Riquezas en Cristo

Cómo funciona la oración

Autor: Ray C. Stedman

Al llegar al final de un viejo año y el comienzo de uno nuevo, la mayoría de nosotros estamos ocupados en la evaluación de lo que ha ocurrido en el año pasado. Y nos debatimos con un sentimiento de necesidad de motivación. Estamos al tanto de ciertos fallos que han ocurrido en el pasado año, aunque comenzamos el año con las mejores intenciones. De alguna forma las cosas no han salido como esperábamos. No hemos sido capaces de hacer justo lo que habíamos determinado hacer. Así que, al enfrentarnos al nuevo año, nos estamos preguntando a nosotros mismos: “¿Cómo puedo hacer las cosas mejor? ¿Cómo puedo realmente motivarme a mí mismo para hacer lo que sé que debería de hacer?”. La semana pasada recibí una nota haciendo una pregunta que presenta esto bastante gráficamente:

“¿Qué podemos hacer con el problema de la autodisciplina? Durante los veinte años de mi vida antes de convertirme en cristiano, me encontré incapaz de conseguir esto. Y después de más de dos años de ser cristiano, todavía me elude, aunque parece haber alguna razón para esperarlo en base a Gálatas 5:23”.

El versículo al que el escritor se refiere es sobre los frutos del Espíritu. Dice que no solo habrá amor, júbilo y paz, sino también ternura, bondad y control propio, autodisciplina. Y por lo tanto este escritor está preguntando: “¿Cómo puedo tener esto? Hay en el cristianismo una esperanza de disciplina, autodisciplina, ¿pero cómo puedo tomar posesión de ella?” Es aquí donde muchos de nosotros luchamos, la lucha de debería en contra de es: “Soy esto; debería de ser eso. ¿Cómo puedo hacerlo?”. Estoy seguro de que todos nosotros nos hemos sentido de esta forma a veces.

La respuesta del mundo en este tiempo del año, por supuesto, es las resoluciones del Año Nuevo: “Determinaré hacer esto. Apretaré los dientes y diré: ‘Si, voy a hacerlo’. Me dedicaré a ello. Me prepararé recordatorios aquí y allá, y se lo diré a mis amistades, para que me puedan ayudar. De esta forma lo conseguiré”. Pero cada diciembre trae amplio testimonio de que esto no funciona, porque es lo que intentamos el año pasado en este tiempo, ¡y no funcionó! Bueno, este es el mismo problema con el que el apóstol se está enfrentando en los versículos finales del capítulo 3 en su carta a los efesios. Está preocupado por estos efesios. Obtienes el marco de este pasaje en el versículo 13, donde Pablo dice:

Por eso, pido que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, (Efesios 3:13a)

Los cristianos en y alrededor de Éfeso estaban en peligro de perder la esperanza. ¿Alguna vez has perdido la esperanza? Cuando un atleta está en una competencia de resistencia de algún tipo, continúa más y más, aunque sienta que las piernas se le vuelven de goma y respira pesadamente y experimente un dolor físico real. Sin embargo, continúa. Y cuando termina, decimos: “Qué gran corazón tiene. Tiene la moral, el aguante, para continuar”. Pero cuando pierdes la esperanza, pierdes el aguante, pierdes la moral. Llegas a un sitio donde dices: “¿De qué sirve? ¿Por qué he de continuar? No puedo seguir”. Y te das por vencido. Eso es lo que Pablo sentía que estaba a punto de ocurrir ahí en Éfeso. Estaban a punto de rendirse, de perder la esperanza. Así que dice: “Estoy preocupado. No perdáis la esperanza. La situación no es como pensáis”. Y, como hemos visto, les enseña algunas maravillosas verdades para enseñarles por qué no han de perder la esperanza. Pero entonces concluye con esta gran oración:

Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra), para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. (Efesios 3:14-19)

El apóstol ha tratado con el problema de la motivación anteriormente, en el capítulo 1. Concluye ese capítulo con una oración, también. En el versículo 15 dice: “Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones” (Efesios 1:15-16). Entonces, continúa orando para que los ojos de sus corazones sean iluminados, que la verdad tome posesión de sus emociones y, por tanto, ilumine sus mentes, para que puedan comenzar a ver la verdad no meramente como un dogma intelectual, sino como una realidad viva, una revelación de cómo son las cosas, y que por tanto sean motivados a comenzar a moverse en la dirección que Dios quiere. La oración en el capítulo 3 retoma el hilo desde ese mismo punto y sigue desde ahí. Pues, el apóstol deja claro que no necesitan tener solo luz y conocimiento para comenzar, sino el poder para continuar. No necesitan solo motivación, sino que necesitan la resolución para continuar, para seguir con ello hasta el final.

