Master Washing the Feet of a Servant
El Siervo que gobierna

El punto de partida

Autor: Ray C. Stedman


Acabo de pasar dos semanas en México con los traductores de la Biblia de Wycliffe, y me he dado cuenta una vez más de que el Evangelio de Marcos es el libro más traducido del mundo. No hay ningún otro libro que se encuentre en tantos idiomas, y casi todos los traductores de Wycliffe, una vez que han conseguido poner un idioma por escrito, comienzan su traducción de las Escrituras precisamente con este evangelio. ¡Estoy seguro de que el hecho de que sea el más corto de los evangelios tiene algo que ver con esa decisión! Los traductores de la Biblia son seres humanos como el resto de nosotros, y nadie quiere comenzar con un evangelio tan largo como Mateo o Lucas. Pero también es un hecho que Marcos resulta especialmente apropiado para presentar las Escrituras a personas de todos los medios sociales, clases y tribus. De los cuatro evangelios es precisamente el que está destinado a ser escuchado por los gentiles.

Nadie puede leer el Evangelio de Mateo sin darse cuenta de que ha sido escrito teniendo en mente a los judíos, puesto que tiene que ver con el Antiguo Testamento y con las costumbres judías. Pero, en cambio, Marcos fue escrito para el mundo romano, para los gentiles, para aquellos que no conocen el trasfondo del Antiguo Testamento y, por lo tanto, es un evangelio muy instructivo y de gran ayuda para utilizarlo como presentación inicial.

Muchos eruditos están convencidos de que el Evangelio de Marcos es el más antiguo de los libros de la Biblia de que disponemos. Posiblemente fue escrito en algún momento de la década de los años sesenta del primer siglo, lo cual lo convertiría en algo muy antiguo que nos lleva a los comienzos mismos de la historia cristiana. Sin embargo, los eruditos difieren en lo que se refiere a si fue Mateo o Marcos el que se escribió primero, porque resulta difícil saber quién tomó prestado de quién, si fue Mateo de lo escrito por Marcos o si fue Marcos de lo ya escrito por Mateo. Lo que sí sabemos con seguridad es que Lucas tomó de los pasajes escritos tanto por Mateo como por Marcos. Es verdad que el Evangelio de Marcos ha sido reproducido en su totalidad en Mateo y en Lucas, a excepción de unos cuantos versículos, de modo que alguien debió tomar prestado de lo escrito por otro y tuvo el relato de otra persona ante sí mientras escribía.

Sí que sabemos que este evangelio fue escrito por un joven llamado Juan Marcos, que aparece en varias ocasiones en nuestras Escrituras. Su madre se llamaba María y era una mujer bastante rica, que tenía una casa grande en Jerusalén. En el capítulo doce de los Hechos se nos dice que los primeros discípulos se reunían en su casa, con el fin de orar por Pedro cuando se encontraba en la cárcel. Sabemos que el joven Juan Marcos fue llevado por Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero, viajando con ellos a la isla de Chipre, pero por algún motivo, aunque no se nos dice exactamente el porqué, Marcos se negó a ir con ellos cuando fueron al territorio continental, es decir, a lo que es en la actualidad Turquía. En lugar de ir con ellos, regresó a casa de su madre. Pablo se sintió molesto por ello, y es evidente que tenía la impresión de que Marcos era un poco derrotista. Cuando llegó el momento de emprender un nuevo viaje, a pesar de que Bernabé quería que fuese Marcos con ellos, Pablo no quiso que lo hiciera, por lo que Bernabé y Pablo se separaron. Bernabé se llevó consigo a Marcos a Chipre, y Pablo y Silas regresaron a las regiones en las que habían estado con anterioridad. Es entonces cuando Marcos desaparece de la escena durante un tiempo.

La próxima vez que oímos hablar acerca de él, se ha asociado con el apóstol Pedro, que en su primera epístola habla muy afectuosamente acerca de este joven, llamándole "Marcos mi hijo". Las más antiguas tradiciones de la iglesia nos dicen que Marcos se convirtió en el compañero de Pedro. Eusebio, uno de los padres de la iglesia del tercer siglo, dice que los cristianos primitivos estaban tan fascinados con las cosas que les decía Pedro que le pidieron a Marcos que las pusiera por escrito. Es posible que así fuese como llegó hasta nosotros el Evangelio según Marcos, porque refleja muchos de los recuerdos de Pedro y las experiencias que tuvo con Jesús.

