Riquezas en Cristo

El misterio de la unidad

Autor: Ray C. Stedman

Hoy, en el primer capítulo de Efesios, estaremos examinando el gran asunto con el que el hombre continuamente lucha en nuestros días, como lo ha hecho a través de toda la historia: El asunto de si hay o no un propósito en el universo. ¿Tienen sentido los acontecimientos de la historia? ¿La crónica de los acontecimientos humanos ―con su concatenación de tragedias, alegrías, tristezas, angustia y júbilo― está, a cualquier efecto real, moviéndonos hacia una meta?

¿O es la vida, como Shakespeare y Hamlet lo describen: “una historia contada por un necio, llena de sonido y furia, que no significa nada? Hay mucha gente hoy que dice que esa es una verdadera descripción. Están de acuerdo con Hamlet. Hay muchas voces diciendo que no hay un propósito para el universo, y son voces respetadas. Muchos historiadores, científicos y otros, mirando la vida a nuestro alrededor, a la historia humana, dicen que no hay un plan evidente, ningún propósito discernible, a través de la extraña mezcla de la historia. Esta semana estaba leyendo el comentario de la Biblia por William Barclay. Cita varias voces inglesas en este respecto. Oscar Wilde, en uno de sus epigramas, dice: “Le das el calendario criminal de Europa a tus hijos bajo el nombre de historia”. Eso es todo lo que podía ver en la historia: un calendario criminal. G.N. Clark, en su sermón inaugural como presidente de la universidad de Cambridge, dijo: “No hay ningún secreto y ningún plan por descubrir en la historia. No creo que ninguna consumación futura pudiera dar sentido a todas las irracionalidades de las edades pasadas. Si no pueden ser explicadas, mucho menos pueden ser justificadas”. Y en la introducción a su Historia de Europa, H.A.L. Fisher escribe: “Un entusiasmo intelectual me ha sido denegado. Hombres más sabios y más doctos que yo han descubierto en la historia un argumento, un ritmo, un patrón predeterminado. Pero estas armonías me son ocultas. Sólo puedo ver una emergencia tras otra, como una ola sigue a otra, un solo gran hecho con respecto al cual, como es único, no puede haber generalización, sólo una regla segura para el historiador: que debería de reconocer en el desarrollo del destino humano, el juego de lo contingente y lo imprevisto”. Y André Maurois dijo: “El universo es indiferente. ¿Quién lo creó? ¿Por qué estamos aquí sobre este diminuto montón de barro, rotando en el espacio infinito? No tengo la menor idea, y estoy bastante convencido que ninguna otra persona tiene la menor idea”.

¡Bueno, esa es una visión común en nuestro día, pero el apóstol Pablo enfáticamente disiente! Estamos examinando esta gran declaración en el capítulo 1, desde el versículo 3 al 14, en la cual reúne una tremenda selección de hechos que refutan esa visión. Esta declaración corta a través del pensamiento de los hombres en los días de Pablo y de los líderes de pensamiento en nuestros días. Ya hemos investigado algo de esto. Acuérdate que encontramos la respuesta a la búsqueda de significado personal y de identidad en lo que Pablo dice sobre la obra del Padre, o sea, en cuanto concierne a los cristianos: “nos escogió en él antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4). ¿Qué es lo que hace por tu sentido de valía el recordarte a ti mismo que esto es cierto de ti, si crees en y conoces a Jesucristo? ¡Fuiste escogido en él antes de la fundación de este mundo! Y lo que es más, cuando aprendemos que el Padre “nos predestinó para ser adoptados hijos suyos” (Efesios 1:5), lo predestinó, lo llevo a cabo en el curso de acontecimientos que debiéramos de ser Sus hijos, miembros de Su familia, esto nos da inmediatamente un sentido de identidad. Sabemos quiénes somos, cómo llegamos aquí, a quién pertenecemos. Somos parte de una familia, la familia de Dios.

