Riquezas en Cristo

¡Liberados!

Autor: Ray C. Stedman

En este primer capítulo de Efesios estamos intentando entender completamente los hechos básicos y fundamentales que sustentan nuestra fe y que, por tanto, sustentan la experiencia de nuestras vidas. Después de todo, lo que estamos examinando aquí no es mera doctrina teológica; es una revelación de cómo son realmente las cosas. Es la forma en la que Dios se encarga de Su universo. Y el creerlo y actuar sobre ello es el volver a la realidad, el volverse realista una vez más.

Estamos tratando en este capítulo con la gran declaración de Pablo en la cual, en catorce versículos, reúne en una larga frase un número de fantásticas verdades centradas alrededor de la obra de Dios a nuestro favor. Examinamos juntos la última vez la obra del Padre, intentando entender algo de lo que quieren decir las palabras: “… nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4), ese hecho casi increíble de que de alguna manera, mediante la naturaleza de Dios como un Ser eterno, pudo vernos antes de que el mundo jamás existiera, y no meramente como una posibilidad sino como una persona real, para vernos como somos, en nuestra necesidad, y elegirnos para ser santos e inocentes, para ser sanados por Él. Entonces Él, “Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo… para alabanza de la gloria de su gracia” (Efesios 1:5-6a). Él se movió para iniciar la actividad que nos alcanzaría. Nos eligió para ser Sus hijos, decidió adoptarnos en Su familia y hacernos partícipes de Su propia naturaleza. ¡Estos son fantásticos conceptos!

Al llegar al versículo 7, examinaremos en este gran pasaje la obra del Hijo. Vemos como el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Trinidad, ahora de hecho se mueve para llevar a cabo lo que el Padre ha decidido. El acto de decidir fue del Padre; el acto de llevar a cabo es del Hijo. La primera etapa de esta acción nos es dada en los versículos 7 a 8:

En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia. (Efesios 1:7-8)

Hace un número de semanas, cuando estaba trabajando con este pasaje, elegí el título “Bajo construcción”, porque estaba tan impresionado con el hecho de que todo lo que está ocurriendo aquí todavía está ocurriendo. No es algo solo cierto de nuestro pasado; está ocurriendo en nuestro presente. Puedes oír el sonido de la madera siendo serrada y los clavos siendo golpeados. La actividad de construcción está ocurriendo al estar Dios construyendo Su iglesia en medio del mundo hoy. Probablemente has visto esos botones que se dan en los seminarios de “Conflictos básicos en la juventud” que tienen las letras PFTPDNHTCT. Están diseñados, por supuesto, para provocar la pregunta: “¿Qué significa eso?”. La respuesta, obviamente, es

POR FAVOR TEN PACIENCIA. DIOS NO HA TERMINADO CONMIGO TODAVÍA.

Es cierto que estamos bajo construcción. Todavía está ocurriendo; todavía está pasando. Pero he decidido cambiar el título a causa de una palabra griega que aparece en este pasaje. Enfoca tan maravillosamente la primera etapa de esto que me gustaría utilizarlo. Se traduce redención: “tenemos redención”. Pero no quiero utilizar ese término. ¡Se ha vuelto un término “teológico” que es otro término para “medio decaído”! Ha perdido su significado. Me gustaría utilizar un equivalente moderno: “hemos sido liberados”. Esa es la idea. Hemos sido liberados, libertados. Eso es lo que nos está intentando explicar el apóstol.

La imagen presentada por esta palabra, y otras como ella en las Escrituras, es la de un mercado de esclavos, una vista común en el imperio romano, donde los seres humanos eran ofrecidos como ganado para la venta a cualquiera que pudiera pagar el precio. Y la idea de Pablo es que estábamos atados como esclavos en un gran mercado de esclavos. Y Jesús vino, pagó el precio, nos trajo, y nos restauró a utilidad. Cualquier cosa en un mercado de esclavos no tiene utilidad ninguna. Hasta que un esclavo no es comprado no le sirve de nada a nadie. Así que esta es una imagen de un esclavo comprado y liberado para ser útil y fructífero para alguien.