Todo lo dicho acerca del origen del Evangelio de Marcos puede verificarse contrastándolo con las Escrituras, pero hay otro aspecto, al que posiblemente debiera llamar "la especulación de Stedman", porque no es inspirado, pero que es, sin embargo, algo que me ha tenido intrigado durante mucho tiempo. De todos modos, lo transmito, para que ustedes piensen lo que quieran al respecto. En el capítulo 14, versículo 51, se hace referencia a un incidente del que solo deja constancia Marcos. En su relato acerca de la traición y el arresto de Jesús, Marcos nos dice que cuando los soldados se lo llevaron le siguió un joven que no llevaba puesto más que una sabana sobre su cuerpo. Parece ser que los soldados debieron pensar que se trataba de un discípulo de Jesús que había sido lo suficientemente insensato como para quedarse atrás, mientras el resto de ellos habían salido huyendo. Los soldados intentaron arrestarle, pero lo único que consiguieron fue apoderarse de la sábana que le cubría, y el muchacho salió corriendo desnudo, perdiéndose en la noche. Muchos eruditos han sugerido que se trataba de Marcos, porque en esa época debió ser un hombre "joven", y tal vez se había quedado por la fascinación que sentía por Jesús, con la esperanza de aprender más, cayendo sin saberlo en una trampa, y tuvo que huir para salvar la vida, dejando tras de sí la prenda que le cubría. El hecho de que Marcos sea el único que lo menciona resulta bastante revelador y parece indicar que efectivamente se trataba de Marcos.

Pero hay otro relato, en Marcos 10, que también cuentan Mateo y Lucas, que me ha fascinado, y es la historia del joven gobernante rico. Aquí tenemos el caso de un joven que, hacia el final del ministerio de Jesús, le vino con el fin de hacerle una pregunta. Era un hombre rico de la clase gobernante, evidentemente apuesto y con una personalidad cálida. Corrió y se arrodilló a los pies de Jesús, diciéndole: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" (Marcos 10:17b). Jesús le dijo: "¿Has cumplido los mandamientos?". El joven dijo que lo había hecho, efectivamente, desde su juventud. Es entonces cuando Marcos deja constancia de algo que no nos revela ningún otro relato. Dice: "Entonces Jesús, mirándolo, lo amó... " (Marcos 10:21a). Ese pequeño detalle personal me sugiere que Marcos era el joven gobernante rico.

De modo que ese breve relato acerca del joven que huyó sin su ropa es el modo en que Marcos nos dice que el joven rico se alejó de Jesús entristecido, como nos dice la historia, porque tenía muchas posesiones; pero no siempre estuvo entristecido, porque más adelante, habiéndose pensado las cosas, tomó la decisión que Jesús le había exigido, entregando todo cuanto tenía. Renunció a su herencia, y todo cuanto le quedó fue la túnica que le cubría, y al final hasta eso lo perdió, y se convirtió en un seguidor de Jesús. No estoy diciendo que las Escrituras nos digan de una manera explícita que eso fue lo que pasó, ¡pero tengo la impresión de que fue así! De modo que si a ustedes no les importa esta versión "al estilo Stedman", esto nos permite tener una visión más profunda del Evangelio según Marcos.

Sea como fuere, si sucedió efectivamente algo así, justificaría la aparente fascinación que sentía Marcos por dos de las cualidades de Jesús, acerca de las cuales nos habla en las primeras palabras de su evangelio: "Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Marcos 1:1). Jesús de Nazaret, un carpintero, el Jesús hecho hombre, pero al mismo tiempo el Hijo de Dios, el Divino. Marcos parece profundamente fascinado por esta combinación: el Gobernante que muestra su habilidad para servir y el Siervo que sabe cómo gobernar.

Por cierto, así es cómo está organizado el libro. Marcos es muy fácil de compendiar, porque el autor nos ofrece ciertas divisiones naturales, como veremos más adelante. Se divide fácilmente en dos mitades. La primera, del capítulo 1 al 8, versículo 26, es el Siervo que gobierna, la autoridad del Siervo. La segunda, desde el capítulo 8, versículo 27 hasta el final, es el Gobernante que sirve. Leamos los primeros versículos:

Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías:
«Yo envío mi mensajero delante de tu faz,
el cual preparará tu camino delante de ti.
Voz del que clama en el desierto:
"Preparad el camino del Señor.
¡Enderezad sus sendas!"»
Bautizaba Juan en el desierto y predicaba el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados. Acudía a él toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. (Marcos 1:1-5)

