Riquezas en Cristo

Pero Dios…

Autor: Ray C. Stedman

El título de nuestro estudio esta mañana consiste de dos pequeñas palabras: Pero Dios… . Estas abren el cuarto versículo de Efesios 2, el capítulo en el cual el apóstol Pablo está presentando la grandeza de nuestra salvación y nos está ayudando a entender lo que nos ha ocurrido en Jesucristo. Nada es más importante que el que entendamos estas grandes palabras:

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).Juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. (Efesios 2:4-6)

Esas dos palabras: “Pero Dios”, representan un contraste. Te acuerdas que la semana pasada examinamos juntos los versículos iniciales de este capítulo para ver cuál es la condición del hombre, cómo Dios le ve, cómo es de hecho en la vida. En contraste a esa imagen sombría el apóstol ahora dice: “Pero Dios…”.

No creo que ninguno de nosotros tenga ninguna idea de cómo sería la vida si Dios de pronto cesara Su proceso redentor entre nosotros. Estoy seguro de que en horas habría suicidios en masa por toda la tierra, porque cada pizca de gloria sería quitada de la vida, cada pizca de júbilo, cada pizca de contentamiento, todos esos momentos en los que nos deleitamos cuando la familia se reúne y nos dan un sentido de seguridad, de calidez y de júbilo juntos. Todo esto desaparecería. Porque estas bendiciones vienen de la actividad de Dios entre los hombres y las mujeres y los niños y las niñas por toda la tierra. Si todo eso de pronto cesará, la vida se volvería increíblemente apagada y deprimente.

Pues bien, la vida nos enseña que hay momentos en los cuales Dios temporalmente retira su bendición de la vida y Su bondad de nosotros, e invariablemente la vida se vuelve imposible de vivir. Estaba en Newport Beach esta semana, y una mujer allí me estaba contando sobre su vecino que cruzó la calle un día para hablar con ella. Estaba en una desesperanza total, y se sentó allí con la cabeza en las manos y una taza de café caliente sin tocar enfrente de él. Y clamó en su agonía de espíritu: “¡Dios, es que estoy aburrido!”. Esa es la forma de vida para tantos. La vida es totalmente aburrida, gris, solitaria, y miserable.

¿Por qué es así? Bueno, el apóstol Pablo nos dice que esto es el resultado de la condición en la cual hemos nacido. Y la única cosa que lo alivia es la misericordia y la gracia de Dios. Siempre sería así; cada momento de la vida sería de esa forma, si no fuera por la bondad de Dios derramada sobre nosotros, al justo tanto como al injusto, en Su intento de alcanzarnos y atraernos. Así que estas palabras nos llegan con gran significado: “Pero Dios…”. El apóstol tiene mucho cuidado de informarnos inmediatamente de lo que motiva a Dios moverse, y se enfoca en eso: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados…”. Esa era la condición en la cual fuimos encontrados. Pero Dios comenzó a moverse. ¿Qué le movió? La primera cosa, dice el apóstol, es Su misericordia. Me pregunto si entiendes lo que es la misericordia. Y especialmente cuál es la diferencia entre la misericordia y la gracia, estos términos que utilizamos frecuentemente, especialmente al estudiar el Nuevo Testamento. Los utilizamos todo el tiempo, pero a menudo no entendemos lo que significan de hecho, y a veces no distinguimos entre estas importantes palabras.

A un niño en la escuela dominical se le pidió que dijera cuál era la diferencia entre la amabilidad y la amabilidad en amor, porque las Escrituras utilizan ambas palabras. Lo explicó de esta forma: “Si le pido a mi madre un pedazo de pan con mantequilla, y ella me lo da, eso es amabilidad. ¡Pero si le pone mermelada, eso es amabilidad en amor!”. ¡Esa es una gran verdad teológica! Esa es una bella ilustración de la diferencia entre estos términos. Y hay una diferencia entre misericordia y gracia. Es cierto que la gracia de Dios alcanza al hombre también, pero lo hace por distintas razones que lo hace Su misericordia. Me pregunto si conoces la diferencia.

Es la culpa del hombre la que saca a la luz la gracia de Dios. Cuando Dios nos mira y nos ve como culpables ―como realmente habiendo tomado decisiones y hecho cosas que estaban deliberadamente equivocadas cuando sabíamos que estaban mal―, eso inspira Su compasión, expresada en gracia. Aunque nos lo merecemos, aun así no quiere dejarnos en nuestra culpa. Así que Su gracia se despierta y nos alcanza para encontrar una forma de dejar de lado las demandas de la ley y aliviarnos del castigo previsto de nuestra culpa y para liberarnos. Y ha hecho eso. Es la gracia de Dios que se ha hecho cargo de nuestra culpa.