La semana pasada encontramos, en la obra del Hijo, la respuesta al problema de la culpa y del odio propio. “En él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia” (Efesios 1:7-8). El perdón de nuestras transgresiones se encarga del asunto de la culpa personal. El único sitio, el único sitio que conozco en este mundo donde la conciencia humana es satisfecha, es en la muerte de Jesús, porque la cruz justifica a Dios. Sin ese acto de justificación no hay ninguna liberación de la conciencia en nosotros. Algo dentro de nosotros no creerá el perdón en ningún otro término. Pero cuando entendemos la redención comprada por medio de Su sangre, entonces estamos satisfechos. Podemos aceptarlo. Podemos perdonarnos a nosotros mismos y perdonarnos los unos a los otros sobre esa base. ¡Una maravillosa y práctica sabiduría fluye de ese versículo!

Ahora llegamos al problema de la historia, y desde el versículo 9 hasta el versículo 12, en una vasta y gloriosa declaración, el apóstol trata con el propósito del universo:

Él nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en el cumplimiento de los tiempos establecidos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. (Efesios 1:9-12)

Esta es otra de las vastas y complicadas declaraciones en las cuales el apóstol apiña juntas las verdades que se relacionan en un gran tema central: el propósito de Dios en lo que está ocurriendo hoy. Es aquí que comenzamos a entender el mundo a nuestro alrededor y el curso de la historia conforme transcurre. Para poder entenderlo debemos de desarmar esta declaración. Tiene cuatro divisiones principales.

Está, primero, el secreto mismo: “el misterio de su voluntad”, el propósito oculto de Dios. Fíjate que Pablo lo describe como un misterio. Un misterio, como hemos visto en mensajes anteriores, es un secreto que sólo Dios entiende, y el cual el hombre desesperadamente necesita saber, pero el cual nunca pueden averiguar excepto por medio de la revelación de Dios. Los misterios son las respuestas a las grandes preguntas que continuamente laten en el corazón humano. Pero nunca puedes encontrarlos por ninguna empresa humana ordinaria. Ningún curso de instrucciones, ningún plan de estudios de universidad, ninguna investigación científica jamás va a revelar los secretos. No puedes encontrarlos de ninguna otra forma; Dios debe de darnos las respuestas. Este es el tipo de misterio del que se habla aquí.

Te acuerdas que, en Primera de Corintios 4, Pablo nos recuerda que nosotros los cristianos hemos sido hechos administradores de los misterios de Dios, dispensadores de ellos. Nos toca a nosotros tomarlos, entenderlos y hablar sobre ellos. Lo que está mal en el mundo de nuestro día es el hecho de que la iglesia no ha estado hablando sobre los misterios que le pertenecen, y por tanto, el mundo está en confusión y oscuridad. Así que nos toca a nosotros presentarlos.

La segunda división, una que es muy importante, es la manera por la cual el misterio de Dios será hecho manifiesto. Pablo saca a relucir esto en este pasaje. La tercera es el tiempo en el que ha de ser plenamente manifestado. Y la cuarta es la parte que nosotros jugaremos en llevarlo a cabo, nuestra parte en este tremendo procedimiento. Ese es nuestro curso de estudio esta mañana. Primero, vamos a examinar el gran secreto que Pablo nos presenta, encontrado en el versículo 10:

… de reunir todas las cosas en Cristo, en el cumplimiento de los tiempos establecidos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra. (Efesios 1:10)

Esto es lo que está haciendo Dios en la historia. Está obrando para unir todas las cosas en Cristo. Pero esa es una declaración bastante increíble, porque, cuando miras la historia, parece que estuviera ocurriendo todo lo contrario, como si las cosas se estuvieran cayendo a pedazos. Pablo tiene una respuesta para eso ―llegaremos a eso en tan sólo un momento―, pero primero quiere que entendamos que esta es la dirección en la cual Dios se está moviendo; esto es lo que va a hacer. Va a unificar todas las cosas en Él.