Utilizaremos la palabra redimido en ese sentido en conexión con una casa de empeños. No sé cuántos de ustedes hayan tenido la experiencia de haber tenido que empeñar algo. Cuando yo era un estudiante en el Seminario Teológico de Dallas, solía pasar los veranos en Pasadena trabajando en la Iglesia Presbiteriana Lincoln Avenue. Solíamos conducir hasta allá al final del año estudiantil para comenzar a trabajar allí. Siempre era el caso en aquellos días que teníamos muy poco dinero. Teníamos que tomar todo el dinero que teníamos acumulado en ahorros para comprar la gasolina para hacer el viaje. Para cuando llegábamos no nos quedaba ni un centavo. Normalmente nos habíamos gastado lo último del dinero cuatrocientas o quinientas millas atrás, y no habíamos comido un par de comidas y dormíamos en el coche. Habría una semana, o a veces dos, hasta que llegaba mi primer cheque. Así que siempre tenía que empeñar algo. La única cosa que tenía de valor, aparte de mi mujer, era una máquina de escribir. Así que la primera cosa que hacía en Pasadena era llevar mi máquina de escribir a la casa de empeños. El prestamista y yo nos habíamos convertido en buenos amigos al pasar los veranos. Vivíamos con ese dinero hasta que llegaba mi primer cheque. Entonces redimía mi máquina de escribir. Pues bien, durante ese período de dos semanas la máquina no le servía de nada a nadie. Nadie podía utilizarla. Yo no tenía ningún derecho a utilizarla; el prestamista no tenía derecho a utilizarla. No podía vendérsela a nadie más. Estaba empeñada. Era inútil, totalmente inútil. Esta es la imagen que Pablo da aquí. Cuando volvía a comprar la máquina de escribir, la redimía, era restaurada a su uso.

Me pregunto si alguna vez piensas de ti mismo en esa forma. En nuestra condición humana natural somos inútiles para lo que sea que Dios nos ha diseñado. No hay ninguna forma en la que podamos alcanzar el sentimiento de plenitud que deseamos tener. Conozco a mucha gente que se resiste a esta idea. Dicen: “Observa a aquellos que no son cristianos. Hablas como si sólo los cristianos tienen algún logro, pero observa al mundo que no es cristiano. Observa qué hábiles son, tan llenos de talento y capaces, cuántas cosas pueden hacer, y qué significativo es todo. ¿Por qué hablas así?”. Bueno, lo que Pablo está diciendo aquí es que hay una diferencia considerable entre logro y plenitud. Sí, puedes lograr muchas cosas, pero no satisfacen. No hay ningún sentido de utilidad; todo parece desperdiciarse. Hay dentro de ti una especie de recordatorio sutil y evocador del hecho de que todo va a desaparecer algún día, que estás contribuyendo a aquello que tan sólo va a volatilizarse al final y en cuanto a su sentido de permanencia es una pérdida de tiempo. Es de esto de lo que Pablo está hablando.

Me acuerdo hace años que enseñé en una clase de estudio bíblico en casa en Newport Beach. Los anfitriones invitaron a un vecino que vivía al otro lado de la calle. Era un destacado ingeniero, un hombre brillante, que sentía orgullo de sus propios logros. Les había dicho en varias ocasiones que no tenía ninguna necesidad de Dios, ninguna necesidad de religión en su vida. Pero había consentido en venir esa tarde porque, como les dijo, sería el abogado del diablo. Llegó un poco tarde ―la clase ya había comenzado, y yo ya estaba hablando― y se presentó a sí mismo. Con un poco de arrogancia obvia dijo: “Soy fulano de tal y vivo al otros lado de la calle, y he venido a ser el abogado del diablo”. Le dije: “Bueno, pues bienvenido. Enrosca tu cola alrededor de la silla y toma asiento. Estaremos encantados de tenerte aquí”. Pasó la mayoría de la tarde desafiando todas las declaraciones que se hicieron, intentando refutarlas. Pero era obvio que de todas formas había un hambre ahí, al menos alguna curiosidad.

