El cristiano en el mundo

La llamada de la hora

Autor: Ray C. Stedman

La tarea del cristianismo no es primariamente el prepararnos para el cielo. Aunque este ha sido el énfasis en las generaciones pasadas, esta es, en sí misma, una tarea relativamente simple en cuanto a lo que a Dios concierne. Nos prepara para el cielo por un acto de fe en Jesucristo. La tarea mayor de la fe cristiana, sin embargo, es el equiparnos para la vida, para vivir la vida.

El mensaje de las Escrituras, por lo tanto, es cómo manejar la vida. No estoy hablando sobre la vida ideal, la vida como podemos pensar de ella los domingos por la mañana cuando somos liberados de mucha de la prisa y las presiones de nuestros días. No, estoy hablando sobre la vida real. La vida con sus presiones y sus problemas, sus gozos y retos, sus angustias y sus lágrimas, su confusión y su desconcierto, sus posibilidades de grandeza. No venimos aquí los domingos por la mañana para juntarnos y aprender a sobrevivir. ¡Venimos aquí para aprender a manejar la vida, para que podamos salir y enfrentarnos a lo peor y todavía permanecer en pie, invictos! De eso trata el cristianismo.

Por lo tanto, el propósito de la iglesia (y esto quizás ayude a clarificar nuestro pensamiento estos días, cuando tanto está lleno de problemas y confundido en esta área) no es hacer del mundo un sitio mejor donde vivir, es producir a mejor gente para vivir en él. Entonces, como una consecuencia, y siempre como eso, estas mejores personas harán del mundo un sitio mejor. Así que a la iglesia se le ha dado el secreto de la vida. Los cristianos son los únicos que tienen ese secreto. Sé que eso suena engreído y arrogante, pero está basado en las enseñanzas de la Palabra de Dios de tapa a tapa de la Biblia. Cristo es el secreto de la vida. Los cristianos tienen a Jesucristo; eso es lo que te hace cristiano. Por lo tanto, a los cristianos se les da el secreto de la vida. Es por eso que el mensaje de la iglesia nunca cambia, sin importar en qué edad o en qué siglo nos encontremos. Es por eso que siempre está al día. Solo ese mensaje remediará la necesidad del mundo en el que vivimos. Cuando la iglesia se olvida de esto y va deambulando por caminos periféricos, intentando producir las consecuencias directamente, pierde su influencia y su efectividad.

Pues bien, Pablo está muy ansioso de que sus lectores nunca se olviden de este hecho. Al examinar el cuarto capítulo de Efesios juntos, hemos visto cómo elabora los detalles prácticos el efecto de este secreto transformador en la vida diaria. Aprendimos que al poner en práctica este secreto, no simplemente creído sino puesto en práctica, hace que un cristiano deje de mentir y comience a decir la verdad. Hace que deje de perder los estribos y empiece a sanar sus relaciones con los que le rodean. Hace que deje de robar y comience a dar. Hace que deje de decir palabrotas y comience a hablar con sabiduría, útil e íntegramente. Hace que deje de albergar actitudes interiores de odio, resentimiento, amargura, envidia y malicia, y comience a perdonar y ser gentil y amable con aquellos a su alrededor, incluso cuando es difícil hacerlo. Sin embargo, el apóstol nunca quiere que nos obsesionemos tanto con los resultados que nos olvidemos de aquello que los produce. Ese es el peligro, ¿no es así? Tantas veces estamos tan ansiosos por llegar al final que nos olvidamos del camino que nos lleva a él. Así que, en medio de esta disertación práctica del capítulo 4, el apóstol hace un descanso para declarar de nuevo el gran secreto del vivir cristiano.

Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. (Efesios 5:1-2)

Esa es una gran declaración. Quizás la podemos analizar mejor reuniendo unas cinco palabras: La primera es notar la exhortación que el apóstol nos hace aquí. “Sed, pues, imitadores de Dios”, dice. Lo describió rotunda, clara y abiertamente: “Sed, pues, imitadores de Dios”. La palabra para imitadores es la palabra griega que significa “mimetizar”, ser un imitador de Dios. Los imitadores son aquellos que siguen el patrón o el ejemplo de Dios. He aquí lo que han de ser los cristianos. Si lo quieres poner en una sola palabra, puedes decirlo de esta forma: “sed divinos”. Esa es la meta del cristianismo. Es el producir hombres y mujeres, niños y niñas, que son divinos en medio de un mundo que no es divino. De eso se trata.

Ahora, fíjate; no dice: “sed dioses”. Eso es lo que dicen las sectas. Esa es la mentira del diablo. Esa es la distorsión satánica a la declaración original de Dios. Él distorsiona la verdad y la hace parecer una promesa a nosotros de que si seguimos nuestros propios deseos, nos deshacemos de toda restricción, dejamos de lado los vínculos de autoridad y hacemos lo que queramos hacer, podemos ser dioses. Ya que, después de todo, ¿no es eso lo que hace Dios? Hace lo que quiere; es soberano; hace lo que le gusta. Pero eso es una mentira. Eso no es lo que dice la fe cristiana. Más bien dice: “sed divinos”, o sea, reflejad al verdadero y santo Dios. Sólo hay un Dios. Sólo puede haber un Dios. Es imposible tener más de un Dios. Por definición, Dios es un Ser supremo. ¿Cuántos seres supremos puedes tener? Sólo uno.

Por lo tanto, el mensaje cristiano es el ser semejante al único verdadero Dios. Refléjale en tu humanidad. Sé un hombre divino. Sé una mujer divina (...).

¡Qué reto es este! Os invito a considerar si alguna vez ha habido aun desafío presentado ante los seres humanos mayor que este. ¡Se divino! Algunos de vosotros que sois jóvenes estáis buscando una causa que seguir. La juventud en todas partes está buscando una causa. Bueno, ¿qué es mejor que esto: sé divino? Helo ahí. ¡Qué desafío! Sé divino en medio de un mundo que quiere destruir cualquier cosa divina a ser posible. Sé diferente. “Salid de en medio de ellos” (2 Corintios 6:17), las Escrituras exhortan. Sé semejante a dios. Puedes ver esto a través de todo el Nuevo Testamento. En la parte concluyente de esta carta, el apóstol lo dice de otra forma: “Fortaleceos”. Todo el mundo quiere ser fuerte. “Fortaleceos en el Señor y en su fuerza poderosa” (Efesios 6:10). El Señor Jesús lo dijo de esta forma: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Se como Él. Esta es toda la exhortación de las Escrituras.

Bueno, ¿cómo es Dios? ¿Cómo serás si eres como Dios? ¿Serás fuerte? Sí, claro. Ya hemos visto eso: “Fortaleceos en el Señor y en su fuerza poderosa”. No hay ninguna fuerza como la fuerza de Dios. La Suya es la mayor fuerza que hay. Y el ser como Dios es ser fuerte. ¿Serás lleno de poder si eres como Dios? Oh sí, pero ve con cuidado. Es un tipo de poder diferente al tipo de poder que el mundo desea. Es más callado, menos aparente, pero es mucho, mucho más poderoso. El poder que el mundo admira es el poder para destruir. El poder de Dios es el poder de unir. El Señor Jesús dijo: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12:30, Lucas 11:23). En esos dos términos describe los dos únicos tipos de poder que hay en el mundo: poder para recoger, para sanar y para unir, o el poder para destruir, para romper en pedazos, para destrozar, para fragmentar y dividir. Pero eso es lo que significa ser como Dios: ser poderoso. ¿Serás realista si eres como Dios? Por supuesto. Dios es el mayor realista que jamás hubo. Es el realista supremo. Dios siempre ve la vida exactamente como es. Trata a la gente exactamente como es. Está siempre desgarrando los velos de lo ilusorio que construimos a nuestro alrededor y revelándonos lo que realmente somos. Eso es el realismo.