Cuando Pablo dice “todas las cosas”, quiere decir todas las cosas. De hecho, lo amplifica: “las que están en los cielos como las que están en la tierra”. Eso es, cosas en el ámbito invisible de la realidad, los cielos; las fuerzas que están obrando en nuestras vidas ahora mismo, pero que no podemos ver ni probar ni tocar ni sentir, tanto las malas como las buenas; las potestades malvadas y los poderes luchando con los ángeles y las fuerzas del bien; todas las cosas en los cielos, y las fuerzas visibles en la tierra, las luchas entre naciones, el conflicto entre los individuos; todas estas cesarán y serán unificadas juntas, serán traídas a un punto culminante; esa es la idea. La palabra griega para unificar significa “encabezar”, o sea el relacionarnos con Cristo, como un cuerpo se relaciona con la cabeza. Entonces Él será el Director, el Operador supremo, de todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra.

Acuérdate cómo Pablo lo pone en su carta a los filipenses. El proceso primero era uno de des-glorificación. Nuestro Señor se vació a sí mismo de la gloria que era Suya cuando era un igual con Dios, tomó la forma de un sirviente, y nació a la imagen del hombre. Entonces se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, incluso muerte en una cruz. “Por eso”, Pablo escribe, “Dios también lo exaltó sobre todas las cosas y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11). Es ahí donde Dios se está moviendo. Para hacer eso es para lo que está aquí en este continuo de tiempo y espacio en el que vivimos.

Tú y yo sabemos que no lo parece, ¿no es así? El hombre está viviendo en un mundo dividido, y es evidente en todas partes. Estamos fuera de sintonía con la naturaleza, divididos de la naturaleza. Algo se ha interpuesto entre nosotros y los animales; nos odian, nos temen y se escapan de nosotros. Nosotros los destruimos, los eliminamos gradual pero constantemente de la faz de la tierra. Polucionamos los ríos y oscurecemos los cielos, y apilamos montones de basura a nuestro alrededor, con los cuales no sabemos qué hacer. Sabemos que estamos haciendo esto, pero no sabemos cómo dejar de hacerlo, porque es un mundo dividido. Algo está obrando para mantenernos en una falta de armonía con el mundo de la naturaleza en el que vivimos. Estamos en guerra entre nosotros, nación contra nación, clase contra clase. Lucha y conflicto y división están teniendo lugar en todas partes. Nuestros periódicos están llenos de ello, como sabes. ¡Y cada uno de nosotros es una guerra civil andante! ¿No es cierto? Luchamos con nosotros mismos. Queremos hacer algo bueno, pero al mismo tiempo queremos hacer justo lo contrario. Queremos tener nuestro pastel y comerlo también, y luchamos constantemente de esta forma.

Ahora, el gran pensamiento que Pablo deja caer sobre nosotros en este pasaje es que Jesús ha venido para detener todo eso. Ha venido para sanar esa división, para terminarla, para sanar las relaciones rotas, para terminar el conflicto, para detener las palabras amargas y odiosas que los hombres se dicen los unos a los otros. Ya ha comenzado. Ha comenzado a sanar, a vendar, a traer la división a un cierre. Él mismo dijo: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mateo 12:30, Lucas 11:23). Ha venido como una fuerza sanadora al mundo para arreglar todo el daño y vendar todos los corazones rotos. Pablo subraya eso. Dice que la forma en la que este gran hecho nos ha sido dado a conocer es por la vida de Jesús, como dice:

Él nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo… (Efesios 1:9)

Es muy importante que veas eso, porque nunca entenderás el propósito a menos que entiendas la forma en la que fue dado a conocer. Hay algo muy extraordinario oculto en esta declaración. Verás, esta es la forma en la que podemos venir a entender lo que está ocurriendo en el mundo de nuestros días, los acontecimientos de hoy en día. Si entiendes cuál es esta forma y cómo funciona, puedes comprender el sentido de los acontecimientos que de otra forma no tendrían ningún sentido.