Esta afirmación que hace Marcos resulta verdaderamente asombrosa. El énfasis que hace desde el principio mismo de su evangelio, al que llama "principio del evangelio", el punto de partida, es el ministerio de Juan el Bautista. Y el punto culminante de dicho ministerio fue el fantástico éxito que disfrutó Juan en el desierto. El año pasado, aproximadamente por estas fechas, me encontraba en el desierto. Fuimos en coche desde la ciudad de Jerusalén hacia Jericó, pasando por el valle del río Jordán. Me di cuenta de que era efectivamente un desierto. Incluso en la actualidad es un lugar monótono, despoblado, abandonado y solitario. El Jordán fluye por esta región, pero es la única agua que se puede encontrar en muchas millas a la redonda. Es una región reseca y deprimente, bordeada por las montañas del desierto, árida, seca e inhóspita.

Pero, con todo y con eso, las gentes de Jerusalén y de Judea dejaban sus ciudades, sus pasatiempos y sus placeres para darse una caminata por este desierto tan tremendo, para oír predicar a un hombre. Es posible que tuviesen que caminar veinte o treinta millas para poder escuchar a Juan, pero lo hacían de buena gana, de tal modo que Marcos deja constancia, apenas exagerando al decir que "acudía a él toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén", para escucharle.

La mayoría de nosotros nos imaginamos a Juan como un hombre fuerte, intrépido, que predicaba a todo el mundo el juicio, el tormento y la condenación con voz de trueno, pero si hubiera sido ese la clase de mensaje que predicó Juan nadie hubiese salido de Jerusalén con el fin de escucharle. Nadie está interesado en escuchar a alguien que les despedace, descubra, ataque y critique severamente. Cualquiera que predique de esa manera no tendrá muchos que le sigan durante mucho tiempo, y tampoco Juan predicaba de ese modo. Marcos nos dice que su mensaje fue el principio de las buenas nuevas de Jesucristo. Algo atraía a estas gentes de todas las ciudades, haciendo que acudiesen a una región desierta, y lo hacían para escuchar la predicación de las buenas nuevas de boca de este joven y vigoroso predicador.

Es evidente que Juan hablaba a una necesidad universal en sus vidas, y no tenemos necesidad de adivinar de qué se trataba porque todavía sigue existiendo. Sigue siendo la misma necesidad que sienten actualmente las personas en sus corazones. Eran víctimas de un síndrome del que padece actualmente cada ser humano. El síndrome está formado por tres elementos: el pecado, la culpabilidad y el temor, que siempre van juntos.

¿Qué es el pecado? Bueno, básica y fundamentalmente, el pecado es egoísmo. Cometemos pecado porque pensamos en nosotros mismos, amándonos a nosotros mismos, luchando por lo que nos atañe, asegurándonos de que nadie se nos adelante. Esa es la esencia del pecado, la egolatría. Todos somos víctimas de ella, y no hay nadie que no tenga que luchar con ese aspecto de la vida. Nos hallamos continuamente atrapados por ella, y es la maldición que pende sobre toda la raza humana. Fuimos creados por Dios con el propósito de ser receptáculos que transmitiesen Su amor abierto, para que ese amor llegue a todos los que nos rodean. Pero de algún modo eso se ha distorsionado, y ahora, en lugar de manifestar nuestro amor a los demás, lo guardamos para nosotros, y a los primeros que queremos es a nosotros mismos.

Y el pecado produce siempre culpabilidad. El pecado hace que no estemos contentos con nosotros mismos. No nos gusta herir a los demás, y sabemos que lo hacemos. Nos sentimos responsables porque vemos el daño que hacemos a otros por causa de nuestro egoísmo, y nos sentimos culpables por ello. Entonces aprendemos a odiarnos a nosotros mismos. Por eso es por lo que los psicólogos afirman que el gran problema con el que se debate la humanidad es el odio a uno mismo. Carl Menninger escribió un libro, Man Against Himself (El hombre contra sí mismo), en el que deja constancia de que eso es lo que hacemos: nos odiamos; no estamos satisfechos con nosotros mismos; perdimos nuestro autoestima. Y eso es culpabilidad.

