Riquezas en Cristo

Entusiasmado por la oración

Autor: Ray C. Stedman

Con el versículo 15 de Efesios 1 dejamos el gran pasaje doctrinal en el cual el apóstol Pablo ha estado enseñando los grandes hechos que apoyan la fe cristiana, y nos volvemos ahora a su oración. Este estudio será una revelación útil del lugar de la oración en la experiencia cristiana, especialmente en los creyentes que están madurando, y en relación al estudio de las Escrituras. Esto pone la oración y las Escrituras juntas. El apóstol, habiendo terminado el gran pasaje en el cual ha presentado lo que el Dios en tres personas está haciendo por nosotros, ahora añade estas palabras dirigidas a los cristianos efesios:

Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él; que él alumbre los ojos de vuestro entendimiento... (Efesios 1:15-18ª)

Nos detendremos ahí y terminaremos el resto del pasaje el domingo que viene. Quiero llamarles la atención a la razón por la cual el apóstol oró por estos cristianos. Comienza con esas mismas palabras: “Por esta causa”, y entonces se dedica a listar la evidencia que le asegura que son cristianos. La frase, “Por esta causa”, refleja este gran pasaje que acabamos de cubrir, desde los versículos 3 a 14, en los cuales el apóstol ha estado delineando para nosotros los grandes y fundamentales hechos sobre nuestra fe: nuestro llamamiento por el Padre, el que nos haya destinado para ser Sus hijos; la redención y el perdón disponibles para nosotros en el Hijo, el que nos haya abierto los ojos al plan completo de Dios; el haber sido sellados por el Espíritu, nuestra iluminación por el Espíritu en nuestras vidas y nuestros corazones, y Su garantía que heredaremos todo lo que Dios ha provisto para nosotros. Es por esta causa, Pablo dice, que ora por todos los santos en Éfeso y por otros que lean esta carta. Es porque necesitan entender estas verdades.

Está convencido de que son cristianos a causa de dos cosas que han sido traídas a su atención: su fe y su amor. Eso es de lo más instructivo. El apóstol evidentemente ha oído en Roma de la fe de estos cristianos, muchos de los cuales estaban en ciudades alrededor de Éfeso y a los cuales nunca había conocido. Ha oído del hecho de que han confesado a Cristo y han abandonado sus ídolos paganos. Han reconocido que Jesucristo es Señor, y han tomado posiciones abiertas como cristianos. Pero la cosa que le convenció de que su fe era verdadera era la evidencia de su amor: fe que funciona por amor. Era el hecho de que el amor estaba comenzando a ser mostrado entre ellos, amor por todos los santos, lo que le hizo consciente del hecho de que la fe que ejercitaban era genuina.

Es muy útil saber esto, porque, si tu fe no ha resultado en el convertirte en una persona con más amor, en tu crecimiento en esta dirección, entonces no es fe genuina. Es meramente una aceptación intelectual, que no significa nada. Acuérdate cómo Santiago enfatiza este mismo hecho. Dice que la fe se revela por la preocupación que despierta hacia aquellos que tienen hambre, por aquellos que están sin hogar, los necesitados y los afligidos, y nuestra disposición de alcanzarlos para sanar los daños de aquellos en la sociedad a nuestro alrededor. Dijo, en efecto: “Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18). Y Pablo está de acuerdo. Ha oído de su amor, y por tanto es consciente de que su fe es genuina.

Y fíjate que este es un amor hacia todos los santos, no sólo hacía algunos de ellos. Algunos santos son fáciles de amar. Algunos son bella gente, alegres y felices, y a todo el mundo les gusta estar a su alrededor. Pero Pablo está fascinado por el hecho de que estos cristianos aman a todos los santos, y, por tanto, su amor no está basado en la personalidad de la gente, su simpatía, ni en sus riquezas; más bien, está basado en el hecho de que son santos, pertenecen al Señor Jesús y están en la familia de Dios. Esto es lo que debe de aprender cada familia. Si quieres armonía en tu hogar, debes de aprender a amar a tus hermanos y hermanas. Quizás no sean siempre la gente más agradable, pero son tus hermanos y hermanas. Es por esto que Pablo está fascinado con los cristianos de Éfeso.

