El ministerio de los santos

Por qué existe la iglesia

Autor: Ray C. Stedman

Hemos estado considerando la defensa del cristiano en medio de un mundo extremadamente confundido y oscurecido. Ahora es importante que tomemos el igualmente válido tema del sitio de la iglesia, o sea, el cuerpo corporativo de los cristianos, en el mundo y el carácter específico de su ministerio y su poder.

Reconocerás instantáneamente que todo este tema del lugar de la iglesia en el mundo hoy es un asunto muy confuso. Por un lado se nos está diciendo que el trabajo de la iglesia es el olvidar la predicación doctrinal y el deseo de salvación individual e involucrarse en los problemas del sufrimiento humano y la injusticia. La iglesia, dicen, pertenece a la vanguardia de la lucha por la justicia social, y la razón por la cual el cristianismo es rehuido por el mundo es que los cristianos no quieren ensuciarse las manos ni arriesgar sus reputaciones. Se nos está diciendo que los cristianos sólo pueden demostrar su fe si están dispuestos a llevar una pancarta en Alabama, arriesgarse a terminar en la cárcel en un piquete, unirse a la lucha por la reforma de la tierra o la abolición de las leyes en contra de los homosexuales y el adulterio. Se nos dice que la iglesia debería de estar hablando sobre todos los asuntos de la vida hoy y que debería de estar concernida sobre los problemas del gobierno metropolitano, el transporte público, la segregación suburbana, la representación equitativa en las legislaturas y los otros problemas que nuestro mundo moderno enfrenta.

Por otro lado hay un grupo igualmente franco que dice que el trabajo de la iglesia es el vociferar en contra de la maldad desde el púlpito, el denunciar el comunismo, y el anti-americanismo, y por lo tanto preservar, si es posible, la bendición del materialismo burgués para que los cristianos lo disfruten plenamente. Dicen que debemos de atacar con un lenguaje ardiente a cualquiera que se atreva a plantear preguntas sobre la Biblia o amenace los privilegios especiales de los cristianos en la sociedad moderna. El tema de este grupo parece ser: “Venga bienestar o no, el status es quo”. Pues bien, esta polaridad de visión en cuanto a lo que debería de ser la iglesia, y cómo debería de funcionar, es un ejemplo perfecto de la habilidad del diablo de llevar a la gente a extremos y, por tanto, debilitar la fe de muchos y cubrir la verdad con una nube de oscuridad. En medio de este tipo de confusión la carta a los efesios nos llama de regreso a la realidad.

En esta carta tenemos la declaración de la intención de Dios de formar la iglesia, y una clarificación de sus propósitos y ministerio, no solo en el primer siglo sino también en el siglo veinte. Como siempre, cuando venimos a las Escrituras estamos regresando al asunto fundamental de cualquier tema, a la verdad básica, esencial y subyacente desde la cual podemos volver a encontrar la aplicación de estas cosas en cada área de la vida. Es muy necesario que tomemos nuestra dirección de la revelación de Dios en las Escrituras. Volvamos ahora a los primeros tres versículos del capítulo 4:

Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. (Efesios 4:1-3)

Ahora estamos principalmente ocupados con el primer versículo, que constituye una exhortación extremadamente significativa para los cristianos. Este pasaje completo es un sumario enormemente condensado de las razones por las cuales existe la iglesia y una declaración de lo que debería de ser su función. Pero antes de considerar esto más detenidamente, debemos de ver cómo el apóstol se describe a sí mismo al presentar todo este tema. Se llama a sí mismo “un preso en el Señor”, o un prisionero del Señor. Acuérdate que esta carta a los efesios fue escrita desde la ciudad de Roma, donde Pablo está esperando juicio ante el emperador porque ha sido acusado de incitar disturbios, con la implicación incluso de traición en contra del emperador mismo. Estos cargos habían sido presentados en contra de él por los judíos en Jerusalén en el momento de la captura de Pablo en ese encuentro dramático que tuvo con los líderes judíos en la ciudad de Jerusalén. Después de languidecer durante dos años como prisionero en Cesárea, había sido mandado al final en un viaje marino muy peligroso que terminó en naufragio, pero al final llegó a Roma. Ahí vivió en una casa, encadenado a un guarda romano día y noche. Era el prisionero personal de Nerón, pero nunca se refiere a sí mismo como prisionero de César. Vio más allá de las cadenas, el guarda y los procesos de justicia imperiales, la mano de Jesucristo detrás de todas estas cosas.

