Relaciones cristianas

La cura para el conflicto

Autor: Ray C. Stedman

El cargo más común con el que es acusada la iglesia cristiana en nuestros tiempos es que es irrelevante para los problemas reales de la gente, y que no ayuda a la gente donde está. La iglesia es acusada de evitar la sangre, las lágrimas y los entresijos de la vida. Uno de los cargos más frecuentemente oídos es que la iglesia sólo está interesada en preservar el statu quo. Como alguien lo ha dicho: “Venga bienestar o venga calamidad, nuestro statu es quo”.

Seamos perfectamente honestos y admitamos que esto es a menudo cierto hoy. Hay iglesias que no pillan el sentido de la vida. Muchas iglesias en nuestros días están interesadas solo en cantar himnos y llevar a cabo ceremonias religiosas, o en parlotear clichés morales y leer las Escrituras, pero no en involucrarse con los asuntos actuales apremiantes de nuestra sociedad. Donde eso es cierto, sin embargo, es invariablemente a causa de un abandono de la sabiduría y la autoridad de las Escrituras, tratándolas como una colección de mitos indignos de la inteligencia del hombre moderno, o, igualmente mortífero, mecánicamente aceptando la autoridad de las Escrituras sin intentar llevarlas a nuestra vida. En cualquier caso, la percepción de la relevancia de la Biblia para la vida se ha perdido, a pesar del hecho de que ningún libro es tan relevante como la Biblia. Las Santas Escrituras toman el secreto radical del cristianismo ―que Jesucristo está vivo y puede habitar en un ser humano, y que propone vestirse de la personalidad e individualidad de esa persona y expresar su vida por medio de ella― y lo aplican a esas mismas luchas que experimentamos diariamente.

En los capítulos 4 y 5 de Efesios, hemos visto que el apóstol Pablo lidia con nuestros constantes deseos de mentir, de robar, de cotillear, de ser odiosos y amargos los unos con los otros. Trata extensa, franca y directamente con el problema de cómo manejar nuestros poderosos deseos sexuales en una forma responsable y apropiada. En todos los sentidos, trae verdad cristiana a la vida, nos enseña cómo vivir en una sociedad enferma. Es de esto de lo que tratan los libros del Nuevo Testamento. En Efesios 5, nos encontramos ahora con un pasaje donde el apóstol toma el asunto de las relaciones cristianas con otros seres humanos. Aquí nos enfrentaremos directamente con los grandes, acuciantes problemas de nuestro propio tiempo. En esta sección estaremos tratando con tales asuntos como los crecientes índices de divorcio, la extendida delincuencia juvenil, las riñas entre la administración y la fuerza laboral, las luchas de los derechos civiles y todos los asuntos apremiantes de nuestros días, ya que este pasaje nos trae directamente al entendimiento de estos mismos conflictos.

¿Qué es lo que tienen que decir las Escrituras sobre estos asuntos? Bueno, la cosa asombrosa es ―y es verdaderamente increíble― que lo que el apóstol inspirado tiene que decir sobre la solución de todos los conflictos entre individuos puede ser dicho en una breve frase. Y eso es exactamente lo que hace:

Someteos unos a otros en el temor de Dios. (Efesios 5:21)

Habiendo dicho eso, ha resumido todo lo que dice en los próximos varios versículos, hasta el capítulo 6, versículo 9. Simplemente añadirá esta frase una y otra vez para varias situaciones específicas con las cuales se enfrenta el cristiano en su relación con otra gente. Al decir: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”, el apóstol está tratando con el remedio básico para todos los conflictos en nuestros días, o cualquier día.

Quizás estés listo para acusarnos de ser superficiales. Quizás diga: “Oh, esta es otra de esas respuestas fáciles que los cristianos siempre estáis inventando, otro cliché que supuestamente va a arreglar todo”. Bueno, puedes interpretarlo de esa forma si quieres; puedes tomarlo como una respuesta fácil. O puedes dar una inteligente y atenta consideración a lo que Pablo tiene que decir, y ver que es de hecho la respuesta al problema.

