Riquezas en Cristo

El Príncipe de paz

Autor: Ray C. Stedman

En Efesios 2, llegamos ahora a la sección en la cual el apóstol Pablo trata del papel de Cristo como el gran pacificador entre los hombres. Aquí veremos el cumplimiento de esa profecía en Isaías 9:

Se llamará su nombre “Admirable consejero”, “Dios fuerte”, “Padre eterno”, “Príncipe de paz”. (Isaías 9:6b)

Este título pertenece estrictamente a Jesús. A algunos, les puede parecer que el Dr. Kissinger es el príncipe de paz estos días. Estamos todos viviendo en la expectación de que la paz esté a punto de llegar a Vietnam. Quizás para las Navidades podremos celebrar el final de la guerra más larga de América. ¿Te has preguntado por qué se ha tardado tanto tiempo en resolver este conflicto? Muchas grandes mentes se han dedicado a intentar finalizar esta guerra, pero están perplejos por ella. Me acuerdo de haber leído hace varios años una declaración del secretario general U Thant de las Naciones Unidas, en la cual clamó en perplejidad y desconcierto por qué el secreto de la paz en Vietnam parece eludir al hombre. La respuesta, por supuesto, como expresa Pablo en Romanos 3, es que “no conocieron camino de paz” (Romanos 3:17). El hombre no entiende esto a un nivel individual, dentro del círculo familiar, en una iglesia, en una compañía, en un estado, en una nación, y entre las naciones del mundo. Es siempre el mismo problema: el hombre no conoce el camino de la paz.

En este muy extraordinario pasaje, el apóstol nos da el camino de paz. Utiliza como una ilustración el hecho de que Jesucristo salvó el abismo más ancho que jamás ha existido entre los hombres, el golfo entre el judío y el gentil. Si no piensas que el conflicto puede reclamar título de ser el golfo más difícil de salvar, sugiero que consideres por qué ha sido tan difícil resolver el problema Árabe-Israelí en el Medio Oriente. Las mentes más grandes de nuestros días han intentado resolverlo, y nadie se ha ni siquiera acercado a una resolución. Es porque este conflicto es extremadamente difícil de conciliar. Pablo describe cómo Cristo lo hace de hecho. Y esta es una bella imagen para nosotros de cómo la paz puede ser introducida en cualquier área de conflicto u hostilidad, ya sea entre individuos, grupos o naciones. Pablo dice:

Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades (la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas), para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estáis cerca, porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. (Efesios 2:13-18)

Hay tres menciones de la palabra paz en ese pasaje: “Él es nuestra paz”, Pablo dice, hablando de Cristo, e hizo paz (versículo 15: “haciendo la paz”), y “Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estáis cerca”. En esos tres casos de la palabra paz, tienes el resumen del apóstol de cómo Cristo hace paz, cómo lo consigue. Así que es muy importante que nos fijemos en esto. Él es nuestra paz; ese es el origen de la paz. Entonces está el proceso de paz, cómo se consigue de hecho: Él vino e hizo paz. Finalmente están los medios de tomar o poseer esa paz: predicó paz.

Quiero resaltarte el hecho de que esto no es mera doctrina, no es mera teología. Si estás teniendo un conflicto con alguien, ya sea en tu hogar, en el trabajo, en tu barrio, en la iglesia o en el mundo, este es el camino de paz. Este es el secreto a la paz. Esta es la llave a la paz. Primero, el origen de la paz: “Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno”. Pablo comienza con la definición de lo que es la verdadera paz. La verdadera paz es unificación. No es meramente la cesación de hostilidad, la ausencia de conflicto; significa ser uno. Es muy importante saber esto. De otra forma, cuando hablas sobre paz, solo estás siendo superficial. ¿Es paz cuando consigues que dos ejércitos dejen las armas y dejen de luchar el uno contra el otro? Bueno, lo llamamos así. Y ciertamente es preferible al conflicto armado. Pero no es realmente paz, no de acuerdo a la definición de Dios. ¿Es paz cuando un marido y su mujer acuerdan no divorciarse sino quedarse juntos, quizás a causa de los hijos, pero el hogar continúa en frialdad y división, sin ninguna armonía o júbilo? Bueno, puede que sea paz de acuerdo a la definición del hombre, pero no lo es de acuerdo a Dios. ¿Es paz cuando dos amigos que no se han hablado en algún tiempo finalmente deciden acordar que están en desacuerdo, para poderse hablar cortésmente, pero ya no buscan la compañía mutua? No, no de acuerdo a la definición de Dios.