No se inquietó por estar en prisión, estando encadenado, estando limitado. Lee su carta a los filipenses, escrita en este estado de prisión, y encontrarás que está llena de gozo, triunfo y la seguridad de que todo está bien, ya que el apóstol miró tras las cosas visibles a las cosas invisibles. Dice en su carta a los corintios: “no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven” (2 Corintios 4:18a). ¿Por qué? Porque es ahí donde se encuentran las respuestas definitivas, donde se encuentra la verdad; es ahí donde está la explicación de todas las cosas visibles. Así que no dice: “soy el prisionero de César”. El decir “el prisionero de César” sería una explicación superficial, y Pablo nunca es superficial. Tras César está Cristo.

El Señor Jesús mismo reflejó está misma actitud cuando estuvo frente a Pilato. Pilato le dijo: “¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y autoridad para soltarte? Respondió Jesús: ‘Ninguna autoridad tendrías contra mí si no te fuera dada de arriba’ ” (Juan 19:10-11). Esto tiene una relevancia directa sobre el asunto que Pablo está discutiendo en este pasaje, el propósito de la iglesia. La explicación completa de la confusión sobre la iglesia que existe tan ampliamente hoy en día es que los cristianos han estado mirando las cosas que se ven en vez de las cosas que son invisibles. He aquí nuestra raza humana, con sufrimiento y obvia necesidad en todas partes. El odio y la intolerancia abundan en nuestro mundo. La injusticia prevalece, y la miseria existe en todas partes. Y aquí hay un grupo de personas, la iglesia, que habla sobre el amor, la compasión, la simpatía y la ayuda.

La obvia respuesta a la necesidad humana es el dejar que este grupo de personas que están tan ocupadas en esta área se pongan a trabajar y hagan algo sobre ello. Deja que cumplan la necesidad, directa y positivamente. Suena tan lógico, tan consistente, tan práctico. Pero eso es porque somos tan superficiales. Sólo vemos las cosas que son visibles. En nuestra preocupación superficial por las cosas externas tratamos los síntomas y no las causas y, por tanto, aplicamos remedios superficiales que funcionan tan solo por un momento ―si es que funcionan―, y después la situación es tan mala como lo era antes.

Bueno, ¿cuál es la respuesta del apóstol a esto? ¿Qué dice que debiera de hacer la iglesia en vista de las desesperadas demandas de la necesidad humana? Su respuesta es: “que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados”. Pues bien, ¿qué quiere decir? Quiere decir: “¡Obedece tus órdenes!”. Toma tu dirección de la Cabeza de la iglesia. Sigue la estrategia divina, no el obvio consejo superficial de los hombres. No se espera que la iglesia trace su propia estrategia o que ponga su propia meta. La iglesia no es una organización independiente, existiendo por medio de su propia fuerza, como lo hacen las organizaciones humanas. Uno nunca puede entender este cuerpo que existe en la sociedad humana a menos que lo vea como más que una organización. Piensa en las figuras que utiliza el apóstol para la iglesia en esta misma carta. La iglesia, dice, es un ejército al mando de un Rey, y un ejército que no obedece a su líder es inútil como fuerza guerrera. La iglesia es un cuerpo bajo el control de una Cabeza, y qué tragedia es cuando el cuerpo humano se niega a responder a la dirección de la cabeza. La iglesia, dice, es un templo para la morada exclusiva y el uso de una Persona que mora en él, que tiene el derecho de hacer con esa morada como quiera. Así que esta es la palabra del apóstol para nosotros: “que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados”. Sigue la meta que ha sido puesta frente a ti por tu líder. Obedece las direcciones de la Cabeza. ¡Obedece tus órdenes!