Tuve una serie de contactos con él después. En un cierto momento había demostrado bastante interés por venir aquí a esta área y pasar tiempo en algunas de nuestras clases, y hablé con él individualmente durante largo rato. Pero siempre insistía en que no necesitaba a Dios para nada. Hace solo unos pocos meses me enteré que había descubierto que tenía cáncer, y todos estuvimos orando por él para que Dios utilizara esto para mostrarle que sus logros, a luz de lo que estaba sufriendo, no tenían ningún valor. Lo que realmente necesitaba y quería, su dinero y su brillantez no lo podían comprar. Esperábamos que esto pudiera conseguirse, pero justo esa semana me dijeron que se había suicidado. Un final trágico, pero un elocuente testimonio de lo que Pablo está intentando decirnos aquí. Los logros no son plenitud; pero cuando Cristo entra hay plenitud. Verás, en nuestra humanidad natural somos esencialmente inútiles para el propósito para el cual Dios nos ordenó y nos diseñó. Estamos desolados, abandonados, sin valor práctico, aunque obviamente con gran potencial, pero incapaces de encontrar plenitud.

Ahora, en este foso de esclavos, dice Pablo, Jesús vino, nos quitó las cadenas y nos liberó. Nos libertó, y nos restauró a una vida útil, fructífera, eternamente significativa. Eso es lo que significa ser liberado. En Texas esta semana pasada, tuvimos con nosotros un joven encantador que era el único en el grupo que tenía una larga barba y pelo hasta los hombros. Era un joven de primera. Dio su testimonio una tarde y contó cómo, tan solo hacía dos años, siguiendo el patrón de tanta juventud en la Costa Oeste, se había involucrado con las drogas. Estaba arruinando su mente con heroína y LSD y otras cosas, había intentado conseguir satisfacción en las aventuras sexuales de todo tipo, y había buscado algún sentido de significado viviendo en una comuna en las montañas de San Bernardino. Ahí, en medio de su vida deprimente, solitaria y desesperada, alguien le había hablado sobre Jesús. Nos dijo que, en tan solo un momento, entendió lo que Jesús había hecho. Es como si se le hubieran caído las escamas de los ojos, e inmediatamente fue liberado, libertado. Nunca volvió a las drogas desde ese momento. Despejó su vida sexual y enderezó otras áreas. Y el júbilo y el brillo con el que contó su historia dieron amplia evidencia de que la gloria de su liberación todavía estaba en él; estaba disfrutando la plenitud de ello. ¿Qué fue lo que ocurrió, específicamente, cuando fue perdonado, cuando fue redimido, libertado? Pablo nos lo amplia aquí en este versículo. Dice:

En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados… (Efesios 1:7)

Esto es lo que ocurrió. Nuestras transgresiones, nuestros pecados, fueron perdonados. La palabra griega para transgresiones es una palabra que significa “paso en falso” o “tropiezos”, nuestras torpezas trágicas y dañinas en las cuales pensamos que estamos haciendo algo que nos satisfará, pero terminan en errores, devastadores y mortíferos, y acabamos en amargura y desilusión. Pero esos tropiezos han sido perdonados. La palabra griega para perdón significa “descartado”. Han sido dejados de lado. Ya no son considerados o tomados en cuenta; son ignorados.

Aquí Pablo está señalando las cadenas que nos atan en nuestra condición de esclavitud. Es nuestra conciencia culpable de estos actos y decisiones deliberadas que opera para hacernos escondernos de Dios, y también los unos de los otros, e incluso de nosotros mismos. Nuestro recuerdo de estas acciones erróneas lo hace. Comenzamos a retraernos porque no nos sentimos aceptados. Pensamos que no somos aceptables a Dios a causa de nuestras acciones malvadas, y comenzamos a sentirnos incómodos con nosotros mismos. No podemos sentirnos cómodos en la presencia de otros a menos que sepamos que ellos han hecho la misma cosa que hemos hecho nosotros. Así que la vida comienza a volverse solitaria. Comenzamos a intentar valernos por nosotros mismos. No queremos depender de nadie. Nos volvemos reservados, suspicaces, independientes, privados, y por tanto tan solos y dañados, resentidos, amargados y desesperados. Ese es el patrón en el cual la vida es vivida a nuestro alrededor y que conocemos tan bien por nuestra propia experiencia.