La culpabilidad va siempre acompañada por el temor, debido a que el miedo es la falta de confianza en uno mismo. Sentir temor es no poder ya controlar la vida, ser conscientes de que existen fuerzas y poderes que no podemos controlar y que a la postre acabarán por confrontarnos. No sabemos qué hacer con esos sentimientos, de modo que huimos de ellos. Esto es algo que sucedió incluso en el huerto de Edén. Tan pronto como Adán y Eva pecaron se sintieron culpables, y por eso se escondieron atemorizados. Ha sido la historia de la raza humana desde entonces. El temor aparece, sentimos esa incertidumbre con respecto al futuro y sentimos temor, convirtiéndonos en personas tímidas, atemorizadas por lo que pueda pasar a continuación. Estamos todo el tiempo sobre ascuas, temiendo que nos acepten o nos rechacen, asustados por lo que otros nos puedan hacer y, de modo especial y finalmente, atemorizados por lo que Dios nos va a hacer; y eso se convierte en un tormento interior superior a cualquier otra cosa.

Uno de los lugares que he visitado en la ciudad de México es el santuario de Guadalupe. Según la leyenda, la Virgen María se le apareció a un indio en el siglo dieciséis y le sanó. Posteriormente el lugar se ha convertido en un santuario de sanaciones al que acuden personas de todo México. Hay habitaciones enteras llenas de muletas, que han sido abandonadas por personas que se han deshecho de ellas, convencidas de que habían sido curadas en el santuario. Puede que algunas lo fueran, pero en cualquier día que se acuda al santuario se pueden ver a personas de rodillas, arrastrándose a lo largo de bloques enteros sobre el suelo sucio y duro, para poder llegar hasta el santuario. Es doloroso porque, según van avanzando, dejan tras de sí manchas de sangre sobre el pavimento. ¿Por qué hacer algo semejante? Porque el tormento exterior que representa tener las rodillas cubiertas de sangre y laceradas no es tan difícil de soportar como el tormento interior que les produce la culpabilidad y el temor. Alguien les ha dicho que hacer eso les aliviará el tormento, y por eso lo hacen.

Si creemos que eso es una tontería, fruto de la superstición, lo que necesitamos es examinar algunos de los medios de los que nos valemos para librarnos de la culpabilidad y el temor. Tenemos, por ejemplo, la filantropía. Algunas personas intentan regalar su dinero, y conozco a muchas personas que se han beneficiado de las conciencias culpables, aprovechándose de personas ricas que se esforzaban por satisfacer su sentimiento interno de culpabilidad y de temor dando dinero a una causa u otra. También están los que se convierten en moralistas inflexibles, que se consideran casi perfectos al tiempo que desprecian a todo el mundo por no estar a la altura de las normas que se han impuesto a sí mismos, aunque tampoco ellos están a la altura de esas normas; pero esa es una manera de pagar por la culpa que sienten en su interior, por cierto, algo ampliamente evidente en los círculos evangélicos. Eso fue lo que hizo que todas esas personas saliesen de Jerusalén.

En aquel momento apareció un hombre, un tanto extraño, que estaba anunciando algo. Eso era todo lo que hacía. Nunca dijo cómo funcionaba ni por qué, sencillamente lo anunció, pero de algún modo se corrió por Jerusalén la voz de que funcionaba, que las personas estaban encontrando alivio. La ciudad empezó a conmocionarse al correr la noticia de boca en boca, hasta que por fin la gente comenzó a aparecer por el desierto en gran número para ver a Juan el Bautista, para escuchar lo que tenía que decir y para ser bautizados por él. Un fenómeno sorprendente, ¿no es cierto?

Ahora bien, ¿qué es lo que anunciaba que arrastraba a la gente de aquella manera? Eso es lo que Marcos expone a continuación. Afirma que hay cuatro cosas que forman parte del ministerio de Juan: Una, se había anticipado en el Antiguo Testamento; los profetas hablaron de ello. Dos, Juan apareció en un desierto, en concordancia con la promesa. Tres, anunciaba el camino de Dios. Y cuatro, aseguraba a la gente que era verdad con el símbolo del bautismo. Desarrollaremos cada una individualmente.