Bueno, ¿serás feliz si eres semejante a Dios? Oh sí, pero será un tipo de felicidad diferente de la que el mundo está buscando. ¿Serás atractivo a otros? Por supuesto. No hay nada más atractivo que Dios. Él es el Ser más espectacular, persuasivo y atractivo que jamás existió. Sin embargo, harás que alguna gente te odie inmediatamente si eres como Dios, aunque al mismo tiempo te respetarán. Eso es lo que siempre hace la divinidad. ¿Serás sabio y amable? Por supuesto, más sabio y más amable de lo que has sido antes, porque eso es lo que es Dios.

Pienso que podemos resumirlo en dos palabras. A pesar de todas las obras de Dios que son evidentes alrededor de nosotros, en ambos, el mundo natural y el mundo del pensamiento y las ideas, hay realmente solo dos cosas que Dios siempre hace en la historia humana: Dios crea y Él redime; esas son las dos cosas. Todo en el universo se reúne alrededor de estas dos: Dios crea y Dios redime. Dios hace vivir a las cosas y Dios sana aquello que está roto. Es porque Dios es vida y Dios es amor. Por lo tanto, Él es nuestro Hacedor y nuestro Sanador. Y eso es lo que serás si te vuelves como Él. Aprenderás cómo vivir, vivir como Dios tenía planeado que se viviera la vida, a plena capacidad de tu humanidad. Y aprenderás cómo amar y cómo sanar, a restaurar y a unir en vez de desparramar y fragmentar y romper en pedazos. Pues eso es ser semejante a Dios. Es muy deseable, ¿no es así? ¿Quién no quiere ser así?

Pero la pregunta es: ¿cómo ocurre? El apóstol continúa desde esta exhortación a una explicación. Hay dos frases aquí que nos dicen cómo. “Sed, pues”, y entonces añade: “imitadores de Dios como hijos amados”. “Pues,… como hijos amados”. Uno es el proceso de volverse como Dios y el otro es el prerrequisito a ser como Dios: “como hijos amados”. ¿Por qué añade eso? Porque ese es el tipo de gente que puede ser imitadora de Dios. Son Sus hijos amados. ¿Por qué sólo ellos? Porque sólo ellos tienen lo que se requiere para ser como Dios. Verás, nunca puedes ser semejante a Dios sin la vida de Dios. Después de todo, ningún hombre por sí mismo puede ser semejante Dios. ¿Cómo puede ser eso? Dios es infinito, y nosotros somos finitos; Él es perfecto en todos Sus caminos, y nosotros somos tan imperfectos; Él es ilimitado, y nosotros somos tan limitados; Él es sabio, y nosotros somos necios. ¿Cómo puede el hombre ser como Dios? Bueno, él mismo no puede. El único que puede ser como Dios es Dios.

Pero el evangelio, las buenas nuevas, son que, cuando por fe en la promesa de Dios recibes a Jesucristo, el Hijo de Dios, en tu vida, Su vida se convierte en tu vida. Esas son las buenas nuevas: “Cristo en vosotros, esperanza de gloria” (Colosenses 1:27b). Su vida se convierte en tu vida, como dice el apóstol Juan: “El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:12). Si tienes todo lo que Él es, entonces tienes todos Sus recursos, y así, por supuesto, es como puedes ser semejante a Dios. Por Su fuerza, por Sus recursos, no por los tuyos. “Fortaleceos en el Señor y en su fuerza poderosa” (Efesios 6:10). Es así como viene la fuerza.