No se nos deja con la duda sobre lo que es este llamamiento. Está aquí en los primeros tres capítulos de esta carta y disperso en muchos otros sitios del Nuevo Testamento. Los primeros tres capítulos de esta carta están dedicados a la tarea de describir lo que los cristianos tienen en Cristo, comparándolo con su previa condición en oscuridad y derrota en el reino de Satanás, y para qué fin y propósito está todo esto diseñado. Esta es siempre la estructura de la carta paulina. Comienza diciéndole a la gente la verdad (la verdad no es sino lo que llamamos doctrina); es aquello que forma los fundamentos subyacentes. Qué mezquino es el comenzar con cualquiera otra cosa más que la verdad. Hay algunos hoy en día que nos dicen que deberíamos comenzar con algún tipo de sueño, una idea, sea verdad o no; y, construyendo sobre esa ilusión, hemos de averiguar las soluciones prácticas a nuestros problemas. El apóstol nunca hace esto; comienza con la verdad como es, las cosas como realmente son. Nos llama de nuevo a la realidad.

Esa es la gloria del cristianismo: Es la presentación de las cosas como existen de hecho. En estos tres primeros capítulos tienes una maravillosa declaración de la realidad. Lee a través de estos capítulos. Simplemente agota el lenguaje humano el presentar las grandes realidades que el cristiano y la iglesia, como un cuerpo de cristianos, posee en Jesucristo. En estos tres capítulos hay varias declaraciones muy claras del propósito de la iglesia, no meramente en su propósito en la eternidad, algún día, sino en su propósito en el tiempo, ahora mismo. Si queremos saber cuál es el propósito observemos estas declaraciones. Permitidme rápidamente repasar estos primeros tres capítulos y resaltar algunas de estas declaraciones. En el capítulo 1, el apóstol dice:

… según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de él. (Efesios 1:4)

El carácter moral del pueblo de Dios es primordial y esencial para entender la naturaleza de la iglesia. Hemos de ser un ejemplo moral al mundo, reflejando el carácter de Jesucristo.

Recientemente leí sobre dos hombres americanos que habían tomado un tren en Inglaterra. Como sabéis, los trenes británicos tienen compartimentos donde pueden sentarse seis o siete personas. En el compartimento con estos dos hombres había un señor que tenía un aspecto muy distinguido. Los dos americanos estaban discutiendo calladamente entre ellos sobre este señor. En un tono muy bajo uno de ellos dijo: “Me apostaría dinero a que es el arzobispo de Canterbury”. El otro hombre dijo: “No lo creo. Tomaré esa apuesta”. Así que el primer hombre se acercó al señor y dijo: “Señor, le importaría decirnos, ¿es usted el arzobispo de Canterbury?”. El hombre se volvió y dijo: “¡No meta sus asquerosas narices en mis asuntos! ¿A usted qué le importa?”. Y el primer americano se volvió al otro y dijo: “¡Retiro la apuesta! No hay forma de saberlo”; ¡lo que sugiere que debería de ser evidente por la forma en la que hablamos y vivimos que somos cristianos, y por la forma en la que pensamos y actuamos! Estamos diseñados para hacerlo así, para ser “santos y sin mancha delante de él”. Ese es uno de los propósitos de la iglesia. Observa el versículo 12 del mismo capítulo:

…a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. (Efesios 1:12)

¡Considera eso! Nosotros que primeramente esperábamos en Cristo hemos sido destinados y nombrados (he aquí nuestro llamamiento) para vivir para la alabanza de Su gloria. El primer trabajo de la iglesia no es el bienestar de los hombres, tan importante como sea eso, y tan indudablemente incluido en este cuadro. Pero eso no es lo primero. Lo primero es que debiéramos de vivir para la alabanza y la gloria de Dios. Como dice el siguiente pasaje, para “que seamos para alabanza de su gloria” (Efesios 1:12). Bueno, ¿qué es la gloria de Dios? Es la historia de lo que Dios es y hace. El problema con este mundo es que no conoce a Dios. No tiene ningún conocimiento de Él. En todas sus búsquedas y divagaciones, sus esfuerzos por descubrir la verdad, no conoce a Dios. Pero la gloria de Dios es revelarse a Sí mismo, el enseñar cómo es, y la historia de lo que Dios es y hace es la gloria de Dios. Tienes eso en 2ª de Corintios, donde el apóstol está comentando sobre este mismo hecho. Dice:

porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. (2 Corintios 4:6)

