verdades, entienden con sus mentes la maravillosa liberación que Dios ha venido a darnos, ven que hay algo de esto en las vidas de otros a su alrededor, y porque entienden la doctrina piensan que tienen la experiencia.

Desafortunadamente, muchos cristianos aprenden el lenguaje de la vida espiritual, pero sus vidas manifiestan que no saben lo que realmente significa el vivir en base a esto. Pero no es el conocimiento lo que resuelva el problema, sino la práctica. Saber la verdad no ayuda a nadie; es la verdad obrada la que rinde. La verdad conocida te llena de orgullo, como Pablo se lo muestra a los corintios (ver 1 Corintios 8:1), pero la verdad obrada, ah, eso es una cosa diferente. El hecho de que puedes irte y decir: “Entiendo ahora, sé ahora cómo se hace esto, sé cómo funciona esto” no significa que lo estés experimentando. Estas cosas deben practicarse. Despojaos, vestíos; esto debe presentarse a nivel de vida.

Ahora examinemos más de cerca estos ejemplos que da, ya que, al hacerlo, no solo entenderemos cómo este principio general se aplica a la vida, sino que entenderemos el principio mismo más claramente. Despojándonos de la vieja vida, la que teníamos en Adán, y vistiéndonos de la nueva vida en términos de experiencia real, no es una cosa confusa ni mística. No es algún tipo de gimnasia mental. No es algo en lo que piensas por un momento y después te relajas y todo se arregla por sí mismo. No es una fórmula fácil. Se hace en términos de cualquier tentación con la que te enfrentas en cualquier momento. Eso es lo que Pablo deja claro aquí.

El apóstol comienza con lo que es probablemente la tentación más universal en la experiencia humana, la tentación de mentir, de tergiversar o exagerar la verdad. Ahora bien, ¿por qué comienza ahí? Porque esa es la característica más evidente de la vieja vida: el mentir. Ya ha dicho que la vieja vida se caracteriza por ansias engañosas. Estos impulsos, estas ansias en nosotros, nos están mintiendo, nos están engañando. Por lo tanto, encontramos que es fácil mentirles a otros, el engañar a otros. El mentir es la característica básica de la vieja vida ya que se origina en el demonio. Jesús dijo: “Él ha sido homicida desde el principio y no ha permanecido en la verdad” (Juan 8:44b). Todos nosotros hemos descubierto esto sin dificultad. ¿Fuiste al colegio para aprender a mentir? No, claro que no. Se te ocurrió bastante naturalmente. ¡Hemos aprendido incluso como niños pequeños que, aunque una mentira es una abominación al Señor, es una ayuda muy a mano en tiempo de problemas! Al menos esa era nuestra filosofía; eso era lo que pensábamos.

Pero ahora como cristianos hemos de despojarnos del viejo hombre, el ansia de mentir. Despójate de él deliberada, definitiva e intencionadamente; recházalo. ¿Por qué? Porque te producirá problemas. Esa es la razón por la que el mundano no miente. No estoy sugiriendo que cada mundano invariablemente miente y que el cristiano invariablemente dice la verdad. Por supuesto que no. Es bastante posible para los mundanos el decir la verdad. Todos lo hicimos antes de ser cristianos. Había veces en que decíamos la verdad, así como tiempos en que mentíamos. Pero la cuestión es la motivación que hay detrás. ¿Por qué dice la verdad el mundano? ¿Por qué, antes de que fuéramos cristianos, decíamos la verdad? Mayoritariamente porque sentíamos que tendríamos problemas si no lo hacíamos. Estábamos preocupados por que la mentira se descubriera. Vivíamos en una sociedad y en un nivel de relación con otros que demandaba esto. Encontrábamos que era la cosa que debíamos de hacer, se esperaba que lo hiciéramos, así que para nuestra propia ventaja decíamos la verdad.