¿No es eso lo que necesitamos? Nos estamos enfrentando a un nuevo año. Muchos de nosotros sabemos que podemos sobrevivir las dos primeras semanas bastante bien. Todos nuestros viejos hábitos desaparecerán, y podemos ser amables con nuestros vecinos, nuestra madre y padre, nuestros hijos ―e incluso con el perro― por dos semanas. Pero después comienza a menguar y declinar. Para el final de enero hemos regresado bastante a las viejas rutinas en las que estábamos anteriormente. Lo que necesitamos no es solo motivación, no solo luz para comenzar, sino poder para continuar. Esa es la diferencia entre esta oración en el capítulo 3 y la del capítulo 1. Esa era una oración para entendimiento, entendimiento que toma posesión de las emociones. Pero esta es una oración para poder, poder que te mantiene continuando y te ayuda a recuperarte cuando pierdes la esperanza.

Así que si ese es tu problema, o ha sido, o será, entonces espero que prestes atención a esta oración, porque el apóstol Pablo comienza en ese punto, con alguien que está a punto de perder la esperanza, o ha perdido la esperanza, alguien que dice que ha llegado a las profundidades de la depresión y la desesperación, y piensa que es incapaz de volver al Señor. ¿Qué haces por él? Quizás estés ahí tú mismo. Quizás estés pensando en alguien ahora mismo que está ahí, y no sabes por dónde comenzar. Entonces presta atención con cuidado a cómo nos lleva el apóstol aquí paso a paso por una gran escalera de esfuerzo, escalón a escalón, constantemente subiendo, y guiándonos a la experiencia más plena posible de la vitalidad cristiana. Lo examinaremos en simples divisiones que Pablo mismo provee: la primera, su oración misma, y después el gran himno de alabanza que viene al final. El primer paso:

Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra), (Efesios 3:14-15)

En otras palabras, comienza con la oración. Es importante enfatizar esto. Necesitamos entender más sobre el ministerio de la oración. Estoy convencido que, aunque ha habido mucha oración de los unos por los otros en los últimos dos o tres años aquí en PBC, todavía necesitamos mucho más entendimiento de lo que la oración realmente hace y cómo funciona. El apóstol evidentemente entendió esto claramente, porque nunca está muy lejos de la oración por aquellos a quienes escribe y por los cuales está preocupado. Entendió que esto era un ingrediente esencial para la solución a sus problemas. Y no solo para ellos, sino para él, como apóstol. Necesitaba que oraran por él, y pidió por ello una y otra vez.

Estoy muy preocupado por que al estudiar este pasaje juntos, entendamos el vasto significado de esto. El sitio a comenzar cuando la fe de alguien está fallando, cuando se está volviendo frío y letárgico y muerto en su experiencia espiritual, es el orar por él. Fíjate particularmente en Aquel a quien Pablo ora. Dice: “doblo mis rodillas ante el Padre”. No era costumbre para los judíos el doblar las rodillas en oración. Pensamos en arrodillarnos como la postura común de la oración, aunque no tanto hoy en día como lo era hace unas pocas décadas. Pero los judíos normalmente oraban de pie con los brazos extendidos a Dios. Era solo cuando algo era de interés profundo e intenso que doblaban las rodillas o se postraban ante Dios; esta es la posición que el apóstol toma aquí.

Por supuesto, no es realmente importante cuál es tu postura. Me acuerdo vagamente de un poema cómico sobre un grupo de cristianos que estaban discutiendo sobre esto. Uno insistía que la única forma de orar era sobre las rodillas. Otro insistía que tenía que ser de pie con la cabeza agachada. Un tercero afirmaba que la única forma de orar era el estar sentado en una silla mirando a Dios hacía arriba. Uno, que hasta entonces había estado en silencio, contó de un incidente en el cual accidentalmente se cayó a un pozo cabeza abajo. ¡Mientras estaba colgando allí hacia abajo, oró una oración que dijo era la más efectiva que jamás había orado! Así que la postura no es importante.