Hoy, también, uno de los signos más extraordinarios de que una persona tiene fe genuina es que ama a todo el mundo que ama al Señor Jesús. No hay ninguna diferencia en cómo sea la persona. Acabo de volver de una ciudad grande en la mitad del país donde estaba involucrado en varias iglesias, y estaba fascinado por el hecho de que a menudo sea tan difícil conseguir que los cristianos comiencen a amarse los unos a los otros realmente. Se resisten a ser sinceros y llevar las cargas los unos de los otros. Han sido enseñados y entrenados, de alguna forma, a vivir en aislamiento mutuo, y no querer involucrarse con ninguna otra persona. (Esa es la forma en la que el mundo vive hoy.) Pero esta es siempre una señal del hecho de que su fe ha disminuido. Porque si tu fe en Jesucristo es genuina siempre resulta en amor.

Esas dos cualidades, entonces, han convencido al apóstol Pablo de que estos cristianos son reales. Por lo tanto, necesitan saber y tomar las grandes verdades que ha delineado para ellos, y es por esta razón que ora. Ahora, quiero que te fijes en eso. Esto indica que el mandamiento de verdad, el conocimiento de la doctrina, nunca es bastante para capacitarte a crecer como un cristiano. Puedes aprender todo lo que hay en la Biblia y ser capaz de escribir un tratado teológico muy profundo y erudito sobre ella, pero si no te ha llegado al corazón no tiene absolutamente ningún valor. La verdad conocida nunca cambia a nadie; es una verdad obrada, una verdad que ha fluido por las emociones y las ha tomado y, por tanto, ha motivado a la voluntad.

Por lo tanto, este pasaje bellamente toma en consideración la forma en la que Dios nos ha hecho. Nos ha hecho para que la verdad entre por la mente primero. Y es ahí donde debería de impactarnos. Hemos de estar expuestos a los hechos, como lo ha expuesto aquí Pablo, pero eso nunca es suficiente. Hay alguna gente hoy que piensa que si meramente estudias tu Biblia y recibes los cursos apropiados y aprendes todos estos grandes hechos, aprendes la doctrina, la verdad de las Escrituras, eso es todo lo que necesitas. Pero el apóstol lo deja muy claro aquí que eso nunca es suficiente. Sólo eso nunca cambiará a nadie. Pero la verdad ha de, de alguna forma, moverse de la cabeza al corazón. Debe de tomar “los ojos del corazón”, para utilizar una bella figura que Pablo utiliza, y debe de haber un estímulo de las emociones para que el hombre completo se involucre, y, por tanto, la voluntad sea apropiadamente motivada. Está hablando sobre la motivación. Y este sabio apóstol sabía que nadie se motiva tan sólo por la verdad. La verdad puede ser aburrida y académica y mortífera. Tu corazón también ha de ser estimulado. Así que él ora por eso.

Es tan instructivo el ver que la oración es la que hará eso. He de confesar que he sido enormemente estimulado por este pasaje, porque me ha hecho consciente de que debemos de añadir, deliberada e inteligentemente, esta dimensión a nuestra enseñanza. El enseñar la verdad nunca es suficiente. Podemos enseñar a otra persona ―un estudiante en la escuela dominical o a nuestros propios hijos en casa―, y son capaces de repetirnos la verdad como loritos, y a menudo estamos satisfechos con eso. Decimos que sabemos esta verdad. Pero el apóstol no estaba satisfecho. Sabía que no sabes la verdad de esa forma. Nunca la sabes hasta que te ha tomado y has sido cambiado por ella. Así que es por eso por lo que ora. Dios ha diseñado la vida de esa forma.

A continuación, fíjate a quién ora. Utiliza dos nombres inusuales para Dios: “el Dios de nuestro Señor Jesucristí, el Padre de gloria”. ¿Por qué le llama así? Por supuesto que Dios es “el Dios de nuestro Señor Jesucristo” cuando Jesús estaba aquí como un hombre. Sin embargo, no hay ningún reconocimiento, aquí, del hecho de que el Hijo sea igual al Padre. Pablo no está orando directamente a Cristo; está orando al Dios del Señor Jesucristo. Eso es asombroso cuando piensas en ello. ¿Por qué hace eso? Bueno, la razón es que la evidencia que tenemos de que Dios contestará este tipo de oración es que es Aquel a quien el Señor Jesús oró. Él es Aquel del cual Jesús dependía para iluminar a Sus propios discípulos. Ya que Él tampoco podía meramente enseñarles y así liberarles de la maldad. Tenía que orar por ellos para que la verdad tomara sus corazones y pudieran ser cambiados por la verdad que conocían. Es por eso que a menudo encuentras a nuestro Señor orando por Sus discípulos, por lo que pasó noches enteras en la falda de la montaña, a veces, orando verdad al corazón de Sus discípulos.