Pero el cristiano se basa en algo diferente. Ha de dejar de mentir no sólo porque el hacerlo le producirá problemas, sino que no ha de mentir porque es parte de la vieja vida que en la cruz ha sido totalmente juzgada y rechazada. Es cierto que le producirá problemas, “porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción” (Gálatas 6:8), así que no hay duda sobre eso. Pero el cristiano no ha de mentir porque es lo que ha rechazado, en Cristo; eso es lo que ha sido juzgado en la cruz; eso es parte de la vieja vida. Aunque la vieja naturaleza hace su sutil llamada al corazón como lo hacía antes, sugiriendo que si decimos una mentira podremos salir de esta dificultad, o conseguir esta bendición u obtener el resultado deseado, sin embargo, el cristiano sabe que es todo una mentira, que no hará eso; no producirá el fin que es deseado. Lo ve en cuanto al luz de la cruz. Es por esto que se espera que el cristiano se despoje de estas cosas, y entonces se vista del nuevo hombre, es decir, se vista de Cristo.

Pues bien, ¿cómo haces eso? Bueno, Pablo dice: “hablad verdad cada uno con su prójimo”. Eso es vestirse de Cristo. ¿Ves lo práctico que es esto? Si rechazas el mentir y, en su lugar, deliberada, intencional y expresamente hablas la verdad, aunque sea doloroso, aunque a veces sea una verdad difícil, entonces te “estás vistiendo de Cristo” cuando hablas la verdad. Eso es caminar en el Espíritu, en la práctica. No hay nada místico en todo esto. Es sumamente práctico. Rechazas las mentiras, no dices falsedades, sino que hablas la verdad a causa de Cristo, porque Él es la verdad. Cuando lo haces, te estás vistiendo de Cristo. Eso es lo que significa andar en el Espíritu.

Ahora añade una razón especial para hacer esto: “porque”, dice, “somos miembros los unos de los otros”. Eso significa que, en el cuerpo de Cristo, como miembros de la vida de Cristo, no vivimos para nosotros mismos. Por lo tanto, si mentimos, no solo nos hacemos daño a nosotros mismos, sino que le hacemos daño a otros también. Obviamente, aquí, quiere decir otros cristianos, porque somos miembros los unos de los otros en el cuerpo de Cristo. Pero esto no significa que esté bien mentirle a los mundanos pero no a los cristianos. No está diciendo aquí: “Deja de mentirles a los cristianos, pero con alguien que no sea cristiano, puedes hacerlo, no hay ningún problema”. No, está diciendo: “Si le mientes a cualquiera dañas a todo el cuerpo de Cristo; no solo a ti mismo, sino a todos aquellos que son cristianos”. La causa de Cristo es dañada incluso por una sola mentira. El cristianismo se vuelve despreciable a los ojos de aquellos a quienes has mentido. Ellos no solo te ven a ti, sino que ven toda la causa que representas, y la rechazan como sin valor.

Un hombre me dijo el otro día: “Sabes que, cuando un hombre me dice que es cristiano, me pongo nervioso y procuró ir con cuidado. He sido dañado tantas veces por cristianos que he decidido que nunca puedo fiarme de un cristiano”. ¿Qué le hizo tomar esa decisión? ¡Los cristianos que le mintieron! Cuando mentimos dañamos la causa de Cristo. Este es el punto que está intentando enfatizar. Ahora continúa. No solo hemos de desechar la mentira, sino vestirnos de la verdad. Es ese lado positivo de hablar la verdad en todos los aspectos de la vida, consistentemente, el que los mundanos son incapaces de hacer, y muchos cristianos imitan. No es que siempre mientan. Como ya he sugerido, es bastante posible para un mundano o un cristiano abstenerse de mentir, pero, ¿entonces qué? ¿Continúa diciendo la verdad, o no dice nada? ¿Recurre a lo que el mundo llama las “mentiras piadosas”? Son llamadas así porque se consideran inofensivas. Pero, cuando ves esto en relación a las Escrituras, ves que a menudo una mentira piadosa, así llamada, puede ser la cosa más cruel que le puedes hacer a un individuo.

