Man Pondering in Search for Meaning
Cosas que no funcionan

La vida en el carril de aceleración

Autor: Ray C. Stedman


Sepámoslo o no, todos estamos dedicados a la búsqueda de algo que satisfaga los anhelos de nuestro corazón. Todos estamos buscando el secreto de cómo tener gozo en todo momento, todo lugar, y bajo cualquier circunstancia. Lo que estamos buscando, dicho de otra manera, es el secreto del contentamiento. Esa es la mayor bendición de la vida.

Eso es lo que el rey Salomón indagaba también, y en el libro de Eclesiastés describe su búsqueda. En el capítulo 1 del libro, se nos presentaba a Salomón, y nos enterábamos de cuál era su cualificación para esta búsqueda. Era muy rico, un astuto observador de la vida humana, y tenía tiempo y dinero de sobra. También era totalmente consciente de las dificultades que conllevaba, las cuales nacían de la naturaleza caída del hombre y de los entresijos y complejidades de la vida. Supimos por él que no hay nada que en sí mismo o por sí mismo pueda proporcionarnos contentamiento. Ninguna cosa, ninguna posesión, ninguna relación persistirá en rendirnos el fruto del deleite y la dicha.

En el capítulo 2, se nos presenta la crónica de lo que Salomón encontró en esta búsqueda, la prueba de la afirmación que acabo de declarar. Aquí tenemos un examen de los diversos modos a través de los cuales el hombre ha investigado a lo largo de los tiempos, para encontrar satisfacción, diversión y deleite en la vida. La primera manera, la que es y siempre ha sido la más popular, es su análisis de lo que los filósofos llaman hedonismo, la persecución del placer. Todos nosotros instintivamente sentimos que simplemente con poder divertirnos encontraríamos la felicidad. Eso es lo que el Buscador toma primero para ver si eso es verdad o no.

Empieza con lo que podemos bien llamar la experiencia de la diversión y el juego. Versos 1-3:

Dije yo en mi corazón: «Vamos ahora, te probaré con el placer: gozarás de lo bueno.» Pero he aquí, esto también era vanidad. A la risa dije: «Enloqueces»; y al placer: «¿De qué sirve esto?»

Decidí en mi corazón agasajar mi carne con vino y, sin renunciar mi corazón a la sabiduría, entregarme a la necedad, hasta ver cuál es el bien en el que los hijos de los hombres se ocupan debajo del cielo todos los días de su vida. (Eclesiastés 2:1-3)

Cómo gastar la vida mejor. ¿Se ha preguntado alguna vez: "Qué puedo hacer que me haga feliz toda mi vida"? Esa es la pregunta de Salomón.

Hay muchas implicaciones en este párrafo. ¡Debió de ser la bomba! Salomón, con todas sus riquezas, se entregó completamente a la consecución del placer. Debió de pasar semanas y meses, incluso años, en esta investigación. Aquí nos da los detalles de lo que experimentó. La primera cosa que dice es que se dijo a sí mismo: “Diviértete”, así que fue a por la alegría, la risa y el placer. Usted puede imaginar lo que no se dice. Imagine cómo debió de resonar el palacio con las risas. Todas las noches tuvieron monólogos cómicos y fiestas fastuosas, con el vino corriendo como agua. ¡Ni los clubs de Las Vegas llegan a tanto! De hecho, puede que le interese saber en qué consistía el menú de un sólo día en esta época. El Primer libro de Reyes recoge lo que el rey Salomón necesitaba para alimentar a su acompañamiento un día en el palacio real:

La provisión de Salomón para cada día era de treinta coros de flor de harina, sesenta coros de harina, diez bueyes cebados, veinte bueyes de pasto y cien ovejas; sin contar los ciervos, gacelas, corzos y aves engordadas. (1 Reyes 4:22-23)

Ese era el menú para sólo un día. Se ha calculado que eso alimentaría a entre diez y veinte mil personas, así que había muchos otros junto con el rey implicados en esta búsqueda de placer.