Aun así, el apóstol recalca la seriedad de su oración: “doblo mis rodillas en sincera preocupación por vosotros que estáis a punto de perder la esperanza”. Ora al Padre: “ante el Padre”. Y entonces añade: “de quien toma nombre toda [literalmente] familia en los cielos y la tierra”. No es familia. Es paternidad. En otras palabras, Dios es un Padre. Es la misma personificación de la paternidad, y cada paternidad en los cielos y la tierra que merece el nombre de padre toma sus características de la paternidad de Dios. Él es el padre arquetípico: el Padre del cual toda paternidad toma su esencia y su carácter.

A veces leemos en el periódico sobre un caso legal de paternidad donde la mujer pone pleito en contra de un cierto hombre, reclamando que es el padre de su hijo. Puede que sea cierto que haya participado en la concepción de ese niño, y en ese sentido es el padre. Pero esto está a años luz de las palabras “Padre” y “paternidad” como Pablo las utiliza aquí. A veces “Padre” es utilizado en el sentido de que Dios es el Padre de todos los seres humanos, y en ese sentido quizás es correcto. Pero aquí es en el sentido de paternidad que evoca conceptos de preocupación y provisión y guía en amor y enseñanza fiel, de placeres compartidos, de firme tratamiento ocasionalmente, de comunión creciente. Eso es paternidad. Y el apóstol quiere que te acuerdes que cuando estás desesperando sobre tu vida espiritual o sobre la de otra persona, cuando te sientes frío y letárgico, y estás a punto de perder la esperanza, y sientes que te quieres rendir y decir que es hora de darse por vencido, entonces ese es el momento de volverte al Padre. Dios es nuestro Padre, y Él es la misma quintaesencia de paternidad. Y Él se acerca a este problema de la parálisis de nuestra voluntad con los recursos que tiene como Padre, que Pablo describe como “las riquezas de su gloria”:

… conforme a las riquezas de su gloria… (Efesios 3:16a)

La gloria de Dios es el ser de Dios, la persona de Dios. Él mismo es Su propia riqueza de gloria. Y cuando Dios quiere demostrar Su gloria se muestra a Sí mismo. Te revela cómo es. Es por esto que el apóstol enfatiza esto en este momento. Ya que no vas a un ser frío y distante ―sentado sobre un monte Olimpo lejano en algún sitio, batiendo sus párpados con indiferencia desdeñosa a tus necesidades― para pedir ayuda. Estás acudiendo a un Padre tierno, implicado y amante, que está profundamente involucrado contigo, que quiere que crezcas, que está preocupado por tu bienestar, y que no te dejará en algún estado de desarrollo truncado. Esto es lo que Pablo nos presenta como trasfondo de esta oración.

Luego comienza a trazar paso a paso el curso de recuperación de la depresión espiritual:

… el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; (Efesios 3:16b)

Este es el primer paso: “fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu”. Este no es un recordatorio de que el Espíritu vive en el hombre interior, aunque eso es cierto. Más bien, la idea aquí es que el Espíritu pueda infundir Su propia fuerza a tu hombre interior. Bueno, ¿qué es tu hombre interior? Tú y yo estamos familiarizados con la distinción entre el hombre exterior y el hombre interior. Cuidamos del hombre exterior con mucho esmero. Lo vestimos, le damos de comer, le peinamos el pelo, le damos palmaditas, lo acicalamos, lo lavamos, lo secamos, lo untamos con crema. Siempre estamos preocupados con el hombre externo, el cuerpo y sus necesidades. Pero también estamos al tanto de que hay un hombre interior.

Encuentro que muchos comentaristas piensan que esto significa el alma, el alma interior, con sus facultades de razón y de emoción y de voluntad, nuestra vida del pensamiento, etc. Pero no creo que eso sea lo que Pablo quiere decir aquí, porque en 2ª de Corintios 4 nos da una clave de lo que quiere decir cuando dice “el hombre interior”. Ahí dice que “nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Corintios 4:16). Es decir, para los cristianos hay algo en nosotros que se está haciendo viejo, que se está descomponiendo, que se está deteriorando, pero también hay algo en nosotros que se está mejorando, que se está volviendo más fresco y más vital, incrementándose, y volviéndose más rico y profundo y más fuerte cada día que vivimos. Y eso es lo que llama “el hombre interior”.