Ahora bien, ese es el prerrequisito a ser semejante a Dios. Es ahí donde debes de comenzar. Si quieres ser como Dios, comienza aquí. Recibe a Jesucristo, el Hijo de Dios. Invítale a tu vida. Cuando tienes Su vida, puedes tener lo que es Él, la semejanza de Dios. Ahora examinemos el proceso hacia la semejanza. “Pues”, dice: “pues”. Esa es una palabra que siempre mira hacia atrás a algo. Ya lo ha explicado una vez y simplemente se está refiriendo a ello de nuevo. Dirigiéndose a los cristianos, los hijos amados de Dios, aquellos que han nacido en la familia de Dios por fe en Jesucristo, les dice en el capítulo 4, versículos 22 a 24:

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4:22-24)

Es a esto a lo que su “pues” mira hacia atrás. “Despojaos del viejo hombre”, dice. Esta es la vida natural humana que todos recibimos al nacer en la familia humana. La obtuvimos de Adán. Despojaos de la vieja vida que se manifiesta, y vestíos de la nueva vida, que es creada a la semejanza de Dios. ¡Es divina! Aprendemos de las Escrituras cómo reconocer la vieja vida. Ya hemos estado examinando eso. Hemos visto que la vieja vida es siempre egocéntrica. Nuestros deseos, nuestros objetivos, nuestras ambiciones, nuestro programa, nuestras metas, nuestra vida, esa es la vieja vida. Se expresa en el mentir, el robar y en la inmoralidad; también en la amargura, el odio, la venganza, la envidia, la falta de perdón, la malicia, el temor, la ansiedad, el aburrimiento, la inquietud, la crueldad y toda una multitud de cosas. Estos son signos de la vieja vida.

Bueno, de nuevo, déjame decir esto. Si no eres cristiano, no intentes despojarte de estas cosas. No puedes hacerlo, porque tu eres parte del problema. No lo intentes sobre esa base. Simplemente te engañarás a ti mismo y te desplazarás de una modalidad del mal a otra, pero no te alejarás del problema. No puedes. La forma de ser liberado es venir al Liberador, ven a Cristo. Comienza ahí. Ya he subrayado eso. Pero ahora, si eres cristiano y has venido a Cristo, puedes hacer lo que Él te dice. Puedes despojarte de esas cosas. Tu voluntad está involucrada en esto: Examinas esta manifestación de la vieja naturaleza y te despojas de ella. Alguien dice: “¿Cómo lo haces? ¡Ese es mi problema!”.

Una mujer me dijo la semana pasada: “Sobre este asunto de despojarse y vestirse, ¿cómo haces eso?”. Bueno, si “despojarse” no significa nada para ti, déjame utilizar otro término que las Escrituras utilizan. ¿Cómo puedes despojarte de la vieja vida? Las Escrituras dicen en otro sitio: “confiesa”. Eso no significa decir que lo sientes. Eso no es la confesión. Significa el estar de acuerdo con Dios sobre algo. Llámalo como Dios lo llama. Nómbralo. Dilo con Dios. Con significa “con” y fesar significa “decir”. El confesar es decir con Dios lo que Él dice sobre ello. Eso es la confesión.

El Espíritu Santo abrirá tus ojos para que te veas a ti mismo, y te volverás consciente de estas cosas en tu vida. Antes no sabías que estaban ahí. No te dabas cuenta de que estabas actuando de estas formas hasta que te convertiste en cristiano. Es por eso que algunas veces te vuelves más triste e infeliz de lo que eras antes de ser cristiano. Cuando no eras cristiano simplemente ibas a la deriva totalmente ajeno a que eras así, pero ahora la luz se ha encendido, y comienzas a verte a ti mismo. Cuando lo hagas, acéptalo. Eso es confesión.

Nuestra reacción inmediata es defendernos a nosotros mismos, reaccionar, decir: “Oh no, ese no soy yo. Estás hablando de mis vecinos. Son ellos. Mira, puedo darte toda una lista de gente que encaja en esa descripción, pero no yo”. Pero eso no es confesar. El confesar es el estar de acuerdo con Dios sobre lo que eres. Nombrarlo. No discutas con Dios sobre ello.