Salomón nos da el resultado de la investigación. La risa, se dijo a sí mismo, es locura. Me pregunto si cada uno de nosotros no ha experimentado esto en algún grado. ¿Ha pasado usted alguna vez una tarde con un grupo de amigos entregándose a la risa, divirtiéndose y contando historias sobre toda clase de experiencias? Si piensa cuidadosamente en ello encontrará que la mayoría de las historias se basaban en exageraciones; estaban un poco adornadas; no tenían mucha base en la realidad. Pasa lo mismo con la risa. La risa sólo trata con la periferia de la vida. No hay un contenido sólido en ella. “La risa del necio es como el crepitar de los espinos debajo de la olla” (Eclesiastés 7:6). La risa es sólo un ruido, eso es todo. Nos parece que nos sabe a poco. He pasado tardes y noches como esa que fueron deliciosas. Nos reímos todo el tiempo al rememorar experiencias, contar chistes, etc., pero, cuando todo estaba dicho y hecho, nos fuimos a dormir sintiéndonos bastante vacíos e incompletos. Esa fue la experiencia de Salomón. No está diciendo que todo eso esté mal. La Biblia no dice eso tampoco. Dice que la risa está vacía; no llena ni satisface.

El comentario de Salomón sobre el placer es: “¿De qué sirve?”. ¿En qué contribuye a la vida? En nada, es su respuesta. El placer consume recursos, no los construye. La mayoría de nosotros no puede permitirse una noche fuera más de una o dos veces al año, porque cuesta mucho. Salir consume los recursos reunidos por el trabajo duro. El placer, concluye Salomón, no aporta nada.

El vino, nos dice, tampoco ayuda. Parece que sí. Toda reunión social hoy día casi invariablemente incluye servir primero el licor. La primera cosa que dice la azafata después de que el avión ha despegado es: “¿Le apetece un cóctel?”. Hay una convicción muy extendida en el mundo de que usted no puede hacer que dos extraños se hablen hasta que no los desinhibe con alcohol. Y parece funcionar. Después de servirse el vino y los cócteles, la gente pronto empieza a charlar un poco, y el silencio y la tensión se relajan. Pero nunca se dice algo de mucha importancia, ni en los aviones, ni en las reuniones sociales. Hay escasa comunicación; es todo conversación superficial. El vino, dice Salomón, en realidad no ayuda. “Lo investigué”, dice, “y encontré que también era vanidad; dejaba a la gente con un sentimiento de futilidad y vacío”.

Así que pasa a otra forma de placer. Verso 4:

Acometí grandes obras, me edifiqué casas, planté viñas para mí; me hice huertos y jardines, y planté en ellos toda clase de árboles frutales. Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles. (Eclesiastés 2:4-6)

He aquí otra forma de placer: proyectos, parques y estanques. Mucha gente en la actualidad intenta encontrar satisfacción de esta forma. Hay placer en diseñar y construir una casa. Alguna gente dedica toda su vida a esto. Este aspecto es notable en la Winchester Mystery House, construida por una mujer que no pudo parar de construir. La casa es un conglomerado de habitaciones, puertas que se abren a paredes vacías, escaleras que no van a ninguna parte, etc., cualquier cosa con tal de seguir construyendo. Algunos ricos ganan la reputación de filántropos porque donan preciosos edificios públicos, pero siempre se las arreglan para que sus nombres aparezcan grabados en una placa en algún lugar del edificio. ¡Todo lo que hacen realmente es satisfacer una especie de complejo monumental! Se decía del emperador Nerón que encontró Roma como una ciudad de ladrillo y la dejó como una ciudad de mármol. Pero la historia nos dice que no hizo eso por el embellecimiento de Roma, sino por su propia gratificación y fama.