Ahora, sabes tan bien como yo que tu alma se vuelve vieja, así como tu cuerpo. Tu mente se puede debilitar por la edad, y tus emociones se pueden volver inestables y fácilmente afectadas cuanto más mayor te haces. Todos estamos familiarizados con esto. E incluso la voluntad puede debilitarse, para que no tengas la misma resolución y motivación y determinación que tenías en el pasado. Así que está claro que el alma es parte de nuestra vida ligada con el hombre exterior, que está pereciendo día a día. Nos estamos volviendo más viejos, volviéndonos seniles.

Almorcé hace algún tiempo con un hombre de mi edad. Al final de la comida pagué la factura. Le di al camarero el dinero, y él guardó la factura y me trajo el cambio. Para mi asombro, mi amigo tomó el cambio y se lo puso en el bolsillo. ¡Estaba despistado! ¡Me di cuenta que estaba almorzando con un hombre viejo senil! (No te contaré sobre todas las veces que hago cosas así.)

Pero, verás, ese no es el hombre interior. El hombre interior aquí es el espíritu, el espíritu humano. Y es aquí donde Dios comienza la obra de recuperación, no en el alma, sino en el espíritu. No en el ámbito de nuestro sentimientos, en otras palabras, sino en lo que los psicólogos llamarían el ámbito del subconsciente, esa parte de nuestra vida que está profundamente asentada, el elemento fundamental de nuestra naturaleza. Sabes que cuando estás realmente desanimado, realmente angustiado, y te has dado por vencido, la forma en la que tu condición se describe es desalentado. Este es un término preciso. Te has des-alentado. Tu naturaleza fundamental está insatisfecha, descontenta. No es meramente una cuestión de aburrimiento temporal. Esto sería en el ámbito del alma. Sino que esto es algo que toca al espíritu, justo en el nivel más profundo de la vida humana, y te encuentras lleno de hastío, con desesperación e indiferencia, y persiste por horas y días sin fin.

Es aquí donde debe de comenzar la recuperación. Y lo que el apóstol nos cuenta aquí es la capacidad del Creador mismo, nuestro Padre amante, de darnos una infusión renovada de la fuerza de Su Espíritu a nuestro espíritu, el hombre interior. Somos fortalecidos con poder al hombre interior por Su Espíritu. En 1ª de Corintios 12, hablando de los creyentes, Pablo dice: “porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo [hemos sido hecho miembros del cuerpo de Cristo]… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13). Para eso son nuestros espíritus humanos; han de beber del Espíritu de Dios, para que el Espíritu de Dios sea capaz de refrescarnos y revitalizarnos. Así como el beber refresca tu cuerpo, así el beber del Espíritu refresca tu espíritu, en el nivel más profundo de tu vida.

Ahora, ese no es el ámbito de las emociones. Quiero que esto quede claro, porque estamos tan obsesionados con este proceso de recuperación espiritual, al querer siempre un buen sentimiento instantáneo. Buscamos una sensación de alivio instantáneo. Bueno, el alivio vendrá, pero no comienza aquí. Comienza en el nivel del espíritu, y puede que no sea nada más que alguna conciencia de consuelo de que las cosas funcionarán al final.

El paso inicial no es tu responsabilidad; es la de Dios. ¿No ayuda eso? No tienes que comenzar. Él lo hace. Todo lo que es necesario es que se lo pidas. Tu pides, o alguna otra persona pide para ti, lo uno o lo otro. Pablo oró para que se le otorgara esto a estos efesios. Y podrían haber orado por sí mismos, si hubieran sabido qué pedir, porque una oración no es nada más que un clamor de impotencia: “¡Dios, ayúdame!”. Cuando pedimos a ese nivel, Dios promete dárnoslo.

Acuérdate de lo que Jesús mismo enseñó en ese gran pasaje sobre la oración en Lucas 11, al final de la historia del amigo inoportuno: “¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente?” (Lucas 11:11). ¿Algún padre terrenal haría esto? ¿Atormentaría o torturaría a su hijo de esa forma? “¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?” (Lucas 11:12). ¿Qué tipo de padre haría algo así? “No, por supuesto que no”, Jesús dice, “tampoco lo hará Dios”. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11:13). ¿Sientes la fuerza de su argumento? No está hablando sobre cómo el Espíritu puede morar en nosotros, sino de cómo recuperarse de perder la esperanza. La forma de comenzar, el primer paso, es pedirle a Dios que te otorgue que tu espíritu reciba una nueva infusión de fuerza, que puedas beber de nuevo del río del Espíritu de vida que está en ti, y que tu espíritu sea restaurado para que puedas comenzar a operar de la forma en que Dios tenía la intención de que lo hicieras. No sentirás esto, necesariamente. Sentimos agudamente lo que ocurre en el alma, pero solo sentimos una especie d algo en lo hondo con las cosas que están ocurriendo en el espíritu. Esto nos mueve al segundo paso, que sigue inmediatamente. Pablo ora para que Dios te otorgue la fuerza con poder por medio de Su Espíritu al hombre interior para que:

… que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, (Efesios 3:17a)

Fíjate en la conexión: literalmente, no es “y que” sino “para qué”. Estás fortalecido por Su Espíritu para que Cristo pueda, literalmente, “hacer Su hogar” en tu corazón. El fortalecimiento de tu espíritu resulta en tu sentir la presencia personal del Señor Jesús, al tomar posesión tu fe renacida de Su promesa una vez más. La clave a ese segundo paso es las palabras “por la fe”. ¿Por qué has estado languideciendo, por qué te has estado volviendo débil e incapaz de operar? Bueno, porque tu fe está fallando. No estás creyendo tan clara o agudamente la realidad que Dios revela. Tu fe se arrastra. Lo que hace la infusión del Espíritu es despertar la fe, para que puedas comenzar a creer de nuevo. Y la primera cosa a creer es el hecho más fundamental de la vida cristiana: Jesucristo ha venido a vivir en ti. Aunque todavía no haya mucho sentimiento involucrado. Es tan solo un hecho que la fe de nuevo descansa sobre la promesa de Jesús dada en el aposento alto en Juan 14. ¿Te acuerdas de cómo se lo explicó a Judas, no el Iscariote? Judas le dijo: “Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros y no al mundo?” (Juan 14:22). Y Jesús le contestó: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él” (Juan 14:23). Es a eso a lo que Pablo se está refiriendo. La fe es despertada ahora. Te recuerdas a ti mismo que Jesucristo vive en ti. Eres un creyente. Él ha tomado residencia en ti. No te dejará. Está en casa en tu corazón, y le perteneces. Eso inmediatamente trae el tercer paso: ¿Ves cómo Pablo nos está guiando, paso a paso, a la recuperación?

… arraigados y cimentados en amor, (Efesios 3:17b)

¡Ah, amor! Ahora el sentimiento comienza a volver. Una vez más estás comenzando a sentir algo, pero es el tercer paso, no el primero, cuando la sensación vuelve. Calmado por la promesa de Jesús de estar contigo, sabes que eres amado, y que Él cuida de ti, y que no cambiará esa relación. Por lo tanto, tu identidad propia vuelve. En otras palabras, como dice Pablo, estás “arraigado y cimentado en amor”. Hay una mezcla de metáforas. Las plantas son arraigadas; los edificios son cimentados. Pero Pablo los liga juntos como bellas figuras de seguridad. Una planta que está arraigada es sólida. Hace algún tiempo teníamos en nuestro patio un árbol que podrías haber derribado al empujarlo. Vino un agrónomo y nos dijo que era necesario atarlo para que no pudiera moverse hasta que las raíces se arraigaran. Ahora puedes empujarlo y no se moverá. Está arraigado y sólido y puede aguantar la tormenta y el estrés. Y un edificio necesita estar firmemente cimentado sobre unos cimientos; de lo contrario, temblará en el viento o la tormenta.

Pablo está simplemente diciendo aquí que necesitamos fundamentos sólidos para nuestras experiencias. No podemos manejar la vida a menos que tengamos una cimentación sólida, a menos que estemos arraigados y cimentados ―¿en qué? En amor― en la seguridad de que Dios nos ama, nos ha aceptado, que somos queridos de Él, preciosos para Él. Cuando sabemos esto, entonces sabemos quiénes somos. Entonces tenemos un sentido de bienestar. El amor siempre nos da eso. Es por eso que una vida aislada y solitaria es tan difícil, porque no hay un sentido de bienestar. Es por eso que es la mayor causa de suicidio en este mundo. ¿Qué es lo que causa que la gente salte de los puentes y vuele los sesos? No se sienten queridos. Nadie les aprecia. Nadie les tiende la mano. Pero el cristiano puede encontrar este terreno de solidaridad y seguridad y amor en Jesucristo. Y cuando esa fase es alcanzada, entonces estás listo para la siguiente, el cuarto paso:

… seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, (Efesios 3:18)

Ahora estamos subiendo de nuevo al poder y la vitalidad. Este sentido de identidad nos da poder para relacionarnos con otros: “capaces de comprender [o “realizar” es literalmente la palabra] con todos los santos”. Esto significa que ahora podemos relacionarnos con otra persona, alcanzar a otra persona. Y cuando lo hacemos, comenzaremos a tomar posesión de la anchura, la longitud, la profundidad y la altura. Quiero recalcar que no estamos viviendo en aislamiento ―ese es nuestro problema― sino que nos relacionamos mutuamente, para “realizar con todos los santos” y no intentar resolverlo todo solos. Muchos cristianos intentan vivir en confinamiento solitario. Resisten relacionarse; resisten compartir. Pero, verás, eso es caer en una trampa en la cual el mundo vive. El mundo habla mucho sobre la privacidad, desea privacidad, lucha para tener áreas de la vida que nadie ve. Insiste en tener reservas privadas, áreas en las que nadie entra. Pero el precio de eso es la soledad. No puedes tener privacidad sin tener soledad. Y si la soledad es tu problema, es porque estás insistiendo en ser privado. La iglesia acaba con eso.

La enseñanza y la doctrina cristiana debilitan toda esta filosofía, porque nos dicen que no somos privados. Hemos de relacionarnos; hemos de compartir. Hemos de ser abiertos. Hemos de “ensanchar nuestros corazones”, como dice Pablo en Corintios. “Actuad también vosotros con franqueza” (2 Corintios 6:13), dice. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2). “Confesaos vuestras ofensas unos a otros” (Santiago 5:16). El cristiano no ha de tener ninguna área privada en su vida. Si insiste sobre ello, está desafiando lo que Dios le ha llamado a hacer: el compartir el cuerpo de Cristo en franqueza y libertad para que todos vean exactamente lo que eres. Al comenzar a relacionarte y a compartir los unos con los otros, entonces, el apóstol dice, comienzas a realizar, a tomar posesión de la anchura, la longitud, la profundidad y la altura.

¿Qué quiere decir? Hay muchos que tienen bellas sugerencias sobre el significado de estas cuatro dimensiones. Algunos ven en ellas la cruz, con su altura y profundidad y longitud y anchura. Algunos las ven como una descripción del amor de Dios. Pero creo que son una referencia a algunas de las cosas sobre las que Pablo ha hablado ya en su carta: La “longitud” es la que llama en el capítulo 1 “la esperanza a la cual os ha llamado” (Efesios 1:18), la esperanza que comenzó antes de la fundación del mundo, en la eternidad pasada, y se extiende a través de todo el tiempo registrado y la historia a las edades futuras, a lo insondable, a los confines ilimitados de la eternidad por venir. Esa es toda la longitud y ámbito del programa de Dios. Estamos inmersos en un vasto esfuerzo cósmico, para traer todas las cosas en una en Cristo. Somos parte de eso ―la esperanza a la cual somos llamados.

Y la “anchura”, por supuesto, es a lo que se refiere como “las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” (Efesios 1:18), el hecho de que los judíos y los gentiles, y todos los hombres del mismo modo, son reunidos en la iglesia, sin diferencia ni división ―blancos, negros, ricos, pobres, esclavos, libres, hombres, mujeres― no hay ninguna diferencia. Todos son uno. Toda la humanidad está inmersa en las riquezas de Jesucristo, en la cruz y en la iglesia.

La “altura” es el sitio al cual somos resucitados con Cristo – resucitados para sentarnos juntos con Él en los sitios celestiales, más allá de todos los principados, todas las potestades, todas las autoridades, en esta edad y en la edad por venir. Es un sitio de autoridad como cristiano, el sitio del poder de ser liberado de todo lo que te arrastraría, el sito donde se nos da el equipamiento apropiado para vivir por encima de todo lo que turbaría, torcería, dañaría, demolería y destruiría en tu vida.