Para comenzar, hablemos de lo que anticipa el Antiguo Testamento. Marcos cita a los profetas, a dos de ellos, aunque sólo menciona a uno de ellos por nombre. "Yo envío mi mensajero para que prepare el camino delante de mí" son palabras de Malaquías (3:1a), el último libro del Antiguo Testamento. Marcos no le menciona, cosa que a algunos eruditos les ha molestado un tanto, por considerar que Marcos estaba equivocado y que por ello adjudicó a Isaías algo que había sido escrito en realidad por Malaquías. Se pueden leer cientos de páginas de argumentos sobre el tema, pero Marcos no estaba equivocado ni era un ignorante, ni nada por el estilo; sencillamente quería enfatizar lo que había dicho Isaías, porque lo que dice Malaquías concuerda con lo dicho por el anterior. Por lo que sencillamente combina lo dicho por ambos y comienza con una palabra de Malaquías: "Yo (Dios) envío mi mensajero para que prepare el camino (del Mesías) delante de mí". Entonces aparecen las palabras de Isaías: "Voz que clama en el desierto, Preparad un camino a Jehová; nivelad una calzada... " (Isaías 40:3a). Y, de acuerdo con eso, Marcos dice: "Bautizaba Juan en el desierto y predicaba el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados".

¿Por qué iba Dios a anticipar con tal fuerza esta verdad? Dios sabía que era preciso dar un paso de preparación en los corazones de los hombres antes de que Dios y el hombre pudiesen reunirse. Dios no se limita sencillamente a hacer acto de presencia ante los hombres, esperando que le reciban, porque con eso lo único que conseguiría sería darles un susto de muerte. Por lo tanto, era necesaria cierta preparación, y para eso fue enviado Juan, el que había de hacer la preparación, para ir delante del Señor y preparar el camino para Él, por medio del arrepentimiento, cosa que examinaremos en un momento.

¿Por qué estaba predeterminado que Juan había de comenzar su ministerio en el desierto? De haber escuchado a los relaciones públicas de esos tiempos, no se le habría ocurrido empezar en semejante sitio como el desierto. No hay duda de que no es precisamente el sitio más indicado para empezar un ministerio con el cual se pudiese esperar alcanzar a toda la población, pero Dios rara vez escucha a los relaciones públicas, ni ellos a Él, por lo que Juan comenzó su ministerio en el desierto, el peor sitio que podría haber escogido. ¡Pero funcionó!

Dios escoge el desierto porque es un símbolo: Es simbólico de donde había de caer el mensaje en el desierto que es la humanidad. El desierto es una imagen de nosotros mismos, de nuestras vidas secas, vacías, áridas, cansadas, aburridas y confusas. El otro día estaba leyendo un artículo acerca de la separación del matrimonio formado por Richard Burton y Elisabeth Taylor, que durante tanto tiempo habían sido considerados como la pareja ideal, pero entonces nos enteramos de lo que realmente estaba sucediendo. ¿Sabe usted lo que produjo la ruptura del matrimonio? El puro y sencillo aburrimiento. Estaban aburridos, aburridos el uno del otro, estaban aburridos de sus vidas, de tener todo lo que querían, pero de no querer lo que tenían. Un amigo cristiano me contó acerca de un vecino que tenía y al que hacía mucho que había conocido, un hombre muy inteligente, que ganaba mucho dinero y tenía todo lo que deseaba, pero un día vino, se sentó a la mesa de la cocina de mi amigo, se cubrió la cara con las manos y dijo: "¡Dios mío, qué aburrido estoy!". Dos semanas después, se quitó la vida. Eso es el desierto y ahí es donde vive la gente. Y ese fue el motivo por el cual Juan apareció precisamente en el desierto, porque es el símbolo que tiene Dios para nosotros de la esperanza que brotará, incluso en medio del desierto de nuestra experiencia.

Entonces, Juan anunció algo de suma importancia: que el arrepentimiento es la manera que tiene el hombre de venir a Dios y que el resultado es el perdón de los pecados. La mayor bendición que puede recibir una persona es que le sean perdonados sus pecados. Eso era precisamente lo que estaban buscando aquellas personas, y eso fue lo que encontraron al salir de Jerusalén con el fin de escuchar a Juan. Hallaron el perdón de sus pecados, y eso lo consiguieron mediante el arrepentimiento.

Es preciso entender lo que es el arrepentimiento. Es siempre algo que produce dos movimientos. De algún modo nos hemos criado con la idea de que sólo debemos perdonar a las personas cuando vienen a pedirnos perdón. Si puede usted conseguir que la persona que le haya hecho algún daño le pida perdón, entonces la perdona. Pero ¡eso es una terrible equivocación! Se producirían muy pocos actos de reconciliación sobre esa base. No, el perdón es algo que se debe producir antes de que la persona venga a nosotros.