Cuando una iglesia mantiene sus rituales y programas, y sin embargo está llena de división, contienda, frialdad y resentimiento enconado, ¿es esa una iglesia pacífica? No, no de acuerdo a esta definición. Verás, la paz es unidad, armonía. Es el compartir disfrute mutuo. Es el ser uno. Cualquier otra cosa es superficial y temporal y altamente insatisfactoria. Sabes que esto es cierto, ¿no es así? Has hecho paz en términos superficiales, y has encontrado que es solo externa. Si meramente estás de acuerdo en no luchar, no es paz. E invariablemente resulta, más tarde o más temprano, en un nuevo brote, con toda la animosidad previa surgiendo de nuevo. Es solo algo temporal, y nunca es muy satisfactorio. Es por eso que lo que llamamos la paz entre naciones nunca dura, porque no es realmente paz. No es unidad para nada. Es solo cansancio de la guerra, un acuerdo de cesarla por un tiempo para poderse recuperar y rearmar. Entonces brota de nuevo, porque no se ha resuelto nada. Dios no está interesado en eso.

Pero aquí el apóstol nos dice el secreto de la paz. El secreto de la unidad es una Persona: “Él es nuestra paz”. Y cuando Cristo Jesús hace paz ―entre individuos y entre naciones― esa paz será satisfactoria, permanente y genuina. Será una paz real que durará y durará. Y será una experiencia totalmente satisfactoria. Lo que Pablo está diciendo es que para poder vivir en paz, debes de tener paz. El problema con la mayoría de nosotros es que queremos comenzar por aclarar solo los resultados del conflicto. Dios nunca comienza ahí; comienza con la persona. Dice que la paz es una Persona, y para poder vivir en paz con otra persona, debes estar en paz con la Persona de Cristo. Si tienes Su paz, entonces puedes comenzar a resolver el conflicto a tu alrededor. Pero nunca puedes hacerlo en base a ninguna otra cosa. Así que el sitio dondo comenzar, el origen de la paz, es el resolver cualquier problema que haya entre ti mismo y Jesucristo. Ese siempre es el sitio donde has de comenzar.

Mucha gente vino a mí, como a cualquier otro pastor, con varios problemas que implicaban conflicto. Normalmente están molestos, afligidos, desanimados, enfadados. Me informan con todo detalle de lo que la otra persona ha hecho, todas las razones por las cuales está justificado que estén tan enfadados, y sintiéndose tan maltratados. Lo escucho todo, y entonces tengo que decirles: “Si, tienes un problema. Pero ese no es tu único problema. Realmente tienes dos problemas. Y el que no has mencionado para nada es con el que has de comenzar”. Entonces tengo que enseñarles que su problema básico es que no tienen ninguna paz ellos mismos. No están en paz. Están molestos, enfadados, emocionalmente consternados. Y todo lo que hacen y piensan está siendo afectado por ese estado emocional. No pueden ver nada claramente; no ven las cosas con equilibrio; su perspectiva está distorsionada; todo está fuera de enfoque. Y es imposible resolver el problema ―imposible― hasta que ellos mismos consigan paz.