¿Qué son las mentiras piadosas? Bueno, normalmente ocurren en circunstancias donde se nos pide dar una opinión sobre la ropa que uno lleva, o la personalidad, y tenemos una opinión negativa sobre ello, pero no queremos decir nada por temor de herir sus sentimientos, así que mentimos, decimos una cosa amable, una cosa placentera, y sus sentimientos no son heridos. Pensamos: “Les he salvado del daño,; por lo tanto, no he hecho ningún daño al mentirles”. Pero a menudo esa es la cosa más cruel que podríamos haber hecho. Como resultado de esta práctica de mentirnos los unos a los otros en estas áreas, hay muchos que pasan años sin saber los problemas que les están haciendo desgraciados. Nadie jamás les habla sobre esto, y continúan sufriendo sin necesidad, porque nadie les quiere decir la verdad.

Es como los anuncios en el periódico sobre el mal aliento. Todos hemos visto ciertos anuncios. Alguna chica bonita está a la puerta frunciendo el ceño diciéndole buenas noches a su querido. Él parece confuso y ella tiene aspecto de estar enfadada y debajo dice: “Incluso tu mejor amigo no te lo dirá”. Pero eso no es una amabilidad, es una crueldad. Los cristianos son exhortados a despojarse de este tipo de cosa y a hablar la verdad.

Es una cosa llamativa el acordarse de que el Señor Jesús no sólo nos mandó perdonarnos mutuamente, sino también a reprendernos mutuamente. En Lucas 17 los discípulos vinieron al Señor con una pregunta, y al responder, Jesús dijo: “¡Mirad por vosotros mismos! Si tu hermano peca contra ti, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo” (Lucas 17:3). Oímos “perdónalo” pero no oímos “repréndelo”, pero tan mandamiento es el uno como el otro. “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo”, díselo. Por supuesto, no es necesario decir algo cada vez que nos sentimos molestos; de otra forma no habría lugar para el ejercicio de la paciencia cristiana y el ser sufrido. Si podemos dejar de lado la molestia con un rápido pensamiento y descartarla, muy bien; eso es lo que debemos hacer, por supuesto. No debemos ser tan sensibles. Pero si algo causa una molestia continua, y aunque intentamos olvidarlo, encontramos que no podemos, entonces di algo. Ese es el mandamiento del Señor: “repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si siete veces al día peca contra ti, y siete veces al día vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónalo” (Lucas 17:3b-4).

Ahora bien, ¿qué tipo de pecado es aquel que requiere perdón siete veces el mismo día? Oí al Dr. Henry Brandt contar sobre un incidente en su propio ministerio cuando una pareja vino a él con problemas en su relación de matrimonio. Resultó que ella se dedicaba cerrar las puertas de golpe. Había formado un hábito en su niñez de cerrar las puertas de golpe, y cada puerta por la que pasaba tenía que cerrarla de golpe. Esto era algo que continuamente le ponía de los nervios al marido. Para ti quizás sea que tu pareja deja el tapón de la pasta de dientes quitado, o que cuelga las medias en la ducha. Puede ser cualquier cosa. Ella tenía la costumbre de cerrar las puertas de golpe. Él aguantó esto durante mucho tiempo, apretando los dientes y sintiéndose molesto cada vez que ella cerraba una puerta de golpe, pero no quería decir nada sobre ello, ya que parecía tan trivial. Finalmente después de que el Dr. Brandt le resalto que esto era una molestia continua, él fue y le dijo que esto le estaba molestando y le pidió que no lo hiciera. Ella se arrepintió al instante: “Oh, lo siento”, dijo, “realmente no me daba cuenta de que estaba haciendo eso, pero ahora que lo dices veo lo que he hecho. Es cierto que cierro las puertas de golpe, y lo siento; no lo haré más”. Entonces, se levantó y salió de la habitación y cerró la puerta de golpe detrás de ella. Dijo: “Lo siento”. No sé si eso ocurrió siete veces ese día, pero no me sorprendería si así fuera.