Pero es nuestro sufrimiento que provoca Su misericordia. Aquellos de ustedes que son padres saben cómo es esto. Si tienen un hijo que está sufriendo un severo resfriado ―le duele la garganta, le lloran los ojos, le moquea la nariz, y está tan congestionado que apenas puede respirar, le duele las articulaciones, y está triste, y todo lo que puede hacer es poner sus brazos alrededor de tu cuello y llorar―, ¿qué es lo que eso provoca en ti como padre? Despierta tu pena, y le tiendes la mano e intentas aliviar su estado de alguna forma si te es posible, porque su sufrimiento ha provocado tu misericordia. Esto es lo que dice Pablo que ha despertado la misericordia de Dios – el sufrimiento del hombre.

Acaba de detallar esto para nosotros en los versículos que abren este capítulo. Nos dice que, como raza, estamos muertos en una condición indefensa e impotente. Estamos corruptos, en descomposición, y la vida está en una pendiente descendiente. Nos recuerda que estamos moldeados por el mundo a nuestro alrededor, hemos sido poseídos por esta pasión por la conformidad, y encontramos muy difícil alejarnos de las tendencias establecidas. No queremos ser diferentes, estamos forzados a amoldarnos en actitudes, en formas de reaccionar mentalmente, así como en vestimenta y estándar de vida. Y esto nos mantiene en esclavitud. No podemos ser las personas independientes que quisiéramos ser.

Y lo que es más, te acuerdas, somos controlados por Satanás. Hay un espíritu que obra en nosotros, Pablo dice, que nos da pie a desobedecer. Nuestra primera reacción a cualquier petición es casi invariablemente una de agresividad. “¿Quién te dio el derecho a decirme lo que tengo que hacer? ¿Por qué debería de hacer esto?” Vamos por la vida con una actitud de superioridad, e inmediatamente nos ponemos a la defensiva o nos ponemos agresivos. Aprendemos a disimularlo, aprendemos a sonreír y a ser dulces, pero interiormente nos sentimos resentidos por tener que ajustarnos a los deseos de otra persona. Ese es el espíritu de desobediencia que está constantemente obrando en la humanidad, haciéndonos atacarnos los unos a los otros y herirnos los unos a los otros.

Finalmente, hay todo un ámbito de la vida que el apóstol reúne en la frase “satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16), esos deseos impulsivos dentro de nosotros que nos llevan a desear ciertas cosas o a mantener ciertas actitudes o a insistir sobre ciertos modos de acción. No nos paramos a razonarlos. Si lo hiciéramos veríamos que están mal. Pero los racionalizamos, encontramos excusas para ellos, y cuando nuestra mente es capaz de inventar una razón, actuamos en base a ella. El resultado de nuevo, es que nos herimos los unos a los otros y destruimos la paz en el hogar, o en la familia, o en una compañía, o una nación. Y esto crea angustia, desesperación, rechazo, descontento, aburrimiento, rutina, monotonía, la frustración de la vida. Es por eso que pasamos tanto tiempo en esta condición: el sentido trágico de la vida.

Estamos tan al tanto de todo esto en cuanto a lo que otros nos hacen a nosotros, y tan poco al tanto de que le estamos haciendo lo mismo a ellos. ¿No es asombroso? Nuestra imagen de nosotros mismos siempre es mucho mejor de lo que de hecho somos. Es fácil olvidarse de las pequeñas despreciables cosas que decimos, los comentarios agudos y mordaces que hacemos, y las actitudes irritadas con las que nos despertamos. Después de algún tiempo nos olvidamos de todas estas, y al mirarnos a nosotros mismos vemos lo que nos encanta llamar “bellas personas”, con un ligero matiz aquí o allá que una buena resolución corregería. Dios no nos ve de esa forma. Pero nos vemos a nosotros mismos de esa forma y no podemos entender, entonces, porque la vida no es más fácil, porque hay tanta frustración y aburrimiento en nuestra experiencia, porque siempre estamos siendo heridos y dañados y lastimados.