Y finalmente, la “profundidad”, por supuesto, es lo que ha descrito en el capítulo 2 como muerte, la muerte viviente de la cual Dios nos ha sacado, cuando éramos víctimas en vez de vencedores, cuando estábamos siguiendo el curso de esta era, viviendo inconscientemente dirigidos por el príncipe del poder del aire, siguiendo las pasiones de la carne, haciendo lo que creíamos que era correcto y acabando equivocados en todo lo que intentábamos, “hijos de ira”, como Pablo nos describió: “por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3). De esa muerte viviente ―las profundidades de la depravación humana― Dios nos llamó a las alturas con Cristo.

Y, verás, todo esto nos viene al aprender a relacionarnos con otros. Es por esto que la iglesia ha estado tan estéril y afligida por la pobreza, tan estrecha, tan aislada. Hemos amado venir a los cultos y simplemente sentarnos y escuchar, pero no relacionarnos con ninguna otra persona. Es por esto que hemos estado intentando tener cultos de “vida del cuerpo” e intentando animarte a conocer a tus amigos y vecinos cuando vienes a la iglesia, conocer a la gente que está sentada al lado de ti. Porque es de alcanzar a “realizar con todos los santos” de donde viene la habilidad de tomar posesión de todas estas grandes provisiones en Jesucristo. El próximo paso:

… y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, (Efesios 3:19a)

Ese es el quinto paso. Piensa en ello: ¡el saber lo inescrutable! ¿Cómo haces eso? Bueno, es aquí donde la experiencia alcanza su punto más alto. Comienzas a conocer el amor de Cristo. Es aquí donde el sentimiento viene a toda potencia. Puedes realmente comenzar a brillar con este entendimiento del amor de Cristo. No puedes entenderlo, pero puedes sentirlo. Todos sabemos que puedes sentir algo que no puedes comprender. Un bebé siente el amor de su madre. Siente cuan profundamente su madre le ama, y a veces no irá a ninguna otra persona más que a su propia madre, porque sabe que su madre le ama. ¿Pero qué entiende un bebé del amor de su madre? No puede comprenderlo. Pero lo siente; lo sabe. Así que el apóstol nos dice que al comenzar a tomar posesión de estas grandes verdades comenzamos a ver el amor de Cristo en todo lo que nos ocurre: en nuestras circunstancias, en un mundo de naturaleza alrededor, en las relaciones, en la vida misma. “Los cielos en las alturas son de un azul más suave, la tierra alrededor es de un verde más dulce; algo vive en cada tono que los ojos sin Cristo nunca han visto.” Y entonces venimos al último paso:

… para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. (Efesios 3:19b)

Ahora has llegado a las alturas. Y cuando lo haces, te has dado cuenta del propósito de tu propia creación. Para esto Dios hizo a la humanidad. Nos hizo para ser vasijas plenamente llenas e inundadas con Dios mismo. Ahora, esta no es una condición que consigues solo una o dos veces en tu vida cristiana. Es una condición a la cual hemos de volver una y otra vez. Esto es a lo que Pablo se refiere como siendo lleno del Espíritu. Es la condición en la cual Dios está en posesión y control de nuestras vidas, enriqueciéndonos, bendiciéndonos, fortaleciéndonos. Nuestra fe es fuerte y vital, y estamos alcanzando a otros, ministrando. Y, como Pablo dice anteriormente, somos obra de Dios, y descubriremos las buenas obras para las cuales fuimos predestinados. “¿Puede ser todo esto, en el año nuevo?” Bueno, simplemente concluiremos con el versículo final de este capítulo:

Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén. (Efesios 3:20-21)

¿Quién va a hacer esto? ¿Tú? No, no; Dios en ti. Ese es el secreto, ¿no es así? Dios en ti es capaz de hacer más abundantemente que todo lo que pidas o pienses. ¿Qué estás soñando para el año nuevo? Bueno, si insistes en manipular e intentar llevarlo a cabo, lo más que puedes esperar es lo que puedas pedir o pensar. Pero si pones tu caso en las manos de este poderoso Dios, y sigues estos pasos, obedeciéndole sobre ti mismo, y orando por otros de esta misma forma, descubrirás que, aunque te lleve por caminos que no entiendes al principio y parezcan ser casi trágicos en su naturaleza, sin embargo, de ellos te traerá a un sitio donde puedas permanecer en asombro y maravilla de lo que ha traído a tu experiencia y a tu vida, más allá de todo lo que puedas pedir o pensar. Esa es la naturaleza del Dios con quien nos relacionamos, y ese es el poder obrando en nosotros ahora mismo.