Ahí radica la gloria del relato del hijo pródigo, ¿no es así? Regresó de un país lejano, después de haber disipado los bienes de su padre y su propia vida, destrozado y humillado, dispuesto a convertirse en el siervo de su padre. Pero en el momento en que su padre le vio, abrió sus brazos, y, antes de que el muchacho pudiese decir ni una sola palabra, se encontró en los brazos de su padre, recibiendo sus besos y abrazos, mientras preparaban el becerro gordo. El perdón comienza en el corazón de la persona ofendida, encontrando una base sobre la cual, por algún motivo que es válido para esa persona, está dispuesta a olvidar el agravio, a absorberlo todo él mismo y olvidarlo. Porque eso es lo que significa el perdón, olvidarlo, no mantenerlo sobre la cabeza de la persona que ha cometido la ofensa, recordándoselo cada dos por tres, sino olvidarlo, tratando a la persona como si nunca hubiera pasado.

La base sobre la cual Dios hace eso es la cruz de Jesucristo. Le permite la libertad de hacerlo porque protege y conserva Su justicia, pero la base sobre la que se nos exhorta que perdonemos es que nosotros ya hemos sido perdonados. Ese es el motivo por el que Jesús contó la historia de un hombre al que le había sido perdonada una enorme deuda, pero que agarró por el cuello a otro hombre que le debía diez dólares y le dijo: "¡Págame lo que me debes!". Jesús dice que así somos nosotros cuando no perdonamos a los que nos ofenden. A nosotros se nos ha perdonado una gran deuda, y sobre esa misma base debemos perdonar a otros. Ahí es donde empieza, en un cambio de actitud en el corazón de la persona a la que han ofendido.

Pero nunca puede tener éxito o ser completo hasta que no se produzca un cambio de actitud en el corazón del que ofende. Es decir, debe ser aceptado por aquel que ha ofendido. Es preciso que reconozca que cometió una ofensa y que reconozca su culpabilidad. Eso es lo que se llama "arrepentimiento". Es preciso cambiar de opinión, dejar de justificarse, admitir que hizo daño, y entonces se está en condiciones de recibir el perdón y se puede aplicar dicho perdón.

No conozco un ejemplo más claro de ese principio que el hombre que se sienta hoy en San Clemente, cavilando, sintiendo la tragedia, torturándose, incapaz de disfrutar el perdón que le ha sido concedido porque no está dispuesto a reconocer que haya hecho nada malo. Por eso es por lo que Juan predicó el arrepentimiento, porque es el lugar en el que Dios se encuentra con el hombre.

Por eso es por lo que el profeta Isaías dijo que el mensaje de Juan sería como un gran tractor, construyendo un camino en el desierto, para que Dios pudiese llegar al extraño aislado en medio del desierto. Sin que haya una carretera, no es posible adentrarse en el desierto con el propósito de ayudar a alguien. Es preciso disponer de una carretera, de una autopista en el desierto. Juan era precisamente el tractor de Dios, que habría de construir esa carretera. Ya sabe usted cómo se construyen las carreteras, exactamente como se describe en el capítulo 40 de Isaías: "¡Todo valle sea alzado y bájese todo monte y collado! ¡Que lo torcido se enderece y lo áspero se allane! (Isaías 40:4). Eso es lo que consigue el arrepentimiento. Hace que se conviertan en llanuras todos los altos picos del orgullo sobre los que nos encontramos, negándonos a reconocer que estamos equivocados. Se introduce en aquellos aspectos de nuestra vida, en los que nos criticamos, nos torturamos y nos castigamos a nosotros mismos, y los eleva. Toma lo que está torcido, las mentiras y el engaño, y endereza la situación. Hace que todo lo que es duro se vuelva fácil. ¡Dios se encuentra ahí, en ese momento de arrepentimiento! Es una preciosa imagen, ¿no es cierto?, y con ella Marcos enlaza la personalidad de Juan:

Juan estaba vestido de pelo de camello, tenía un cinto de cuero alrededor de su cintura, y comía langostas y miel silvestre. (Marcos 1:6)

¿Por qué introduciría Marcos todos estos detalles? Aquí tenemos al fornido profeta Juan. No es precisamente la imagen de un modelo, con sus ropas de pelo de camello, sus sandalias de cuero, y su cinto de cuero alrededor de su cintura, bastante parecido a como vestía Elías. Y su régimen era de lo más sencillo: langostas (saltamontes) y miel silvestre. Esto es importante, o de lo contrario no estarían aquí. Una vez más es algo simbólico, pero ¿qué simbolizan? La verdad es que no es posible ataviarse con prendas más fundamentales ni alimentarse de un modo más básico de lo que lo hizo Juan. En otras palabras, es representativo de su ministerio, uno de principios sencillos. No es el fin; es el principio. El principio del evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios, es el arrepentimiento por parte del hombre. Ese es el lugar desde el que comenzar, y hasta la ropa y el régimen alimenticio de Juan lo dicen claramente.