Pero Dios ve todo esto con realismo y dice: “Eso es lo que te está haciendo miserable.” Este tipo de condición está en todas partes. Es compartida con el resto de la humanidad. Dios ve la tristeza y la angustia causada por ella, las lágrimas, la desilusión, el apabullante sentido de frustración, de debilidad, de ineptitud. Él ve la tristeza, la miserable tristeza de la vida humana. Y nosotros también vemos esto cada vez con más claridad, ¿no es así? Él quiere hacer algo para aliviar la tristeza del hombre. Eso es lo que Pablo dice que está ocurriendo.

La misericordia de Dios conmueve Su amor, y el amor es activo: “… por su gran amor con que nos amó…”. Lo que el apóstol tiene en mente aquí es la cruz, y tras ella, toda la historia de Jesús viniendo a la tierra. Esa es la señal del amor de Dios. ¿Cómo sabemos que Dios nos amó? Bueno, porque “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado…” (Juan 3:16a). Esta es siempre la marca del amor.

Creo que los esposos, por ejemplo, tienen una gran dificultad en entender y actuar en respuesta al mandamiento de las Escrituras de amar a sus mujeres: “Maridos, amad a vuestras mujeres” (Efesios 5:25, Colosenses 3:19), porque no entienden lo que es el amor. Para la mayoría de nosotros, el amor es un tipo de sentimiento, un sentimiento de cariño, que a veces tenemos hacía nuestras mujeres, gracias a Dios, y con el cual comenzamos todo el proceso del matrimonio. Pero no siempre está ahí. Aun así, los maridos son instruidos a amar a sus mujeres. Sin embargo, si el amor es nada más que un sentimiento, este picor alrededor del corazón que no puedes rascar, esta actitud insegura que es bueno tener pero que no siempre está presente, entonces es imposible obedecer la exhortación de amar a tu mujer.

Pero eso no es lo que es el amor. El amor es una voluntad, una decisión que tomas. El amor es una actitud activa en la cual nos movemos para cumplir las necesidades de otra persona. Es por eso que las Escrituras dicen: “Así que, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Romanos 12:20), porque es entonces que le amas. Amas a alguien cuando respondes a sus necesidades. Ese es el significado del amor. Cuando un marido comienza a cumplir las necesidades de su mujer ―a averiguar quién es, dónde está en la vida, qué es lo que quiere y lo que necesita, y comienza a trabajar para suplir esas necesidades―, es ahí donde comienza a amar a su mujer. Y es entonces cuando una mujer comienza a amar a su marido.

Y es de eso de lo que está hablando Dios. Pablo está diciendo: “Dios nos amó e hizo algo al respecto. Vino aquí”. Él no es un Dios de indiferencia o de despreocupación. Fue conmovido por nuestro dolor, y vino y lloró y sufrió. Vino a los más pobres de entre los pobres; sintió el pellizco de la pobreza. Fue rechazado, se sintió dañado, tuvo miedo, sintió todas las pruebas que se presentan en nuestras vidas. Y cuando se había identificado a Sí mismo plenamente con nosotros, salió y, en la angustia y el dolor indescriptible de la cruz, sin ninguna razón en Sí mismo, llevó nuestros pecados. Por supuesto, Pablo no menciona eso específicamente en este punto; viene después en la epístola. Pero es el trasfondo, el trabajo preparatorio, para lo que sigue aquí. Está incluido en la gran idea del amor de Dios, alcanzándonos a nosotros. Y lo hizo, dice el apóstol, cuando no había nada en nosotros que pudiera ayudar en el más mínimo grado, cuando estábamos muertos en nuestras transgresiones. No hemos hecho nada para salir de este patrón de miseria humana.

Espero que todos entendamos eso muy simplemente. Esta es la visión bíblica de la vida, y es precisa; encaja en la historia. Esta es la razón por la cual puedes ir hacia atrás en la historia y leer sobre todas las luchas del hombre en el pasado ―en la edad media, en los tiempos de nuestro Señor, en la edad dorada de Grecia, en el imperio persa, tan atrás en la historia como puedas ir― y encontrarás que el hombre y la mujer entonces estaban luchando con exactamente los mismos problemas, y sintiendo las mismas heridas y las mismas miserias desdichadas, y estaban viviendo en el mismo mundo aburrido y gris, gobernado por el odio humano y el fratricidio y la guerra, todos exactamente iguales, exactamente iguales como hoy. Oímos a los profetas de nuestro día decir que el hombre ha aprendido tanto, que hemos tenido una explosión de conocimiento, que ahora tenemos posibilidades tecnológicas que el hombre nunca pudo haber soñado antes, y que, con todo este vasto conocimiento, deberíamos de poder resolver los problemas de la vida mucho más fácilmente. Pero la verdad es que no hemos aprendido ni una sola cosa sobre aliviar la desdicha y el daño humano. Nuestras ciudades hoy son grandes grupos de desgracia humana, incitados al odio y conflicto, y listos para estallar en disturbios y revoluciones en cualquier momento. Ese es todo el conocimiento que los humanos han acumulado a lo largo de los siglos para aliviar, para de hecho salir de esta condición humana.