¿Te acuerdas cuando Pedro vino a Él con su confianza y valentía petulante y le dijo: “Señor, no te preocupes por mí; yo nunca te dejaré. Estos otros canallas desertaran y se escaparán, pero puedes contar conmigo, Señor. Yo me quedaré a tu lado”? ¿Te acuerdas cuál fue la respuesta del Señor a eso?: “Simón, Simón, Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo [para que pueda pasarte por un colador, para que toda la falsedad sea hecha visible]” (Lucas 22:31). Y Jesús insinuó con eso que: “Voy a darte a él; voy a dejar que él te tenga”. Sin embargo siguió: “pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte”. Era la oración que mantuvo a Pedro cuando, tres veces en una noche, negó a su Señor. Finalmente, entendiendo lo horrible que era lo que había hecho, salió y lloró amargamente en la calles de Jerusalén. Pero algo le mantuvo firme: era la oración del Señor Jesús, la luz que vino de esa oración, que agarró su corazón y le mantuvo en camino. Así que el mismo Dios a quien Jesús mismo oró, y de quien dependía para mantener a Sus discípulos en la verdad que estaban aprendiendo, es el mismo Dios a quien hemos de orar, para que el Padre de gloria abra sus corazones y sus vidas.

Me encanta la frase: “el Padre de gloria”. ¡Hay mucha esperanza en eso! ¿Sabes lo que significa eso? Podría significar, por supuesto: “el Padre glorioso, el Padre quien es Él mismo glorioso”. Y Dios es glorioso. Pero pienso que aquí significa, en vez de eso: “el que origina la gloria, el que engendra gloria, el Padre que la produce”.

¡Atendí una recepción de boda hace algún tiempo, y qué ocasión tan gloriosa era! Todo el mundo estaba lleno de júbilo y felicidad, regocijándose con la joven pareja. Y era un bello escenario. La comida presentada estaba exquisita, y las decoraciones lo hacían un sitio encantador. Caminé por el lugar, y en un rincón encontré a un hombre de pie él solo. Hablé con él y descubrí que era el padre de la novia. Había estado pagando todas las facturas y, como el padre de la novia, era el padre de gloria. Había producido toda la gloria de esta ocasión.

Y esta es la idea verbalizada por el título “el Padre de gloria”. Cuando oras a Dios para entender la verdad estás pidiéndole que haga Su verdad gloriosa, que la haga vivir, para hacerla vivida, viva, vital. Eso es lo que puede hacer la promesa. Él es el Padre de gloria. Es por eso que Pablo utiliza el título aquí. El Dios a quien Jesús oró es también el Padre de gloria; es capaz de producir gloria.

Pablo se vuelve ahora y ora por estos cristianos. Fíjate qué es lo que pide: “… [que él] os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él”. ¿Por qué dice eso? ¿No son estos cristianos? ¿No han sido ya poseídos por el Espíritu Santo? Sí, Pablo ya ha reconocido eso. Ha dicho que fueron sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Así que no está pidiendo que les sea dado el Espíritu Santo. Está orando por un ministerio especial del Espíritu Santo. En el libro de Isaías, el profeta habla de los siete espíritus de Dios: el espíritu de sabiduría, el espíritu de entendimiento, el espíritu de consejo, el espíritu de conocimiento, etc. No significa que había siete Espíritus Santos; quiere decir que hay un solo Espíritu Santo, que tiene un ministerio en siete partes que iluminan el corazón. Es por eso que Pablo está orando aquí.

Fíjate que no da por hecho que esto vaya a ocurrir. Esta no es una característica automática de la vida cristiana. Si quieres que las Escrituras, la Palabra de Dios, la verdad, se vuelva viva para ti, debes de pedir iluminación. Eso es lo que el pasaje nos enseña. Y si quieres que se vuelva viva para alguna otra persona debes de pedir que le sea dado el espíritu de sabiduría y de revelación. Acuérdate que Santiago dice: “pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:2). Todo lo que Dios tiene es para nosotros, pero no será dado automáticamente.