Esta próxima semana estaremos observando la convención republicana en Miami Beach. ¿Cómo puedes entenderlo; cómo encaja con lo que Dios está haciendo? “¡Bueno”, ustedes los demócratas dicen: “por supuesto que no puedes!” Pero es necesario hacer la pregunta. ¿Cómo encaja la guerra de Vietnam con lo que Dios está haciendo? Nunca debes de leer tu periódico como algo que no está relacionado con lo que Dios está haciendo. Está obrando en este mundo. Cada acontecimiento ocurre y encuentra su significado, porque encaja en el plan que Él tiene. Así que, ¿qué papel juega? ¿Cómo lo entiendes? ¿Dónde encaja? Eso es exactamente lo que Pablo está tratando aquí: cómo leer tu periódico inteligentemente, cómo ver dónde estos acontecimientos actuales encajan en el programa y en las obras de Dios en los asuntos del hombre.

Esto nos ha sido dado a conocer, dice, “en toda sabiduría e inteligencia”. Estas palabras, sophia y phronesis, eran bien entendidas en el mundo griego. Sophia era la pasión de los filósofos. Les encantaba encontrar los secretos de la vida y buscar sabiduría. Phronesis era el sentido común, la aplicación práctica de estos problemas de la vida. Así que Pablo dice que este misterio de la voluntad de Dios nos vino por sabiduría e inteligencia, dados a conocer, o presentados, en Jesucristo. He ahí tu clave. Es en Cristo donde ves cómo esto funciona.

Si piensas en todo el ministerio de Jesús, puedes ver qué es lo que está intentando hacer. Los resultados finales del ministerio de sanación que Jesús vino a hacer son visibles en Sus obras. Es por eso que hizo Sus milagros. Está ese bello pasaje en Isaías 35, donde Isaías predice que Dios vendrá a nosotros. ¿Y cuál dice que será el resultado? Pues, “los ojos de los ciegos serán abiertos y destapados los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo y cantará la lengua del mudo, porque aguas serán cavadas en el desierto y torrentes en la estepa” (Isaías 35:5-6).

Y esto es lo que ocurrió cuando vino Jesús. Comenzó a sanar. Abrió ojos ciegos y tocó a los cojos y los sanó. Dominó la naturaleza, calmó la tormenta, caminó sobre el agua y cambió agua en vino. Dominó estas fuerzas. Liberó a los oprimidos del ámbito de Satanás. Liberó a hombres; los liberó, los sanó del daño en sus vidas. Esta era sólo la demostración visible de que el resultado final de Su obra, que comenzó entonces, sería finalmente visto en todas partes. Así que lo ves en Sus obras.

Ahora escucha cuidadosamente: Los principios por los cuales esta sanación se llevaría a cabo en los espíritus de los hombres tanto como en sus cuerpos, son presentados en Sus palabras, en las palabras de Jesús. Es por eso que es tan importante el escuchar las palabras de Jesús. Los mensajes y sermones de Jesús registrados en los evangelios son tan vitalmente importantes, porque ahí tenemos declaradas las estrategias radicales de la vida, los principios revolucionarios que producirán una nueva creación, y están produciéndola justo en medio de la destrucción de la vieja. Eso es lo que está ocurriendo en la vida.