Cuando estábamos muertos, cuando estábamos absolutamente desesperados, entonces Dios hizo algo. Esto es lo que el apóstol quiere que veamos. Dios se puso en acción. Dios se abrió paso. Y lo que llevó a cabo rompió el hechizo de la maldad y comenzó a liberarnos. Todo esto, como sabes, se pone a nuestra disposición cuando creemos en Jesucristo. Ahora el apóstol se dispone a ayudarnos a entender eso. ¿Qué ocurrió cuando creíste? ¿Qué es lo que hizo Dios que rompió ese patrón, y cómo funciona? No dudo en decir que si no entendemos esto claramente nunca podremos entrar en las riquezas que son nuestras en Jesucristo. Siempre estaremos arrastrándonos por ahí, intentando vivir una buena vida cristiana, luchando y descubriendo algunas cosas útiles aquí y allá, pero observando cómo otros entran en libertad y júbilo y belleza de carácter, mientras que nosotros nunca parecemos poder descubrir el secreto. Debemos de entender completamente lo que nos ha ocurrido. Hay tres cosas que el apóstol presenta:

Primero, Pablo dice, Dios “nos dio vida juntamente con Cristo”, y, en paréntesis, nos recuerda: “(por gracia sois salvos)”, la gracia de Dios, y no la actividad del hombre. El hombre no añade nada a esto. No hay ni una sola cosa que el hombre añada a esta obra de redimir las vidas humanas rotas, ni una sola cosa. Nunca puede. Es completamente por gracia. Así que el primer paso es que nos dio vida juntamente con Cristo. Entonces viene el segundo: “Juntamente con él nos resucitó”, y el tercero: “nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. Esas no son meramente frases teológicas. Presentan realidades que ya han ocurrido, y que necesitamos entender desesperadamente.

Tomaremos solo el primero esta mañana. Me gustaría que examinaras conmigo la frase: “nos dio vida juntamente con Cristo”. Son solo dos palabras en el lenguaje griego. Una palabra reúne “nos dio vida juntamente con”, todo una palabra: nos avivó con Cristo. Ahí tienes el secreto central de la vida cristiana. Fuimos hechos vivos en Cristo. Eso ocurrió cuando creíste en Jesús. No sé qué sentimientos tenías en ese momento. La mayoría de la gente no experimenta mucho cuando se vuelven cristianos. Es normalmente una sensación tranquila, quizás un leve sentido de paz se te vino encima, quizás un poco de alivio de tus emociones. Con algunos hay un sentimiento de júbilo, pero normalmente no es muy dramático. He tenido el júbilo de llevar a montones de personas a Cristo, y casi siempre es muy, muy tranquilo. ¡Y sin embargo es una cosa tremenda lo que ha ocurrido! ¡Es toda la diferencia entre la vida y la muerte!

Si tuviéramos un cuerpo aquí en la plataforma esta mañana, y hubiera estado muerto durante cuatro o cinco días, y si hubiéramos conocido a esta persona en vida pero supiéramos ahora que estaba completamente muerto, que había perdido toda habilidad de pensar, de reaccionar, de comunicarse, de moverse, o de vivir en cualquier sentido, y si tuviéramos el poder de poner nuestras manos sobre él para que volviera a la vida de nuevo aquí y ahora, esto sería proclamado por toda la ciudad en horas, ¿no creen? Estaríamos asombrados del milagro que habría ocurrido. Y sin embargo eso es lo que el apóstol dice que ocurre en la vida interior del hombre cuando pasa de la muerte a la vida, cuando cree en Jesucristo. Esa misma dramática y completamente contrastante condición ocurre en nosotros. Ya no estamos muertos cuando creemos. Estamos vivos en Jesucristo. Una vida nos ha sido impartida.