Es ahí donde ves la gloria de Dios, en la cara de Cristo, en Su carácter, en Su ser. En este mismo capítulo, el cuarto versículo confirma esto:

esto es, entre los incrédulos, a quienes el dios de este mundo les cegó el entendimiento, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. (2 Corintios 4:4)

Bueno pues, ese es el trabajo de la iglesia, el declarar la gloria de Dios, el evangelio de la gracia y el carácter de Dios. Lo tienes aquí de nuevo en el capítulo 1 de Efesios, en los versículos 22 a 23:

Y sometió todas las cosas debajo de sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. (Efesios 1:22-23)

El secreto de la iglesia es que Cristo vive en ella, y el mensaje de la iglesia entonces es el declararle, el hablar sobre Cristo. Lo tienes de nuevo en Efesios capítulo 2, versículos 19 a 22:

Por eso, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En él todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu. (Efesios 2:19-22)

He ahí el santo misterio de la iglesia: es la morada de Dios. Vive en Su pueblo. Ese es el gran mensaje. Lo tienes de nuevo en el capítulo 3, versículos 9 a 10. Pablo dice que su ministerio es:

y de aclarar a todos cuál sea el plan del misterio escondido desde los siglos en Dios, el creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales. (Efesios 3:9-10)

Hay otros, aparte de los hombres, que están observando a la iglesia. Este es un aspecto importante de su ministerio. Entonces de nuevo en el capítulo 3, el versículo inmediatamente antes del pasaje en el capítulo 4 que estamos considerando, Pablo dice:

Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén. Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados: (Efesios 3:20-4:1)

Pues bien, eso está claro, ¿no es así? El llamamiento de la iglesia es el declarar por nuestra palabra y el demostrar por medio de nuestras vidas el carácter y la obra de Jesucristo que vive en nosotros. Hemos de hablar sobre la realidad de un encuentro que cambia vidas con el Cristo vivo y el demostrar ese cambio por una vida generosa y llena de amor. Por esa razón el apóstol continúa:

con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz: (Efesios 4:2-3)

Ese es el llamamiento de la iglesia. Fíjate cómo el Señor Jesús mismo confirma esto en los capítulos iniciales de Hechos. Justo antes de ascender les dijo a Sus discípulos:

“pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra”. (Hechos 1:8)

He ahí el llamamiento de la iglesia, el ser un testigo de Cristo. Un testigo es aquel que declara y que demuestra. Pedro tiene una palabra maravillosa sobre esto en su primera carta, capítulo 2, versículo 9:

Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. (1 Pedro 2:9)

Ese es el trabajo de la iglesia. Fíjate, esto siempre se dirige al cristiano individual. Es asombroso, ¿no es así?, que a la iglesia nunca se le habla como a un cuerpo en las Escrituras, sino siempre como unidades individuales dentro de un cuerpo. Por lo tanto, la responsabilidad de cumplir este llamamiento de la iglesia pertenece a cada verdadero cristiano. Todos son llamados; todos tienen el Espíritu Santo morando en ellos; se espera que todos cumplan su llamamiento en el mundo. Esta es la primera y más clara nota que el apóstol emite a lo largo de toda esta carta. La expresión del testimonio de la iglesia puede ser corporativa a veces, pero la responsabilidad de hacerlo es siempre individual. Pues bien, ¿no nos ayuda esto en esta gran pregunta de para hacer qué está la iglesia aquí? ¿Por qué existe en el mundo? ¿Dónde debemos de hacer énfasis, dónde debemos de empezar en este trabajo de influenciar el mundo?