Pero esta es la promesa de Dios a los cristianos: Él es nuestra paz. Y una vez que su actitud es cambiada, una vez que su corazón se calma, una vez que han puesto el asunto en las manos del Señor y ven que Él está activo en el, que Él tiene una solución, y su propio corazón entonces está en paz, entonces pueden comenzar a entender lo que está ocurriendo y pueden aplicar algunos remedios inteligentes a la situación que resolverán el problema. Hay una profunda percepción psicológica en el hecho de que el apóstol comience con la declaración de que Cristo es nuestra paz. Solo Él puede llevarlo a cabo, unificándonos. Ahora fíjate en el proceso de la paz. ¿Cómo ocurre? Viene en tres fases, Pablo dice. Tres cosas han de ocurrir antes de que realmente tengas unidad. Pero esto es justo lo que Cristo puede hacer, y esta es la forma en la que lo hace:

Primero, “derribando la pared intermedia de separación [la separación debe de terminar primero], aboliendo en su carne las enemistades (le ley de los mandamientos expresados en ordenanzas)…”. Es así como derriba la pared, como veremos en un momento. Y segundo, “para crear en sí mismo de los dos uno solo y nuevo hombre, haciendo la paz...”. Y tercero, “mediante la cruz reconciliar con Dios ambos en un solo cuerpo, matando en ellas las enemistades”. Te recuerdo que Pablo está hablando sobre terminar el gran conflicto entre los judíos y los gentiles de su día. Dice que la primera cosa que Jesús hizo fue derrumbar la pared intermedia de separación, la pared de separación de hostilidad. Pablo se está refiriendo a un templo futuro en Jerusalén. Él era judío, y había crecido allí. Entendía el templo; había estado allí muchas veces. Y se acordaba de la pared, que medía como unos 3 o 4 pies y que rodeaba el patio del templo, dividiéndolo en dos secciones, separando el patio de los gentiles, al cual se permitía entrar a los gentiles, del patio interior, al cual solo se permitía entrar a los judíos. Había una señal que advertía a cualquiera que no era judío que si se atrevía a adentrarse a este patio interior, lo hacían bajo pena de muerte.

De hecho, en el año 1871, los arqueólogos, excavando alrededor del lugar del templo en Jerusalén, de hecho descubrieron la misma piedra marcada con esta advertencia. Estas eran las palabras reales, traducidas de ambos el hebreo y el griego: “Ningún hombre de otra raza ha de penetrar dentro de la partición y pared de cercado alrededor del santuario. Cualquiera que sea arrestado ahí solo deberá echarse a sí mismo la culpa por la pena de muerte que será impuesta como consecuencia”.

Ahora bien, la pared es un símbolo. De hecho no fue destruida hasta el año 70 d.C. varios años después de que fuera escrita esta carta, cuando el templo en sí fue destruido. Pero Pablo dice que la hostilidad que representaba fue derribada en Jesucristo. En el mejor caso, los judíos trataban a los gentiles con indiferencia; en el peor caso, los despreciaban y los odiaban. Había una enorme hostilidad entre estos dos grupos de gente.

Hace varios años caminé a lo largo de la infame pared de Berlín. Al caminar, vi a los guardas de la Alemania Oriental estacionados a intervalos. Y podía sentir toda la sospecha eregida y la mutua desconfianza, el odio y la hostilidad, y el total desafío representado por esa pared. Mucha gente ha sido matada tratando de escapar de la Alemania Oriental. Y donde cayeron sus cuerpos, los Alemanes Occidentales han erigido cruces donde colocan coronas de flores como recordatorio, en desafío abierto a los guardas de la Alemania Oriental. No puedes entrar en los barrios de esa pared sin sentir la intensa sospecha y hostilidad que representa.

Hay paredes como esas entre nosotros. Hay paredes como esa en los hogares. Hay una hostilidad, un odio, un desafío, una sospecha y una desconfianza entre maridos y mujeres, entre padres e hijos, y entre vecinos y amigos. Estas paredes de hostilidad se levantan. Es contra lo que la mayoría de nosotros chocamos. Sentimos la hostilidad, el enfado, el resentimiento profundo y la amargura, y decimos: “No sirve de nada; no hay nada que podamos hacer”. Pero el apóstol dice que Jesucristo sabe cómo derribar estas paredes. ¿Cómo? Bueno, Pablo nos dice: “aboliendo en su carne las enemistades”. Ese es el camino. Es la Ley la que produce la hostilidad, y si quitas la Ley, terminarás la hostilidad.