Hay muchas maravillosas comparaciones en las Escrituras para ayudarnos a entender algunas de estas cosas. Una de ellas es todo el proceso del nacimiento. Convertirse en cristiano es comparado a haber nacido de nuevo. ¿Pero dónde comienza el nacimiento? Sabemos que no ocurre de hecho con la entrada del bebé al mundo. Comienza con la concepción. Y la concepción tiene lugar con un acto de amor cuando el óvulo y el esperma se unen. Pero la madre no sabe nada sobre ello; no lo siente. Sin embargo una cosa extraordinaria ha ocurrido dentro de su cuerpo, algo que no siente pero que, de todas formas, va a cambiar su vida y quizás la historia de todo el mundo, ya que muchos bebés han cambiado la historia del mundo cuando han crecido. Esa es exactamente el tipo de cosa a la que Pablo nos llama la atención aquí. Cuando nacemos de nuevo en Jesucristo recibimos vida de Él. Somos hechos un espíritu con Él. Ya no estamos muertos, ya no somos indiferentes a Dios. Somos traídos a la vida en Jesucristo.

Otra cosa que es útil en entender esto es el darnos cuenta que algo le ha ocurrido a nuestra actitud. Simplemente no somos la misma persona desde ese momento en adelante. Y comienza a mostrarse casi inmediatamente. He aprendido, por ejemplo, a comenzar a buscar un cierto signo que es invariablemente manifestado momentos después de que la persona se convierte en cristiano: su egocentrismo termina, momentáneamente al menos, y comienzan a pensar en otra persona. He visto esto ocurrir tantas veces en el momento que alguien se ha vuelto a Cristo y tiene un minuto o dos para pensar sobre lo que les ha ocurrido. Así que a menudo dirán: “Oh, desearía que le dijeras esto a mi hermano”, o “Desearía que oraras por mis padres”. Inmediatamente sus pensamientos se alejan de su gran experiencia a alguna otra persona con quien quieren compartirla. Esta es una marca de que han vuelto a la vida en Jesucristo. Cuando comenzamos a hablar al principio todo lo que les preocupaba era: “Yo. ¿Qué me está ocurriendo a mí? ¿A dónde estoy yendo? ¿Qué está ocurriendo en mi vida?”. Pero casi inmediatamente después de recibir a Cristo viene esa reacción que comienza a alcanzar a otra persona. Eso es el pasar de la muerte a la vida. También hay una reacción inmediatamente evidente en su actitud hacia Dios. ¿Has notado que aquellos que no son cristianos tienen miedo de Dios? No quieren venir a la iglesia porque ven a la gente disfrutando de la presencia de Dios ahí, y les hace sentirse incómodos. Y eso está perfectamente bien; no se debe de esperar que vengan a la iglesia para poder encontrar a Dios. Dios les alcanza a ellos donde están, por medio de Su pueblo. Pero tienen miedo de Él. Y es por eso que tienen miedo de la muerte. Es por eso que aquellos que no son cristianos no les gusta ni siquiera pensar en la muerte. Les ves en los funerales. Están inquietos e incómodos y nerviosos, esperando que todo termine lo antes posible para que puedan volver a los entornos familiares de un bar, o a sus casa o a algún sitio donde de nuevo puedan escapar el pensamiento de la muerte. ¿Por qué no les gusta la muerte? Porque saben que les introduce a la presencia de Dios, y tienen miedo de Dios. Están incómodos con el pensamiento de Dios. No quieren a Dios. Están escondiéndose y escapándose de Él.

Pero cuando se convierten en cristianos eso cambia inmediatamente. ¿Alguna vez lo has notado? Inmediatamente. Dios es ahora Su Padre. Tienen un sentido de pertenencia. Y ahora la persona a la que quieren más que ninguna otra es a Dios, y claman como lo hizo el salmista: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, Dios, el alma mía” (Salmo 42:1). “El Señor es mi pastor, nada me faltará” (Salmo 23:1). Inmediatamente hay un hambre de Dios. Eso es el pasar de la muerte a la vida. Están comenzando a vivir de la forma que Dios quería que el hombre viviera.

Pero la cosa más maravillosa, por supuesto, es el gran hecho central, la más importante verdad en todo el cristianismo, que es declarada aquí mismo: “Nos dio vida juntamente con Cristo”. Fíjate que Pablo dice “con Cristo” tres veces: “Nos dio vida juntamente con Cristo”. “Juntamente con él nos resucitó”. “Así mismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo”. El más maravilloso hecho de todos es que somos unidos a Jesucristo. Él se ha vuelto vivo en nosotros. Y más que el venir a vivir en nosotros, se ha unido a nosotros, y somos una sola persona con Él. Ese es el hecho más importante sobre el cual construir todo el resto de la fe y la experiencia cristiana: esta grande y tremenda declaración de que se nos da vida con Jesucristo, unidos con Él.

