Riquezas en Cristo

Extraños en la oscuridad

Autor: Ray C. Stedman

En el segundo capítulo de Efesios, estamos examinando junto con el apóstol Pablo poderosas verdades, fantásticas declaraciones, que nos hacen conscientes de lo que significa ser cristiano. Si alguna vez realmente entendemos lo que significa ser cristiano, nunca tendremos envidia de nadie que no sea cristiano, nunca desearemos estar en el mundo de nuevo, ni ser atraídos por su perspectiva o sus patrones de vida.

Por supuesto, aprendemos a apreciar lo que ha ocurrido al mirar atrás a lo que éramos, y comenzar a realmente entender de dónde Dios nos ha llamado en Cristo. Las palabras iniciales de este capítulo nos dicen que una vez estábamos muertos en transgresiones y pecados; una vez caminábamos de acuerdo al curso de este mundo, siguiendo el príncipe del poder del aire, el dios de la oscuridad; y nos comportábamos de acuerdo a los deseos de nuestra carne. Hacíamos lo que nos parecía bien, pero encontramos que eso constantemente nos estaba metiendo en dificultades y destruyendo nuestra humanidad, y nunca supimos porqué. Éramos victimizados por los deseos del cuerpo y la mente, y éramos por naturaleza, como Pablo dice: “hijos de la ira”, o sea, estábamos sufriendo la degeneración de la humanidad, “como el resto del género humano”.

Y entonces, fuera de todo esto, Cristo nos llamó. Aquellos de nosotros que hemos creído en Jesucristo hemos sido traídos a la vida juntamente con Él. ¡Qué declaración tan fantástica es esa! Una resurrección ha ocurrido; nos hemos vuelto nuevas criaturas, una nueva creación, diferentes de cualquier cosa que éramos anteriormente. Y se nos ha dado un nuevo poder. Hemos sido resucitados con Él, para que el poder en base al cual hemos de operar no sea el poder de una voluntad determinada, sino el poder de un corazón que confía, recurriendo a la vida de resurrección. Y entonces se nos ha sentado con Él en los lugares celestiales. Se nos ha dado una nueva actitud, hemos sido liberados de tener que luchar, de la presión, y se nos ha permitido descansar, relajarnos, estar seguros de que Dios está obrando Sus propósitos en nuestras vidas. Todo esto nos transmite un sentido de lo que significa ser cristiano. En el versículo 11 del capítulo 2, el apóstol toma otra visión de nuestra vida pasada. Mira hacia atrás a lo que éramos como paganos ―“gentiles” es la palabra que utiliza― y nos recuerda nuestra condición previa de ignorancia. Verás, no solo estábamos muertos, indefensos, sino que también estábamos en oscuridad, en ignorancia, apartados de Jesucristo.

Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. (Efesios 2:11-13)

En este pasaje el apóstol está tratando de la diferencia entre los judíos y los gentiles. Identifica a los gentiles para nosotros. Dice que son aquellos que son llamados “incircuncisión” por aquellos que son circuncidados, o sea, por el pueblo judío. Dice: “Vosotros los gentiles sois incircuncisos. Los judíos son el pueblo circuncidado”. Al ser circuncidados estaban reconociendo el hecho que eran una gente especial, pertenecientes a Dios en un sentido singular. La marca de circuncisión era lo que indicaba esta distinción. Así que cuando Pablo dijo que los judíos estaban circuncidados, estaba simbolizando por ese hecho las ventajas que el judío tenía sobre el gentil. Veremos las que son en un momento. Pero también estamos resaltando el hecho de que los gentiles, los paganos, no tenían estas ventajas.

En las Escrituras la circuncisión es de gran importancia. A lo largo de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento se refieren a ella. Comenzó, te acuerdas, con Abraham, que circuncidó a su hijo Isaac cuando Dios se lo pidió. Y siempre indicaba que aquí había un pueblo que tenía un acceso especial a Dios, una relación especial con Él. El mundo gentil estaba sin esto. Todos los símbolos en las Escrituras son muy significativos; siempre significan algo. ¿Por qué crees que Dios escogió esta señal (ya que Dios mismo la escogió) y la colocó sobre el órgano sexual masculino? ¿Por qué fue elegida esta parte del cuerpo para ser la señal de un pueblo privilegiado?