Por cierto, su régimen era equilibrado. Aquellos de ustedes que siguen las dietas de moda reconocerán de inmediato que los saltamontes son proteína y que la miel son carbohidratos. Por lo tanto, el régimen alimenticio de Juan estaba perfectamente equilibrado, del mismo modo que su ministerio era elemental, rudimentario, comenzando justo al principio, nada complicado, sencillamente carnes y patatas. Es más, el mismo Juan dijo que estaba incompleto:

Y predicaba, diciendo: "Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, agachado, la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado en agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo". (Marcos 1:7-8)

Juan es muy sincero al decir: "No esperéis de mí que os dé respuestas, aparte de lo que ya os he dicho acerca del arrepentimiento. Lo que no sea eso, os lo tendrá que decir Otro, que viene tras de mí. Él es mucho más importante que yo, de modo que ni siquiera soy digno de desatar sus zapatos. [¡Y se estaba refiriendo a su propio primo!] La señal de Su grandeza es que yo os puedo llevar al punto de la limpieza exterior, pero Él puede hacer mucho más que eso" (Mateo 3:11, Juan 1:15). En otras palabras, Juan podía llevar a las personas a Dios, pero no podía llevarlas más allá, para que permaneciesen junto a Él; para eso era preciso la vida del Espíritu Santo. Cuando Jesús viniese, les bautizaría con el Espíritu Santo, a fin de que pudiesen vivir sobre la base que ya habían comenzado.

Una gran parte de la predicación cristiana de nuestros días sigue el mismo orden que el ministerio de Juan, diseñado tan sólo para traer a las personas a Dios y nada más. No les enseña cómo vivir más allá de eso, por lo que las personas no pueden seguir adelante. No conocen nada acerca del poder de la vida de Jesús, que está a su alcance gracias al Espíritu Santo. Todo eso habría de suceder después de Juan.

Juan llevaba a las personas a Cristo por el único camino que podía ir el hombre, por el del reconocimiento de su culpabilidad. Cuando las personas vienen de este modo, Dios se encuentra con ellas, las limpia y las perdona. Juan lo demostró por medio de su manera de bautizar; pero existe un bautismo superior, el del Espíritu Santo. Y en el día de Pentecostés, cuando descendió el Espíritu de Dios, nos encontramos a Pedro en pie ofreciendo dos cosas a las personas: el perdón de los pecados y la promesa del Espíritu. A partir de ese momento, eso es lo que Dios ha puesto a disposición de cualquier hombre o mujer que esté dispuesta a empezar por el principio, el lugar del arrepentimiento.

¿Se ha arrepentido usted alguna vez? ¿Ha cambiado alguna vez su modo de pensar? ¿Ha dejado de defenderse a sí mismo y de echarle la culpa de todo a los demás y ha dicho: "No, Señor, no son ellos, soy yo. Así es como soy, y necesito ayuda"? Ese es el lugar en el que Dios se encontrará con usted. Siempre se encuentra con el hombre en ese punto, limpiándole de su culpa, liberándole y perdonándole. Ahí es donde encontrará usted el perdón de sus pecados. Si nunca se ha arrepentido, le animo a que lo haga ahora. Dios se encontrará con usted en ese punto. En el silencio de su corazón, donde solo Dios puede oírle, puede usted decirle: "Señor, me arrepiento. Señor, enviame el Espíritu Santo por medio de Jesús el Señor". Y Él lo hará.

Si es usted cristiano y en su vida existe un área que es como un desierto, y no sabe usted de qué modo resolverlo, ese es el lugar donde comenzar. Arrepiéntase, reconózcalo, y Dios se encontrará con usted en ese punto y limpiará su vida. Él no tiene palabras de condena para usted, sólo palabras de limpieza, si se encuentra usted con Él en el punto del arrepentimiento.