Salomón también se entregó a esto. La construcción de su propia casa tardó catorce años, el templo, siete. Construyó casas para sus muchas esposas a las que llevó a Jerusalén, gastando tiempo, dinero e interés al hacerlo. Al suroeste de Jerusalén, en un lugar raramente visitado por los turistas, existen hoy todavía grandes hondonadas en la tierra que aún se llaman los Estanques de Salomón, los cuales usaba para regar el bosque de árboles que plantó en un esfuerzo por encontrar satisfacción para su corazón.

Seguidamente Salomón continúa enumerando cosas que hoy día sólo podríamos llamar “la buena vida”. Versos 7-8:

Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa. Tuve muchas más vacas y ovejas que cuantos fueron antes de mí en Jerusalén. Amontoné también plata y oro, y preciados tesoros dignos de reyes y de provincias. Me hice de cantores y cantoras, y de toda clase de instrumentos musicales, y gocé de los placeres de los hijos de los hombres. (Eclesiastés 2:7-8)

¿No nos suena eso muy moderno? Tenía criados que servían todos sus caprichos. Los ricos siempre quieren que alguien haga todo el trabajo duro por ellos. En este caso eran esclavos, que ni siquiera podían ponerse en huelga si no les gustaba lo que estaba ocurriendo. Salomón tenía ranchos para proporcionarle diversión y ganancias con la cría de rebaños de ganado. Mucha gente rica invierte su dinero en ganado y ranchos de caballos. Las cuentas bancarias también dan una sensación de seguridad. Salomón dice que reunió “plata y oro, y preciados tesoros dignos de reyes y de provincias”, y lo llevó todo a Jerusalén. Tenía todo el dinero que necesitaba.

Luego hizo traer músicos: hombres y mujeres y grupos. Había probablemente bandas llamadas “Los Pedruscos Rodantes” y “Los Cuerpos Agradecidos”. ¡Seguramente la mejor banda de todas, “Los Chinches”, tocó en los jardines y palacios del rey! Tuvo toda clase de grupos; incluso la Orquesta Pop de Jerusalén, tocó conciertos bajo las estrellas. Esto es muy actual, ¿verdad? Nosotros pensamos que hemos inventado todo esto, pero todo está aquí en el antiguo libro de Salomón.

Finalmente, tenían compañeros de juegos, chicas con colitas de conejo correteando por todo el palacio. Concubinas. Salomón las llama “los placeres de los hijos de los hombres”. Todos los gozos de la sexualidad sin límites estaban disponibles a todas horas. Esto ciertamente muestra lo equivocada que es la idea de alguna gente que dice que la mentalidad Playboy es propia del siglo XX. El rey Salomón experimentó todo esto.

¿Qué fue lo que encontró? Aquí tenemos sus sinceras conclusiones. Versos 9-11:

Fui engrandecido y prosperé más que todos cuantos fueron antes de mí en Jerusalén. Además de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni privé a mi corazón de placer alguno, porque mi corazón se gozaba de todo lo que hacía. Ésta fue la recompensa de todas mis fatigas.

Miré luego todas las obras de mis manos y el trabajo que me tomé para hacerlas; y he aquí, todo es vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol. (Eclesiastés 2:9-11)

Eso es un informe muy sincero. Salomón dice que había muchas cosas positivas, aparentemente. Primero, ganó un grado de notoriedad, dice. Llegó a ser más grande, sobrepasando a todos los que hubo antes que él en Jerusalén. Mucha gente piensa que la fama llenará el vacío del corazón. Salomón halló fama. Añade que, aún así, conservó la objetividad: “conservé conmigo mi sabiduría”, dice. En otras palabras: “Fui capaz de evaluar esto conforme lo pasaba; no perdí la cabeza en esta búsqueda salvaje de placer. Fui capaz de mirarme a mí mismo y sopesar esto mientras lo experimentaba, pero lo probé todo y no dejé nada de lado ni me perdí nada”. Él pertenecía a la jet-set de aquellos días. “Me divertí por un tiempo”, dice; “encontré placer en todos mis esfuerzos, pero esa fue toda la recompensa que conseguí por mi labor: un disfrute momentáneo. Cada vez que lo repetía sacaba un poco menos de disfrute de ello. “Mi conclusión”, dice Salomón, “es que no merecía la pena. Como una vela, ardió hasta consumirse, dejándome hastiado y harto. Nada podía excitarme después de aquello”. Concluye que todo era vacío y atrapar vientos. Estaba fundido.