¿Te acuerdas de cómo el Señor mismo enseñó eso? Dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” (Juan 15:5a). ¿Puedes distinguir dónde termina la rama y comienza la vid? No. Es una sola planta, compartiendo una vida junta. Así que de ahora en adelante nuestra identidad ya no es “en Adán”, sino que es “en Cristo”. Ya no somos seres humanos ordinarios. Somos nuevas creaciones, comenzadas de nuevo, ligadas con la vida de Jesucristo. Y esa es nuestra identidad de ahí en adelante. Acuérdate que más tarde en esta carta Pablo compara la iglesia al cuerpo del cual Cristo es la cabeza. ¿Has examinado tu cuerpo últimamente? ¿Has notado, por ejemplo, que no puedes meramente quitarte los dedos al torcerlos y tirar de ellos? Están atados a tu cuerpo. Comparten de la vida del cuerpo. No están pegados por ningún proceso mecánico. Son una parte orgánica de él. Estas figuras se nos muestran para enseñarnos la forma íntima en la que somos unidos a Jesucristo, para decirnos que Él es nuestra vida. Y esos somos quienes somos, de ahora en adelante.

Así que nunca pienses de ti mismo de ninguna otra forma, porque toda la obra del enemigo consiste en conseguir que no creas eso, y que vuelvas a pensar que eres un individuo ordinario, luchando a lo largo de la vida, intentando hacerlo lo mejor que puedes, necesitando movilizar todos tus recursos humanos para intentar mantenerte por delante de los demás y para conseguir tanta autorealización en la vida como puedas. Y en cualquier momento que creas eso, vuelves a actuar como lo hiciste una vez: de vuelta a la miseria espiritual, de vuelta a las angustias. Puedes escaparte de eso solo cuando vuelvas de nuevo a esta verdad central: ¡Estamos vivos en Jesucristo!

Hay una cosa final en la que fijarse aquí. Estos verbos están todos en pasado. Esto es algo que ha ocurrido, no algo que va a ocurrir. Ya ocurrió cuando creíste en Jesucristo. No tienes que trabajar para conseguirlo. No es algo que los grandes santos consigan después de muchos años de esfuerzo. Es algo que ya es cierto, y cada cristiano tiene la misma experiencia. Somos traídos a la vida en Jesucristo. No somos iguales. No podemos ser iguales de nuevo. No podemos volver a vivir en la forma en la que solíamos hacerlo. Aunque lo intentáramos, no seremos capaces de hacerlo. Es por eso que a veces le digo a la gente que se siente desanimada con su vida cristiana: “Bueno, entonces date por vencido, trata de volver atrás, trata de no ser cristiano. Ve a ver qué ocurre”. No pueden hacerlo, y saben que no pueden, porque son nuevas criaturas, vueltas a la vida en Jesucristo. Una nueva humanidad ha comenzado.

La semana que viene seguiremos descubriendo juntos los otros dos pasos. Pero, hasta entonces, nunca te permitas olvidar el gran hecho de que has sido cambiado, que eres una nueva creación, que has comenzado una nueva relación. No hay forma de que puedas borrarlo, y ninguna forma de que puedas perderla. Se te ha dado vida juntamente con Cristo, y esa es la base de toda tu experiencia de ahora en adelante.

Oración:

Padre Celestial, te damos las gracias por esta gran verdad. Oramos para que si alguno entre nosotros aquí todavía no ha encontrado que esto es cierto, que incluso en la tranquilidad de este momento puedan experimentar esta nueva vida en Jesucristo, que abran sus corazones y digan: “Señor Jesús, te necesito, y Tú prometiste entrar; así que entra, Señor”, y esa es la gran transacción que tendrá lugar para que nunca sean iguales de nuevo. Y nosotros que hemos encontrado que esto es verdad, Señor, te pedimos que hagas entender sencillamente lo que esto significa: que estos somos quienes somos, y que nunca podremos manejar la vida bien hasta que primero no sepamos quienes somos. Ayúdanos a acordarnos de esto, e impresiona sobre nuestros corazones y mentes una y otra vez que hemos sido vivificados en Jesucristo, llamados a salir de la oscuridad a la luz, liberados del poder de Satanás para el Reino de Dios, y hechos nuevas criaturas en Jesucristo. Te damos las gracias en Su nombre. Amén.