¿Has escuchado de verdad seriamente las palabras de Jesús? Toma las bienaventuranzas, por ejemplo: “Bienaventurados”, Jesús dijo, “los pobres en espíritu” (Mateo 5:3). ¿Alguna vez te sientes de esa forma? Cuando eres pobre, empobrecido, en espíritu; cuando te sientes como si no te quedara más, te sientes como que has sido secado y que no te quedan ningunas riquezas del espíritu, ¿estás feliz? ¿Estás regocijándote y cantando: “¡Oh, qué maravilloso es que soy pobre en espíritu!”? No. Decimos que estamos deprimidos, y a menudo reaccionamos con amargura. ¡Pero escucha! Jesús dice que ese es el momento dorado. “Bienaventurados (felices) los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3). En ese momento, en ese sitio, estás en una posición de recibir riquezas de una fuente distinta y por un proceso distinto al que pudieras conseguir de ningún otro sitio, en cualquier otro momento de tu vida. Ahí eres capaz de tomarlas, y en ningún otro sitio. “Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación” (Mateo 5:4). ¿Alguna vez piensas de ti mismo de esa forma? ¿Eres feliz cuando estás triste? Casi suena contradictorio, ¿no es así? Pero Jesús dijo que eres feliz cuando estás llorando. ¿Por qué? Bueno, porque entonces puedes conocer una fuente de consolación que de otra forma es tan extraordinaria, tan más allá de la experiencia humana que ningún ser humano te la puede dar. Pero puedes tenerla en ese momento, y en ningún otro sitio. “Bienaventurados los que lloran, porque recibirán consolación” (Mateo 5:4). “Bienaventurados los mansos, porque recibirán la tierra por heredad” (Mateo 5:5).

Continúa diciendo estas cosas radicales y transformadoras. Y las escuchamos y las recitamos y decimos que son maravillosas palabras, pero nunca nos las tomamos en serio. Sin embargo eso es de lo que está hablando Pablo, estas sanaciones, los principios unificadores revelados en Cristo, que transformarán vidas. ¿Vives por esos principios? ¿O vives en base a la interpretación del mundo de esos principios? J.B. Phillips en su libro, Cuando Dios era un hombre, da la parodia usual de las bienaventuranzas:

Bienaventurados los que empujan, porque ellos avanzarán en el mundo.
Bienaventurados los endurecidos, porque no permiten que el mundo les haga daño.
Bienaventurados aquellos que se quejan, porque conseguirán lo que quieren al final.

¿Por cuáles vives? ¿Por cuáles vivo yo?

Bienaventurados los indiferentes, porque nunca se preocupan de sus pecados.
Bienaventurados los explotadores, porque ellos consiguen resultados.

Todo el mundo de negocios está construido sobre eso, ¿no es así?

Bienaventurados los hombres con conocimiento del mundo, porque saben lo que tienen que hacer.
Bienaventurados los que crean problemas, porque hacen que la gente tome nota de ellos.

Estos son exactamente contrarios a las palabras de Jesús. Fíjate cómo Jesús, cuando está tratando con Sus discípulos, toma a estos hombres del mundo, con todos sus enfoques convencionales, y constante, suave y gentilmente los corrige. Cuando están discutiendo cuál de ellos es el más grande, pone a un niño entre ellos y dice: “Mira, nunca seréis grandes hasta que no aprendáis a ser como este niño. Cuando dejéis de intentar ser grandes, cuando ceséis vuestra lucha y manipulación y enfrentéis la vida de forma simple, como un niño, confiando en Dios, entonces podéis ser grandes. Pero nunca lo conseguiréis de otra forma” (Mateo 18:1-4).

La madre de Santiago y Juan viene a Él y le pide posiciones de privilegio y favor a Su mano derecha e izquierda para ellos cuando vaya a Su gloria. Y Jesús dice: “No sabéis lo que pedís... Pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre”. Y continúa diciendo lo que nos prepara para ello: “¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?” (Mateo 20:20-23). Eso significa la cruz y la resurrección ―la cruz, con su rechazo, es el dejar de lado todos los antiguos caminos, las formas en la que el mundo opera, y su afirmación de un completamente nuevo proceso, una completamente nueva forma de vida, la vida de resurrección― eso, dice, te traerá a una preparación para ello. Nada más lo hará.