Los versos 12 al 23 forman un pasaje bastante largo, en el cual el Buscador compara dos posibles formas de ir tras el placer. Alguien podría llegarse a Salomón en este punto y decirle: “La razón por la que has acabado tan quemado es que fuiste por el camino equivocado. Planeaste tus placeres; deliberadamente te dedicaste a planear cuidadosamente lo que querías intentar a continuación. Pero esa no es la forma de hacerlo. La forma de disfrutar el placer, de darse la gran vida de verdad, es abandonarse a uno mismo. Ve a por el placer salvaje, impulsivo, temerario. Haz lo que te dé la gana”. Seguro que entonces fue cuando el lema moderno: “Si te da gusto, hazlo”, se inventó.

“Muy bien”, dice Salomón; “ya examiné eso”. Verso 12:

Después volví a considerar la sabiduría, los desvaríos y la necedad; pues ¿qué podrá hacer el hombre que venga después de este rey? Nada, sino lo que ya ha sido hecho. (Eclesiastés 2:12)

Con eso quiere decir que nadie puede desafiarle o competir con sus juicios en este área, porque nadie podía superar sus recursos; la gente que le sigue sólo puede repetir lo que él mismo ha hecho.

Pero, después de probarlo todo, he aquí sus conclusiones:

He visto que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas. (Eclesiastés 2:13)

Es mucho mejor ir a ello con los ojos abiertos, dice. Si vas a buscar placer, al menos no te arrojes a él como un salvaje. Si lo haces así te desgastarás del todo; te verás envuelto en cosas que no puedes imaginar. Es como la diferencia entre la luz y las tinieblas. Si hay alguna ventaja entre caminar en la luz y tropezar en la oscuridad, esa es la diferencia entre una planificación sabia y cuidadosa del placer o un abandono insensato a él.

La razón por la que esto es así es esta:

El sabio tiene sus ojos abiertos,
mas el necio anda en tinieblas. (Eclesiastés 2:14a)

En otras palabras, el hombre sabio puede prever algunos de los resultados de lo que está haciendo y quizá evitar algunos de ellos, de modo que el impacto total de vivir para el placer no le golpee tan rápido ni tan completamente como lo hace con el insensato. Muchos han descubierto que esto es verdad. Los periódicos nos informan cada día sobre jóvenes que se entregaron a la persecución salvaje de placer y que ahora están en la cárcel, o devastados por las drogas después de un relativamente corto tiempo. Salomón dice que es mejor buscar el placer sabiamente. Pero, en ambos casos, ninguno de ellos puede evitar la muerte. Aquí tenemos una afirmación muy esclarecedora cerrando el verso 14:

Pero también comprendí que lo mismo ha de acontecerle al uno como al otro.

Entonces dije en mi corazón: «Como sucederá al necio, me sucederá a mí. ¿Para qué, pues, me he esforzado hasta ahora por hacerme más sabio?» Y dije en mi corazón que también esto era vanidad. Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros todo será olvidado, y lo mismo morirá el sabio que el necio. (Eclesiastés 2:14b-16)

Realmente no supone mucha diferencia; al final, ambos llegan al mismo destino.