De nuevo, estamos tratando aquí con un profundo discernimiento psicológico. La fuerza de cualquier hostilidad es la exigencia. Esto es lo que el apóstol está diciendo. ¿Qué es lo que crea la hostilidad? Bueno, una exigencia mojigata sobre alguien, una exigencia sin ninguna admisión de culpa por parte de aquel que exige, una justicia unilateral, una insistencia santurrona. Esto es lo que crea hostilidad. Los judíos despreciaban a los gentiles porque se consideraban mejores que los gentiles. “Tenemos la Ley de Moisés”, decían. “La Ley es justa y verdadera; refleja el carácter de Dios. Vosotros los gentiles no tenéis la Ley”. Y en su ceguera e hipocresía mojigata, pensaban que estaban manteniendo esta Ley porque no hacían algunos de los actos externos que la Ley prohibía. Así que odiaban y despreciaban a los gentiles, porque pensaban que eran superiores. Los gentiles, por su parte, odiaban a los judíos, porque sabían que vivían en hipocresía autocomplaciente. Así que había una intensa hostilidad entre ellos. La solución de Jesús es el eliminar la Ley. Quitar eso de la imagen ―ayudarles a ver que la Ley juzga a ambos por igual― y terminarás la hostilidad. Ponlas al mismo nivel ―de modo que ambos necesitan gracia, ambos necesitan perdón― y eliminas la hostilidad.

Esto es tan bellamente ejemplificado en la historia del octavo capítulo del evangelio de Juan. Jesús es enfrentado con una mujer encontrada en el acto de adulterio. Es arrastrada frente a Él por una multitud de fariseos mojigatos que dicen que ha sido encontrada en el acto mismo. (Nunca mencionan al hombre que debió de estar involucrado. Él se escapa.) Y la Ley, dicen, la condena; dice que debe de morir, porque es culpable. ¿Y qué hace Jesús? No puede negar la Ley. Simplemente se agacha y comienza a escribir en el suelo. Nadie sabe qué es lo que escribió. He pensado que quizás escribió lo que el dedo de Dios había escrito en la pared del palacio en Babilonia, cuando Belsasar tuvo su festín: “Mene, mene, tekel upharsin. (Pesado has sido en balanza y hallado falto.)” (Daniel 5:25). Sea lo que sea que escribió, aquellos que le observaron se sintieron condenados por su propia culpa, y, comenzando con el más viejo, Juan dice, comenzaron a encontrar excusas para irse. Uno se acordó que tenía una cita; otro oyó que le llamaba su mujer; así que comenzaron a desaparecer. Finalmente solo quedaban la mujer y Jesús.

Pues bien, ¿qué había hecho? Bueno, simplemente había aplicado la Ley a los jueces así como a los juzgados, eso es todo. Los había traído bajo la misma Ley. Había tomado a los jueces y a los juzgados, les había puesto en la misma bolsa y los había sacudido, como hace una mujer con los pedazos de carne antes de cocinarlos, y habían salido cubiertos con la misma harina de culpa. Cuando hizo esto, no quedaba ninguna acusación.

Y eso es lo que Pablo dice que Jesús ha hecho con la Ley. Cumplió la Ley en Sí mismo, y al hacerlo, había vuelto a ambos judíos y gentiles inaceptables frente a Dios. Les enseñó cómo debía de cumplirse la Ley. Y cuando vieron Su impecable vida, los judíos supieron que eran tan culpables como los gentiles. Esto es lo que Pablo discute largo y tendido en Romanos 2, 3 y 4 ―que el judío no tiene ninguna ventaja sobre el gentil por saber más verdad, que están exactamente en el mismo terreno― tanto los judíos como los gentiles necesitan ser perdonados. Así que nuestro Señor les dio un terreno común de perdón. Y cuando hizo eso, no quedaba ninguna hostilidad.