Merece la pena contestar esta simple declaración con las estrategias que utilizamos para solucionar los asuntos sociales de hoy día. Cuando nos enfrentamos a algunos problemas morales, algún asunto social grave, ¿qué hacemos? Primero, debemos de ganar la atención del público a este problema de alguna forma. Esto puede implicar un disturbio o algún otro tipo de violencia para poder ponerlo en las primeras páginas y llamar la atención de otros. Entonces debemos de conseguir fondos de alguna corporación financiera, ya sea privada o de gobierno. Luego deber ser designado un comité para investigar el asunto y estudiarlo minuciosamente. Entonces el comité debe publicar su informe. Una vez que el informe haya salido, y todos lo hayamos estudiado, entonces procedemos a organizar bloques de presión, boicots, piquetes y otros métodos de ejercer presión sobre la gente adecuada para corregir los abusos que existen. No estoy necesariamente condenando estos procesos. Simplemente estoy enumerándolos como la estrategia que la sociedad toma para solucionar sus problemas. Inevitablemente tal solución crea tantos, si no muchos más problemas de los que de hecho soluciona. Por lo tanto, nos involucramos más profundamente en una espiral descendiente de dificultad que produce continuamente disturbios y violencia. Esta es la historia de lo que está ocurriendo en nuestro país hoy.

Compara eso con lo que Pablo dice aquí. Se dirige a los cristianos, y nos dice, como individuos: “Comienza justo donde estás. No intentes solucionar tus problemas a nivel de comunidad primero, o a nivel de estado, o a cualquier otro nivel de sociedad, sino comienza como un individuo; comienza justo donde estás”. Todas las amonestaciones y exhortaciones de las Escrituras están dirigidas a nosotros como individuos. La cosa asombrosa, al leer a través del Nuevo Testamento, es notar la ausencia total de cualquier apelación a una acción corporativa para resolver los problemas básicos de la sociedad. La solución siempre está dirigida a los individuos. Comienza donde estás haciendo una cosa sencilla: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”.

Al aplicar esto, Pablo discutirá la relación de maridos con mujeres, que introduce todo al ámbito del matrimonio, el divorcio y los problemas que surgen ahí. Luego tomaremos el asunto de los hijos y los padres, que nos trae a todo el asunto de la delincuencia juvenil, sus causas, y lo que se puede hacer sobre ello. Seguidamente tomaremos el asunto de la administración y la fuerza laboral, de los dueños y los siervos, de la empresa y los empleados. En cada caso, el remedio siempre es el mismo: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”.

Me atrevo a señalar que no hay nada más importante que veamos, cuidadosa y exactamente, lo que quiere decir con esto, y por qué lo dice, ya que, si tenemos algún deseo de ser parte de la solución de los asuntos que nos rodean hoy, debemos de hacerlo con un entendimiento inteligente de lo que Dios ha revelado sobre el corazón del problema. Si hemos de tener cualquier respuesta que dar a aquellos que nos urgen a involucrarnos en este o ese tipo de actividad, debemos de entender las grandes, básicas, subyacentes y fundamentales realidades del problema. Es a estas realidades a las que las Escrituras siempre nos traen. Si vamos a entender el mundo en el cual vivimos y las razones por las cuales ocurren situaciones violentas en ciclos recurrentes en la historia humana, debemos volver a la causa básica de todo conflicto humano. Supongo que no hay nadie entre nosotros aquí, viejo o joven, que no se haya hecho alguna vez la pregunta: “¿Cómo puedo obtener la mayor satisfacción en la vida? ¿Cómo puedo obtener la mayor expresión de mis potencialidades? ¿Cómo puedo escapar del aburrimiento y la monotonía en mi vida? ¿Cómo puedo, en otras palabras, realizarme a mí mismo?

Bueno, no está mal el preguntar esas preguntas, porque es obvio que Dios ha puesto esas ansias en nosotros. Es Dios quien nos hace desear expresarnos a nosotros mismos y realizarnos a nosotros mismos. Es Él quien crea esas ansias internas en cada corazón humano de experimentar la vida, el ser feliz, el sacar satisfacción de la vida. No está mal hacerse estas preguntas, pero es totalmente esencial que entendamos que está gravemente mal preguntarlas de esta forma.

Cuando hacemos la pregunta de esta forma: “¿Cómo puedo obtener satisfacción de la vida? ¿Cómo puedo realizarme a mí mismo?”, estamos preguntando como si fuéramos la única persona en el mundo, como si estuviéramos solos en el mundo y fuéramos responsables solos de nuestro propio desarrollo. Los demás, por supuesto, son responsables de su propio desarrollo, y todos estamos intentando conseguir la misma cosa. Ellos lo están haciendo a su manera, y yo tengo que elegir mi propio camino. El instinto básico en cada corazón humano, esta estrategia universal para cada problema, puede ser expresada en la pregunta oída frecuentemente: “¿Qué es lo que consigo yo? ¿Qué gano yo?”. Esto se oye en todas partes. Mira bajo la superficie de la violencia, las dificultades, las peleas que conlleva la lucha de las empresas con la fuerza laboral, o la lucha por los derechos civiles hoy, y ves que esta idea sustenta cada situación. Cada grupo está diciendo: “¿Qué podemos conseguir de esto? ¿Qué ganamos nosotros?”. Esto es básico.