A menudo he citado para ustedes las elocuentes palabras de Bertrand Russell. Él fue generalmente considerado como un hombre muy sabio, aunque convencido ateo y defensor del humanismo. Esta era su visión de la vida:

Uno a uno en su marcha, nuestros camaradas se desvanecen ante nuestra vista atrapados por el silencioso mandato de la omnipotente muerte. Breve y desvalida es la vida del hombre. Sobre él y toda su raza, la fatalidad cae sin remedio, inmisericorde y oscura. Ciega al bien y al mal, temeraria en la destrucción, la omnipotente materia rueda sobre su implacable vía. Pues el hombre, condenado hoy a perder a sus seres más queridos, mañana él mismo cruzará la puerta de la oscuridad, quedando sólo para ser conservados, antes de que el golpe caiga, los pensamientos idealistas que ennoblecen sus pocos días.

Esas palabras expresan la misma verdad que el Buscador nos trae aquí. Finalmente, Salomón dice, que no importa cuán cuidadosamente usted persiga el placer y la vida, ésta acabará en la oscuridad y el polvo de la muerte; ambos, el sabio y el necio, serán olvidados. ¿Cuántos de ustedes conocieron en el pasado a hombres y mujeres sabios a quienes nadie recuerda hoy? Estas palabras son una terrible verdad.

Entonces llega a su extraordinaria reacción final. Verso 17:

Por tanto, aborrecí la vida, pues la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa, por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu.

Asimismo aborrecí todo el trabajo que había hecho debajo del sol, y que habré de dejar a otro que vendrá después de mí. Y ¿quién sabe si será sabio o necio el que se adueñe de todo el trabajo en que me afané y en el que ocupé mi sabiduría debajo del sol? Esto también es vanidad.

Volvió entonces a desilusionarse mi corazón de todo el trabajo en que me afané, y en el que había ocupado debajo del sol mi sabiduría. ¡Que el hombre trabaje con sabiduría, con ciencia y rectitud, y que haya de dar sus bienes a otro que nunca trabajó en ello! También es esto vanidad y un gran mal. (Eclesiastés 2:17-21)

Fíjese aquí en la creciente depresión. Primero, hay una sensación de estar afligido, de estar herido por la vida: “aborrecí la vida, pues la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa”, dice el Buscador. Su experiencia es de disgusto creciente, porque el placer que obtiene a cambio de todo su esfuerzo por disfrutar de la vida, decrece. ¿Ha visto usted alguna vez gente decidida a divertirse aunque eso les mate? Hacen todo lo posible para extraer del momento todo el disfrute que pueden, pero obtienen muy poco por sus esfuerzos. Esto, dice Salomón, era una aflicción para él.

En segundo lugar, estaba frustrado, y pregunta: “¿Por qué tengo que trabajar montando todo esto, usando toda mi sabiduría y esfuerzo, para al final dejárselo a algún tonto que venga después de mí, que lo gastará en pocos meses?". Se siente frustrado por lo injusto que es esto.

Finalmente, se hunde en la desesperación. “Volvió entonces a desilusionarse mi corazón”, dice, porque es incapaz de cambiar la ley del rendimiento decreciente. Creo que esta es la explicación del fenómeno de los súbitos e inesperados suicidios de los ídolos populares, de hombres y mujeres quienes, aparentemente, se han hecho con la clave de la vida, que tienen riquezas y fama, y a quienes los medios de comunicación exponen constantemente como objetos dignos de imitación. De vez en cuando, sin embargo, no encontrando nada sino frustración y desesperación por haber agotado la vida demasiado rápidamente y no quedar ningún gozo en ella, una de estas lindas personas agarra una pistola y se vuela los sesos. Piense en gente como Jack London y Ernest Hemingway. Justo la semana pasada el hermano de Hemingway se suicidó, lo mismo que su padre hizo algunos años antes. Pensamos en Freddy Prinz; en Elvis Presley, quien prácticamente se mató a base de drogas. Sí, estas palabras que Salomón ha recogido fielmente para nosotros son la verdad; se corresponden con la vida. El vacío y la irritación fueron la propia experiencia de Salomón cuando intentó pasárselo en grande sin el elemento que faltaba para saciar el hambre de su corazón. Así que concluye con esta eterna pregunta. Versos 22-23:

Porque ¿qué obtiene el hombre de todo su trabajo y de la fatiga de su corazón con que se afana debajo del sol? [Fíjese en que dice: “bajo el sol”, o sea, en el mundo visible] Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias, pues ni aun de noche su corazón reposa. [Insomnio por la noche, inquietud en el corazón, es lo que obtenemos bajo el sol.] Esto también es vanidad. (Eclesiastés 2:22-23)

¿Es que no hay respuesta? ¿Todo es desesperanza?

En los tres versos que siguen tenemos la primera declaración del verdadero mensaje de este libro. ¿No es sólo una cuestión de tiempo que todos estemos hastiados, quemados y hartos, al haber perdido la vida todo valor, significado y color para nosotros? No, dice el Buscador, ponga una relación con Dios dentro del cuadro, y todo cambia. El texto dice:

No hay cosa mejor para el hombre que comer y beber, y gozar del fruto de su trabajo. (Eclesiastés 2:24a)

Por desgracia, este es otro ejemplo donde hemos perdido el significado verdadero del verso debido a una mala traducción. En el capítulo siguiente hay un pasaje similar que apropiadamente incluye las palabras “no hay... cosa mejor que”, pero eso no es lo que dice aquí. Borre del texto las palabras “mejor que”, porque no están en el texto hebreo. y este no es su sitio. Lo que el texto dice realmente es:

No hay cosa en el hombre que comer y beber y encuentrar gozo en su trabajo.

No hay nada en el hombre, no hay ningún valor inherente a él que le haga posible extraer verdadero gozo de las cosas que hace. Eso es lo primero que dice Salomón.

¿Qué lo hace posible, entonces? Él nos lo dice:

He visto que esto también procede de la mano de Dios. Porque, ¿quién comerá y quién se gozará sino uno mismo? (Eclesiastés 2:24b-25)

Esa es la segunda declaración, y ese es el verdadero mensaje de este libro. El gozo es un regalo de Dios. No hay nada en las posesiones, en los bienes materiales, en el dinero; no hay nada en el hombre en sí mismo que pueda hacerle capaz de mantenerse gozando de las cosas que hace. Pero es posible tener gozo toda la vida si usted lo toma de la mano de Dios. Se le da a aquellos que agradan a Dios. Verso 26:

Porque al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría, ciencia y gozo; (Eclesiastés 2:26a)

La sabiduría y la ciencia se han mencionado antes como cosas que usted puede obtener “bajo el sol”, pero no durarán. Para añadirles el ingrediente del placer, del deleite que continúe y continúe incesantemente a lo largo de toda la vida, usted debe tomarlo de la mano de Dios. Al hombre que agrada a Dios se le da el regalo del gozo.

Es maravilloso darse cuenta que este libro ―y toda la Biblia― nos enseña que Dios quiere que tengamos gozo. Él nos dio la vida para que pudiéramos tener alegría. En su carta a Timoteo, Pablo decía: “Dios... nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6:17b). Es el deseo y la intención de Dios que todas las cosas buenas de la vida que se mencionan aquí deban contribuir al disfrute del hombre; pero sólo, dice este Buscador, si usted entiende que ese gozo no viene de las cosas o de la gente. Es un regalo añadido de Dios, y sólo aquellos que agradan a Dios pueden encontrarlo.

¿Cómo agrada usted a Dios? En muchos lugares de las Escrituras se nos dice: “Sin fe es imposible agradar a Dios”. Es la fe lo que le agrada, creer que está ahí y que todo en la vida viene de Su mano. Subrayen en sus mentes la palabra todo. Dolor, tristeza, luto, decepción, así como gusto, felicidad, alegría, todas estas cosas son un regalo de Dios. Cuando vemos la vida en esos términos, entonces cualquier y todo elemento de la vida puede tener su medida de gozo, incluso el dolor, la tristeza y la aflicción. Estas cosas se nos dieron para disfrutarlas. Ese es el mensaje de este libro. El escritor lo desarrollará más adelante en los pasajes que siguen.