La respuesta, por supuesto, es que nosotros seres humanos somos básicamente sexuales. Las Escrituras enseñan esto muy claramente. A menudo la iglesia no lo ha enseñado, sino que en vez de eso ha actuado como si el sexo fuera algo superfluo para los seres humanos, como si nuestros cuerpos terminaran en la cintura y no tuviéramos que implicarnos con nada pasado ese punto. Pero las Escrituras siempre enseñan que el sexo es parte integral de nuestra humanidad, que somos básica y fundamentalmente sexuales, no solo a nivel físico sino también en el alma y el espíritu así mismo, que el alma tiene una forma de sexo, como hay una forma espiritual de sexo. Las Escrituras enseñan esto muy claramente. Por lo tanto, la circuncisión es un reconocimiento de parte de Dios de que, siendo sexuales en nuestro núcleo, lo que pensamos sobre el sexo es una revelación de lo que pensamos sobre nosotros mismos, nuestra imagen propia, y cómo la gente actúa sexualmente es una indicación de cómo se ven a sí mismos frente a Él, su identidad, en otras palabras.

Es por esto que el mundo gentil y pagano era llamado “incircunciso”, porque estaba caracterizado por dos cosas principalmente: Primero, la inmoralidad sexual. Los paganos de la época de Pablo a menudo estaban bien educados, lo que llamamos civilizados. Pero mezclada con toda su civilización había una degeneración sexual terrible. Cuando visitas el mundo pagano, los antiguos templos de Roma y Grecia, y otros sitios, invariablemente encontrarás un tremendo énfasis sobre los símbolos sexuales. Los filósofos griegos, que son considerados como pensadores tan avanzados que de muchas maneras nunca han sido sobrepasados, sin embargo estaban sexualmente degradados. Por ejemplo, Sócrates se involucraba en prácticas homosexuales. La homosexualidad era extensamente aceptada y muy prevalente en aquellos días, así como muchas otras prácticas sexuales degradantes. Así que el mundo pagano de la época de Pablo revelaba su falta de entendimiento de su propia humanidad por sus prácticas sexuales. Y, segundo, ignorancia religiosa. No se conocían a sí mismos, porque no conocían a Dios. Es el conocimiento de Dios el que revela al hombre a sí mismo. Es por eso que aquellos que han entrado en un conocimiento de Dios, y crecen en ese conocimiento, están siempre al mismo tiempo en crecimiento en el entendimiento del hombre y de sí mismos. Todo esto es entendido en la clasificación del mundo pagano como incircuncisión: sexualmente aberrante, religiosamente ignorante. Sin embargo, Pablo da una clave en el versículo 11, que los judíos, aunque tenían muchas ventajas, eran a menudo hipócritas. No estaban tomando posesión de sus ventajas; estaban declarando lo que de hecho no tenían. Lo pone de la siguiente forma:

Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. (Efesios 2:11)

Los judíos eran llamados circuncisos, pero no siempre vivían como un pueblo circunciso, como Pablo sugiere aquí. Dirás: “¿Cómo nos afecta esto a nosotros? Eso era el primer siglo; aquí estamos en el siglo veinte. ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? Puede que fueran paganos en los días de Pablo, pero no vivimos en ese tipo de mundo”. Espero que ya te hayas dado cuenta de que ese no es el caso. De hecho sí que vivimos en ese tipo de mundo. El paganismo es desenfrenado en nuestros días, y es exactamente el mismo tipo de paganismo que Pablo tenía en vista. Muchos de nosotros trazamos nuestra ascendencia al norte de Europa. Y es sano que nos acordemos que no hace muchos siglos nuestros antepasados estaban deambulando por los bosques del norte de Europa, vestidos con pieles de animales, viviendo en cuevas, y no eran civilizados en ningún sentido de la palabra como lo definimos hoy. Nuestros antepasados eran conocidos en el mundo de la época de Pablo como bárbaros. Y hubiéramos permanecido bárbaros, si no hubiera sido por el influjo del evangelio por medio de valientes misioneros que llevaban la Palabra a nuestros antepasados en Inglaterra y Alemania y otros sitios de los cuales ha descendido nuestra raza anglosajona. Es bueno acordarse que nunca hubiéramos tenido lo que disfrutamos en este país hoy si no fuera por el hecho de que el evangelio penetró estas áreas.