Bueno, en las Escrituras, el único mensaje que la iglesia tiene para el mundo es el evangelio. No tiene nada que decir sobre la política o las viviendas de peor calidad o los derechos civiles o las luchas sobre el capital de los trabajadores ni nada de eso, no porque los cristianos no tengan interés en este ámbito. Obviamente no puedes tener un corazón lleno de amor para otros seres humanos y no estar interesado. La actitud que encoge los hombros y dice: “soy indiferente a estas cosas” es horriblemente infra-cristiana. No, la iglesia dice poco sobre estas cosas, porque el cristiano sabe que la única forma de ayudar en estos problemas es el introducir una nueva dinámica, la vida de Jesucristo. Esto es lo que necesitan los hombres. Cuando aquellos que están involucrados en estos problemas experimentan esto, el testimonio de la historia ha sido una y otra vez que los problemas comienzan a ser solucionados. Son solucionados por la dinámica de una nueva vida que ha sido introducida en la situación. Pues bien, debemos de comenzar ahí. Arthur Brisbane dice una cosa muy interesante en una de sus columnas:

Puede que nos deshagamos del militarismo, puede que nos deshagamos totalmente de la autocracia, podemos cubrirla con democracia y la bandera del republicanismo. Podemos colgar en las paredes las excitantes pinturas de la libertad; aquí, la firma de la Independencia de América; ahí, el emocionante retrato de Juana de Arco; más allá la Magna Carta; y en este lado la inspiradora foto de Garibaldi. Podemos gastar energía y esfuerzo para convertir el mundo en el mismo paraíso donde el león del capitalismo puede acostarse con el cordero del proletariado. Pero si nos volvemos a esa esplendida habitación de la humanidad con el mismo viejo corazón, deshonesto y desesperadamente malvado, es de esperar que tengamos que limpiar la casa otra vez no muchos días después. Lo que necesitamos es una conferencia de paz con el Príncipe de Paz.

Como dice el viejo dicho:

Puedes traer a un cerdo a la sala, pero eso no cambia al cerdo, ¡aunque ciertamente cambia la sala!

Puedes ver la prioridad que tenía declarar el evangelio en las vidas de nuestro Señor y en los apóstoles. ¿Dónde encuentras en el Nuevo Testamento algún programa para la mejora social? Ese silencio ha de enfrentarse seriamente, ya que los días en los que nuestro Señor y los apóstoles vivieron no eran tan distintos de los de hoy en día. Estaban rodeados de graves asuntos sociales, como lo estamos ahora, pero nunca hay ninguna aproximación directa sugerida a los problemas. ¿Dónde se les decían a los cristianos que debían de demandar una corrección de maldades y abusos que estaban tan extendidos en su tierra de los líderes gubernamentales? Si acaso se nos da todo lo contrario. Mira en Efesios 6, versículos 5-7:

Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios. Servid de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres. (Efesios 6:5-7)

¡Cuán diferente es esto de lo que es sugerido que la iglesia debería de estar diciendo en situaciones como estas hoy! ¿Cuándo le dijo Jesús a Sus discípulos que organizaran piquetes, o que debieran boicotear un negocio, o llevar a cabo una sentada?, aunque estas cosas puedan ser apropiadas desde otros puntos de vista en este mundo. Pero no son cristianos. Es a eso a lo que debemos de enfrentarnos. La palabra del Señor es:

Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis. (Romanos 12:14, Mateo 5:44, Romanos 12:21)

El hecho asombroso aunque incontestable de la historia es que por medio de estos métodos aparentemente indirectos, y estas débiles estrategias, la iglesia cristiana, cuando ha sido fiel a ellos, ha, de vez en cuando y en algunos sitios, drástica y poderosamente cambiado toda la estructura de la sociedad humana. Uno de los más famosos libros de todos los tiempos es El declive y caída del imperio romano, escrito por Gibbon. Traza lo que le ha pasado a ese poderoso imperio y cómo se desintegró desde dentro. En ese libro hay un pasaje que Winston Churchill memorizó, porque sintió que era muy descriptivo. Gibbon dice lo siguiente en cuanto al imperio romano:

Mientras que ese gran cuerpo estaba siendo invadido por violencia flagrante o socavado por un lento declive, una pura y humilde religión suavemente se insinuó en las mentes de los hombres, creció en el silencio y la oscuridad, sacó nuevo vigor de la oposición, y finalmente erigió el estandarte triunfante de la cruz en las ruinas de la capital.