Así que esta es la forma de comenzar a terminar la hostilidad: Deja de ser mojigato. Deshazte de la autocomplacencia, la exigencia de un cambio sin ninguna admisión de una necesidad de cambio por parte del otro. Esto elimina la hostilidad. Pero mientras que uno insista en que el otro está totalmente equivocado, y que no hay nada que él mismo necesite cambiar, entonces por supuesto la hostilidad y el resentimiento permanecen. He visto esto funcionar con padres e hijos. Mientras que los padres insistan en que nunca se equivocan, que nunca hacen nada mal, que nunca necesitan disculparse, nunca dicen: “Lo siento” a sus hijos, esos hijos invariablemente crecerán resintiendose y odiando a sus padres. Porque la mojigatería siempre crea hostilidad. Es solo cuando los padres se ven a sí mismos como siendo capaces de estar equivocados, necesitando perdón ellos mismos, necesitando ser entendidos y liberados por el perdón de sus hijos, así como permitiéndose el perdón a sí mismos, es cuando puede haber armonía. He visto el mismo principio funcionando entre amigos, y entre líderes cristianos y otros cristianos. La hostilidad viene por las exigencias mojigatas. Elimina la exigencia, y la hostilidad cesa.

¿Entonces qué? ¿Es eso todo? ¿Está Dios contento solamente con finalizar la hostilidad? Nunca. Hay un segundo paso: “para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre”. Fíjate en la palabra crear. Eso es solo algo que Dios puede hacer. El hombre no puede crear. Decimos de alguien: “Es creativo”. ¿Qué queremos decir? Queremos decir que es capaz de tomar cosas que ya están ahí y ponerlas juntas de una nueva forma, por lo tanto haciendo algo quizás un tanto más diferente. Ha reorganizado el material, y llamamos a eso creatividad, pero en el sentido final de la palabra, solo Dios es creativo. Los hombres pueden ser ingeniosos, pero no son creativos. Solo Dios puede tomar una situación que es nada y hacer de ella algo. Dios crea de la nada. Hace un nuevo hombre, una nueva unidad que nunca existió anteriormente.

Mucha gente ha experimentado esto. La gente a menudo me dice: “Sabes, desde que dejé de intentar juzgar a mi marido (o mi mujer), y nos hemos juntado reconociendo que ambos necesitamos a Dios, ambos necesitamos perdón, he descubierto que tengo toda una relación nueva que nunca soñé que fuera posible. Es mejor que nada de lo que teníamos anteriormente. Algo nuevo ha comenzado, una unidad mayor que nunca se ha desarrollado”. A veces la gente viene a mí y me dice: “Nuestro matrimonio está muerto. Nuestro amor ha desaparecido. No hay ninguna forma en la que podamos restaurarlo. Más vale terminar el matrimonio”. Es tal júbilo entonces poder enseñarles que en Cristo una nueva relación se crea, algo que nunca estaba ahí anteriormente. Y muchos se han agarrado a esto y han encontrado que de hecho es cierto que en la nueva unidad, el nuevo hombre crece de la relación llevada a Cristo, y hay libertad y gloria y belleza y riqueza que nunca estaban ahí anteriormente, y es mejor de lo que jamás fue.

Aquí en Efesios, por supuesto, el nuevo hombre al que Pablo se refiere es la iglesia misma. La iglesia es una imagen de lo que Jesucristo hace. En la iglesia, no hay ni judío ni gentil. Un judío no ha de volverse gentil; el gentil no ha de volverse judío. Hay un nuevo hombre, una nueva persona creada. Y lo mismo es cierto de cualquier otra división entre los hombres. Los negros no tienen que volverse blancos, y los blancos no tienen que volverse negros en la iglesia. Ambos pueden traer su propia herencia cultural distintiva a la iglesia, y no tienen que renunciar a ella. En ese sentido, la iglesia nunca ha de integrarla; ha de hacer un nuevo hombre. Ambos traen lo que son, y descubren que hay una unidad, una hermandad, una unión, una bella relación que finalmente no tiene nada que ver con la herencia cultural. Hay un sentido de pertenecerse mutuamente, y un júbilo en esa relación. Lo mismo es cierto del pobre y el rico. Los pobres no tienen que vivir como los ricos; los ricos no tienen que vivir como los pobres. Puede haber distintos niveles de vida dentro de la iglesia, pero hay una unidad y un júbilo y una aceptación mutua. Lo mismo es cierto entre hombre y mujer. Los hombres no tienen que ser mujeres; las mujeres no tienen que actuar como hombres, a pesar de la Liberación femenina. En la iglesia hay unidad. Una nueva unidad es formada, que no puede ser descubierta de otro modo que con la resolución de la hostilidad en base a la paz que Jesucristo da.