En las parábolas de Jesús tienes tantas revelaciones de una nueva forma de vida. Los principios por los cuales una nueva creación va a producirse están siendo revelados. ¿Cuántos de ustedes, señores que trabajan, han luchado con la parábola de los obreros en la viña? ¿Cuántos de ustedes han tratado de justificar en su pensamiento las palabras de Jesús de que estaba bien que el hombre que era el dueño de la viña pagara a esos trabajadores la misma cantidad de dinero, sin importar si habían trabajado todo el día o tan sólo una hora? ¿Alguna vez has luchado con eso? ¡Los sindicatos querrían cerrar esa viña en diez minutos si oyeran de algo como eso! Nunca aceptarían esa forma de operar. Y sin embargo Jesús dice que está bien. El dueño de la viña tiene el derecho de ser gentil más allá de la medida con aquellos que escoge, y no con otros. Ese es su derecho. Pero eso nos confunde, nos desconcierta, nos frustra. No entendemos ese tipo de pensamiento.

Pero eso es lo que Pablo dice cuando dice que este plan que está obrando ahora mismo en la vida fue puesto en práctica por Cristo. En la sabiduría y la inteligencia de las Escrituras, lo encontrarás, y tan sólo ahí. Y sin embargo hay una cosa extraña sobre eso. Cuando lees el ministerio de Jesús, encuentras que Él mismo anunció que vino a ser un pacificador. Vino a sanar, a salvar, a liberar, a libertar. Sin embargo también dijo: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada, porque he venido a poner en enemistad al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Así que los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mateo 10:34-36). La cosa extraña es que al principio parece hacer las cosas peores en vez de mejores. Incrementa la división y el conflicto. Ofendió a los dirigentes cuando habló. Sus discípulos le dijeron muchas veces: “¿Sabes que los fariseos se ofendieron cuando oyeron esta palabra?” (Mateo 15:12). “Lo que dijiste les enfadó. ¡Nunca vas a tener éxito como un rey si no aprendes a manejar tus relaciones públicas un poco mejor!”. Ofendió y dejó perplejos a Sus discípulos. Les hizo daño a veces por lo que les dijo. Rechazó a gente en vez de intentar conseguir que se unieran a Su causa. Y todo terminó al final en el daño y la angustia y la sangre de la cruz. Pero de ese daño y destrucción vino júbilo y bendición final. Eso es lo que está explicando aquí Pablo. Y eso lleva al tiempo cuando todo esto va a ser plenamente manifestado. Dice que así será:

… en el cumplimiento de los tiempos (o literalmente: “a la administración de la plenitud de las estaciones”) establecidos, (Efesios 1:10ª)

Las estaciones que menciona aquí son los ciclos de la historia. Cualquier historiador te dirá que la historia se mueve en ciclos. Hay tiempos de paz y prosperidad que acaban al final en apatía y letargo, y esto fomenta inquietud e incertidumbre y entonces finalmente rebelión y revolución, que traen un cambio que resulta en paz y prosperidad, lo cual, por turnos, se convierte en apatía y letargo, etc. Puedes trazar esos ciclos a través de la historia una y otra vez. Eso es lo que la Biblia llama estaciones. Pablo dice que vendrá un tiempo cuando todas estas estaciones, que han estado obrando incesantemente hacia una gran meta, serán consumadas, la plenitud de las estaciones. Algún día serán finalizadas. Y entonces sabremos que Dios ha tenido éxito derruyendo la antigua creación, destruyéndola totalmente, y al mismo tiempo ha construido la nueva. Ahora, he aquí el pensamiento extraordinario que Pablo está comunicándonos. Cuando comencé este verano a construir una ampliación a mi hogar, la primera cosa que tuvimos que hacer fue derrumbar parte del tejado. (¡Yo ayudé al caerme a través del tejado!) El tejado tenía que ser destruido primero, eliminado. Tuvimos que destruir lo viejo primero antes de poder construir lo nuevo. ¡Pero la maravilla de Dios es que hace ambos a la misma vez, y por el mismo proceso! ¿Entiendes las implicaciones de eso? Verás, la angustia, el daño, el sufrimiento, la injusticia y la miseria es la forma de derrumbar lo viejo. Eso es lo que nos dicen las Escrituras. Esa es la asombrosa revelación, el asombroso pensamiento de Dios que se nos presenta. Y es por eso que tenemos referencias a lo largo de todas las Escrituras en cuanto a nuestra parte en esto: el hecho de que somos llamados no sólo a creer en Cristo y a seguirle, sino también a sufrir a causa de Su nombre como parte del proceso. Dios está haciendo ambas cosas a la misma vez. Por medio del odio y el daño y el sufrimiento está construyendo la nueva creación. Y cuando la vieja esté destruida, la nueva surge, toda terminada, completa, y al mismo tiempo. Esa es la administración de la plenitud del tiempo. ¿Cuál es nuestra parte? Bueno, Pablo lo ha explicado en una frase:

… a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. (Efesios 1:12)

Esa es nuestra parte. Pero esta traducción lo suaviza en un grado que nos perdemos parte de lo que fue dicho. Lo que Pablo literalmente dice es: “Hemos sido hechos su herencia”. Nosotros los santos somos la herencia de Cristo, Su herencia. En el versículo 18 de este mismo capítulo, Pablo se refiere a “las riquezas de la gloria de su herencia en los santos”. Es necesario entender lo que eso significa. Hay una doble herencia en la vida cristiana. Nosotros heredamos a Jesús. Él es nuestra herencia. Él es nuestro recurso al cual podemos recurrir. Si recibes una herencia vives en base a eso. Utilizas tu heredad para enriquecerte. Y Jesús es nuestra herencia. Podemos enriquecernos con Él en cualquier momento. Él es nuestro poder, nuestra fuerza, nuestro amor, nuestra vida, nuestra verdad. Él es por lo que vivimos. Cristo es nuestra vida.

Pero, y esto es la cosa maravillosa, nosotros somos Su herencia. Él recurre a nosotros. Él nos toma y nos utiliza. Nos ha preparado. Nuestros cuerpos, nuestras almas, nuestra plena humanidad, han de ser Su uso para manifestar la nueva creación en medio de la destrucción de lo viejo. Esa es Su herencia en los santos. Todo lo que produce riquezas, no sólo en nuestras vidas, sino en las vidas de otros, y en el mundo en general, las riquezas de Su gloriosa herencia en los santos.

¿Qué significa eso en términos prácticos? Bueno, eso significa que tú y yo no debemos de quejarnos más sobre lo que la vida nos presenta. Es el Padre que ha tomado esa decisión. Él ha decidido ponernos donde estamos, y ponernos en la situación donde nos encontramos, y darnos los problemas que tenemos, para que podamos, en el daño y la angustia y el sufrimiento, y en el júbilo y la bendición y las riquezas, sean lo que sean, poder liberar la vida de Jesús en esa situación. Por medio de eso Él destruye lo viejo y trae lo nuevo. Y al hacernos disponibles a Él momento a momento, en la tienda, en la oficina, en la casa, y en el patio, donde sea que estemos, y al responder con júbilo y amor y aceptación a la situación en la cual nos encontramos, Dios es glorificado. Cristo recibe Su herencia. Él encuentra riquezas de deleite y disfrute en eso. Lo viejo es derruido, y lo nuevo es construido en su sitio, todo en una gran y tremenda operación.

No comprendo eso completamente, pero sé que funciona. Sé que esa es la forma en la que Dios está obrando. Y por lo tanto no hay escapatoria de la angustia y el daño y el sufrimiento. Van a estar ahí para nosotros. ¡Pero es una oportunidad, nunca un obstáculo! Déjame que te dé una ilustración que quizás te involucrara tanto a ti como a mí. En mi correo ayer había un grueso sobre de la ciudad de Palo Alto. Lo abrí y encontré una carta que contenía una petición firmada por ciento catorce personas que viven cerca de esta iglesia pidiendo que la ciudad revoque nuestro permiso de utilizar y restrinja nuestras operaciones como una iglesia. Mi primera reacción fue de enfado. ¿Por qué harían esto? ¿Por qué quieren intentar detener lo que está ocurriendo aquí, lo que Dios está haciendo entre nosotros? ¿Por qué tiene que surgir esta resistencia y oposición? Inmediatamente me sentí resentido y defensivo. ¿Es que no saben lo que está ocurriendo en términos de vidas cambiadas? ¿Es que no entienden que la juventud está siendo reorientada, y la gente más mayor está siendo revitalizada, que los hogares están siendo bendecidos y los matrimonios están siendo salvados, que la vida está siendo revitalizada en nuevas formas como nunca antes con decenas y cientos de personas?