Cualquier padre sabio sabe que no puede dar a sus hijos de esa forma. Si anticiparas todos los deseos de tus hijos y siempre tuvieras todo lo que necesitan listo para ellos, incluso antes de que fueran conscientes que lo necesitan, pronto lo darían todo por hecho. No desarrollarían un espíritu de gratitud. No desarrollarían ningún sentido de necesidad en sus vidas. Ningún padre sabio hace eso. Aprendes a esperar hasta que tus hijos sientan alguna necesidad, hasta que vengan y pidan tu ayuda, o hasta que se den cuenta qué es lo que tienen en contra y que no hay ninguna otra forma en la que pueda ser provisto. Entonces es el momento de intervenir. Y Dios hace eso. Él está enseñando y entrenándonos, y nunca permite que las Escrituras se vuelvan vivas sin que sintamos una necesidad de ello.

Es por esto que para tantos, probablemente para todos nosotros, llega un tiempo en que la Biblia se vuelve aburrida. La lees y no dice nada ―no hay ninguna iluminación; o estás escuchando un mensaje, y no tiene efecto― otras personas parecen ser bendecidas, pero tú no sacas nada de ello. ¿Cuál es la razón? Bueno, es parte del gran conflicto del cual habla Pablo en el último capítulo de su carta: la ceguedad, el endurecimiento, la oscura obra de los poderes de oscuridad que nos impide entender la verdad. Para contrarrestar eso, debe de haber un ministerio de oración, de pedirle a Dios un espíritu de sabiduría y revelación, para que la verdad se vuelva viva con vitalidad. Eso es lo que Pablo está pidiendo aquí.

A veces me pregunto si mucha de nuestra enseñanza no es ineficaz y mucho del entrenamiento de nuestros hijos no es un fracaso porque nunca hemos pedido esto para ellos. Fíjate cómo el apóstol sí lo hace, cómo está preocupado por que estas poderosas verdades deberían de ser más que frases en una página, que realmente influencien las vidas y los corazones de estos cristianos. Y fíjate también que es por la sabiduría y la revelación “en el conocimiento de él” por la que ora Pablo. Es ahí a donde finalmente lleva la verdad. Lleva al entendimiento de la Persona de Dios.

¿Oras así cuando lees tu Biblia? ¿Abres las páginas y dices: “Señor, enséñame”? Este no es meramente un libro para leer para poder enterarte de lo que va a ocurrir al cumplirse la profecía. No es meramente un libro del cual conseguir directrices éticas sobre cómo comportarse en las relaciones de la vida. Primera y principalmente este libro está diseñado para llevarte a la presencia del Dios vivo, para sentirle, para conocerle, para sentir Su amor, Su sabiduría, Su fuerza, Su poder, Su increíble entendimiento de las circunstancias, Su control sobre los acontecimientos humanos, y el capacitarte para entender tu relación hacia Él, para que Él esté viviendo en tu presencia, respirando, con compasión. Para eso es el libro. Esa es la maravilla de él. Ningún otro libro tiene esa cualidad, pero este sí la tiene. Cristo puede salir de las páginas y ser una presencia viva en tu vida y corazón, si oras y le pides que te dé ese espíritu de sabiduría y de revelación. Pero no vendrá de ninguna otra forma. Así que, si tu tiempo de estudio bíblico es aburrido y deprimente, toma eso como una pista y comienza a orar que se vuelva vivo, para que puedas conocerle. Acuérdate de lo que Jesús dijo en Su gran oración grabada en el capítulo 17 de Juan. Oró: “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Y si quieres vida ―vida con esa cualidad de abundancia que caracteriza a Dios―, entonces es la manera de tenerla. Viene con conocer a Dios, saber quién es y cómo es.

Me acuerdo de haber leído hace algún tiempo en el China Inland Mission Journal (Periódico Misionero de la China interior), un relato de dos iglesias entre un grupo de iglesias en una cierta provincia de la China interior. Estas dos iglesias prosperaron tremendamente, mientras las otras estaban simplemente rezagadas en un paso lento. El director de la misión de esa área tenía mucho interés en por qué estas dos iglesias estaban prosperando mucho mejor que las otras. Investigó y encontró que un par de años antes, en una conferencia en Inglaterra, se había dado información sobre todas estas iglesias, y se les había pedido a ciertos individuos que oraran por las iglesias. Un hombre tomó estas dos iglesias en su corazón y permaneció fiel. Cada semana había estado orando fielmente por los cristianos en estas iglesias, para que las verdades fueran oídas y entendidas. El resultado fue que estas iglesias eran como flores con abundante sol y lluvia. Crecieron generosamente, mientras en las otras iglesias la misma verdad estaba siendo enseñada, pero nadie parecía captarla y tomarla. Esto es un tremendo testimonio del hecho de que la oración tiene el poder de abrir los ojos.