Pero cuando Jesús entra en nuestras vidas, Él descarta estas transgresiones. Son perdonadas, dejadas de lado, y le oímos decirnos, como le dijo a esa desafortunada mujer encontrada en el acto mismo de adulterio: “Ni yo te condeno; vete y no peques más” (Juan 8:11). Ahora, ¿cómo pudo decirlo? ¿En base a qué pudo Jesús haber pronunciado una sentencia como esa? ¿Cómo pudo haber permanecido justo y consistente consigo mismo y sin embargo dejar de lado nuestra culpa tan completamente? Y la respuesta, dice Pablo, es: “por su sangre”. Es así como ocurre. A través de todas las Escrituras encuentras que no hay perdón aparte de Dios, aparte de ese vergonzoso episodio de la cruz.

La cruz no es una cosa agradable. La sangre no es agradable. Nunca lo es. Es pegajosa, desagradable, y nauseabunda. Hay gente que no puede soportar ver la sangre. Y todo este asunto de un Salvador sangriento es ofensivo para la mayoría de la gente, porque no entienden por qué Dios insiste sobre la sangre antes de que haya perdón. Y sin embargo no hay ninguna otra forma. La Escritura es unánime en su testimonio: “sin derramamiento de sangre no hay remisión” (Hebreos 9:22b). ¿Por qué? Porque es la sangre la que resalta la realidad de nuestra culpa. Jesús murió porque nosotros merecíamos morir. ¡Y realmente nos merecemos morir; ese es el tema! No somos meramente gente con buenas intenciones accidentalmente tropezando en los problemas. Sabemos que en algún lugar, de alguna forma, estamos involucrados en esas acciones ―y deliberadamente también― y por tanto merecemos el juicio de Dios. Nuestras conciencias nos dicen esto; no podemos escapar de ellas.

Jesús murió porque tomó nuestro lugar. Eso es lo que anuncian las Escrituras. No era meramente un sustituto. Siempre nos es difícil entender cómo una persona inocente puede morir por una que es culpable, y liberarla. Pero las Escrituras realmente no enseñan que sólo era un sustituto, en ese sentido. Hay una identidad involucrada. Lo que las Escrituras dicen es que de hecho se volvió como nosotros: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Y cuando se volvió lo que somos nosotros, Dios lo condenó a muerte, porque eso es lo que nos merecemos. Las Escrituras honestamente se enfrentan al hecho de nuestra culpa.

Hay una idea en circulación hoy en día de que el evangelio es considerado buenas nuevas porque nos dice que los hombres realmente no deben de ser culpados por sus fechorías. Hay una escuela de conductismo hoy que dice que no podemos evitar lo que hicimos; que somos víctimas de nuestras circunstancias, de nuestra genética. Nuestros genes son responsables, nuestras presiones, nuestros padres. No es nuestra culpa. Tuvimos que hacer lo que hicimos. No había forma de evitarlo. Pero quiero decir que si ese fuera el caso, entonces somos de todas las personas las más miserables. No hay escapatoria de nuestra culpa, porque hay algo en lo profundo de la conciencia humana que no creerá esa proposición. Nuestra conciencia continúa acechándonos, aunque intentamos reprimirla, así que nunca podemos encontrar la paz que estamos buscando. Sabemos que somos culpables. Sabemos que consentimos voluntariamente a estas presiones, que no nos rendimos simplemente porque era la cosa más conveniente para hacer; queríamos hacerlo. Queríamos aceptar, y hubiéramos resistido cualquier intento de detenernos en el momento en que lo hicimos. Y sabemos que eso es cierto. Esa es la razón por la cual no hay escapatoria de la conciencia culpable aparte de la sangre de Jesús, porque sólo ella se enfrenta cara a cara a la culpa y hace algo al respecto. Hace algún tiempo me encontré la cita de Dorothy Sayers, que ha pensado muy sagazmente en el área de la teología, y quiero compartir esto con ustedes porque es muy apropiado. Dice:

Una de las cosas realmente sorprendentes sobre el presente desconcierto de la humanidad es que la iglesia cristiana se encuentra ahora llamada a proclamar la antigua y odiada doctrina del pecado como un evangelio de ánimo y estímulo. La tendencia final de las filosofías modernas, clamadas en su día como una liberación de la carga del pecado, ha sido el atar al hombre de forma fuerte y rápida a las cadenas del determinismo. La influencia de la herencia y el medio ambiente, de la composición glandular y el control ejercido por el inconsciente, de la necesidad económica y la mecánica del desarrollo biológico, han sido todos invocados para asegurar al hombre que no es responsable por su infortunio y por tanto no ha de ser considerado culpable. La maldad ha sido representada como algo que se nos impone desde afuera, no hecha por nosotros desde dentro. La terrible conclusión que sigue inevitablemente es que no es responsable por la maldad; no puede alterarla. Aunque la evolución y el progreso pueden ofrecer algún alivio en el futuro, no hay ninguna esperanza para ti y para mí ahora. Bien me acuerdo de cómo una tía mía, educada en un liberalismo anticuado, protestaba enfadadamente en contra de tener que continuamente llamarse a sí misma una miserable pecadora cuando recitaba la letanía. Hoy, si pudiéramos realmente ser persuadidos de que somos miserables pecadores, que el problema no está fuera de nosotros sino dentro de nosotros, y que por tanto, por la gracia de Dios, podemos hacer algo para corregirlo, deberíamos de recibir ese mensaje como la cosa más útil y alentadora que se pueda imaginar.

Eso es exactamente lo que está diciendo Pablo. El evangelio enfáticamente no nos dice que no somos culpables, que no hemos de ser culpados. Lo que dice es que hemos de ser culpados. Nos enfrenta directamente con nuestra culpa, nuestra complicidad, nuestra cooperación voluntaria con las fuerzas que nos tentaron. No lo evita; se enfrenta a la justa sentencia de la ira merecida de Dios, y dice que es correcta, es cierta. Pero entonces, argumenta, el precio está plenamente pagado.

¡Plenamente pagado! La integridad de Dios no ha sido violada. Ahora es libre de amarnos al máximo grado. Su justicia ha sido mantenida en la sangre de Su Hijo.

Nadie puede jamás argumentar que Dios se tome a la ligera el pecado cuando ve la cruz de Jesús. En todo ese episodio tan sangriento y cruento hay un maravilloso testimonio al mundo completo de que Dios nunca jamás tolerará la maldad. Pero la cruz argumenta por nosotros que ahí el precio ha sido pagado a nuestro favor. Aquel que tomó nuestro lugar pagó el precio completo, y por tanto somos libres. Dios me acepta plenamente. No hay nada que pueda entorpecerle en el más mínimo grado. Puedo enfrentarme a mi culpa y reconocerla, admitir todo el asqueroso asunto, y apuntar a la cruz y decir: “Ella se ha encargado plenamente de ello, y por tanto no sirve de nada continuar hablando del tema. La cruz lo ha establecido. Ya no soy lo que antes era a causa de ella”. Y Dios me trata en consecuencia.

Pablo llama a eso “las riquezas de su gracia”. Verás, Dios lo hizo todo. Yo no añadí nada, no hice nada para merecerlo o ganármelo de ninguna forma. Dios lo hizo todo. Esas son las riquezas de Su gracia. Pero fíjate que utiliza una frase adicional que es de lo más significativo. Dice:

… según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros. (Efesios 1:7b-8)

¿Qué significa sobreabundar? Bueno, cuando haces sobreabundar algo sobre alguien, lo amontonas más y más. Sobreabundar significa porciones repetidas, una y otra vez, y es muy importante que nos demos cuenta de ello. Pablo no está hablando aquí sobre el momento en que fue perdonado, cuando se convirtió en cristiano al principio. De hecho, la cosa interesante es que las Escrituras nunca hablan de nosotros de esa forma. La redención de los creyentes en el Nuevo Testamento es siempre un acontecimiento presente, y es sumamente importante el saber esto. Encuentro que muchos cristianos piensan que el momento en que sus pecados fueron perdonados fue cuando se convirtieron, cuando, por la primera vez, tomaron la gracia y el perdón que es en Jesucristo. La mayoría de nosotros tenemos la tendencia de pensar que entonces Dios se deshizo de nuestro pasado y nos dio una pizarra en blanco, y que de ahora en adelante nos toca mantenerla limpia. Nos dio un nuevo comienzo una vez. Ahora hemos de luchar para mantener las cosas derechas. Te digo que, si ese es el caso, estoy desesperadamente perdido, así como lo estás tú, porque no he conseguido mantenerla limpia desde entonces. ¿Y tú?