Pero, por supuesto, inmediatamente me di cuenta que no saben eso. La mayoría de ellos, probablemente, nunca han estado dentro; sólo han estado afuera. Y están molestos. Están irritados por la gente que aparca de una cierta manera que bloquea sus entradas para sus coches. Están hartos de los gases de escape porque tardamos tanto en salir del aparcamiento abarrotado. Han tenido suficiente del ruido de noche, y de las luces que brillan dentro de sus casas en medio de la noche, y de muchas otras cosas que quizás nos parezcan pequeñas para nosotros pero que para ellos son molestias.

Y entonces comencé a ver de qué se trata esto. Esta es la oportunidad de Dios que nos ha sido dada para demostrar un espíritu amante de verdadera y genuina apreciación y consideración a nuestros vecinos. Esta es la oportunidad para que nosotros podamos decir: “Siento el daño que hemos causado, inconscientemente de seguro, pero que son aun así inconvenientes y molestias”, y para que nosotros respondamos no a la defensiva, sino en amor, para limitar, en cuanto sea posible, el devolver bien por mal, el invitarlos a venir y a ver lo que está ocurriendo, y a invitarles a compartir con nosotros los júbilos así como las molestias de lo que ocurre. Y, si Dios nos lo permite, esperamos que la respuesta sea recibida por nuestros vecinos en un espíritu de alivio y aceptación.

Me dije a mí mismo, al principio: “¿Por qué deberíamos de intervenir? ¿Por qué hemos de tomarnos tiempo para tratar con estos insignificantes y pequeños problemas?”. Pero, por supuesto, la respuesta es que estos no son problemas tan insignificantes. Constituyen una gran oportunidad, una gloriosa oportunidad para conocer a nuestros vecinos, para derrumbar barreras que nosotros, sin saberlo, hemos erigido. Es una oportunidad para toda la congregación para enseñar un poco de amor y entendimiento, y de ser súper cuidadosos de no irritar a aquellos a nuestro alrededor, y para disculparnos cuando así ha sido, y a renovar relaciones con esta gente que Dios ama. Es por eso que Dios lo mandó. Y en el proceso, Él traerá lo nuevo y derrumbará lo viejo.

Oración:

Nuestro Padre celestial, estamos agradecidos porque estos grandes conceptos sobre lo que leemos en Tu Palabra no son meras palabras con la intención de deleitar nuestro intelecto; tienen la intención de guiar nuestras vidas, de cambiarnos, de hacernos gente distinta. Oramos para que así lo hagan. Oramos para que hayamos aprendido aquí sobre nuestra parte en Tu programa ―que hemos de ser instrumentos disponibles para que puedas obrar Tu propósito justo donde estamos― que pueda ayudarnos entonces a ver que lo que parecen obstáculos y dificultades son esas mismas oportunidades que se nos ponen en el camino. Y que nos demos cuenta que Tú estás con nosotros, que Tú tienes la intención de sacarlo adelante, que tú proveerás el poder y las fuerzas que necesitamos para hacerlo, y que todo está disponible en Jesucristo. Ayúdanos entonces a regocijarnos, Señor, para elevar nuestras cabezas y estar contentos, porque el ver lo viejo derrumbándose es para recordarnos la certidumbre de que lo nuevo está surgiendo, y que Tu propósito está siendo llevado a cabo. Oramos en el nombre de Jesús. Amén.