Por lo tanto, hemos de decirnos la verdad mutuamente. Estas cosas que nos irritan y molestan han de ser compartidas abiertamente. Digamos que nos molestan y seamos rápidos en perdonar cuando hay un sentimiento de preocupación por ello de parte de la otra persona. Hemos de decir la verdad. La única forma en la que podemos crecer es si alguien nos dice la verdad sobre nosotros mismos. La verdad es el signo de la nueva vida. Nunca puedes conseguir que los mundanos vivan de esta forma. Están muy preocupados por no ofender a otros o por ser un problema para otros, así que no hablarán abiertamente sobre ello. Pero en Cristo podemos aprender a dar y recibir de esta forma. Ahora continúa con otro asunto práctico, uno de los problemas más comunes de la vida: la ira.

Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. (Efesios 4:26-27)

Esto no es un error de imprenta. No se olvidó de poner un negativo aquí como muchos piensan. No dijo: “No os enfadéis”. Dijo, como se lee aquí: “Airaos”. Eso es llamativo, ¿no es así? Mucha gente nunca lee sus Biblias tan de cerca y no ven que esto es lo que dice. ¡Airaos! La capacidad para la ira es parte de la imagen de Dios en el hombre. Dios se enfada, y legítimamente. Si un hombre no puede enfadarse hay algo mal en él. El hombre o la mujer que nunca se enfada es subhumano; está negando su humanidad esencial. Airaos, el apóstol dice; hay cosas que han de haceros airar, muchas cosas que deberían de haceros enfadar hoy, pero no pequéis. Hay un tipo de ira que es pecaminosa. ¿Cuál es? No nos lo dice aquí, pero lo vemos en otros sitios.

La ira pecaminosa, por supuesto, es ira que es en defensa propia, o sea, centrada en el yo. Eso siempre está mal. La ira pecaminosa es parte de la vieja vida; hemos de despojarnos de ella. Si estás enfadado porque tus sentimientos han sido dañados, o tu orgullo ha sido herido, o has sido maltratado de alguna forma, quizás no se te haya dado la posición o el favor que piensas que deberías tener, esto es ira pecaminosa y ha de ser desechada. Surge de la vieja vida; es parte de la vida de Adán. Bueno, entonces ¿cuál es la ira válida? La ira válida es aquella que se preocupa por las injusticias de otros. Lo puedes ver en Jesús: Estaba airado con los fariseos cuando se opusieron a Su sanación del hombre en sábado. “Mirándolos con enojo” (Marcos 3:5), leemos, “entristecido por la dureza de sus corazones”, por su terca indiferencia a las necesidades de la humanidad en sufrimiento. Le hizo airarse. Estaba enfadado cuando los discípulos impidieron a los niños acercarse a Él. Habló con ira: “Dejad a los niños venir a mí” (Marcos 10:14), dijo, y estaba enfadado porque estaban apartando a aquellos por los que había venido. Estaba enfadado por la crueldad del demonio cuando estaba en la tumba de Lázaro. Su corazón fue conmovido, y habló con ira amarga. Estaba enfadado con el demonio por la destrucción y la angustia y el sufrimiento que el pecado trae a la vida humana. Anhelaba hacerse cargo de ello. Estaba enfadado por la codicia desvergonzada de los cambistas de dinero en el templo, e hizo nudos en una cuerda y la utilizó para echarlos del templo. Créeme, estaba airado. Estaba muy enfadado porque estaban ignorando el propósito de la casa de Su Padre. Estaban enseñando a los hombres cosas equivocadas en el nombre de Dios. Estaban llevando a cabo actividades destructivas en el nombre de la religión. Sin embargo, leemos que cuando era agraviado, cuando la gente decía cosas en contra de Él personalmente, “no respondía con maldición” (1 Pedro 2:23a). Cuando sufrió, no respondía, sino que se encomendaba a Dios, quien era capaz de manejar todas las cosas. El apóstol nos enseña: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios” (Romanos 12:19a). Por lo tanto, hemos de despojarnos de esto, esta ira pecaminosa, egocéntrica, que surge de un ansia engañosa.