Ahora fíjate en la última cosa que dice el apóstol en esta introducción a la oración: el instrumento mediante el cual esto ocurre: “que él alumbre los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis…”. Entonces lista las cosas que han de conocer (las examinaremos en detalle el próximo domingo): La esperanza a la que os ha llamado, o sea nuestra futura expectación; las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos, o sea, su presente herencia, y la grandeza de Su poder, o sea, la presente experiencia del creyente. La oración de Pablo es que podamos conocer estas cosas, pero nos vendrán al ser iluminados los ojos de nuestro entendimiento.

Esa es una extraña expresión, ¿no es así?: “los ojos de nuestro corazón”. Sabemos cuán expresivos son los ojos. Puedes a veces mirar una cara que parece apagada e impasible, pero si miras los ojos puedes ver algo ocurriendo dentro de esa persona. A menudo he visitado a gente en el hospital cuyas caras y cuerpos están consumidos, pero sus ojos lo dicen todo. Los ojos son extremadamente expresivos. Y son el instrumento por el cual percibimos, con los cuales vemos cosas. La mente también tiene ojos. Si escuchas la verdad en cualquier área, o si estudias un tema por medio de un libro, tu mente está percibiendo. Los ojos de la mente están entendiendo ideas. Pero el apóstol nos dice aquí que no sólo tiene la mente ojos, sino que el corazón también. El corazón necesita ver las cosas, necesita tomar la verdad y entenderla. Y el corazón siempre se utiliza en las Escrituras como la sede de nuestras emociones.

En otras palabras, Dios se está enfrentando a lo que la presente generación ha redescubierto tan bellamente para nosotros: Consistimos en más que meras mentes operando; necesitamos tener nuestras emociones conmovidas e involucradas y cautivadas por la verdad. La verdad ha de venir primero a la mente y luego al corazón. Pero la voluntad nunca es propiamente motivada hasta que el corazón sea conmovido así mismo. El hombre íntegro ha de responder a la verdad de Dios. Cuando eso ocurre, entonces una profunda certidumbre resulta. Sabrás algo cuando tanto la mente como el corazón hayan sido conmovidos.

¿Te acuerdas del episodio que Lucas registra para nosotros en su capítulo 24: el camino a Emaús cuando el Señor resucitado se aparece a estos dos discípulos? Están tan derrotados, tan deprimidos por la cosa tan horrible que ha ocurrido en Jerusalén. El Señor se une a ellos, pero no saben quién es. Camina con ellos como un extraño. Y les explica todos los pasajes en el Antiguo Testamento en cuanto al Mesías prometido, incluyendo Su sufrimiento y Su resurrección. ¿Te acuerdas de lo que dijeron después al estar hablando de esto? Se dijeron entre ellos: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32).

Ese “ardor del corazón” representa los ojos del corazón siendo abiertos. Es la iluminación, el encendido del corazón, para que se vuelva vivo, vital, y esté profundamente conmovido y emocionado. Es este ardor del corazón que el apóstol desea para estos cristianos. Cuando el corazón comienza a arder con verdad, cuando la verdad de la Palabra de Dios se vuelve tan vívida y real que tu corazón es cautivado por ella y comienza a arder, cuando echa raíz en ti y simplemente debes de responder a ella, es entonces cuando sabes con certidumbre que Dios es real, que la esperanza de tu llamamiento es genuina, que el poder de Su presencia está disponible, y que las riquezas de Su ministerio por medio de ti son manifestadas a otros así mismo.

Podría ilustrar esto de muchas maneras. Me acuerdo de un incidente hace un tiempo aquí en PBC. Un hombre joven se hizo cristiano, vino a la iglesia, y se casó con una chica que había crecido en esta iglesia. Al principio era glorioso observar su vida cristiana. Era cariñoso, abierto, receptivo, y leía las Escrituras con entusiasmo. Pero después de un tiempo todo eso comenzó a menguar, como ocurre a menudo. Muchos cristianos pasan por esta experiencia. Se volvió frio, perdió interés en las Escrituras y dejó de venir a la iglesia. Ya no estaba interesado en la hermandad con otros creyentes y les evitaba. Para utilizar el término de hace una generación, “recayó”.