Esta semana observamos el día de Acción de Gracias. Es bueno acordarse de nuestra herencia. Nuestros padres, que desembarcaron en las costas de Nueva Inglaterra hace casi 400 años, estaban huyendo de la persecución religiosa; eran hombres y mujeres piadosos. Y hemos cosechado su herencia. Hoy muchos de nosotros hemos sido educados en una atmósfera cristiana, habiendo venido de hogares cristianos en una nación que se llama a sí misma “cristiana”. Estamos más en la posición de los judíos en los días de Pablo que en la de los gentiles. Hemos sido expuestos a una gran cantidad de verdad. Tenemos muchas ventajas, como las tenían los judíos. Tenían el potencial de conocer a Dios, pero muchos de ellos no le conocían. Muchos de nosotros estamos en esa condición hoy. Sin embargo, también es cierto que muchos entre nosotros salimos directamente de una atmósfera pagana, como lo describe Pablo aquí. Así que deberíamos de examinar cómo describe esta condición, porque no es solo la condición de la cual muchos de nosotros venimos, es también una condición a la que el mundo está regresando al volverse más y más paganizado y perder su influencia y enseñanza cristiana. El versículo 12:

En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. (Efesios 2:12)

Así que la mayor cosa que se puede decir es esto: Estás separado de Cristo. Hay un hueco. Puede que solo sea un pequeño hueco; puede que estés muy cerca de Cristo, muy cerca. Puede que entiendas y admires Su enseñanza. Pero hasta que no hayas venido a conocerle, hasta que no le hayas recibido, hay un espacio que es un hueco mortífero, y todavía permaneces “muerto en transgresiones y pecados”, como Pablo declara en los versículos iniciales de este capítulo, atado siguiendo la corriente del príncipe de este mundo, cumpliendo los deseos de las pasiones de la carne, un hijo de ira, así como el resto de la humanidad. Esa es la mayor cosa que puede ser dicha de un pagano.

Pero para muchos es mucho peor, como Pablo sigue describiendo: “alejados de la ciudadanía de Israel”. Un extranjero es un extraño, un extranjero viviendo en medio de un país, que no tiene los derechos de ciudadanía. Aquí Pablo contrasta la posición de los judíos con la de los gentiles. Los judíos tenían una nación sobre la cual Dios reinaba. Se gloriaban en el hecho de que Dios era la cabeza de su nación. Tenían un sentido de destino, un sentido de la protección de Dios, un sentido de pertenecer a un pueblo que estaba bajo la supervisión de Dios. Tenían compañerismo, un sentido de hermandad que venía de pertenecerle a Dios, de ser Su pueblo.

Pero los paganos no conocían esto. El mundo pagano alababa un panteón de dioses. Los griegos tenían su lista de dioses, los romanos tenían los suyos, los persas tenían otros, los bárbaros al norte, los escandinavos y otros tenían otra lista. Y todos estos dioses eran tan irritables y tan poco fiables como los hombres. Los paganos vivían en un mundo en el cual estaban expuestos a poderes que reconocían como más grandes que ellos mismos, pero en el cual no había coherencia, y nunca algún amor. Los paganos nunca pensaron en Dios como amándoles; los paganos nunca pensaron en amar a Dios. No hay ninguna sugerencia de esto en sus escritos. Nunca contactaron con Dios, nunca se sintieron amados por Dios. Solo podían rogar amabilidad y misericordia de sus dioses e intentar influenciarlos. Pero no había ningún sentido de pertenecerle a Dios. Los judíos tenían ese sentido; los paganos no. Eran extranjeros en la nación de Israel.

Sabes que en los tiempos de crisis un extranjero es siempre tratado de forma distinta que un ciudadano. Cuando la guerra comenzó con Japón, la gente de ascendencia japonesa aquí en la costa oeste fue tratada como extranjera, aunque la mayoría de ellos eran de hecho ciudadanos. Eran sospechosos y puestos en campos de concentración, y nadie quería tratarse con ellos durante un tiempo, porque tenían aspecto de extranjeros. Inmediatamente, cuando se presenta una crisis, esta línea de demarcación es muy evidente. Y Pablo reconoce esto de los paganos. Dice: “Como no erais parte de Israel no teníais ese sentido de pertenecerle a Dios”.