Bajo esta estrategia, lo inevitable siempre ocurre. Tarde o temprano, en mis intentos de desarrollarme a mí mismo y de ganar satisfacción, me encuentro en una trayectoria de colisión con otra persona que está intentando la misma cosa con los mismos motivos. Y encuentro que mis esfuerzos de satisfacerme a mí mismo son continuamente saboteados por sus esfuerzos de satisfacerse a sí mismo. Siento que está bloqueando mi camino, y él siente que yo estoy en medio del suyo. ¡Esta persona puede ser el jefe, puede ser el marido o la mujer, pueden ser los hijos, puede ser cualquier persona! Constantemente nos encontramos en intersecciones de las rutas de otros. Estas son las relaciones normales de la vida. Yo insisto en mis derechos, y él insiste en los suyos, así que nos convertimos en rivales, enemigos, obstáculos mutuos. Descubrimos que no podemos arbitrar con éxito o alcanzar un compromiso, excepto por periodos de tiempo muy cortos, porque las viejas sospechas permanecen en nosotros y pronto aos viejas acusaciones se lanzan de nuevo. Eso, os digo, es el patrón patético de toda la vida a nuestro alrededor, en todas partes, de las dos formas, individual y corporativamente.

Pero el apóstol Pablo toma este asunto y cambia todo el patrón para los cristianos al introducir dos factores radicales y poderosos que drásticamente alteran la situación completa. Primero, nos recuerda la presencia de un tercer partido en cada relación que experimentamos. “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:21). Segundo, nos revela la verdadera forma de encontrar realización. Hace todo esto en una breve declaración. Tomemos estos factores uno por uno.

Primero, el cristiano nunca ha de olvidar que, en cada relación de la vida, otra persona está presente. No es meramente un problema de “lo que yo quiero en comparación con lo que tu quieres”. No sólo estamos los dos presentes: el marido y la mujer, el padre y el hijo, el jefe y el empleado. En cada relación, el apóstol nos recuerda, una tercera persona está presente: el Señor Jesucristo. Para un mundano, que no reconoce la presencia universal de Cristo, la preocupación primaria es “lo que yo quiero en comparación con lo que tu quieres”, pero, para un cristiano, esto debe siempre e inevitablemente ser secundario. Aquí, entonces, llegamos a la solución. El gran asunto para el cristiano nunca debe ser “lo que yo quiero en comparación con lo que él quiere”, sino “¿Qué quiere Cristo que yo haga? ¿Qué quiere Él de esta situación?”. La gran pregunta siempre debe de ser: “¿Qué espera Jesucristo, viviendo en mí, de esta relación?”.

Fíjate como se ve a Cristo en cada relación. Pablo ha traído esto a nuestra atención en el versículo 21: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”. Entonces, saca a relucir el asunto de las mujeres y los maridos. “Las casadas”, dice, “estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (Efesios 5:22). Luego: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia… ” (Efesios 5:25). “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres” (Efesios 6:1). “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). “Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenales… como a Cristo” (Efesios 6:5). “Y vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos” (Efesios 6:9). Así que, en cada una de estas relaciones, el apóstol nos recuerda cuidadosamente que no tenemos que enfrentarnos a ellas solos. Nunca debemos de pensar de ellas de esa forma. No es: “Esta persona y yo, enfrentadas”, sino: “Cristo también está aquí, y ¿qué quiere Él?”. Esa es la primera consideración.

Si no reconocemos Su presencia, entonces, por supuesto, no podemos someternos los unos a los otros. Sabemos cómo ocurre eso. Todos conocemos esto. Si no reconocemos este tercer partido que está presente en cada situación, entonces, por supuesto, solo nos vemos los dos. Y nuestro orgullo inmediatamente se interpone, nos agarra, nos sujeta, y nos negamos a ceder, a retroceder. “¡Que él retroceda primero!” “¡Que ella se disculpe primero!” Nuestro orgullo nos agarra tanto que no podemos rendirnos. Y nuestra mente racionaliza toda la cosa y dice: “Después de todo, es porque tengo razón por lo que estoy insistiendo en esto. Por lo tanto, ella (o él) debería de acceder primero”. Pronto inventamos todo tipo de razones y excusas por las cuales está perfectamente bien y es apropiado que nosotros actuemos en la forma en la que estamos actuando, y por lo cual no podemos, bajo ninguna circunstancia, ceder ante el otro.