Y nómbralo en alto. Sácalo del subconsciente a la conciencia y míralo y nómbralo. La cosa extraña sobre la vida humana y que, por supuesto, Dios supo sobre nosotros desde el principio es que de lo que verbalizamos somos capaces de despojarnos. Si no lo nombras, tiene un extraño poder sobre ti; y puede durar para siempre. Pero si lo miras y lo nombras, lo verbalizas, puedes despojarte de ello. Por eso las Escrituras dicen: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Un pastor alemán amigo mío me dio un tratado que escribió sobre la cura para la ansiedad, que he encontrado que es muy útil. En él hay una ilustración que me gustaría tomar prestada. Dice que los cristianos son como un estanque en el bosque en el cual las hojas están constantemente cayendo. Estas hojas caen de una en una, callada, casi silenciosamente sobre la superficie del estanque. Las hojas son una manifestación de la vieja vida. Un poco de vanidad, un poco de envidia, un poco de ambición orgullosa, un poco de falta de amabilidad, una palabra cortante y desagradable dicha a otra persona, una mentira, un poco de falta de pureza, un poco de egoísmo; estas están constantemente cayendo en el estanque de nuestra vida. No pensamos que sean muy importantes. Pensamos que son trivialidades, meras cosas pasajeras. Se hunden al fondo y son olvidadas, pero todavía están ahí. Ese es el problema. Todavía están ahí. Ahí permanecen y se pudren, y pronto, en la parte profunda del subconsciente de nuestra vida, hay una suciedad fétida, una corrupción que detiene el fluir del agua y atasca el estanque. Esta suciedad se convierte en tierra fértil para la ansiedad. Los temores surgen dentro de nosotros. Terrores sin nombre y preocupaciones se amontonan y nos molestan. En los momentos tranquilos de nuestras vidas parecemos capaces de dominarlas mejor. Cuando un estanque de agua está tranquilo, aunque el fondo esté muy sucio y repugnante, no lo parece. Pero si algo agita las aguas, si algo nos molesta, si alguna circunstancia nos irrita, las aguas de nuestras vidas se revuelvan, y la suciedad en el fondo forma un remolino y nos nubla la mente, nos aturde y confunde, y actuamos con pánico, un pánico de ansiedad. Pero el Espíritu Santo de Dios nos trae a la atención las cosas que está levantando del fondo de nuestras vidas, arrastrando la suciedad. Una por una estas cosas son traídas a nuestra atención, y, si las nombramos, si decimos: “Sí, Señor, eso es lo que he hecho, eso es lo que hago. Gracias por enseñármelo”, entonces podemos despojarnos de ello. Poco a poco continúa subiendo a la superficie toda esta suciedad, hasta que gradualmente el estanque se vuelve claro de nuevo, soleado, brillante y despejado. No nos queda nada que esconder. No intentamos cubrirlo y hacer como que somos otra cosa. Entonces ese estanque, ese estanque que ha permanecido atascado, se vuelve un chorrito de agua viva, convirtiéndose en un río que fluye en bendiciones para otros.

Eso nos trae a la tercera palabra aquí. Pablo está volviendo hacia atrás y examinando de nuevo lo que ha abarcado, y nos lo está dando de nuevo. He ahí la exhortación: “sed imitadores de Dios”. He ahí la explicación del “pues”, en base a despojarse y vestirse de Cristo, como hijos amados. Aquí viene a demostración de esto. “Y andad en amor”, dice. Esa es la característica de una vida verdaderamente cristiana. He descubierto que hay otra palabra de la cual todo el mundo piensa que conoce el significado, y muy pocos conocen ese significado: amor.

¿Sabes lo que significa amar? Bueno, significa que comienzas a ver a otros como gente en vez de como cosas; en vez de ver objetos útiles para ti u obstáculos en tu camino, les ves como gente como tú con los mismos problemas que tú tienes con todas las dificultades y todos los deseos y las angustias. Ya no son gente que te está haciendo algo. Son gente para la cual puedes hacer algo. Esa es la diferencia.