Todavía hay un tercer paso: “y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo”. En otras palabras, la paz final ha de ser con Dios. Un hombre o una mujer, padre o hijos, maridos o mujeres ―donde sea que haya estado el conflicto― una vez que la hostilidad haya sido terminada por la eliminación del espíritu mojigato y hayan comenzado a experimentar esta nueva unidad en Cristo, deben de verse a sí mismos como siendo perdonados y aceptados por Dios. De lo contrario, la mojigatería comenzará a presentarse de nuevo, más tarde o más temprano. Si hay alguna área en la cual uno se siente superior al otro, en la cual uno dice: “No necesité tanto perdón como el otro; mi nivel de vida era superior”, entonces la mojigatería comienza de nuevo. Pero si están frente a Dios al mismo nivel, en el mismo terreno exactamente, ambos necesitando el mismo perdón, entonces la hostilidad es traída a un final. Esto es lo que dice el apóstol: “matando en ella las enemistades”. Un completo y total final.

Hace unos pocos meses estaba en otra ciudad, y un hombre joven vino a mí y me dijo: “Quiero hablarte sobre mi matrimonio. No he estado casado durante mucho tiempo. Después de casarnos descubrí que mi mujer no era virgen antes de casarnos, aunque yo sí lo era. Tuve una tremenda lucha con esto. La perdoné; entendí la situación, entendí que necesitaba ser perdonada. Pero emocionalmente continué rebelándome. Entonces comencé a ver que mi comportamiento no había sido mejor que el suyo, frente a Dios. Aunque ella había violado los preceptos exteriores de la moralidad sexual, yo también los había violado, interiormente, en mis pensamientos y actitudes. Y, frente a Dios, no había ninguna diferencia. Comencé a ver que tenía tanta necesidad de perdón por mis fallos como ella. Cuando vi eso, entonces hubo sanación”.

Esto es lo que Pablo está diciendo. Hemos de vernos los unos a los otros como no siendo diferentes para nada, frente a Dios. Si en un área de nuestra vida pensamos que no necesitamos ser perdonados, en esa área somos completamente inaceptables a Dios. Si hay un área donde pensamos que nunca nos hemos equivocado, en esa área somos totalmente inaceptables a Dios. El único terreno que tenemos para estar frente a Él es aquel de perdón y “no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:9). Por lo tanto, todo el mundo está frente a Dios al mismo nivel. Cuando la gente ve esto, la hostilidad es traída a un final. Nadie está apuntando con el dedo, nadie le está echando la culpa a otro, nadie está diciendo: “Bueno, si al menos hubieras hecho esto, entonces yo podría haber hecho aquello”. Tales divisiones y facciones y hostilidad son traídas a un final, y existe tan solo la recepción de la gracia y el perdón de Dios. Los corazones son sanados, y la hostilidad cesa. Esto es lo que se saca a relucir en la última sección: el medio por el cual se posee paz. ¿Cómo haces esto? ¿Cómo tomas posesión de ello realmente? Bueno, el apóstol dice:

Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estáis cerca, porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. (Efesios 2:17-18)

Dos pasos son necesarios para tomar posesión realmente de esta clase de paz: El primero es creer el mensaje que Dios te ha dado. “Vino y predicó paz”, les dice Pablo a estos efesios. Eso es: “Jesús os predicó a vosotros”. ¿Cómo lo hizo? No vino en persona; vino en la persona de Pablo. Pablo fue mandado por el Señor. Eso es lo que significa la palabra “apóstol”. Pablo dice en 2ª de Corintios: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20). La predicación de Pablo era la predicación sobre la paz de Jesús. Cristo tomó la iniciativa y mandó al apóstol a proclamar el hecho que Dios ya había creado. Todo lo que queda es creerlo. Cuando crees que el fundamento de mojigatería ha sido quitado, que no tienes ningún status mayor frente a Dios, a causa de lo que piensas que ha sido el comportamiento correcto, que el de alguien que ha fallado abierta y descaradamente, entonces has comenzado a creer lo que Dios ha dicho. Has comenzado a creer la predicación de paz. La predicación nunca es una discusión, nunca un debate o un diálogo. La predicación es simplemente el anuncio de un hecho. Puedes aceptarlo o rechazarlo, pero no puedes discutir con él. Es lo que Dios dice que es cierto. Y esto es lo que Dios dice que es cierto: que el fundamento de mojigatería ha sido quitado, y una nueva relación es posible. Una nueva relación será creada que será mejor y más bella, más rica que cualquier cosa que has conocido antes. Y Dios dice que está satisfecho con el arreglo, que os acepta a ambos en esos términos.