Por otro lado, cuando la iglesia ha abandonado el mensaje del evangelio, y se ha vuelto a técnicas directas para aliviar la miseria humana como su objetivo final de existencia, siempre ha sido débil e incapaz. Su voz no ha sido escuchada, y finalmente ha sido odiada e ignorada. En su monumental Historia del mundo, Will Durant compara la influencia de César con la de Cristo. Dice de Jesús:

La revolución que buscó fue una mucho más profunda, sin la cual las reformas podían ser solo superficiales y transitorias. Si podía limpiar el corazón humano de deseo egoísta, crueldad y lujuria, la utopía vendría por sí misma, y todas esas instituciones que surgen de la avaricia y la violencia humana y la consecuente necesidad de la ley, desaparecerían. Ya que esta sería la más profunda de todas las revoluciones, al lado de la cual todas las demás serían un mero golpe de estado donde una clase está expulsando a otra para explotar en su lugar, Cristo era, en un sentido espiritual, el más grande revolucionario de la historia.

Esta es una edad revolucionaria. Los vientos huracanados de cambio están soplando en nuestro mundo. La carrera hierve con inquietud y rebelión anárquica. ¿Qué debemos de hacer los cristianos en esa hora? ¿Deberíamos hacer que se rinda el mensaje más revolucionario que el mundo jamás ha oído, que no puede venir de ningún otro sitio, y contentarnos con hacer lo que cualquiera otra persona mundana haría? ¿Deberíamos de convertirnos en nada más que otro grupo de acción política, o sucumbir a la falacia que el cambio, cualquier tipo de cambio, representa progreso? ¡De ninguna manera!

Lo que el apóstol desea es que prestemos atención a nuestro llamamiento. Que renovemos nuestro compromiso con el Señor que está tras todas las cosas, para volvernos individualmente responsables de contar estas buenas nuevas, que son radicales, revolucionarias, que transforman vidas a través de la sociedad. Que deberíamos de invadir la vida comercial e industrial, la educación y el conocimiento, las artes y la vida familiar, la moral y el gobierno con este tremendo mensaje sin igual.

Pregúntale a cualquier cristiano cuál es la cosa más grande que jamás le haya ocurrido en su vida. Sin vacilación te responderá: cuando vino a conocer a Jesucristo como Señor y Salvador. Entonces la segunda pregunta naturalmente viene a continuación: ¿cuál es la cosa más grande que le puedes decir a alguien? ¡Cómo venir a conocer a Jesucristo como Señor y Salvador! Los cristianos no han de dar testimonio en arrogancia y grosería, ni en una actitud pedante de ser más santo que los demás, ni en presunciones santurronas, y ciertamente no contra del trasfondo continuo de luchas en la iglesia y dureza y brusquedad entre cristianos. Sino que Pablo dice:

… con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, procurando mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. (Efesios 4:2-3)

Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados. (Efesios 4:1)

Oración:

Padre nuestro, te pedimos que estas palabras puedan sonar en nuestros oídos estos días cuando tanto se está diciendo de lo contrario. Ayúdanos a ver que el único impacto que podemos tener en este mundo es al ser fieles al mensaje que nos ha sido dado, que al hacerlo nos convirtamos en instrumentos para introducir en este mundo un elemento, una dinámica que ningún otro grupo puede introducir, y sin el cual todos los intentos de reforma son inútiles y débiles. Señor, te pedimos que podamos mantener la vida en perspectiva y mantener la verdad en enfoque, y a ser fieles a Ti, quien nos has llamado a ser Tus representantes, la manifestación de Tu vida en este mundo. Oramos en el nombre de Jesús. Amén.