Pero va más allá: “ajenos a los pactos de la promesa”. Estos pactos eran las promesas, los acuerdos que Dios había hecho con Abraham, Jacob, Moisés, David y otros de que haría ciertas cosas. Se obligó a Sí mismo a obedecer ciertas provisiones, si el hombre respondiera a ellas. Así que cada israelita tenía una esperanza, una forma de escape, si la tomaba. No siempre lo hacían, pero tenían un camino, si lo querían. Había, por ejemplo, la promesa que tenía que ver con los sacrificios. Cada israelita sabía que si estaba cargado con culpa, preocupado porque había hecho algo mal, había algo que podía hacer al respecto: Podía traer un sacrificio. Dios había prometido que, si un animal era sacrificado bajo las condiciones apropiadas, entonces el estado de ese individuo sería aliviado. Y lo que es más, el sacerdocio fue proveído para instruirles sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que era dañino y lo que era inofensivo. Y finalmente, había todas las promesas que tenían que ver con el Mesías. Cada israelita sabía que, sin importar cuán malas se pusieran las cosas, un día Dios iba a mandar al Mesías. Y aunque la nación se olvidó de Dios, se alejaron completamente y se fueron a “hacer sus propias cosas” como los paganos a su alrededor, sin embargo Dios no les abandonaría. Mandaría a un Mesías quien, un día, restauraría al pueblo de nuevo. Así que el judío siempre tenía la esperanza del Mesías que iba a venir.

Pero no el pagano. Ese es el contraste. No tenían esperanza en su oscuridad. Pertenecían a sus dioses irritables y que no eran confiables, y no había ninguna certidumbre de que fueran a responderles de ninguna forma. Así que cuando sus espíritus eran oprimidos, y estaban llenos de culpa y vergüenza, y se dieron a la violencia, la crueldad, y la guerra, con la que el mundo pagano estaba obsesionado, no tenían ninguna promesa de ayuda, ningún sitio al que podían recurrir, ninguna esperanza en el futuro, sino que estaban estrictamente dejados a sus propios recursos.

Por lo tanto, Pablo continúa, su condición final era “sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Los arqueólogos han desenterrado cementerios del primer siglo en varios sitios en Grecia y Roma, y han encontrado muchas lápidas que tienen inscritas en ellas en griego o latín las palabras: “Ninguna esperanza”, ninguna esperanza en su oscuridad, ninguna luz. Como consecuencia, en el mundo romano de aquellos días, la desesperación reinaba en todas partes. Si lees los escritos de los filósofos romanos y los pensadores de aquellos días, siempre encontrarás una filosofía de desesperación, una existencia sin significado. No había un sentido de propósito en la vida. Incluso aquellos que tenían más esperanza se permitían solo silbar en la oscuridad. Miraban al futuro y no veían nada absolutamente significativo. Sus escritos revelan la total oscuridad, el vacío, la falta de esperanza de la vida pagana.

Incluso puedes ver esto reflejado en las Escrituras. Acuérdate de la nostálgica pregunta de Pilato cuando Jesús estaba frente a él y le informó que había venido al mundo a declarar la verdad. Pilato respondió: “¿Qué es la verdad?”. Ahí puedes leer el cinismo desesperado de un romano educado que había aprendido a desesperar de jamás encontrar la realidad. Acuérdate de la curiosidad ardiente del procónsul romano, Sergius Paulus, de la isla de Chipre, cuando Pablo y Bernabé llegaron ahí. Oyó sobre estos dos hombres, y mandó a buscarlos, e inquirió diligentemente de ellos cuál era esta enseñanza sobre Jesús. Deseaba encontrar la salida de la desesperación de su ambiente pagano.