Entonces, ¿qué? Bueno, el último paso es bello. Es la comunicación con el Padre: “porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”. Puedes venir frente a Él, sostenido por el misterio de la Trinidad completa obrando a tu favor. Esta es probablemente la más grande declaración en el libro de Efesios. No conozco ninguna altura de verdad más alta que esta: “Por medio de él [el Hijo] ambos tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”. Está la Trinidad de Dios ―Padre, Hijo y Espíritu Santo― todos obrando juntos para traernos a la relación más cercana posible con Dios: el entendimiento y la experiencia diaria de Su Paternidad, Su cuidado Paternal sobre nosotros. Así que comenzamos a entender que las circunstancias de nuestra vida son elegidas por el Padre, que las pruebas y las presiones y los júbilos y las tristezas todas han sido seleccionados por un Padre amante. Comenzamos a ver que Su provisión de poder y verdad y vida están todas disponibles en Jesucristo, y entendemos que podemos apelar a Él. Podemos clamar a Él. Nos invita a comunicarnos con Él, a descargar sobre Él todas las cargas y las presiones de nuestra vida. Y comenzamos a vivir en esta relación con el Padre.

No hay nada más alto que esto. Cuando vemos la gloria completa de esta relación, habremos descubierto que nada puede ser más grande. “Y esta es la vida eterna”, Jesús dijo, “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Aquí es cuando la vida comienza a ser lo que Dios tenía la intención que fuera. Así que es aquí a donde nos trae Dios. Hemos estado trepando con Pablo, paso a paso, una gran montaña. Y ahora hemos llegado a la misma cima: “porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”. No podemos subir más arriba. La vida con el Padre es la más deleitosa de todas las experiencias, ya que todo lo que necesitamos es proveído por el corazón del Padre, y el amor de un Padre. Esta es la forma en la que Dios trata con nosotros y nuestra hostilidad. Lo que nos separa los unos de los otros es nuestra insistencia en que ellos están equivocados y nosotros tenemos razón, que nunca hay un motivo para una admisión de culpa de nuestra parte. Pero tan pronto como admitimos que estamos equivocados en las mismas áreas donde pensamos que tenemos razón, y no hay forma de justificarnos frente a Dios en ninguna área de nuestra vida aparte del ser perdonado, entonces la hostilidad cesa, y Dios nos trae a esa gloriosa relación de libertad y disfrute de la vida con el Padre.

Oración:

Padre nuestro santo, te damos las gracias por el acceso que tenemos a Ti, nuestro amante Padre celestial, Uno que nos acepta, que nos perdona, que nos disfruta, que se gloría en nosotros, que está tiernamente involucrado en los más íntimos detalles de nuestras necesidades. Y, Padre, qué tontos hemos sido, a menudo, por levantarnos en juicio autocomplaciente en contra de otros, por insistir en que teníamos áreas en nuestra vida en las cuales estábamos limpios delante de ti, que no necesitábamos ser perdonados, que solo “ellos” lo necesitaban. Padre, perdónanos por eso. Cuánto hemos sido a menudo como ese sirviente injusto, cuando se nos ha perdonado tanto pero no hemos tenido la voluntad de extender el perdón a otros. Abre nuestros ojos, Señor, a la gran deuda que tenemos frente a Ti. Ayúdanos a creer el mensaje de paz que ha sido predicado, a entender el anuncio del Espíritu Santo a nuestros corazones, y por tanto a entrar en el júbilo de la vida contigo. Lo pedimos en nombre de Jesús. Amén.