No, las Escrituras nunca hablan en esos términos; nunca hablan de nuestra redención en esa forma. Hay una nota existencial aquí. Esto es algo que está siendo constantemente repetido, eternamente presente, ocurre una y otra vez. Cuando la culpa me asedia, cuando descubro que me he mentido a mí mismo, como lo hago, engañándome a mí mismo, diciendo en un nivel que estaba haciendo la cosa correcta, mientras, a otro nivel, estaba dando lugar a lo que sabía que estaba mal, y encantándome. Cuando eso ocurre, debo de reconocerlo, y enfrentarme a ello de nuevo. ¡Eso es tan esencial! E inmediatamente ese logro de Cristo está disponible; ya me ha sido útil, y puedo entrar en un nuevo sentido de aceptación de Dios mi Padre.

Ahora, Dios nunca ha dejado de aceptarme en ningún momento. Su perdón siempre ha estado presente. Es mi habilidad de recibirlo la que depende de mi voluntad de enfrentarme a los hechos y reconocerlos. Pero desde el momento en que lo hago, experimento de nuevo el sentido de liberación. Y te digo que necesito el perdón diariamente, y diariamente lo tengo. Experimento diariamente el júbilo de ser liberado, restaurado a utilidad. ¿Sabes lo que significa eso? Significa, primero, que Dios me acepta. Me acepta tal y como he estado viviendo y de la forma que soy ahora mismo. No hay ninguna objeción sobre ello; no hay ninguna ciudadanía de segunda clase involucrada; me acepta plenamente. Soy Su hijo, Su amado hijo en quien está bien complacido. Ese es quien soy; esa es mi identidad de ahora en adelante. Y por eso, encuentro que me puedo aceptar a mí mismo.

He ahí la clave. Verás, la razón por la que nos sentimos poseídos por la culpa es que nunca nos hemos aceptado y perdonado a nosotros mismos. Y si no nos hemos perdonado a nosotros mismos, es un signo seguro de que nunca hemos realmente aceptado el perdón de Dios. Pero en el momento que entiendo que Dios, que lo ve todo exactamente como es, en una realidad completa y totalmente desnuda, dice de mí: “Estoy satisfecho contigo en la sangre de Cristo. Eres aceptado por mí”, entonces no tengo ningún derecho a decir nada menos sobre mí mismo, y me puedo aceptar a mí mismo. Y eso significa que también te puedo aceptar a ti. Puedo aceptar el hecho que tú, como yo, no eres perfecto, y que necesitas perdón a veces, y se convierte en mi privilegio y júbilo extendértelo a ti, diciendo: “No pasa nada, no voy a mantenerlo en contra de ti. Estoy contento de perdonarte, porque yo he sido perdonado”.

Hay alguna gente que dice: “Bueno, esto causa que la gente abuse de este evangelio de gracia. Tienden a decir: ‘Si ese es el caso, entonces saldré y haré lo que me plazca; pecaré todo lo que quiera, y Dios lo va a perdonar’”. ¡Pero Pablo argumenta, en muchas de sus cartas, que si puedes decir eso sobre la gracia de Dios, entonces nunca la has experimentado!

Si realmente puedes decir que simplemente vas a salir y abusar de Su gracia, entonces nunca has sabido lo que significa ser perdonado. Porque si realmente crees, tu reacción es inevitablemente: “¡Qué cosa tan tremenda es que soy libre de esta tensión interior y este odio propio!”. No hay ninguna angustia, ninguna agonía como la culpa. No hay nada que nos asedie de tal forma, nada que nos haga tan irritables y tristes e inquietos y molestos con otros como ese terrible sentimiento de que somos gente inadecuada, que no valemos nada. Y el sentirnos de esa forma significa que no nos hemos aceptado a nosotros mismos en los términos de Dios. Pero si sientes que estás perdonado, sanado e íntegro en los ojos de Dios, que todo tu pecado ha sido dejado de lado, y que ahora puedes aceptarte a ti mismo, y considerarte como una persona sana y adecuada, de gran valor, hecha en la imagen de Dios, entonces quieres cantar y regocijarte y gritar a los cielos que por fin has sido liberado, y nunca quieres volver a añadir a esa carga de culpa de nuevo.