El resultado, por supuesto, es que los paganos estaban sin Dios, justo como dice Pablo. No había ningún sentido de ninguna presencia en el universo más grande que el hombre. Los pensadores griegos, los científicos de aquellos días, los filósofos romanos, los hombres de estado, los líderes del mundo romano, todos miraban el universo y no veían nada más que una enorme soledad cósmica, tal y como lo hace el hombre hoy, el hombre solo en un universo cruel y desalmado, luchando, intentando hacer lo mejor que puede en su débil forma, en su día breve, con nada extendiéndose más allá. Por lo tanto, el ateísmo estaba extendido en el mundo romano. Miramos hacia atrás y asumimos que todos estaban alabando a los dioses. No, la porción mayoritaria de los romanos y los griegos no alababan a los dioses; no alababan nada. Ya no creían en los dioses. Hacían como que estaban alabando, justo como lo hacen los hombres hoy en muchas iglesias, pero no había ningún sentido de la presencia de Dios. Para ellos Dios estaba muerto, como lo está para muchos en nuestros días. Pues bien, eso es paganismo; siempre es así.

Alguien me contó esta mañana sobre un proyecto llamado “Cíclope”, al cual unos brillantes científicos se habían dedicado. Implica el gasto de enormes cantidades de dinero en un esfuerzo por explorar el universo con telescopios y otros recursos, para ver si podían descubrir un nivel más alto de civilización del que conocemos aquí, con la esperanza ―la única esperanza en su oscuridad― de que puedan posiblemente encontrar una civilización que haya resuelto algunos de los problemas con los que luchamos, quizás hacer contacto con ellos y obtener remedios para las insoportables condiciones de nuestros días. Así de pagano es cómo se ha vuelto el mundo, sumiéndose de nuevo en la oscuridad, la soledad, la desesperanza; así que los hombres se están agarrando a un clavo ardiendo, intentando de alguna forma encontrar una salida de la miserable desesperación que toma los corazones de la gente en todas partes en el mundo hoy. Piensa sobre eso, cuando pienses sobre tu cristianismo. Piensa de lo que has sido sacado por medio del llamamiento de Jesucristo. Y cuando disfrutes del día de Acción de Gracias en tu casa, con su amor y calidez cristiana, su significado en medio de la vida, el contentamiento y el júbilo de tu familia, acuérdate de lo que hubieras sido sin Cristo, en la oscuridad del paganismo, al cual el mundo está rápidamente volviendo.

De vez en cuando se nos dice que este mundo antiguo era un bello sitio. Estaba lleno de grandes logros arquitectónicos. Los visitamos como turistas y observamos con asombro las extraordinarias habilidades de los romanos, los griegos, los persas, los mayas y otros. Ah, sí. Pero si pudiéramos vivir en aquellos tiempos veríamos a gente llena de desesperación, experimentando poco disfrute en la vida. Y ocasionalmente un folleto de viaje nos mostrará la bella imagen de alguna hermosa isla del mar del Sur, donde los felices salvajes descansan indolentemente todo el día tocando sus ukeleles, con peces listos para ser pescados ahí mismo al borde del mar, y cocos y frutas cayéndose de los árboles, donde no hay nada que hacer más que disfrutar de la vida. Tales folletos tratan de llamarnos a la vida feliz, primitiva, simple de esta gente primitiva. ¡Son tonterías totales! Nunca ha habido una sociedad idílica como esa, y nunca la habrá. Externamente, superficialmente, quizás. Pero interiormente cada una de ellas estaba en medio del temor, la hostilidad, el odio, la superstición, el vacío y la parodía religiosa.

Leí un relato el otro día de un indio de Sudamérica que le dijo a un misionero que le llevó a Cristo: “Cuando estaba viviendo en la jungla, nunca conocimos un solo día sin temor. Cuando nos despertábamos por la mañana, teníamos miedo. Cuando salíamos de nuestras casas, teníamos miedo. Cuando caminábamos al lado del río, teníamos miedo. Veíamos espíritus malvados en cada piedra y árbol y cascada. Y cuando caía la noche, el temor entraba en nuestras cabañas y dormía con nosotros toda la noche”. Eso es lo que es el paganismo. Y es a esto a lo que el mundo está regresando. A todo nuestro alrededor, en cada esquina, al comenzar a desvanecerse la verdad cristiana, al volverse más secularizada y humanizada la nación, esta oscuridad pagana se instala sobre la nación de nuevo. Deberíamos de dar gracias por nuestros padres puritanos y la herencia que nos han dejado. Pero también deberíamos de preguntarnos a nosotros mismos: “¿Qué es lo que estamos pasando a la próxima generación?”. Gracias a Dios ha venido un cierto grado de renacimiento espiritual. Es maravillosamente esperanzador ver cómo la gente joven en todas partes, y aquellos más mayores también, están redescubriendo las grandes verdades de la fe cristiana. ¡Pero cuán agradecidos deberían de estar nuestros corazones esta semana, más que ninguna otra semana, que Dios nos ha dado estas maravillosas bendiciones en Jesucristo, y nos ha llamado a salir de tal oscuridad! Pablo continúa ahora enseñándonos lo que ha ocurrido, en el versículo 13:

Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. (Efesios 2:13)

Sin los misioneros cristianos, sin su conocimiento de las Escrituras, sin la instrucción de aquellos que llegaron a conocer a Dios y después nos trajeron el mensaje a nosotros, seríamos nada más que paganos, sin ninguna luz en nuestra oscuridad más que la luz natural que viene de nuestro ser interior, indicando que hay un Dios en algún sitio. Estaríamos viviendo así todavía, probablemente vistiendo pieles en cuevas en los bosques. Pero ahora, habiendo estado lejos, hemos sido hechos cercanos por la sangre de Cristo, por la muerte de Cristo.

He de resaltar aquí que no es meramente la muerte de Cristo. Pablo dice que es la sangre de Cristo. Es significativo que utilice ese término. La muerte, por supuesto, no es siempre sangrienta. Puedes morir sin perder tu sangre. Las Escrituras a veces hablan de la muerte de Cristo, y más a menudo de la cruz de Cristo. Pero todavía más a menudo hablan de la sangre de Cristo. ¿Por qué este énfasis? A muchos no les gusta esto hoy en día. No les gusta pensar en la cruz o en la muerte de Jesús como siendo sangrienta. Pero Dios lo enfatiza. Dios quiere que pensemos sobre ello, porque la sangre siempre es un signo de violencia. Verás, la muerte de Jesús no fue simplemente un pasar a una vida mejor, muriéndose de vejez en una cómoda cama. No, no. Fue una muerte violenta, una escena sangrienta, cruenta, fea, repulsiva: un hombre colgando desgarrado y desdichado sobre una cruz, con la sangre corriéndole por los lados y bajando por la cruz.

Dios quiere que nos acordemos de esa violenta muerte, porque la violencia es el resultado final del paganismo. Es la expresión final de una sociedad sin Dios. La crueldad se presenta inmediatamente cuando el amor y la verdad desaparecen de la sociedad. Y Dios está simplemente recordándonos que cuando la humanidad lo había hecho lo peor que pudo, se había hundido a los niveles más bajos, había expresado su ira en total desdicha y violencia y sangre de la cruz, Su amor descendió a ese lugar y, utilizando ese acto violento, comenzó a redimir, a llamar de nuevo a aquellos que estaban alejados y a traerlos cerca, en la sangre de Cristo.

Y, en la sangre de Jesús, todas las ventajas que los judíos tenían fueron conferidas sobre los gentiles. Ignorantes, paganos, oscurecidos, tontos, luchando, desesperados; aun así, tenían el mismo acceso a Dios, en la sangre de Cristo, tanto como lo tenía cualquier judío con su templo, su ley, su sacerdocio y su sacrificio. Por esto el apóstol está intentando enfatizarnos la extremadamente asombrosa maravilla de la gracia de Dios, que dejó de lado todos estos lastres y nos alcanzó y nos encontró tal y como éramos, y nos trajo cerca por la sangre de Jesucristo nuestro Señor. ¡Qué regalo por el que dar gracias!

A partir de aquí Pablo va a desarrollar más de la fantástica verdad, para enseñarnos más de lo que significa ser cristiano, traído cerca por la sangre de Cristo. Va a construir, paso a paso y declaración a declaración, hasta que subamos la tremenda altitud. Es absolutamente increíble que el hombre jamás pudiera venir a esta posición, pero es todo por la gracia, la gloria, el amor y el poder de Dios. No sé qué es lo que esto hace en ti, pero hace que mi corazón quiera regocijarse, para dar gracias y alabar a Dios por lo que ha hecho en la muerte de Su Hijo.