Naturalmente su mujer estaba muy preocupada. Así que ella y una amistad decidieron que orarían juntas por su esposo todos los días. Decidió en su corazón que no le daría la lata ni le molestaría ni le empujaría. No le urgiría a venir a la iglesia y por tanto ganar algún tipo de conformidad externa por presión, porque ella no quería que viniera si su corazón no estaba en ello. Decidió simplemente orar. Y ella y su amistad se reunieron diariamente. Durante un mes o más nada ocurrió. Él siguió de la misma forma. Pero tomaron el consejo del Señor Jesús: “También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar” (Lucas 18:1). Así que siguieron orando.

Gradualmente la actitud de su marido comenzó a cambiar un poco. Un día ella llegó a casa y le encontró leyendo la Biblia. Pero no le dijo nada, y él no le dijo nada a ella. Pero era una nota de ánimo. Entonces, un domingo, él anunció que iba a ir a la iglesia con ella. De nuevo ella se regocijó internamente, pero no quiso darle gran importancia. Al cabo de un rato, él finalmente le dijo a ella: “¡Sabes, cariño, realmente he estado embobado! De alguna forma perdí todo mi interés en el Señor. Pero Dios ha intervenido y se ha encontrado conmigo, y me ha traído de vuelta”. Y revivió. ¡Qué maravilloso testimonio al poder de la oración para abrir los ojos!

No es simplemente bastante el enseñar la verdad. No es bastante el proclamar doctrina. No es bastante el tener clases bíblicas en las cuales estás consiguiendo que los estudiantes aprendan ciertos hechos de las Escrituras. El apóstol Pablo, y los otros grandes líderes de la iglesia temprana, entendieron al hombre mucho mejor que eso. Nunca consigues al hombre completo hasta que el corazón haya sido conmovido, hasta que los ojos del corazón sean iluminados, hasta que la verdad sea movida desde la cabeza al corazón y por tanto haya tomado las emociones. Entonces la voluntad es apropiadamente motivada, y luego la persona comienza a crecer tremendamente.

Así que, ¡qué estímulo es esto para un ministerio de oración! Orad los unos por los otros. Ora por la clase que enseñas. Ora por tus hijos, para que la verdad que están aprendiendo, tanto en casa como en la clase dominical, se vuelva viva para ellos. ¿Cuántas veces hemos permitido que meramente aprendan asuntos de hechos, y nunca hemos orado sobre ello, y después nos hemos preguntado por qué la verdad no parece afectarles mucho? Ora por tu padre y tu madre, para que la verdad que están aprendiendo pueda cambiar sus corazones, para que sea más fácil llevarse bien con ellos. Ora por tu marido; ora por tu mujer, para que venga esta iluminación del corazón. Mita cómo Pablo entiende esto y cómo enfatiza esto con nosotros. Dice: “Por esta causa… no hay razón para enseñaros esta verdad a menos que también ore por vosotros, a menos que la oración cambie vuestras vidas, para que seáis estimulados, para que vuestros corazones se vuelvan vivos con la verdad de Dios”. Y, si hacemos lo mismo, entenderemos que Dios ha diseñado la verdad para que se atraiga a nuestra humanidad completa, nuestro ser completo, el hombre completo, para que lleguemos a ser completos en Cristo.

Oremos juntos ahora.

Oración:

Nuestro Padre Celestial, te damos las gracias por esta revelación de la forma en la que estamos hechos. Gracias por la sabiduría del apóstol Pablo, quien sabía que no puedes simplemente derramar tantos hechos, escribirlos en una carta, y esperar que la gente los tome y vivan por medio de ellos. Debe de haber una actitud de oración, una apertura del corazón, una petición al Espíritu, el ser empapados de la verdad, la Palabra, en oración, para que se vuelva vital, viva, atractiva, convincente. Señor, ayúdanos a orar los unos por los otros. Necesitamos esta verdad enormemente hoy, y oramos para que nos la hagas entender con claridad y con poder, en el nombre de Jesús. Amén.