Ah, sí, pero ve más allá todavía. Incluso cuando tu ira es justa (la ira injusta siempre está mal y debería ser puesta de lado inmediatamente), pero incluso cuando es ira justa, entonces “no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Esa es una parábola común de la vida de ese tiempo, y simplemente significa que no debemos alimentar nuestra ira, no debemos mantener resentimientos, no dejes que se ponga el sol sobre ello, no dejes que se prolongue al día siguiente. Ahora bien, no os toméis esto de forma literal a lo tonto. Esto no nos da licencia para enfadarnos a las nueve de la mañana y andar diciendo: “Bueno, me quedan doce horas para disfrutar esto y estar enfadado con alguien hasta que se ponga el sol”. Es simplemente una forma de decir que cuando el primer fogonazo de ira justa ha pasado, entonces no lo alimentes, no perpetúes esa ira. Esa era la explosión que fue diseñada para poner en movimiento el motor de tu voluntad, pero no es combustible del cual ha de alimentarse. Sino que ha de ser del amor y la preocupación. La ira es necesaria a veces para motivarnos a actuar, para conseguir que nos movamos por la preocupación apropiada. Oímos de algunas injusticias crasas y nos enfadamos con razón. No te condenes a ti mismo porque te enfades así, pero no permitas que se prolongue; no actúes en ira. Actúa más bien en el amor que te causó la ira.

Añade otra palabra de aviso. Si acumulas la ira, sin importar de qué tipo sea, le das al demonio una oportunidad. ¿Una oportunidad para hacer qué? Para crear amargura, para dejar que la ira fermente hasta que se convierta en venganza o resentimiento ardiente. En Hebreos, el escritor nos advierte que no debemos dejar que cualquier raíz de amargura brote y nos moleste. Ese es precisamente el tema. Molesta a otros, pero primariamente te molesta a ti. A veces otros no son conscientes de tu ira y tu malestar, pero tú, tú no puedes comer o dormir. Estás molesto; te vuelves amargo en tu interior. La cosa sigue día tras día, y tu enemigo, el que te hizo sentir de esa forma, puede que esté totalmente ignorante de ello, siguiendo igual tan feliz. Pero a él no le está molestando; te está molestando a ti. Por lo tanto, no le des oportunidad al diablo, porque él tomará ventaja de ello.

Despojaos de lo viejo, vestíos de lo nuevo. ¿Ves lo práctico que es esto? Seguiremos a partir de aquí para ver cómo esto se aplica a otras áreas de la vida. Acuérdate que todo es la aplicación de un principio básico: resistid lo viejo. Oh, lo sentirás; sentirás su atractivo, su empuje, el deseo de rendirse, pero resístelo con tu voluntad. Es la voluntad de Dios que tu voluntad se resista en contra de esa cosa. Y entonces vuélvete a Cristo. Échate sobre Él. Di: “Señor, siento que quiero hacer esto, pero sé que está mal; no quiero hacerlo. Señor, ayúdame con Tu fuerza y Tu gracia y Tu amor”. Vístete de lo nuevo, y cuando lo hagas descubrirás que hay una impartición de Su vida, Su fuerza. Él es amor; Él es tu fuerza. No cantes: “Te necesito; oh, te necesito; cada hora te necesito”. Canta: “Te tengo; cada hora te tengo”. Tengo Su vida; tengo Su fuerza. Tengo Su gracia. Ese es el secreto de vivir en un mundo lleno de problemas.

Oración:

Gracias, Padre, por esta perspectiva práctica de la vida. No permitas que huyamos de sus plenas implicaciónes en lo relativo a nuestra propia experiencia. Muéstranos cómo estas cuestiones nos alcanzan justo donde vivimos. Ayúdanos a ver cómo podemos cambiar por medio de este secreto transformador que ha tenido lugar dentro de nosotros. Lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.