Pero cuando vemos a Cristo, cuando vemos que no estamos solos en este asunto, entonces la gran pregunta que palpita en toda la relación no es: “¿Qué es lo que voy a conseguir de esto?”, sino: “¿Qué es lo que Jesucristo quiere? ¿Qué quiere conseguir de esto? Como Su representante, como aquel en quien Él vive, aquel que ha sido redimido por Su gracia, ¿qué responsabilidad tengo en esta situación?”.

He aquí donde radica la diferencia. Sabemos que nuestra primera responsabilidad debe ser obedecerle. Después de todo, le hemos coronado como nuestro Dios y nuestro Rey. Y aquí es donde viene la prueba: ¿Ante quién debemos ceder a obedecer? Sea lo que sea, eso es nuestro dios. Si insistimos en satisfacer las ansias dentro de nosotros para nuestra autojustificación o vindicación, entonces eso es nuestro dios. Si estamos dispuestos a obedecer a Cristo, mostramos que Él es nuestro Dios. Por lo tanto, nuestra primera responsabilidad debe ser obedecer a nuestro Señor, nuestro Dios. No podemos vivir con Su desagrado, si realmente somos cristianos. “El amor de Cristo nos constriñe” (2 Corintios 4:14), dice Pablo.

Eso nos trae al segundo asunto. Cuando estoy en desacuerdo con otra persona, sin importar dónde sea o quién sea, el ver que Cristo está ahí también inmediatamente me hace consciente de lo que me ha enseñado. Me acuerdo de que no puedo lograr mi mayor desarrollo posible cuando intento hacerlo a propósito. Esa es una ley fundamental de la vida. Es por eso que está tan mal preguntar: “¿Cómo puedo conseguir lo que quiero a fin de encontrar mi propia realización?”. Es sólo cuando me olvido de mí mismo y me dedico a la realización de otro cuando puedo encontrar mi propio corazón rebosante de gracia, gloria y satisfacción.

Esto es uno de los misterios fundamentales de la vida, y se nos confirma cada día. El hombre que trata desesperadamente de satisfacerse a sí mismo, el hombre que se levanta por la mañana y dice: “Hoy voy a ganar una gran cantidad de dinero y tendré todo lo que quiero”, el hombre que se vuelca en eso es el hombre que acaba con un corazón vacío, con un interior hueco. Como alguien ha expresado elocuentemente, sufre de “la enfermedad de la llegada a destino”, esa horrible enfermedad de haber llegado donde querías llegar, pero no tener nada cuando llegas ahí. Nuestro Señor lo dijo de la siguiente forma: “porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25, Lucas 9:24). “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

Se convierte, entonces, en una cuestión de prioridad. ¿Cuál es la forma apropiada de encontrar realización? Si somos cristianos, debemos enfrentarnos honesta, pensativa y absolutamente en serio a esta declaración de nuestro Señor de que la vida está construida de tal forma que si intentamos conseguirla nunca lo haremos. No puedes tener tus derechos al insistir en ellos. Los puedes tener sólo cuando buscas darle a otra persona sus derechos. La persona que ama y no piensa en sí misma se encuentra a sí misma. Aquel que está constantemente buscando es siempre engañado. ¿Te atreves a intentarlo? ¿Te atreves a intentar este principio radical y revolucionario justo donde estás?

El problema no ha sido que no lo hemos sabido, sino que no hemos actuado en base a ello. Reconocemos que esto es cierto. Asentimos con la cabeza cuando oímos estas palabras de Cristo. Pero cuando se trata de situaciones específicas donde alguien se está interponiendo en nuestro camino y nos encontramos en la colisión frontal directa de insistir en nuestros derechos, mientras que ellos insisten en sus derechos, revertimos muchas veces a la vieja base por la cual el mundo vive: “Bueno, a cualquier costo voy a tener mis derechos. ¡Insisto en mis derechos!”. Como resultado, solo incrementamos la animosidad, y finalmente resulta en violencia o amargura. Pero he aquí la solución. ¿Te atreves a intentarlo? ¿Te atreves a aplicar esto la próxima vez que tengas un desacuerdo con otro?