Cuando estaba en Miami en enero, asistí a una conferencia donde un ministro metodista de Tampa, Florida, estaba hablando. Al cerrar su mensaje nos contó sobre un incidente que había ocurrido el domingo anterior, y nunca lo he olvidado. Al cierre de ese servicio que había sido un maravilloso servicio de comunión, le pidió a un trabajador de Young Life (Vida Joven) que subiera y despidiera el servicio en oración. Sabía que este joven había descubierto la semana pasada que tenía un cáncer terminal. Cuando vino al frente trajo su guitarra consigo. Se plantó en los escalones de la plataforma, y dijo: “Me gustaría dar la bendición, pero quiero cantarla”.

Antes de cantar dio una breve palabra de testimonio en cuanto a su propia vida. Contó sobre cómo había crecido en las calles, había sido echado de aquí y allá, no había conocido ninguna vida de familia, había caído temprano en las drogas, se había inyectado heroína durante seis años, y había destruido la mayoría de la capacidad de su cuerpo, y creado las condiciones para el cáncer que había venido más tarde. Contó sobre cómo había vendido su cuerpo a hombres para ser utilizado homosexualmente, había hecho esa su profesión, y de cuán abatido y desgraciado estaba en esa situación, intentando desesperadamente encontrar algún sentido de significado y valía. Entonces alguien le habló sobre Jesús, y nos contó cómo Jesús le había liberado. Se había convertido en un trabajador de Young Life para poder compartir la Palabra con jovenes de la escuela preparatoria. Entonces dijo: “Quiero cantar esta canción ahora como bendición”. Tocó algunas notas en su guitarra y muy sencillamente comenzó a cantar la vieja canción de escuela dominical:

Contento estoy que el Padre celestial
me hable de amor en el Libro que da.
Su gran verdad en la Biblia vi;
la más preciosa: ¡Jesús me ama a mí!

Entonces cantó los otros versos:

Aunque le olvido y lejos me voy,
sigue amándome doquiera que estoy;
vuelvo corriendo a Sus brazos, ¡oh sí!
cuando recuerdo: Jesús me ama a mí.

Cuando yo esté en la celeste mansión,
esta por siempre será mi canción:
¡O buen Jesús, te bendigo yo a Tí!
¡Qué maravilla!, me amaste Tú a mí!

No había un solo ojo seco en la congregación cuando terminó, y no había un solo ojo seco en nuestra conferencia cuando, al cierre de ella, Ted Smith se sentó al piano y suavemente comenzó a tocar las notas de esa canción, y la cantamos en nuestros corazones. “¡Qué maravilla, Jesús me ama a mí!”. Eso es lo que nos da nuestro sentido de valía: nuestros pecados son perdonados, no sólo en el pasado, sino momentáneamente, día a día. ¡Nunca jamás nos separarán nuestros pecados del amor de Dios que es en Jesucristo nuestro Señor!

Oración:

Padre nuestro, oramos para que estas palabras puedan llegar a nuestros corazones con realidad, y que entendamos que sólo en aquellas áreas de nuestra vida donde hemos sido perdonados podemos tener algún lugar ante Tus ojos, que si hay áreas de nuestra vida donde pensamos que lo hemos conseguido, donde ya te estamos satisfaciendo, donde nunca hemos necesitado ser perdonados, donde hemos sido adecuados, Señor, esas son las mismas áreas en las cuales permanecemos condenados y debiéramos de estar avergonzados. Perdónanos nuestros espíritus autocomplacientes que a menudo nos motivan a intentar permanecer en una justicia falsa, como si fuéramos buenos por nosotros mismos. Ayúdanos a ocupar nuestro lugar con todos los santos de todas las edades y decir estas palabras: “Hemos sido redimidos por la preciosa sangre de Jesús, y sólo eso ha pagado un precio adecuado”. Lo pedimos en Su nombre. Amén.