Este es también el mensaje de Romanos 8:28: “Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Es también el mensaje de Proverbios 3:5-6: “Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él hará derechas tus veredas”.

La cuarta cosa que Salomón dice aquí es que todos los demás trabajan para el beneficio de aquellos que agradan a Dios. Verso 26b:

... pero al pecador le da el trabajo de recoger y amontonar, para dejárselo al que agrada a Dios. (Eclesiastés 2:26b)

Eso explica una cosa extraordinaria que he observado muchas veces. Por el privilegio que tengo a menudo de hablar en varios centros de conferencias de todo el país, he notado el hecho de que muchas de estas reuniones cristianas tienen lugar en caros hogares de millonarios que no eran cristianos.

Estoy pensando, por ejemplo, en Glen Eyrie, el cuartel central de los Navegantes en las afueras de Colorado Springs. Allí en un precioso claro natural, el general William Palmer, fundador de Colorado Springs y del ferrocarril Denver and Rio Grande Western, construyó un castillo de piedra de estilo inglés para su novia británica. Ella nunca vivió en él más de unas cuantas semanas, y él mismo nunca disfrutó esa propiedad en absoluto. Permaneció solitaria durante años. Finalmente, se vendió varias veces y acabó en las manos de los Navegantes, quienes la están usando como lugar de conferencias cristianas y cuartel general mundial para su movimiento de formación.

Dos veces he sido invitado como conferenciante a un hermoso enclave sobre un acantilado mirando al río Columbia en Oregon, una propiedad llamada Menucha. Este maravilloso hogar, que cubre casi un acre de terreno, fue construido por un rico hombre de negocios judío que tenía poco interés en las cosas espirituales. Él entretenía a presidentes en ese hogar, pero ahora está en las manos de las iglesias alianzas de Oregon.

Usted puede repetir esta clase de historias muchas, muchas veces. ¿No es extraordinario que Dios planeara la vida de tal manera que estos multimillonarios, en su búsqueda de placer, gastaran espléndidamente en sus hogares, para que sus propiedades pudieran al final darse a aquellos que agradan a Dios? Estos pródigos gastadores no conseguirán nada por sus esfuerzos. Hay una profunda ironía en esto.

También esto es vanidad y aflicción de espíritu. (Eclesiastés 2:26c)

¿No resulta extraño que cuanto más corre usted tras la vida, jadeando detrás de todo placer, menos encuentra, pero que cuanto más se toma la vida como un regalo de la mano de Dios, respondiendo con gratitud por el deleite del momento, más parece que le llega? Incluso las pruebas, las angustias e inconvenientes que otros parecen evitar están tocados con la bendición del cielo y parecen servir al corazón del que ha aprendido a tomarlos de la mano de Dios.

Fanny Crosby es una de las escritoras de himnos favoritas de todos los tiempos. Ciega casi desde su nacimiento, vivió hasta los 95 años. Cuando sólo tenía ocho años escribió estos versos:

Qué niña tan feliz soy yo,
aunque no pueda ver.
He decidido que en este mundo
contenta estaré.
Cuántas bendiciones disfruto
que otra gente no tiene.
Llorar y suspirar por ser ciega,
no puedo hacerlo ni lo haré.

Esa es la filosofía que agrada a Dios, y de eso es de lo que el Buscador está hablando aquí.

Todas las objeciones que pueden suscitarse contra esto van a ser examinadas y puestas a prueba en las páginas que siguen. Cuando acabemos el libro encontraremos que el Buscador ha establecido sin ninguna duda que la alegría es un don de Dios y les llega a aquellos que reciben la vida diariamente, sea lo que sea que traiga, de manos de un Padre amoroso.