Un amigo me estaba contando recientemente de una pareja cristiana que se había mudado a una nueva casa. No habían estado en su casa más de un día cuando ocurrió que el marido se encontró con el vecino de al lado en el patio. La primera cosa que hizo el vecino fue chillarle por alguna inconveniencia menor que había resultado de su mudanza, y a continuación le amenazó con llevarle a juicio si hacía una cierta cosa. El hombre volvió a la casa, con un corazón entristecido, para contárselo a su mujer, dándose cuenta que había comprado la casa de sus sueños con un vecino muy cascarrabias al lado. Ahora tenía planes para vivir ahí el resto de su vida. ¿Qué iba a hacer? Confesó que sentía una reacción muy natural de permitir la construcción de una pared de exclusión, de silencio, y no tener nada que ver con el vecino. Esa es la forma más fácil de tratar a una persona como esta. No quieres generar antagonismo o luchar con él, así que simplemente te distancias de él, no le hablas, no tienes nada que ver con él. Su mujer estaba preocupada por esto, también, y estaban orando sobre qué hacer. Al día siguiente ella estaba cocinando una tarta, y de pronto se le ocurrió hacerles una tarta a los vecinos y llevársela. Así que hizo una tarta preciosa, y, a la hora de la comida la llevó a la casa del vecino, y temerosamente tocó el timbre. Cuando la mujer llegó a la puerta, su cara tenía líneas duras e inflexibles. La mujer cristiana le saludó y dijo: “¿Sabe?, estaba haciendo una tarta hoy, y pensé en ustedes. Pensé que les gustaría una tarta, así que he traído esta”. La vecina la tomó, le dio las gracias y se fue hacia dentro.

Como una hora más tarde sonó el teléfono, y ahí estaba la vecina llamándola para darle las gracias por la tarta. Dijo: “Esa es la tarta favorita de mi marido. ¡Le encanta la tarta de merengue de limón!”. Y espontáneamente la señora cristiana le dijo: “¡Bueno, eso es maravilloso! ¿Por qué no vienen a cenar mañana por la tarde?”. Hubo un suspiro casi audible al otro lado de la línea, y entonces la señora dijo: “Sí, nos encantaría ir”. Lo último que mi amigo oyó fue que los cuatro iban a salir juntos de paseo, y la pareja vecina les había preguntado donde iban a la iglesia, sugiriendo que quizás fueran con ellos.

Eso es exactamente lo que quiere decir Pablo: “Someteos unos a otros en el temor de Dios”. El mundo está esperando ver una demostración de esto. No entienden este tipo de acción, y no pueden captar su importancia hasta que no lo ven en acción entre los cristianos. No creo que haya ninguna duda de que si los cristianos en este país hubieran estado viviendo así en relación a aquellos con quienes viven y trabajan, los disturbios de los derechos civiles con los que nos estamos enfrentando en nuestra tierra nunca habrían ocurrido. Y si los cristianos ahora, en este país, comienzan individualmente a vivir a este nivel, los disturbios serían grandemente disminuidos, si no eliminados finalmente.

Aquí está lo que da en el blanco del corazón de estos problemas. Las soluciones que normalmente intentamos son superficiales. No llegan al corazón de ellos. Pero, cuando actuamos de acuerdo con estas leyes básicas, subyacentes de la vida, dando realización al misterio de nuestro ser en la paradoja de la acción que pierde nuestra vida para poderla ganar de nuevo, descubrimos que hemos encontrado la respuesta al conflicto.

El apóstol continuará, y continuaremos con él, para aplicar este principio a los maridos y las mujeres, a los hijos y los padres, y a las empresas y los empleados. Al delinear estas situaciones, le veremos apuntando directamente a los grandes, apremiantes asuntos que están creando tanto caos y lucha hoy. Podemos solucionarlos solo al tomarnos estas palabras en serio y comenzar a vivir a este nivel. !Que Dios nos ayude, por medio de Cristo!

Oración:

Padre nuestro, te damos las gracias una vez más por una palabra que nos busca, que nos sondea, que corta profundamente y expone y no esconde nada. Sabemos que en esta dulce cirugía del Espíritu Santo hay sanación, perdón y restauración. Te damos las gracias por el amor que no nos dejará ir, sino que insiste en examinar nuestras vidas hasta el último rincón, en el armario más oscuro, sacando todo lo que está escondido ahí dentro. Enséñanos a caminar en la luz como Cristo está en la luz y, por tanto, a experimentar la gloria del compañerismo con nuestro Señor vivo. Lo pedimos en el nombre de Cristo. Amén.