Descubres, al vestirte de Cristo de esta forma, al despojarte de estas cosas viejas y feas, que tus actitudes están cambiando. Una vez querías utilizar a la gente y amar las cosas. Ahora descubres que estás comenzando a amar a la gente y a utilizar las cosas. Esa era la intención de Dios. De pronto eres consciente de que aquel ante quien te sentías inferior cuando estabas con él, quien siempre parecía tan equilibrado, tan seguro de sí mismo y convencido, ahora ves que está mostrando una fachada. Pero tras ella hay una persona solitaria y necesitada. Ves que ha estado asumiendo esta fachada, y detrás de esta apariencia de seguridad hay una vida necesitada. Quizás le invites a almorzar y entonces descubres que esta persona que era tal obstáculo para ti es alguien como tú.

O aquel del que tenías miedo o pensabas que era cruel, indiferente, odioso y severo, ahora le ves como alguien que ha sido duramente dañado por la vida, que se ha puesto a la defensiva, que tiene miedo de dejar que otras personas se le acerquen, que construye un muro hostil a su alrededor para protegerse a sí mismo. Así que ignoras la hostilidad y hablas con amabilidad al hombre dentro de él y consigues una reacción favorable, una que nunca te esperabas. Encuentras que si continúas, responderá. O aquel que veías como odiado y débil y sin valor, esa persona inútil para la que nunca veías ningún uso, de pronto le ves las cualidades de valor que nunca viste antes. Ahora estás aprendiendo a amar. Cristo está amando por medio de ti, aunque sientas que eres tú el que lo hace. Descubres que hay cosas sobre la gente que nunca habías notado. Tienes una nueva apreciación para ellos. Oh, todavía ves las viejas faltas que te molestaban antes, pero con ellas ves algo más, algo nuevo. Eso es lo que significa amar. Quieres ayudarles, apoyarles, y, cuando lo haces, sin darte cuenta de ello, de pronto descubres que tu vida se ha vuelto más vital e interesante, fascinante y excitante. Bueno, eso es lo que hace Dios. Eso es ser semejante a Dios. Pablo cierra esto con una maravillosa ilustración. Dice:

Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. (Efesios 5:2b)

Así era Cristo. Era divino. De hecho, el Señor Jesús en Su vida extraordinariamente revela a ambos, Dios y hombre, la única persona en toda la historia que jamás lo hizo. Como Hijo de Dios, se vacía a Sí mismo y padece la cruz, para poder salvar al hombre. Es extrovertido. Se da a Sí mismo, como Pablo nos recuerda aquí. Siempre está pensando en otra persona. Siempre está alcanzando a otra persona. Y fue a la cruz porque se olvidaba de Sí mismo. Padeció la cruz; se vacío a Sí mismo para salvar al hombre. Pero como Hijo del hombre, se niega a Sí mismo y toma Su cruz, para poder glorificar a Dios. Ahí tienes a los dos unidos. Dios, siempre alcanzando al hombre para bendecirle, y el hombre, si aprende el secreto de su vida, vive para glorificar a Dios. Cuando tienes eso, tienes una armonía que está constantemente obrando unida para producir la maravilla de los tiempos, un hombre semejante a Dios. Un hombre en el cual mora Dios. “Sed imitadores de Dios.”

Oración:

Padre nuestro, ¡qué tema tan magnifico has presentado frente a nosotros! Nuestra imaginacion queda cautivada por él. Nuestros corazones responden a esto. Esto es lo que siempre hemos querido ser. Apenas podemos creer a nuestros oídos que aquí en este libro, que por medio del Espíritu Santo nos es dado, nos estás diciendo cómo esto puede ser posible. Señor, enséñanos a escuchar. “El que tiene oídos para oír, oiga”, que puede haber una escapatoria de nuestra era solitaria y desorientada a la maravilla de la divinidad. Oramos en Su nombre. Amén.